Skip to main content

Full text of "Los chibchas antes de la conquista española"

See other formats


Google 



This is a digital copy of a book that was prcscrvod for gcncrations on library shclvcs bcforc it was carcfully scannod by Google as parí of a projcct 

to make the world's books discoverablc onlinc. 

It has survived long enough for the copyright to expire and the book to enter the public domain. A public domain book is one that was never subject 

to copyright or whose legal copyright term has expired. Whether a book is in the public domain may vary country to country. Public domain books 

are our gateways to the past, representing a wealth of history, culture and knowledge that's often difficult to discover. 

Marks, notations and other maiginalia present in the original volume will appear in this file - a reminder of this book's long journcy from the 

publisher to a library and finally to you. 

Usage guidelines 

Google is proud to partner with libraries to digitize public domain materials and make them widely accessible. Public domain books belong to the 
public and we are merely their custodians. Nevertheless, this work is expensive, so in order to keep providing this resource, we have taken steps to 
prcvcnt abuse by commercial parties, including placing lechnical restrictions on automated querying. 
We also ask that you: 

+ Make non-commercial use of the files We designed Google Book Search for use by individuáis, and we request that you use these files for 
personal, non-commercial purposes. 

+ Refrainfivm automated querying Do nol send automated queries of any sort to Google's system: If you are conducting research on machine 
translation, optical character recognition or other áreas where access to a laige amount of text is helpful, picase contact us. We encouragc the 
use of public domain materials for these purposes and may be able to help. 

+ Maintain attributionTht GoogXt "watermark" you see on each file is essential for informingpcoplcabout this projcct and hclping them find 
additional materials through Google Book Search. Please do not remove it. 

+ Keep it legal Whatever your use, remember that you are lesponsible for ensuring that what you are doing is legal. Do not assume that just 
because we believe a book is in the public domain for users in the United States, that the work is also in the public domain for users in other 
countries. Whether a book is still in copyright varies from country to country, and we can'l offer guidance on whether any specific use of 
any specific book is allowed. Please do not assume that a book's appearance in Google Book Search means it can be used in any manner 
anywhere in the world. Copyright infringement liabili^ can be quite severe. 

About Google Book Search 

Google's mission is to organizc the world's information and to make it univcrsally accessible and uscful. Google Book Search hclps rcadcrs 
discover the world's books while hclping authors and publishers rcach ncw audicnccs. You can search through the full icxi of this book on the web 

at |http: //books. google .com/l 



Google 



Acerca de este libro 

Esta es una copia digital de un libro que, durante generaciones, se ha conservado en las estanterías de una biblioteca, hasta que Google ha decidido 

cscancarlo como parte de un proyecto que pretende que sea posible descubrir en línea libros de todo el mundo. 

Ha sobrevivido tantos años como para que los derechos de autor hayan expirado y el libro pase a ser de dominio público. El que un libro sea de 

dominio público significa que nunca ha estado protegido por derechos de autor, o bien que el período legal de estos derechos ya ha expirado. Es 

posible que una misma obra sea de dominio público en unos países y, sin embaigo, no lo sea en otros. Los libros de dominio público son nuestras 

puertas hacia el pasado, suponen un patrimonio histórico, cultural y de conocimientos que, a menudo, resulta difícil de descubrir. 

Todas las anotaciones, marcas y otras señales en los márgenes que estén presentes en el volumen original aparecerán también en este archivo como 

tesümonio del laigo viaje que el libro ha recorrido desde el editor hasta la biblioteca y, finalmente, hasta usted. 

Normas de uso 

Google se enorgullece de poder colaborar con distintas bibliotecas para digitalizar los materiales de dominio público a fin de hacerlos accesibles 
a todo el mundo. Los libros de dominio público son patrimonio de todos, nosotros somos sus humildes guardianes. No obstante, se trata de un 
trabajo caro. Por este motivo, y para poder ofrecer este recurso, hemos tomado medidas para evitar que se produzca un abuso por parte de terceros 
con fines comerciales, y hemos incluido restricciones técnicas sobre las solicitudes automatizadas. 
Asimismo, le pedimos que: 

+ Haga un uso exclusivamente no comercial de estos archivos Hemos diseñado la Búsqueda de libros de Google para el uso de particulares: 
como tal, le pedimos que utilice estos archivos con fines personales, y no comerciales. 

+ No envíe solicitudes automatizadas Por favor, no envíe solicitudes automatizadas de ningún tipo al sistema de Google. Si está llevando a 
cabo una investigación sobre traducción automática, reconocimiento óptico de caracteres u otros campos para los que resulte útil disfrutar 
de acceso a una gran cantidad de texto, por favor, envíenos un mensaje. Fomentamos el uso de materiales de dominio público con estos 
propósitos y seguro que podremos ayudarle. 

+ Conserve la atribución La filigrana de Google que verá en todos los archivos es fundamental para informar a los usuarios sobre este proyecto 
y ayudarles a encontrar materiales adicionales en la Búsqueda de libros de Google. Por favor, no la elimine. 

+ Manténgase siempre dentro de la legalidad Sea cual sea el uso que haga de estos materiales, recuerde que es responsable de asegurarse de 
que todo lo que hace es legal. No dé por sentado que, por el hecho de que una obra se considere de dominio público para los usuarios de 
los Estados Unidos, lo será también para los usuarios de otros países. La l^islación sobre derechos de autor varía de un país a otro, y no 
podemos facilitar información sobre si está permitido un uso específico de algún libro. Por favor, no suponga que la aparición de un libro en 
nuestro programa significa que se puede utilizar de igual manera en todo el mundo. La responsabilidad ante la infracción de los derechos de 
autor puede ser muy grave. 

Acerca de la Búsqueda de libros de Google 



El objetivo de Google consiste en organizar información procedente de todo el mundo y hacerla accesible y útil de forma universal. El programa de 
Búsqueda de libros de Google ayuda a los lectores a descubrir los libros de todo el mundo a la vez que ayuda a autores y editores a llegar a nuevas 
audiencias. Podrá realizar búsquedas en el texto completo de este libro en la web, en la página |http : / /books . google . com| 



CHIBCHAS 




J»OI| 



VICENTE RESTREPO 



Caballero gran Cruz de la orden de San Gregorio Magno, 
ex.Mini«tro de Relaoiones Exteriores y de Hacienda 

de Colombia, eto. eto. 



BOGOTÁ (COLOMBIA) 

Imprenta de X^A. J^UZ, oalle 23, nVnnnrn lOO 

A PAUTADO 100 



CHIBCHAS 



iNTeS DE U «liro ESPiOU 



POR 



VICENTE RESTREPO 

Caballero gran Cruz de la orden de San Gregorio Magno, 
ex-Mini9tro de Relaciones Exteriores y de Hacienda 

de Colombia, eto. etc. 



BOGOTÁ (COLOMBIA) 

Iitipreuta clct T^A. I«XJZ« oalle 13, u\'in&oro ICO 

APAKTADO 160 



PROLOGO 



Dice el distinguido americanista marqués 
de Nadaillac, hablando de los Chibchas : 

"Hoy poca cosa sabemos acerca do esto pueblo, qno es con- 
siderado cotno ano de los antores do la antigua civilisación de 
la América del Sor." 

Permítaseme completar esta idea agregan- 
do que^ en lo poco que se sabe^ hay muchos 
errores que se tienen hoy por hechos ciertos. In- 
tento escribir la verdadera historia de la civili- 
zación chibcha, desembarazándola de las ficcio- 
nes con que la han desfigurado los modernos 
escritores, que han hecho de ella una novela. 

Tuvo el estudioso canónigo doctor José Do- 
mingo Duquesne un siglo de celebridad no me- 
recida por haber inventado una serie de nove- 
dades relativas a este pueblo. Atribuyóle el uso 
de los quipos; de los jeroglíficos; de cifras nu- 
merales; de un complicado calendario en el 
que se enlazan tres años divei^sos de doce^ vein- 
te y treinta y siete meses lunares^ etc. Colocó al 
sapo entre los dioses chibchas^ y alteró profun- 
damente las nociones que se tienen sobre el ci- 
vilizador Bochica^ los sacrificios humanos, las 



— IT — 



procesiones, etc.^ viendo en todo un simbolismo 
que sólo existió en su imaginación. 

No brilla el genio del barón de Humboldt, en 
lo que escribió acerca de los Chibchas ; prohijó j 
divulgó muchas de las fantasías de Duquesne, 
y aun las aumentó, pues dijo que levantaban 
'^cohimnas en que se medían las sombras solsti* 
cíales ó equinocciales y los pasos del sol por el 
zenit/' No comprendió las tradiciones de este 
pueblo; trató de flibula la historia de Bochica, 
á quien presenta unas veces como hijo del sol, 
otras como símbolo de este astro, y le da la 
luna por esposa. 

Duquesne fundó escuela ; ésta ha usado un 
método que puede llamarse inventivo, pues los 
que lo siguen resuelven con la imaginación 
todas las dificultades que se les presentan. Co* 
mienzan repitiendo los errores de otros au- 
tores, y los complementan con errores nuevos. 
Suponen que las cosas debieron de pasar de tal 
ó cuál manera, y lo dan por cierto. Parecen 
creer que la verdad es más bien fruto de hondas 
cavilaciones que resultado del estudio de los he- 
chos, y se muestran inagotables en conjeturas y 
deducciones ingeniosas, pero que carecen de 
fundamento. A. los que tengan esto por exage- 
ración mía, les ruego que abran uno cualquiera 
d^ los libros ú opúsculos que se han escrito en 
este siglo referentes á los Chibchas, y que lo co- 
tejen con las obras de los cronistas. De seguro 
que su sorpresa será grande. 



— V — 



¡ Qué no se ha dicho de este pueblo, á quien 
se ha atribuido una civilización muy avanzada ! 
Se ha ensalzado ]a sabiduría de sus sacerdotes, 
considerándolos como ^^ depositarios de las cien* 
cias astrológica y cronológica''; se ha dicho que 
en el templo de Sugamuxi se conservaban "los 
anales de su nación y las crónicas de su civiliza- 
ción '^ ; se ha hablado do observaciones meteo- 
rológicas hechas por los Chibchas; de sus "co- 
nocimientos adelantados en arquitectura''; de 
"sus condiciones intelectuales y materiales ade- 
cuadas para los inventos fabulosos" ; de tribu- 
nales de justicia, de comentadores de leyes, etc. 
Si tratara de refutar todos esos errores, tendría 
que escribir un libro. 

Ningún autor moderno ha sabido describir 
siquiera el vestido de los Chibchas. Ofuscados 
por un pasaje oscuro y mal entendido de Pie- 
drahita, les han atribuido el uso de camisetas ó 
túnicas, cuando claramente dice el Padre Simón: 

** Traer las camisetas no es hábito de los Moscas, sino de 
los dtl Peiú, lie qnícücs éstos lo tomaron dcsde los primeros 
qne entraron -iqaí con los españoles que bajaron del Perú .... 
Los indios viejos jamás andan con cainiíeta." 

Iguahnente y por la misma razón han des- 
acertado al hablar de la forma de las casas, de 
la cerradura de las puertas, de caminos empe- 
drados, etc. La historia escrita por el ilustre 
Obispo, poco digna de crédito en ciertos puntos, 
mal interpretada en otros, ha sido el origen de 
muchos errores. 



— Vi — 



£s indispensable dar nuevo rumbo á los es- 
tudios etnográficos y arqueológicos relativos á 
Colombia, pues por el que se ha llevado hasta 
hoy no es posible obtener otro resultado que en* 
marañar la Historia y oscurecerla. 

No puedo dejar pasar sin reparo ciertos 
juicios emitidos por autores de nota. Dice el Ge- 
neral Joaquín Acosta que " los primeros euro- 
peos que pisaron el territorio de los Chibchas se 
propusieron extirpar como diabólicas cuantas 
tradiciones, ritos y ceremonias hubieran podido 
servir para darnos una idea de la constitución 
política y religiosa de aquel pueblo. Lo poco 
que se ha conservado, (agrega), se halla mezclado 
de tantas fábulas y conjeturas, que al reprodu- 
cirlo nos rodea la más penosa incertidumbre, 
por carecer de datos seguros y contestes." (1) 
Uricoechea va más lejos, pues asevera que " los 
conquistadores se opusieron á conservar los gér- 
menes de la civilización indiana, y han conse- 
guido casi dejarnos en tinieblas." 

Conviene considerar estos cargos bajo dis- 
tintos puntos de vista. Entre los Chibchas suce- 
dió lo mismo que en Roma y dondequiera que 
el Cristianismo ha tenido que luchar con la ido- 
latría ; la superioridad incontestable de la reli- 

(1) Siete pñgínns más adelante se contnidicc Acosta reconn- 
€Ícndo o lie la tradición no es confusn ni dudosa respecto de la 
mitoli'gia. usos y costambres de los Chibchas, *'cn cnyo upoyo 
se encaeiitra el testimonio conteste de diferentes autores qne no 
pudieron copiarse/* 



— 711 — 



^6ñ Católica acabó con el gentilismo^ sin dejar 
en pie ninguna de sus prácticas. Si el celo de 
los misioneros los llevó á quemar por centena- 
res informes y grotescos ídolos de madera^ nada 
perdió el arte con esto, y si los españoles echa- 
ron al fuego, para fundirlos, los tunjos y alhajas 
de oro de los indios, hicieron lo que general- 
mente han hecho entre nosotros en este siglo 
los descubridores de entierros y de santuarios. 
Las dos obras históricas relativas á los 
Chibchas, que sirvieron de base principal á las 
relaciones de los cronistas, fueron escritas por 
dos conquistadores; pues la una tuvo por autor 
al humano y discreto licenciado Gonzalo Jimé- 
nez de Quesada, descubridor de estas regiones 
y fundador del Nuevo Reino de Granada, y la 
otra á Juan de Castellanos, quien vino de Espa- 
ña á tomar parte en la conquista de nuevas tie- 
rras, antes de recibir las órdenes sagradas. Pué- 
dese, con toda propiedad, alterar la proposición 
de Uricoechea en estos términos: los conquis- 
tadores conservaron la historia de la civiliza- 
ción chibcha, y sin sus escritos estaríamos hoy 
casi en tinieblas en lo que á ella se refiere. 

No son tan escasas, como dice Acosta, las 
noticias que se han conservado de este pueblo, 
digno de ser estudiado, ni hay que culpar á los 
cronistas de que sus tradiciones fueran confusas 
y mezcladas de fábulas. No podía ser de otro 
modo, ya que los Chibchas no tenían ninguna cía- 



— VIII i— 



se de escritura, ni manera de computar los tiem- 
pos, ni había entre ellos hombres que se ocupa- 
ran en guardar el recuerdo de hechos pasados. 

Hasta hace muy pocos anos nuestras cróni- 
cas estaban por lo general sepultadas en el ol- 
vidO; pues se ignoraba el paradero de algunas, 
y otras yacían manuscritas en la Bibliote- 
ca Nacional. Los hombres estudiosos y ami- 
gos de conocer las antigüedades colombianas 
sólo se podían procurar las obras del ilustre 
Obispo Piedrahita y del Padre Zamora. Gracias 
á los cuidados de la Real Academia de la His- 
toria, tenemos hoy una hermosa edición de la 
Historia de las Indias^ de Oviedo. Los eruditos 
americanistas D. Antonio Paz y Melia y D. Mar- 
cos Jiménez de la Espada han publicado, con 
preciosas noticias preliminares, la Historia del 
Ntievo Reino de Granada^ por Juan de Castella- 
nos, y el Epítome de la Conquista. Y entre nos- 
otros, D. Felipe Pérez dio á la estampa El Car- 
nero, de Rodríguez Fresle ; D. Medardo Rivas 
la obra de Piedrahita, y el Gobierno Nacional 
la obra del Padre Simón. (1) 

Aleccionado por la experiencia de sabios 
autores, quienes, creyendo haber alcanzado una 
percepción clara de las cosas, echaron por el 
fácil camino de las hipótesis fantásticas y no lo- 

(t) Faltan ü esta obra dos complementos indispensables: 
nna fe de emitas para siilvar Lis numerosas incorrecciones que 
afean la edición, y nn índice general alfabótico para facilitarlas 
indagaciones. 



IX -r 



graron desentrañar la verdad siiio cubrirla coa 
un velo más espeso, seré muy parco en mis jui- 
cios, liraitándome en general á exponer sencilla- 
mente los hechos. No por eso esquivaré dar mi 
opinión, fundándola en razones, acerca de los pro- 
blemas de arqueología y etnografía que natural- 
mente se presenten en el curso del relato. 

Dos fuentes principales forman la base de 
este libro. Eo primer lugar, las crónicas, cote- 
jadas con esmero para conocer á fondo los he- 
chos y poder valorar el grado de veracidad de 
los autores. Los escritores modernos han olvi- 
dado hacer este cotejo, que es suficiente para 
poner en claro muchos errores que, como hechos 
comprobados, han pasado á la historia sin dis- 
cusión, y para enmendar muchas contradiccio- 
nes. Ninguna de las crónicas basta, por sí sola, 
para dar una idea precisa de lo que era el pue- 
blo chibcha. En cada una se omiten hechos y 
circunstancias esenciales ; en cada una se en- 
cuentran errores ó falsas interpretaciones que la 
lectura de las demás ayuda á rectificar. En to- 
das ellas falta un plan ó designio general orde- 
nado. No obstante estos defectos, confrontán- 
dolas se ve que se completan mutuamente. 

La otra fuente es el estudio detenido de los 
escasos monumentos de piedra que dejaron los 
Chibchas ; de sus pictografías, de las piezas de 
cerámica, de piedra y de madera, así como de 
los tunjos y alhajas de oro, tumbaga y cobre 



— X — 



que se ban hallado en sus sepulturas. El examen 
de7estos objetos^ hecho á la luz de las crónicas 
yjno caprichosamente, da la medida de su cul- 
tura. 

He escogido las figuras del Atlas arqueoVh 
giro que complementa este libro, de entre el 
número muy considerable de piezas que, por co- 
misión del Gobierno, y con motivo de las Exposi- 
ciones de Madrid y Chicago, me tomé el trabajo 
de describir, catalogar y hacer fotografiar. Mu- 
chas de ellas hacen parte de mi colección de 
objetos indígenas de oro, otras de la de cerámi- 
ca y piedra de rai hijo Ernesto (ambas pertene- 
cen hoy ii\ Museo colombino de Chicago) y unas 
pocas, en fin, fueron copiadas del Museo Nacio- 
nal y de colecciones particulares. Debo especial 
manifestación de agradecimiento á mi amigo 
D. Emiliano Isaza, por haber dirigido en París 
la impresión, en fototipia, de las figuras del 
Atlas, 

Ya que he expresado con franqueza mi 
opinión sobre los trabajos de los autores moder- 
nos, salvando el respeto que merecen, pues su 
buena fe y el deseo de acertar los libran de re- 
proche, fíltame hablar de los antiguos. No me 
propongo escribir rasgos biográficos de ellos, 
pues basta con los eruditos escritos que les han 
consagrado el General Joaquín A costa, D. Mi- 
guel A. Caro, D. Antonio Paz y Melia y D. Mar- 
cos Jiménez de la rispada. Trataré sólo de sus 
obras. 



— XI — 



Sigaiendó el orden cronológico, correspon- 
de el primer lugar á Gonzalo Jiménez de Que- 
sada. 

Dice Oviedo lo siguiente : 

" Muchas veces tnvo plática en Madrid (en 1547) con el 
licenciado Ximenez, y en ValIaJoliil (en 1548) en la Corte del 
Príncipe D. Felipe, y nos coninnicamos ; y á la verdad, ee honi- 
bre honrado y do gentil entendimiento y bien hábil, y como 
yo sabía qnel avía conquietado el Nuevo Reino do Granada, 
qnise inforinarnie del de algnnas coí^ai viva voce, y él no sola- 
mcütc do palabra, pero por escripto, ino inoetió nn gran cua- 
derno do sus sub^'ceos y lo tuve muc-hos díds en mi poder. . • • 
La cnal historia yo contaré aquí más brevemente de lo que la 
viescripta; pero decirse halo más saitancial, sin dejar cosa 
u?p:iina que importi." (1) 

Desde antes de 1547 tenía, pues, escrito 
Quesada un Compendio historial de la conquista, 
cuyo resumen más completo y auténtico consti- 
tuye los capítulos xviii ¿5 xxxi del Libro xxvi de 
la Ifísíoria Natural de las Indias, de Oviedo, 
quien dice que en ellos no hizo otra cosa que 
seguir su relato. Contienen muchas noticias in- 
teresantes sobre las costumbres de los Chibchas, 
que no se hallan en ningún otro autor. Leyén- 
dolos con atención se notan muchos pasajes que 
parece que hubieran sido copiados del Epítome 
de la conquista del Nuevo Reino de Granada; 
luego éste, como su nombre lo indica, no es 
otra cosa sino el resumen del trabajo más exten- 
so que Jiménez de Quesada comunicó á Oviedo. 
Jiménez de la Espada, sin recordar este inci- 

(1) T. II, Lib. XXVI, Cap. xviii y xx. 



— XII — 



dente^ había atribuido muj acertadamente el 
Epítome al Licenciado. 

No queda, pues, duda de que el Epítome 
es el resumen del Compendio historial. Así como 
puede tenerse por cierto que también lo escribió 
el mismo autor, puesto que aunque habla en 
tercera persona, se olvida con frecuencia y lo 
hace en primera persona de singular ó de plural. 

Se comprende que Jiménez de Quesada 
tenía pasión por escribir, pues durante muchos 
años se ocupó en completar, corregir y retocar 
la relación de los sucesos del descubrimiento. 
El gran cuaderao de que habla Oviedo (I) se 
convirtió con el tiempo en " unos tomos que in- 
tituló Los ratos de Suesca/^ dice el Padre Si- 
món (2). Jiménez déla Espada descubrió la cédu- 
la de licencia concedida por el Rey para publi- 
carlos, en 1568; en ella se califica la obra de 
muy útil y provechosa, y se dice que al autor 
le costó mucho trabajo. Segíín Piedrahita, afir- 
ma el Adelantado que ^^ escribía el compendio 
modesto de sus hazañas, al mismo tiempo que 
executaba muchas dellas en la guerra de los 
Guasquias y Gualíes por los años de 1572 y 
1573." (3) A lo que agrega que en 1574 com- 
puso el capítulo nono del libro tercero de su 

(1) •* Un cuaderno de 8U propia mano," dice Castellnnos. 

(2) Los tres ralos de Suesca, dice D. Antonio Pinelo, por 
constar la obra de tres libros. 

(3) Fue en 1564 cuando Qaesada hizo la gnerra á los Gua- 
líes. 



— xiir — 



Compendio. Zamora elogia á Qaesada diciendo 
qué en sus escritos '^ habla de sí con gran tem- 
planza y humildad/' Castellanos lo encomia 

como "persona grave, docta y estimada 

Varón en varias letras señalado No tenien- 

do menos de letrado que supremo valor en el 
espada/' 

Es muy sensible la pérdida de esta obra his- 
tórica, que no dudamos se hallará algún día. 
Felizmente se conservan las interesantes noti- 
cias que contenía, las que se encuentran recopi- 
ladas en el Epítome y en las crónicas de Oviedo, 
Piedrahita y Zamora (1). 

Quesada tuvo el defecto de los escritores 
de su siglo : creía fácilmente en consejas. Los 
indios, de quienes asevera que muchas veces 
no decían verdad, lograron convencerle de que 
existía un país poblado por amazonas, donde 
'Mas mujeres eran las señoras y las que manda- 
ban, y los hombres los subditos y los mandados,'' 
y la reina se llamaba Jarativa. Envió á su her- 
mano Hernán Pérez de Quesada á descubrir esa 
extraña región, en cuya existencia siguieron 
creyendo por muchos años los conquistadores. 

También dio crédito al error, que Piedrahi- 
ta popularizó y que ningún autor moderno ha 
impugnado, de que Iraca era la Roma de los 
Chibchas y su cacique el pontífice máximo de 
este pueblo. 

(1) El cronista Herrera se apropió, como lo acostumbraba, 
el texto del Epitome^ insertándolo en las Décadas. 



— XIT — 



Bt eéfébr» cronista j poeta Jüaa 4e CasU^ 
Ifános ti&gó á Tanja Teititidós afios después Ú» 
que 86 estábleci5 allí asiento de gobierno^ j ár^ 
YÍ6 de etrra de la ciudad durante cuarenta j 
cinco afios, de 1561 á 1606. Obsenró, pues, mvj 
de cerca las costumbres de los indígenas y re* 
cogió sus tradiciones de boca de muchos de loa 
que habían recibido el bautismo, 7 de sus inme- 
diatos sucesores. Su Historia del Nuevo Jieino de 
üranada es el documento mus precioso que exis* 
te en lo que se refiere á los Ghibchas, y es la 
base fundamental de todo estudio relativo á 
ellos. Dice D. Antonio Paz y Melia que ''son 
por demás curiosas las descripciones del gobier«* 
no y antiguas costumbres de los indios, con que 
ocupa cincuenta y dos páginas del primer tomo/^ 
Lo que es de sentirse es que no llenara siquiera 
unas doscientas páginas hablando de los Chib- 
chas, con el perfecto conocimiento de las cosas, 
la soltura y discreción que acostumbraba, ya 
que era '' tan curioso observador de la verdad ^' 
(Piedrahita.). Exento de las trabas de las octa- 
vas reales que hacen tan cansada la lectura de 
las Elegías de varones ilustres de Indias, el verso 
blanco de que hizo uso en la Historia del Nuevo 
Reino, aunque escaso de gusto poético, deja 
correr la frase más clara y desembarazada. Su 
criterio es generalmente elevado y correcto, y 
cuando paga tributo á la credulidad, es porque 
otros lograron convencerlo. 



— XT — 



Es digno d^ lametitarse que Gastiellafios es- 
tribiera sus crónicas en verso^ cediendo á laft 
instancias de sus amigos^ cuando la prosa salía 
fácil y galana de su plüma^ como se verá por eí 
final del prólogo de su Historia, que copio* á coa- 
tinuación : 

*' De croer ea qne qaien más desea acertar en la obra es 
«1 artífice dtflla ; pero como bo todos dan á lo qne gniaan para 
muchos aqaella sal qne el ^sto de cada nno pide, imprnden> 
cia grande sería la mía, ai pensase haber adereaa do estos anales 
con tan entero fabor, qne lo pnoda dar á tanta diversidad dé 
paladares ; pero á lo menos cstarA cierta la poeteri Jad qne aqní 
no falta el principal condimento qne hiatoria reqniere, qnees 
verdad. Esta se lea y mi biena voluntad se reciba, pues ain 
esperanza de remuneración h^ gastado tiempo, papel 7 dinero 
por scrvillod." 

El franciscano Fray Pedro Simón vino de 
España á Santafé de treinta años de edad, en 
1604, dos tercios de siglo después de la conquis- 
ta. Gastó muchos años en reunir los materiales 
para sus extensas Noticias Jástoriales de las Con- 
quistas de Tierra Firme. El mismo dice ^^ haber 
andado las más de las provincias j tierras que 
se comprenden en esta historia ; las tierras del 
Reino pocas hay ó ningunas que no haya pi- 
sado/' 

A lo que agrega : 

''He podido informarme 7 hacerme capaz do las cosas de 
por acá por vista de ojos, sin lo cnal no pienso me atraviese á 
tomar entre manos esto trabajo, por no ponerme en el peligro 
de risa qne otros se han pnesto, no hablando con propiedad en 
la geografía ni en los vocablos de las tierras de donde escriben, 
por DO haberlas visto ni estar bien informados ; fiarse de rela- 
ciones de toda broza." 



— XVI — 



Es de sentirae que muestre gran dosis de 
credulidad j en ocasiones muy escaso criterio. 

Las principales fuentes de su obra fueron 
las Crónicas de Castellanos, Los ratos de Suesca 
4Sl% Jiménez de Quesada y la Historia del descu- 
brimiento que dejó empezada el Padre Francisco 
Medra no, por haber muerto en la jornada del 
Dorado, y completó y perfeccionó en dos tomos 
Fray Pedro Aguado. Esta crónica existe ma- 
nuscrita en Madrid. 

Tuvo especial cuidado el Padre Simón en 
recoger cuanto halló escrito y cuanto él mismo 
pudo aun observar respecto de las costumbres, 
mitos y tradiciones de los Chibchas ; de tal modo, 
que es el autor que más cumulo de noticias ha 
reunido acerca de este pueblo. La lectura de su 
obra es tan indispensable á todo el que quiera 
escribir de estas cosas, coma la de la Historia 
<lel Nuevo Reino de Granada de Castellanos, pues 
contiene multitud do detalles del más alto inte- 
rés, que no se hallan en ningún otro libro. Su es- 
tilo es generalmente sencillo y lo caracteriza 
cierta originalidad, aunque es frecuente tropezar 
con pasajes confusos y poco inteligibles. 

Es, en suma, la Historia de Fray Pedro Si- 
món la más completa que se ha escrito sobre el 
descubrimiento y conquista de este extenso te- 
rritorio : monumento que, á pesar de sus defec- 
tos, hará imperecedera su memoria. 

El más popular y conocido de los cronistas. 



por haber andado au libro impreso muy poco 
después de escrito^ es el ilustre hijo de Bogotá, 
distinguido y santo obispo^ Lucas Fernández 
de Piedrahita. Tendría cincuenta anos de edad 
cuando pasó á Madrid á responder ante el Conse- 
jo de Indias de ciertas acusaciones que se le ha- 
cían, de las que fue absuelto. Hasta aquella 
época de su vida había estado ajeno á los estu- 
dios sobre asuntos históricos relacionados con 
su patria. El pensamiento de ocuparse en ellos 
le vino en Madrid, donde empleó '^ todos los 
días del año sesenta y seis ^' (1666) en escribir 
la primera parte de la Historia general del 
Nuevo Reino de Granada. No era, pues, eru- 
dito en prehistoria, y de aquí resulta que hay 
generalmente necesidad de cotejar su texto con 
los de otros autores. Ofreció su obra al público 
^^ como capa arrojada, para ver cómo la tratan, 
antes de aventurar el cuerpo en más decoro- 
sos asuntos.^^ Aunque murió de avanzada edad 
en su obispado de Panamá, no llegó á componer 
la segunda parte. 

El mismo dice que no tuvo más mérito que 
el que se le puede atribuir por haber reducido 
á cómputo de años y á lenguaje menos antiguo 
las crónicas de Juan de Castellanos y de Jimé- 
nez de Quesada, ^^sin otra adición que la verisi- 
militud de las máximas y motivos que tuvieron 
los reyes indios y cabos españoles en sus empre- 
sas.'' Su estilo es claro y correcto ; desgraciada- 

2 



— xTin — 



mente se complace en los largos preámbulos y 
en las inútiles digresiones que intermmpen la 
narración. 

La historia de Fiedrahita ha acreditado, en- 
tre otros errores, uno que fue sin duda iuTentado 
por la vanidad de los indios tunjanos : este es la 
fábula de que los zaques de Hunsa llegaron á te- 
ner dominio sobre toda la nación chibcha. Lo más 
raro es que en una parte de su libro sostiene es- 
ta opinión, cuando en otra había repetido j acep- 
tado la opinión contraria, siguiendo á Castellanos. 
Creyó también la conseja de la hermosa, rica, 
poderosa y discreta princesa de la Furatena, é 
hizo del matrimonio chibcha un acto religioso, 
cuando sólo era un acto privado. 

A pesar de estos y otros defectos, la obra 
del ilustre prelado es de interés histórico por 
hallarse en ella la relación de sucesos y datos 
que no se encuentra en las crónicas anteriores. 

La última declaración que hace en el pró- 
logo honraría á cualquier autor, cuanto más al 
Obispo cristiano, que con ella da prueba de sin- 
gular humildad : 

" Pongo — dice— mis escritos á la jnsta corrección de enan- 
tes loa quisieren leer." 

Ya que he hablado de los principales cro- 
nistas en lo que se refiere á los Chibehas, haré 
mención de otros, que si no traen igual copia de 
noticias, ayudan con las que dan á conocer me- 
jor á este pueblo. 



J 



— XIX — 



Tiene Gonzalo Fernández de Oviedo el mé- 
rito de haber conservado en su Historia natural 
de las Indias un resumen del Compendio historial 
de Quesada. Dice D. José Amador de los Ríos, 
hablando de este autor : ' 

" En cnanto no ce ocultó á la vista del Alcaide de Santo 
Domingo, necesario C8 confcear qno resaltan .en su narración 
tanta natnraiidad y sencillez, tanto candor y frescnra, que no 
es posible dudar de l¡i exactitud de lo qno entonces niega 6 
afirma." 

Si pintó fielmente sus propias impresiones, 
es de creerse que describiera las ajenas con la 
misma fidelidad. 

Juan Rodríguez Fresle, hijo de uno de los 
conquistadores, escribió en 1636 una relación de 
los sucesos del descubrimiento y conquista del 
Nuevo Reino. En su libro se encuentran noticias 
muy completas de la ceremonia del Caciqne 
dorado y las peregrinaciones de los indios por 
las lagunas sagradas. Llegó á creer, y asegura, 
engañado por los Guatabitas, que el Usaque de 
sus tierras había sido superior á los de Bogotá 
y Tunja. 

Fray Alonso de Zamora, bogotano, consul- 
tó muchos libros y documentos para escribir su 
Historia de la provincia de San Antonino del Nue- 
vo Reino de Granada^ que terminó en 1696 y se 
imprimió en Barcelona en 1701. Contiene su li- 
bro noticias y datos curiosos que olvidaron otros 
autores. Es el más crédulo de todos los cronis- 
tas, y se muestra á veces falto de criterio. 



Finalmente, Ja. lectora del ConfeÁo/navio 
cAibcha^ compuesto por él Padre Bernardo Lugo, 
de las Décadas de Herrera^ de la JRelacidn diri- 
gida á su Majestad por los Capitanes Lebrija j 
San Martín (1), j de la Milicia y descripción de las 
Indias, del Oapitán Vargas Machuca, hará cono- 
cer supersticiones, hechos y circunstancias dig- 
nos de interés. 

Preocupáronse algunos de los cronistas y 
de los misioneros con la idea de buscar analo- 
gías entre la religión cristiana y el politeísmo de 
los Chibchas. Creyeron ver en Bochica á uno de 
los apóstoles de Jesucristo, San Bartolomé ó San- 
to Tomás. Atribuyéronle la enseñanza del miste- 
rio de la Trinidad, del juicio universal, la intro- 
ducción de las cruces, etc. Acreditaron al Cacique 
de Iraca (gran mago que especulaba con la ig- 
norancia y la credulidad de los Chibchas) de 
pontífice máximo de este pueblo, é hicieron de 
su capital una Roma gentílica. 

Tendré cuidado de rebatir estos y otros 
errores que tienden á oscurecer la verdad. 

Emprendí esta obra de rectificación histó- 
rica, animado por el vivo deseo de acertar : otros 
la completarán, y corregirán los defectos que 
en ella haya. 

Doy fin al prólogo poniendo este libro en 
manos de la estudiosa juventud colombiana ; á 
ella lo dedico atentamente : me daré por bien 
recompensado de mis desvelos, si lo recibe con 
aprecio. 

(1) Oviedo iucluyó esta Relación en el segaíido tomo de su 
Hisloria. 



■^ 



LOS CHIBCHAS 



ANTES DE LA CONQUISTA ESPAÑOLA 



^^^ w ^*f>^S^^S^ 



OAFITUIíO I 



Origen délas vocea ehibcha, mvisca r matea. —JAmiies, extensión y pobla- 
ción de la nación Chibcha. —Unidad de origen de sus habitantes.— Bos- 
quelo de las costumbres de sus vecinos.— Cnieldad v antropoftigüí 
de 108 Mizos y de lus Pan .^es.— Animo apocado de los Sutagaos. — 
Tribus que ocupaban los Llanof>. — Cost imbres salvajes délos Tunebos 
y de los Lisches.'TradÍciones de los ChUichüS relativas & su origen. — 
Inmigraciones sucesiva? que ocupiron el Nuevo Reino de Granada.— 
De donde vinieron los Cliibchas. 

Ea gravísimo error incurriría quien creyera que 
antes de la conquista española hubo en el territorio que 
forma hoy la república de Colombia una nacionalidad 
que en algo se pareciera á la actual. Los dominios del 
pueblo chibcha, el más numeroso y civilizado de los 
que ocupaban cl Nuevo Reino de Granada, cubrían 
apenas la duodécima parte de su extensión poblada y 
la quincuagésima de su total superficie. Del resto del 
país eran dueños gran número de naciones y de tribus 
independientes unas de otras, generalmente enemigas 
y con frecuencia en guerra, distintas en su origen, len- 
guaje, costumbres, prácticas idolátricas y grado de bar- 
barie. En tales condiciones, el aislamiento era cl estado 
natural de aquellos pueblos que, si en tiempo de pá'/< te- 
nían algunas comunicaciones, era sólo con las tribus ve- 



— 2 — 

ciDas y con las más próxioiaa No había relaciones entre 
provincias distantes. 

El interesante pueblo 6 familia americana, cnyo gra- 
do de civilización tratamos de inquirir, no tenia nombre 
general que se e:itendiera á todos los Estados: cadanno 
de éstos era conocido por su nombre particular, con el 
que se designaban á la vez la provincia y el cacique quo 
la gobernaba. Los españoles llamaron á sus habitantes 
Muiscas^ por haberles oído pronunciar frecuentemente 
esta palabra, que en su idioma quiere decir persona (1), 
y Moscas por la semejanza de los vocablos muisca y mos- 
ca^ y, además, porque decían que eran tan numerosos 
como las moscas. Ninguno de los primeros cronistas les 
da el nombre de Chibchas, sino el de Moscas 6 Moxcaa 
Fray Bernardo Lugo fue el primero que dijo que la 
lengua que hablaban era la chibcha. El Padre Simón es 
más preciso, pues dice que tanto á la provincia de Ba- 
cata, como á la lengua que en ella se hablaba, las lla- 
maban chibchas (2). Parécenos que estos son motivos 
suficientes para seguir dándoles este nombre, que es el 
que les corresponde, y con el que son más generalmen- 
te conocidos (3). 

Eran los Chibchas de estatura mediana y fornida, 
color cobrizo, frente aplanada y angosta, cráneo escasa- 
mente prominente, cabellos negros y lacios, nariz chata, 

(1) Ck>n la voz muitca desigaaban á las personas de ambos spzos, 
7 para distingoirl is Uamabín al hombre mui9ca cha (cA/, varóo) j 
á la mDjer muisea facha (/ueha, hembra). Los Tánjanos no cono- 
cían la palabra muista. 

(9) T. n, pág4. 114, 117 j 287. 

(8) Dloe Piedreihlta qu^ en la gentilidad el Naevo Reino de 
Granada se Ham6 Cundinamarea. Esta toz, extraña á la lengoa 
chibcha, que esrecfa de las letras djr^ fue traída por BelalcAsar, 
del Pera. Bl indio qae habló de la provineia de Oandinamaiea á 
este Capitán, agregó qae sn e^teiqae había tenido ana gran batalla 
con sos vecinos ios Chicas; éstos, seg&n el cronista Herrera, tenían 
sos tierras al snr del Callao. Lnego tai incidente no se refiere en nin* 
gAn sentido á los Chibchas. 



— 8 — 

ojos negros y peqqefios, pómulos salientes, labios grue- 
sos, dientes blancos y parejos j no tenían barbas. 

Ocupaban en el centro del Nuevo Reino de Gra- 
nada las altas planicies de los ramales occidentales de 
la cordillera oriental y algunos de los valles circuidos 
por éstos. Formaban sus tierras uua elipse irregular cuyo 
mayor diámetro, entre la Mesa de Jéridas, al Norte, y 
Pasca, al Sur, era de veintisiete roiriámetros 6 cincuen- 
ta y cuatro leguas, y su más extensa latitud, entre Zipa- 
con y Lengupá, trece miriámetros 6 veintiséis leguas. 
Medía su superficie mil leguas cuadradas, equivalentes 
á doscientos cincuenta miriámetros. La población era 
numerosa y probablemente alcanzaba á un millón de 
habitantes. 

Recopilando todos los datos que se encuentran en 
las crónicas sobre los límites del territorio ocupado por 
los Chibchas, los describiremos á grandes rasgos (1). 
Empieza la elipse en el extremo norte de la Mesa de 
Jéridas ; vuelve la línea curva que la forma al Oriente 
bajando el río Manco; subiendo por éste al Chicanio- 
cha hasta su confluencia con el Chitano; pasando de 
allí ala cordillera que separa los llanos de Casanare; con- 
tinuando por el río Lengupáála cordillera que separa los 
llanos de SanMartín. Luego viene la línea al Sur, detrás 
de Fosca y Pasca, para torcer al Occidente á poca dis- 
tancia de Tibacuy, Tena, Zipacón, Pacho y Simijaca ; es- 
tos siete pueblos estaban muy cerca de la frontera (2). 
Finalmente continuaba la línea por detrás de la peña de 
Saboyá, Bolívar, la peña de Vélez, y la línea que sigue 
paralelamente al río Suárez, completando la elipse en 
la Mesa de Jéridaa 



(1) Véase la oarta del territorio de los Chibebas en el Atlas at' 
qusológieo. 

(2) P. Simón. T. u, ptfgs. 159 j 297. 



— 4 — 

Dentro de los límites del pneblo Chibcha hemos 
incluídoy de acaerdo con Simón y Piedrahita, á los 
Goanes, coyas costumbres eran en mochas cosas las mis- 
mas que las de aquellos (1) ; usaban el mismo vestido 7 
enterraban á sos caciqoes de ona misma manera. Eraü 
gallardos, más blancos y de mejores facciones qno los 
Chibchas ; ingeniosos y diestros en el manejo de las ar. 
mas. Los españoles los comprendían en la denominación 
de Moscas, que daban á los Chibchas (2). 

Don Juan de Castellanos pone en boca del Zipa 
Nemequene estas palabras : 



''En I08 Llanos, caciques comarcanos me obedecen, y apete- 
cen darme gusto.'' 

Luego alguna ó algunas délas tribus que ocupaban 
los llanos de San Juan rendían vasallaje al Zipa ; no obs- 
tante, ya que hemos querido establecer los límites den- 
tro de los cuales vivía desde lejanos tiempos el pueblo 
Chibcha, hemos evitado incluir dentro de ellos parcia- 
lidades que diferían de é\ en origen, lenguaje y cos- 
tumbres. 

No estamos de acuerdo con el doctor Zerda, quien 
considera á los Chibchas como una aglomeración de 
tribus que vinieron del Norte, del Snry del Nordeste y 
cuyos elementos étnicos se confundieron paulatinamente 
por el cruzamiento (3). Fundamos nuestra divergencia 
en un argumento que nos parece decisivo. 

(1) 8IMON. T. 17, p¿g. 364. 

(2) 81MON. T. 11, pág. 117. 

(3) Apoya el doctor Zerda esta so posición en loa estadios del 
profesor Pablo Brnc^, practicados eo dos pequeñas series de erá- 
oeos reoogid' s en dlferenUa lugares de Cundif^amarco; '*la prme- 
ra presentaba un medio mesatic^dUco con tendencias á la dolieoce' 
folia; la otra es francamente brnqufcf/álioa; por los demás caracte- 
res esos cráneos son semej'intes.*' 

El profesor Broca presentó al Congreso de Americanistas de 
Ifaney, en 1875, nna memoria sobre cráneos colombhnos {Cránes^ 
eolombiens). Bstodia en ella dos peqneftas serles de cráneos de la» 
eeroantas de Bogotá (no Indica las localidades) : la prfi&era íáé lie- 



— 6 — 

El primer hecho preciso de qne da noticia la tra- 
dición es la venida de Bochica y su peregrinación por 
las tierras de esta nación. Contiibase que hab{a entrado 
por Pasca visitando los pueblos de Bosa, Fontibón, Ba- 
cat((, Serrezuela, Zipacón y Cota, de donde prosiguió 
su vi¿)je al Nordeste, á la provincia de Guane, ^' donde 
hay mucha noticia de di." Desde allí volvió al Sur y re- 
corrió la provincia de Tunja; laógo pasó á la de Iraca, 
entrando por Gámeza. Fray Pedro Simón, do quien 
tomamos estas noticias, agrega que Bochica estuvo tres 
días en una cueva, en un sitio que llaman Teyú, y allí 
'' le fueron á visitar el Cacique de Ganza ó Gámeza, los 
de Busbanzá, Socha, Tasco, Tópaga, Monguí, Tutasá^ 
Mongna, Pesca, Yacomí, Bombaza, Tota, Guaquirií, Sa- 
tiva, y como fueron llegando fueron ganando la anti- 
güedad y grandeza que hoy tienen." 

▼ada á Fraoola por IC. Henrl BeUe, en 1869, j la segunda por el se- 
ñor Bzeqaiel üriooeohea. 

La príroera serie comprende seis erüneop, cuatro de ellas defor- 
mados artifieialmente. La' go do aon Ohlbohas, paes este pneblo no 
tenía la costumbre de deprimirlos, eostnmbre qae sf era propia de 
los Panehes. tribn qae h^ibitaba á pocas legaas de Bogotá. 

Los caatro cráneos d<> la segunda serie, sacados da una antigua 
sepultura que se sup^toe fue posterior ala conquista, no tienen nin- 
gana deformación y pneiau ser chibebas. 

Dice Broca : 

'* IgQora h9Sti qué punto estaban próximas ó df8taDt''8 las sepulturas 
de donda f uiri i sac i vhs una y (»tra serie 1e cráaeos. £1 exa U' n craaeoló* 
Kíco tiende á hacer admitir que es os dos series proYíeieu de épocua dife- 
rentes ó d 1 p^bU^ioues distintus." 

En otra parte de sa Msmoria agrega: 

" Si se comparan los dos índices craneanos de las dos seri s, se inclina 
uno á creer que hay entre ellas una diferencia de raza." 

A\ decir esto el autor fue bien inipirado, pues es evidente que 
los cráaeos braquicéf «los de la primera serie fueron hallados en el 
territorio que ocupaban I s i'Hnck-*s. Si'g&n él, '*lcs tres eránros 
bien deprimidos fueron soiuetidos ü on mismo mótodo da defor(U4.« 
cÍ6nf consistente en dos presiones opuestis, ejercida la uua sobre 
)a frente 7 la otra sobra el colodrillo " L % observación estl de acoer* 
do con los hechos, pues el Padra Simó o refiere que los Paaches *'en 
naciendo la criatura le ponen an% tablilla en el colodrillo j otra en 
la frente, j atándolas por los extremos aprietan ambas partes y 
hacen subir la cabeza hac<-i arriba y quedan aplanados la frente j el 
colodrillo." (T II, pág. 161). 

La oonclnsión del doctor Zerda carecei pucF, de fundamenta 



— 6 — 

En la ¿poca remota en qae empieza á vislumbrarse 
ta verdad histórica, vivía, pnes, el pneblo chibcha den- 
tro de los límites qne le asignamos al principio de este 
capítulo. Desde entonces se distinguía de todas las tri- 
bus y naciones que lo rodeaban : formaba una sociedad 
uniforme, compuesta de pequefios estados generalmente 
independientes unos de otros, pero unidos por los vín- 
culos de lenguaje, creencias, costumbres y leyes muy 
semejantes, que revelan un origen común. 

Ninguna de estas relaciones de semejanza, caracte- 
rísticas de un mismo pueblo, e:c istia entre los Chib- 
chas y sus vecinos, quienes se hallaban sumidos en la 
barbarie. Haremos una rápida reseña de estos, ya 
que es preciso conocerlos. Empezando por el Occidente 
y procediendo de Norte á Sur, tenemos á los Yareguíes, 
situados frente á los Guanes, entre él Sogamdso y el 
Opón ; seguían los belicosos Agataes, en la región que 
baña el río Horta: unos y otros eran semisalvajes : se 
dejaban embaucar por sus hechiceros, y andaban des- 
nudos. 

Los dominios de los Muzos principiaban en Sabo- 
yá y confinaban con ellos los Colimas, que " eran de 
la misma nación, costumbres, fragosidad, ferocidad y 
lengua que los indios Muzos '' (1) : los llamaremos á 
todos con este último nombre. Eran los Muzos enemi- 
gos de los Chibchas, solían entrar á sus tierras, aunque 
atacaban con mayor frecuencia á los Panchos, y mata- 
ban y comían gente como si fueran carneros. Tuvieron 
los españoles ocasión de experimentar su crueldad ; 
habiendo dado muerte estos bárbaros á algunos de ellos, 
les desollaron las caras y curtieron la piel, de manera 

que 86 conservaran la barba, las cejas y las pestañas. 

* ' ■ ■ - - ■ - 

(1) BiMdir, T. ni, Pág. S19. 



— 7 — 

Mostraban estos rostros enjutos en sas borracheras, j 
cantaban en coro ensalzando la ferocidad espafiola 7 
diciendo que era mayor la de ellos, puesto que los ha- 
bían vencido y matado. 

Andaban los Muzos desnudo?, no tenían caciques, 
7 seguían el consejo de los ancianos; eran holgazanes, 
se ocupaban mucho en beber, y ludgo que se embriaga- 
ban se mataban unos a otros ; uo observaban leyes ni 
preceptos, ni conocían niás pena que la venganza, laque 
ehidían pagando alguna multa. Ahorcábanse estos sal- 
vajes, ó se flechaban por los más fútiles pretextos : ora 
porque la mujer tardaba en guisar la comida, ora por- 
que la chicha no quedaba á su gusto. Repudiaban á 
sus mujeres por cualquier motivo, dejándolas en liber- 
tad de volverse á casar. Fajaban el cuerpo de los niños, 
los metían en una estrecha cunilla de juncos y coloca- 
ban ésta empinada contra la pared, de manera que la 
cabeza quedara para abajo, para que se hiciera recia y 
redonda. No tenían adoratorios ni ritos; rendían culto 
supersticioso al agua, pero su propio dios era el Demo- 
nio, de quien aseguraban que andaba entre ellos tan 
descubiertamente, que bailaba con ellos y les mostraba 
que bebía. Sus mohanes eran agoreros y curanderos, 
quienes ejercían su oñcio haciendo uso de yerbas y de 
hechizos. 

Los más terribles enemigos de los Chibchas eran 
los Panches, muy inferiores en numero á ellos, y que 
habitaban entre Yilleta, Tibacuy y el río Magdalena. 
Más bien que hombres eran fieras estos abominables 
salvajes que hacían la guerra sin pensar jamás en dila- 
tar sus dominios, sino en tener abasto de carne humana 
que comer, llegando á tal punto su bestial voracidad, 
que por leves motivos peleaban unas parcialidades con 



— 8 — 

otras, sin reparar en devorarse padres, hijos j hermanos 
nnos á otros. Acostombraban deprimir á saa hijos la 
cabeza ; envenenaban sus flechas ; vivían como animales, 
asistiendo sus mujeres y sus hijos á sus convites, sin nin* 
g¿n vestido ; suspendían á las puertas de sus bohíos las 
calaveras de sus víctimas; celebraban el nacimiento del 
primer hijo ó hija invitando á sus parientes á comer 
con ellos sus delicadas carnes, y aun en ocasiones lleva- 
ban su frenética antropofagia hasta dar sepultura en 
sus vientres á los cuerpos de sus propias mujeres. En 
los combates se arrojaban como perros hambrientos á 
beber la sangre que salía cálida de las heridas de los 
que caían por tierra. Cargaban los cadáveres sin hacer 
diferencia entre compañeros de armas y enemigos, y 
los llevaban á otro lugar para comérselos después, aun 
sin pasarlos por el fuego. Eran los Panches ^' plaga cuo* 
tidiana de los Moscas, temblaban de ellos, porque los 
tenían por fieras indomables, y sepulcros sus impías en- 
trañas de las suyas.'' 

Estos indios vivían de la caza y de la pesca. Su 
mayor fiesta consistía en juntarse muchos á bailar y be- 
ber hasta caer. Era frecuente entre las mnjeres matar 
las criaturas antes de nacer, dándose golpes con piedras 
y bañándose el vientre con el cocimiento de ciertas yer- 
bas. Tenían por único dios al Demonio, y decían que 
contestaba á sus preguntas. Eran muy supersticiosos y 
aficionados á hechicerías ; conocían, en fin, muchas yer- 
bas, las unas saludables y las otras venenosas, y solían 
usar de estas últimas para matar disimuladamente á sus 
enemigos. 

Ocupaban los Sutagaos la región comprendida en- 
tre los Ríos Pasca, Sumapaz y Magdalena, y confinaban 
con los Chibchas por el Sur. Eran estos bárbaros de 



— 9 — 

ánimo apocado y tenían la rapi&a por principal oca- 
pación. Salían en cuadrillas por los caminos á asaltar á 
los transeúntes para robarlos, ¿in pretender quitarles la 
vida. Tenían ídolos de oro, barro y madera, á quienes 
presentaban como la ofrenda más digna de su acepta* 
ción, parte del botín arrebatado ; que de la hacienda 
propia nada les daban, porque decían que los disgus- 
taban. 

Al sudeste de Fosca habitaba la tribu de los Bu- 
chipas, ''indios de poco ánimo y de mucha cautela.^' 

En los llanos de Sau Juan, en el bajo Ariari, esta- 
ba la provincia de los Marbachares, adoradores del Sol 
como los Chibchas. En su territorio se hallaba el tem- 
plo de este dios, donde criaban los mojas ó sacerdotes 
niños. 

Al oriente del río Leiigupá, en los llanos de Casa- 
fiare, habitaban los Tecuíis ó Teguas, que se diferencia- 
ban de los Chibchas en la lengua y eu el traje. 

Siguiendo al Norte se hallaba la tribu semisalvaje 
de los Morcóles y más adelante los Tunebos, á quienes 
se tenía por la gente más bruta y más inmunda de los 
Llanos. Hombres y mujeres andaban vestidos con unos 
sacos de lienzo basto y sucio. No se cuidaban de pei- 
narse, y tenían los cabellos desgreñados y llenos de in- 
mundos parásitos ; su mayor recreo era sentarse al sol 
y ponerse á cogerlos despacio y comérselos. Un pedazo 
de carne podrida y hedionda, era bocado regalado para 
«líos. Las asquerosas manchas blancas y azules del ca- 
rate, que cubrían hasta el rostro y las manos, eran 
para ellos complemento indispensable de la belleza déla 
mujer, y cuando ésta no las tenía le daban cierta bebida 
que desarrollaba tan fea enfermedad. Eran estos indios 
muy cobardes y mansos, no tenían propensión al jrobo^ 



— 10 — 

y 86 UDÍan con aña sola mpjer. Rendían cnlto al Demo- 
nio en nna lagnna sitaada al norte del río Tame. De* 
cían qne se les aparecía en forma de nna serpiente, qne 
vive en esos lugares, llamada guío por los españolea 
Aseguraban qne hablaban con la culebra y que oían 
con gran reverencia sus respuestas y consejos. 

Los Laches lindaban con los Tundamas y los 6ua- 
nes, y llegaban hasta el río Sogaraoso, enfrente á los Ya- 
reguíea Eran estos indios en extremo bárbaros y bruta- 
les. Tenían el vicio abominable de la sodomía, detesta- 
do por las naciones que hemos mencionado. Criaban y 
vestían al efecto algunos de sus hijos varones como si 
fueran mujeres, y como tales los casaban. Su único ejer- 
cicio era la guerra y el pugilato, que llamaban nunna. 
Salían las parcialidades ¿ los campos con sus arreos de 
plumas, y se daban puñetazcs, sin llegar á cogerse cuer- 
po á cuerpo, hasta rendirse 6 caer lastimados. Adoraban 
como á dioses á todas las piedras, alegando que todas 
habían sido primero hombres, y que los hombres se con- 
vertían en piedras al morir, para resucitar un día. Lle- 
gaba su necedad hasta adorar su propia sombra, dicien- 
do que el sol la hacía para darles dioses. 

La corta historia de los Ghíbchas revela que, si los 
diferentes caciques que pertenecían á este pueblo se 
hacían frecuentemente la guerra con la mira de dilatar 
sus dominios, no atacaban á las tribus de distinta raza, 
ni pretendían someterlas. Vivían en paz con sus veci- 
nos, menos con los Panches y los Muzos, á cuyas salva- 
jes hostilidades oponían tenaz resistencia. 

¿De dónde vinieron los Chibchas y por qué cami- 
no llegaron á las comarcas que ocuparon ? ¿ Cuándo y en 
qué número se efectuó su venida ? Estas y otras cuestio- 
nes que con ellas se enlazan, son de muy alto interés his* 



— XI — 

t6)rico« jr.tnuy (( proptSsito para aguzír el ingenio de los 
hombres de cieñbin. 

Interrogaemos las tradiciones fabulosas de este pue- 
blo. Los Chibphas no conseriraban ningfin recuerdo de 
haber ocupado su territorio tomándolo por conquista, 
ni de que en él hubiera vivido antes otro pueblo ; creían 
ser sus primeros y únicos habitantes, y se consideraban 
hijos de la tierra : autóctonos. Habían localizado en sus 
dominios las tradiciones universales. Tenían suEva^ 
la fecunda diosa Bachiie. Los Segárnosos decían que 
habían venido al mundo antes de que el sol y la luna 
lo alumbraran. Los indios de la Sabana de Bogotá con- 
taban que habían presenciado el cataclismo que dio 
lugar á que las aguas del Funza se abrieran paso por 
Tequendama. 

Muchos otros pueblos han mostrado semejantes 
pretensiones á una alta antigüedad. Sin dar en esto 
razón ¿ los Chibchas, es preciso reconocer que no se ha 
encontrado hasta hoy en la región ocupada por ellos 
ninguna clase de monumentos ni de vestigios que pue- 
dan atribuirse á anteriores moradores. 

Adoptamos, sin vacilar, la opinión de los que sos- 
tienen la unidad de la especie humana, que se ve com- 
probada en la historia de todas las naciones. No hubo 
más Adán que el padre del linaje humano, que tuvo su 
cuna en Asin, de donde partieron los hombres para 
poblar los continentes. Estudiando las tradiciones y las 
prácticas religiosas de los Chibchas, veremos cómo pa- 
recen muchas de éstas traídas de Asia, más bien que 
inventadas por ellos. 

Pero, ¿ de dónde y por qué camino vinieron ? An- 
tes de tratar de dar una respuesta á esta pregunta, vea* 
mos cómo pudo poblarse el Nuevo Reino de Granada. 



— 18 — 

Nos permitiremos expresar algaaas ideas generales 
sobre asanto tan iraportatite, apoyándolas, en cnanto 
sea posible, en hechos históricos. 

Empezaremos por nn hecho negativo. Es muy pro- 
bable que no hubiese iiimigraciiSn ninguna que invadie- 
ra por el Sur el Nuevo Reino de Granada. Se cree que 
los Quitos fueron los primitivos habitantesdel Ecuador,y 
no hay tradición que recuerde que hubieran penetrado 
en el territorio colombiano. Les Scyris ó Caras que ven- 
cieron á óstos, pocos siglos antes del descubrimiento de 
América, consta que no salieron de sus nuevos domi- 
nios. Los Incas ásu vez se hicieron dueños del Ecuador 
poco más de medio siglo antes de la conquista, y lleva- 
ron sus armas victorios^is hasta la llanura de Pasto, pero 
no pasaron el río Mayo, y dieron por límite á su imperio 
hacia el Norte el río Angasmayo, situado algunas le- 
guas al sur de Pasto, muy cerca de la frontera moderna. 

El muy erudito sacerdote, doctor Federico Gonzá- 
lez Suárez, dice terminantemente : 

'' Los primeros pobladores de las provincias ecuatorianas^ 
sin duda ninguna arribaron por mar: viniendo unos del lado del 
Occidente por el Pacífico á nuestras costas, y descendiendo otros 
del lado del Atlántico por las montanas do Antioquia y Popayán, 
para entrar por el Norte al territorio actual del Ecnador. Tarde 
debieron principiar á poblarse nuestras comarcas, y cuando ya 
estaban habitadas otras regiones de Colombia y de Centro Amé« 
rica.*' (1) 

Reina grande inccrtidumbre respecto del origen 
de los americanos, envuelto en misteriosa oscuridad. 
La historia ha venido tarde á alumbrar con su luz los 
fabulosos tiempos primitivos. Larga sería la enumera- 
ción de todas las hipótesis sostenidas por sabios autores 
acerca de tan difícil problema, y su disensión estaría fue- 
ra de lugar en este libro. 

(1) Historia general de la república del Ecuador^ T. i, Cap. i. 



— 18 - 

Machos y may distingaidos americanistas sostienen 
que el Nnevo. Continente se pobló por migraciones su* 
cesivas qae lo recorrieron de Norte á San 

** Un solo hecho parece indadable^ — dice el marqués de Na* 
daillac,— 7 es que pueblos enteros se dirigieron darante machos 
siglos del Norte hacia el Mediodía^ empujándose los unos á los 
otros, como una ola precipita i la ola que la precedió/' (1) 

Seg&n M. de Quatrefages, '' la América fae poblada 
como por un gran río humano, que tuvo su origen en 
Asia j atravesó el Continente entero de Norte á Sur, 
recibiendo en su curso algunos débiles arroyos.^' (2) 
Por lo que hace á Colombia, no vacilamos en creer que 
una serie de invasiones de pueblos y parcialidades de 
la América septentrional y de la central llegaron á 
nuestras costas por el Atlántico y el Pacífico y pene- 
traron en nuestro territorio por los ríos navegables, du- 
rante un número de siglos diñcil de determinar. Eran 
pueblos vencidos por otros más fuertes, que seguían 
al Sur en busca de nuevas tierras; naciones aventure- 
ras avezadas á los peligros de la navegación y ávidas 
de rapiña, como los Caribes; tribus que peregrinaban 
hasta encontrar suelo y clima propicios. Así se explica 
la diversidad tan grande que existía en lenguaje, cos- 
tumbres, idolatría y grado de barbarie en el crecido 
número de naciones y de tribus que poblaban el suelo 
colombiano : procedían probablemente las unas de al- 
gunos de los diferentes pueblos que invadieron las co- 
marcas de México y la América Central ; venían las 
otras de naciones caribes, dadas á la antropofagia. 

En apoyo de nuestra opinión citaremos la muy 
autorizada del sabio jesuíta Padre Blas Valera, que 

(1) VÁmérique préhMoriqíu^ Cap. vi. 
(8) Dlseurao de inangaraeión del OoDgreso de Amerieanistas, 
que se reunid en París en 1S90. 

8 



^ 14 — 

vivió eo el siglo xyj» quien, después 4e de^ribir las 
CDStQmbres feroces de los Caribes, concluye : 

'' Esta generación do hombres, tan terribles y crueles, sali6 
d9 la nación mexicana, y pobló la do Panamá, y la del Darién, 
y todas aquellas grandes montafiasqne van hasta el Nuevo Beino 
de Granada, y por la otra parte hasta Santa Ifarta.'' (1) 

Una ojeada al mapa de América hará comprender 
el derrotero de estas inmigraciones, que invadieron 
el territorio colombiano por el Noroeste, el Norte y el 
Nordeste. Algunos hechos históricos servirán para ex- 
plicar y confirmar nuestras ideas. La parte oriental fue 
poblada por parcialidades caribes; unas vinieron por el 
lago de Maracaibo, y penetraron por el Zulia ; lais más 
entraron por el Orinoco. Roñere el Padre Gumilla (2) 
que era costumbre inmemorial de los Caribes navegar 
en sus piraguas esto extensísimo río y sus afluentes con 
el fin de cautivar mujeres y niños ^^ para tener con las 
cautivas más autoridad, séquito y trabajadoras en sus 
sementeras, y en la chusma criados para servirse de 
ellos." 

Dice el Padre Juan Rivero, hablando de la dila- 
tada nación de los Achaguas : 

'' Empezaba á extenderse esta nación desde muy cerca de 
BarÍDas hasta San Juan de los Llanos, y desde allí hasta Popayán, 
sin que se les haya descubierto términos hasta ahora. Desde el 
puerto de San SaWador, de Casanare, iba una gran mangado estas 
gentes, con poblaciones hasta el Aríporo y hasta las orillas del 
Meta. Más de veinte provincias contaban los Adaguas bajo un 
mismo idioma.'' (3) 

(1) La ffigtoria del Perú, escrita en latía por el Padre Valera, 
DO lleg6 á publicarse; el manuscrito fue destruido en su mayor par- 
te en el saqueo de Calix, en 1696. Bi inea Gareilaso de la Vega» 

^ que logró salvar las páginas destroxadas que quedaron, haee gran- 

des elogios de esta obra en sus Comentarios Reales. (Véase los 
capítulos VI y xi). 

(2) Bl Orinoco Ilustrado, T. ii. Gap. viii y iz. 

(S) Historia de las misionas de los Llanos deCasanare^ Cap. tii« 



— 15 — 

BiénVe GÓWpfénd^ qae la'lené de inmigraciones 
que dieron origen d los Achagaas se efectaaron del 
Nordeste hacia el Sudoeste por el Orinoco y sus gran- 
des afluentes el Apuro, el AraucA, el Meta, el Vichada 
y el Guaviare. 

La valerosa nación de los Machanaes, indios de 
origen caribe que ocupaban la provincia de Cartagena, 
había venido de las tierras de Maracapana, en la costa 
de Venezuela, navegando por el litoral. (1) 

Tenían los Muzos y Colimas tradición de que en no 
muy remotos tiempos habían subido en cuadrillas por 
el río Magdalena y habían ocupado las montañas com- 
prendidas entre Saboyá y Villeta, echando de ellas con 
sus lanzas á la tribu de los Nauras (2), que habitaba 
cerca de Saboyá y se retiró más al Norte, y á los Chib- 
chas. Estos últimos tenían allí sus sementeras de algo- 
dón, maíz, yucas y batatas, que se daban con mucha 
fertilidad por ser tierras templadas. (3) 

Otra nación, la de los Quimbayas, conservaba el 
recuerdo de que había penetrado, guiada por un va^ 
liente jefe, en la comarca bañada por el río La Vieja, 
situada entre el Cauca y la cordillera central, y había 
matado á todos sus habitantes. El señor Ernesto Res- 
trepo ha presentado las pruebas de este hecho, y ha ale- 

(1) Z \HOR\, L!b. II, Cap. n. 

(2) Décadas de Hbrrbra. Dio. viii, Lib. rv, Cap. viii. 

(3) Unas pooaa legaas al norte de la cladad de Mazóse levanta 
un gtganteseo cerro que los Chibchis llamaban Furatena, palabra 
qne. segün Fra j Pedro Sim6o, quiere deelr majar encumbrada. 
(Bn los dominios del Zipa, mt^fer se deoía fuüha^ y en otras partes 
fura). Frente á éste, y separado por el rfo Minero, hay otro oerro 
más pequeño, que deeían ser su hijo. Eran estos dos cerros uno de 
los adoratorios más famosos de los Ohibehas. Refiérese que euanda 
los Mus9s los expulsaron de esa región, iban á haeer sus devociones 
y oírecimientos á la Faratena y á su hijo, de noehe y ooultándose 
Jo mejor que podfan. Cuando los Muios lograban sorprenderlos, se 
los oomfan. (Simón, T. ni, Pág. 212). 



— 16 — 

... . • • 

gado rasones qne conveDcen de qne los Qoimbayas ha- 
cían parte de la rica nación de loe Zenftes. (1) 

Dos años antes de qne los españoles entraran en las 
tierras del cacique París (si toadas en el istmo de Pa- 
namá, á poca distancia del golfo de Pariza), había lle- 
gado á ellas un gran ejército de gente que venia de la 
vuelta de Nicaragua. Eran hombres feroces qne comían 
carne hamana. Ocuparon un valle llamado Tanraba, 
adonde los indios les llevaban bastimentos. Acometiólos 
nna fuerte epidemia de cámaras y se pusieron en cami- 
no para la Costa, cuando el cacique París los sorpren- 
dió descuidados j débiles, j los mató á todos. (2) 

Las crónicas no suministran noticias que permitan 
seguir las migraciones de otras tribus ; mas por lo dicho 
hasta aquí, fácilmente se infiere cuál es nuestra conclu- 
sión. Los Chibchas descienden de alguno de los pue- 
blos que ocuparon el suelo mexicano ; vinieron del 
Noroeste, subiendo por el río Magdalena j entrando 
probablemente por el Opón al territorio en que se esta- 
blecieron. Su migración debió de efectuarse por cua- 
drillas ó parcialidades, como posteriormente la de los 
Muzos, en una ópoca remota j durante un período de 
tiempo que hoj no es posible determinar. En el capí- 
tulo siguiente hablaremos más extensamente de tan im- 
portante asunto. 



(1) Ensayo etnográfioo y arqueológico de la provincia de los 
Quimbayas. 

(2) Pascual db Avdágota. Rélaeián de los sucesos de Pedro- 
Has Dávila. Pág. 419, j Décadas de HaBBBKA. D. iv, Llb. i, 
Gap. XL 



CAPITULO n 



La lengua chibcha comparada con las lenguas amerieanaa. — No tiene afini- 
dades con el Japonés, el maya, el auiché y el qaiohda. — Brrores de 
Brinton acerca dal origen común de los Chibchas y de otras tribos, y 
la difusión de su lengua. — Oomparación del chibcha con el sinsiga, A 
arnaco y el chimila.— Afinidades del chibcha con el talamanca, el guay* 
mf y otros dialectos istmeftoe.— La migradón de los Chibchas vino 
de la América del Norte, Jejos de haber partido del paf s de éstos hada 
Costarrica, como lo sostiene Brinton. — Semejanza de las obras de arte 
de los Talamancai y Chiriqufes, y desemejanca de las de unos y otros 
respecto de las de les Chibchas.— Similitud de algunas de sus costum- 
bres. 



El estudio comparativo de las lenguas americanas 
ha adelantado bastante en los últimos afios para dar Inz 
respecto de las afinidades de unas naciones con otras y 
del curso que debieron de seguir las migraciones de pue- 
blos. Al idioma chibcha se le han atribuido semejanzas 
con el japonés, el maya, el quiche y el quichua, pero 
nada satisface de lo que sobre esto se ha escrito. El emi- 
nente lingüista Daniel Brinton sostiene que no se encuen- 
tran palabras japonesas en las lenguas propias de Améri- 
ca (1). Basta leer las diez páginas que León Douay (2) 
consagra ala etimología délas voces chibchas, para con- 
vencerse de que nada tiene que ver con el maya. Las eti- 
mologías quichés de algunas palabras chibchas que pro- 
pone el doctor Barberena, no resisten el más ligero aná- 
lisis (3). Por lo que hace al quichua, difiere del chibcha 
hasta en las letras de sus respectivos alfabetos : el pri- 

(1) La raga amérioana: claM^ficaeión Hnf^UUca y d^wrípMn 
€Ínogr4fieii d$ íoi tríbui naíurale$d$laAmérieadélJrort§yladd 
Bar (ea iD|c1é«). 

(9» Madés étymolnffiquéi $ur PawUquM amérieaine. 

(8) Véase #1 Eepertorio Salvadoreño (Majo de 1898). 



— 18 — 

mero de estos idiomas tíene las consonantes U^ñ jr qne 
faltan al último, ¿ la ves qne en éste se bailan las letras 
^i/y 9i d^ 1^ <)ue carece el qnichúa. 

Los recientes trabajos lingfifsticos del doctor Máxi- 
mo ühle revelan de nna manera patente la afinidad de 
los dialectos de Costarrica y de la parte noroeste del 
istmo de Panamá con el chibcha, j permiten segnir la 
rnta que recorrió el pueblo conocido con este último 
nombre. 

Merece este asunto ser tratado con alguna deten- 
ción, y para poner los hechos en claro se hace preciso 
refutar algunas aseveraciones de Brinton, quien á nues- 
tro juicio incurrió en error por deficiencia de datoa 
Dice este autor : 

'* Los más de los qne han escrito sobre los Chibchas han habla- 
do deellos como de una nación casi civilizada, queestaba situada en 
medio de hordas bárbaras y sin aBnidades con ninguna de ellas. 
Ambos juicios son erróneos. Los Chibchas no son sino uno de los 
miembros de una numerosa familia de tribus qne se extendía 
en ambas direcciones del istmo de Panamá, y tenia representan- 
tes as! en la América del Norte como en la del Sur. La lengua 
chibcha estaba mucho mis diseminada al trayés de Nueva Ora- 
nada en el tiempo del descubrimiento, de lo que han dicho poste- 
riores autores. Era Iá lengua general de casi todas las proyincias, 
y ocupaba la misma posición con referencia á los otros idiomas, 
que el quichua en el Perú. Ciertamente, las más de las tribus de 
Nueva Granada eran reconocidas como miembros de esto pue- 
blo. No estaban los Chibchas mucho más adelantados en cultura 
que sus vecinos. ../' 

En el capítulo anterior hicimos una rápida pintura 
de las costumbres de las tribus que rodeaban á los Chib- 
cbas. Las más de ellas no habían salido aún del estado 
salvaje ; algunas eran antropófagas, una era sodomita, 
otra vivía de la rapiña j otra era en extremo sucia é 
inmunda, vicios odiosos á los Chibchas, con quienes ni 



— 19 — 

Qna sola tenía afinidades de ningana clase. El autor no 
ha leído las primitivas crónicas, paes de lo contrario 
habría visto que en ninguna de ellas se dice qne la len- 
gua de este paeblo, el más civilizado del Naevo ReinOi 
faera la general de casi todas las provincias. Conviene 
hacer algunas citas. Leemos en el Epitome de la canquis- 
ta que, cuando ya pasaron los descubridores las sierras 
de Opón, " paresció haber llegado adonde deseaban y 
entendióse luego en la conquista de aquella tierra, aun* 
que ciegos, por no saber en la tierra en que estaban, y 
también porque lenguas con qué entenderse con los in- 
dios ya no las había, porque la lengua del Rio Ghrande 
ya no se hablaba en las sierras^ ni en el Nuevo Reino se 
habla la de las sierras^ (1) Oviedo (2), Castellanos (3) 
y Herrera (4) confirman esta aseveración. El Padre Si- 
món dice que los españoles '^ padecieron mucho á los 
principios con las mal expertas lenguas,''y añade ^^que 
algunas indias que habían quedado de las que salieron 
de Santa Marta, siendo ya ladinas en nuestra lengua, y 
aprendiendo con facilidad la de los Bogotáes, ó chibcha, 
por el más común trato que tenían con algunas indias 
moscas que se venían de mucha amistad á los nuestros, 
salieron muy buenas lenguaraces en ambas lenguas, cas- 
tellana y mosca, que no fueron de poca importancia 
para de allí adelante seguir de intérpretes en las cosas 
que se ofrecían con los indios.^' (5) El testimonio de 
estos autores deja sin valor alguno las afirmaciones con- 
trarias de Alcedo y Coleti, en que se apoya Brinton. 
Las crónicas que hemos citado son las verdaderas fuen- 
tes de la historia, en canto que los diccionarios geográ- 

(I) Pág. u. ' " 

(2> T. II, pág. 384. 

(3) T. I, pág. 88. 

(4) Déo. VI, Li, cap. n. 
C6) T. Xl, pág. 143 7 155. 



— 20 — 

fieos de Alcedo y Coleti son meras compilaciones de 
caso valor histórico. Brinton cita igualmente al Padre 
José Cassaniy quien dice de los Chibchas : . 

''Esta nación es extendidíssima, y su lengna loes tanto, que 
quien la sabe, paedo correr casi todo el vasto terreno del NaeTO 
Beinoj á que se han extendido estas misiones.'' 

En otra parte de su Historia dice el mismo Padre, 
refiriéndose á las misiones de los llanos de Casanare y 
en particular á las de los Tunebos, Morcotes, Guacióos 
y Chitas, que ^^ ^is lenguas más eran dialedos de la Mos- 
ca que lenguas distintas^ (1) 

Sobran testimonios para contradecir al Padre Cas- 
sani. El cronista Herrera dice que ^^en todo el Nuevo 
Reino no hay lengua general." (2) ün sacerdote espa- 
ñol que estuvo en el Nuevo Reino de Granada, D. An- 
tonio Julián, autor del libro La perla de la América^ 
provincia de Santa Marta^ afirma lo siguiente : 

'' Algunas lenguas ha habido, y aun se conservan generales 
7 extendidas en machas naciones, y gran parte de nn reino; sin 
embargo, por lo menos en el Nueyo Reino, cada nación que no 
depende de otra suele tener diferente lengua. . • • En el Reino de 
Santafé dominaba la lengua de los Moscas, nación nnmerosisima, 
que habitaba en las sabanas ó llanos deliciosos y vastísimos do 
Bogotá. Fuera de esris llanos, y pasando á otros climas, se habla- 
ban ya diversas lenguas/' (3) 

El Padre Cassani, autor bastante falto de criterio, 
no estuvo en el Nuevo Reino de Granada; compuso su 
libro en Madrid, con arreglo á las obras manuscritas de 
los Padres Pedro Mercado y Juan de Rivero. Este últi- 
mo escribió su Historia de las misiones mientras ejercía 
el apostolado en los Llanos y en la región que baffa el 

(1) HUtoria de la provincia de la CompatUía de Jeíús del Nue» 
vo Reine de Granada. Madrid, 1741. Paga. S6 y i8. 

(2) Deeeripdán de las India». Cap. XVL 

(3) Discurso xnr. 



— 21 — 

Orinoco, donde pasó los diez j seis postreros afios de sa 
vida. 

'^Sn verdad y sinceridad eslá bien calificada— dice Cas9ani— 
en sa virtuosa vida/' 

Hé aquí lo que dice tan autorizado escritor : 

'' Las naciones que habitan toda esta cordillera son mnchas, 
á saber: Morcotes, Onaceos, Tunebos, Chitas, con otros. ••. £1 
gentío era mucho, pues en solo Morcóte, Pauto y Támara se con- 
taban como seis mil almas cuando entraron los Padres, y junto 
con los Tunebos y los del pueblo de Ghita formabau un gentío 
muy cuantioso y difícil de doctrinar, por la variedad de lenguas. 

''Tienen los Tunebos dos idiomas, el uno muy cerrado y difí- 
cil, pero uniTersal y que lo entienden todos; el otro, llamado f k- 
boique, es más fácil pero no tan general, pues no lo entienden los 
indios de Tierra-adentro; es gracioso este lenguaje, y tanto los 
veibos como los nombres tienen la asonancia de esdrá julos, y los 
indios hacen ostentación de hablarlo delante de quien no los en- 
tiende/' (1) 

En la introducción á la Gramática chibcha de Uri- 
coechea, trae éste ana maestra de la lengua sínsiga, ^'qae 
se habla por ana parte de loa Tunebos en la vecindad 
de Chita/' Son sesenta palabras, de las cuales sólo diez 
se asemejan más ó menos á las voces chibchas que tie* 
nen el mismo significado. Hólas aquí : 

CHIBCHA SÍNSIGA 

Lengua pena etíAua. 

Ojo • vpcua. uba. 

Oreja .••• cuAuca encaja* 

Oído cuhíica chie eucayucara. 

Pestafias « . • • • upeuaga ubanaba. 

Godo chispcua cuica. 

Maíz aba.. eba. 

Piedra hica ahaca. 

Sombrero pcuapcua oeuara, 

(9) Paga. 84 7 65. 



— 2» — 

Seg&a nnestro dictamen, de acaerdo can el de üri- 
coechea, el aínsiga era un idioma distinto del chibcha. 

Fácilmente se comprende qne las lenguas de esas 
tribus semi-salvBJes, naturalmente escasas de palabras^ 
se hubieran alterado con la vecindad 7 el trato con los 
Chibchas, como sucede en las fronteras de los países 
aun más civilizados, y esto dio origen á que fueran con- 
sideradas por algunos como dialectos chibchas. 

Brintou encuentra afinidades de origen 7 de Icn- 
gnaje entre los Chibchas 7 las tribus de los Aruacos, 
habitantes de la Sierra Nevada, los Taironas, que ocu- 
paban las faldas de esta Sierra, 7 sus vecinos los Chimi- 
las, que tenían sus dominios al sur de la Ciénaga. (1) 

Cuando Jiménez de Quesada vino por tierra desde 
Santa Marta á descubrir el interior del Nuevo Reino, 
ya las tribus de que hemos hablado habían sido conquis- 
tadas, 7 él pasó con su expedición por el territorio de 
los Chimilas. Los intérpretes indios que llevaba cono- 
cían naturalmente esas lenguas, 7 sin embargo no pu- 
dieron entenderse con los Chibchaa 

Por otra parte, la comparación de los idiomas versa 
sobre tan pocas palabras, 7 la similitud es en varias de 
ellas tan poca, que toda conclusión es aventurada. Son 
las siguientes: 

CHIBCHA ARUACO CHIMILA 

Orejas cuhuca kuhcua kuúaaka. 

Lengua pctia inca. kuá. 

Pie quihicha ksa 

Sol Bíia yuia 

Casa gÜ3 » hni 

(1) De la lista de loe dlaleotoi qae Brlaton eoDsidera afloes del 
Idioma ehiboha, es forzoso elimlaar los siguientes: araaeo, blataeaa, 
ehleamocha (00 eilstló tal dlaleeto), ehlmlU, ehlla 7 sfoslga (qae 
qalsá son ano mismo), gaaelop, gaamaea, kOggaba, moreote, tairo- 
na j tnnebo. Deben agregane á dieha lista los dialeetos chamalai 
gaalaea j ehangalna. 



— 23 — 

CHIBCHA ARÜAOO 

Lana chía íii Hi 

Faego gata gue 

Gabeza sysqui zankalhi 

Ojo npcua uba 

Boca quyhyca kokka Mokua 

Mano yia aita-kra aaitakrá 

Uno ata..... kuU kuU 

Dos bosa fnoga muuhtiá 

Tres mica maigua 

Caatro muyhica murieié tnurieiS 

Pudieron los Chibchas, por una parte, los Arua- 
cos y Chimilas por otra^ traer su origen de pueblos 
distintos que hablaran idiomas derivados de una misma 
lengua madre : esto explicaría la similitud de algunas 
de las voces que usaban. 

Tratando de la permanencia de tribus de la familia 
de los Chibchas en la América del Norte, se expresa 
Brinton en los siguientes términos : 

'^ En los Estados de Panamá y Costurriea, cierto número 
de tribus estaban filialmente anidas á los puestos avanzados de la 
nación Ghibcha, 6 profundamente influidas por ellos. (1) Estas 
eran : los GnajmSes en Veragnas» que poseían el suelo de un océa- 
no ¿ otro, 7 los Talamancas de Costarrica, quienes, divididos en 
cierto numero de pequeñas tribus, se extendian casi hasta los li- 
mites del actual Estado de Nicaragua. Se ha demostrado reciente- 
mente, 7 creo que con evidencia que satisface, que sus idiomas 
contienen un gran numero de palabras chibchas, 7 de ial natura- 
leza, qno dificilmeiite pueden haber sido tomadas de este pueblo, 
pero que indican una prolongada mezcla de familias. . .. 

'^£1 doctor Máximo Uhle ha reunido numerosas formas ver- 
bales idénticas entre los varios dialectos guajmies 7 talamancas 

(1) Batamos de aoaerdo con lo primero, pero cambiando el ea- 
lifloativo^/<a¿ por/raternal^ pnes más adelante veremos qae estas 
tribus eran probablemente hermanas de los Ohibehas , como párela- 
lidadea de ana misma familia. No aceptamos lo segando; ya diji- 
mos aa# no oreemos qae los Arnacos, Talronas 7 Ohlmllas fuesen 
Ohlbehaa. 



— 24 — 

por una parte, y el arnaco y el chibeha por otra, incinyendo los 
más de los simples namerales y otras machas voces, ademis de las 
que probablemente f nerón introdncidas por el comercio. No de- 
teniéndose en esto, ha desarrollado sacesiramente nña variedad 
de leyes de cambios vocales y consonantes en los dialectos, qne 
dan á la semejanza de los dos grupos un marcado relieve, y borran 
muchas de sns aparentes diferencias. Por otra parte demuestra 
qne las terminaciones del presente y del imperativo son idénticas, 
porque la colocación de las palabras en la sentencia es semejante 
en ambos. Estos y sus otros argumentos creo que son suficientes 
}>ara dar fundamento ¿ su tesis; y yo me esfuerzo en exponerla 
porque la considero de una importancia extraordinaria en su apli- 
cación á las relaciones que existían en los tiempos prehistóricos 
entre las tribus de los dos continentes. '' 

Con el fin de ilustrar estos pantos, copia el autor 
el siguiente cuadro comparativo de las lenguas chibeha, 
talamanca y guaymí, formado por el doctor Máximo 
Uhle. 



Cabeza sysquy.» • « . . 

Oreja. cuAuca 

Lengua pctía 

Pechos chue 

Mollera mué 

Pie ... quihicha. . . . 

Pájaro tue 

Pescado gua 

Hormiga. ize 

Maíz aba 

Piedra hica 

Agua. é%$. 

Sol sua 

Gasa. gvs 

Peine cuta 

Uno ata • • • . . . • • 

Dos h09€^ 

Tres mica ... ... 



TALAICAKCA GUATMÍ 

dxeíufiff thoiua 

kuku 

ku 

Í8U 

mowo 

idacha 

du 

g^M 

isa 

ep, 

hak 

di chi 

chui 

xu 



hu. . . . 
kasch 
et. .., 
hu.... 
mia... 



ti 
mai 



— 96 — 

Como entre los Talamancas y los Guay míes se inter- 
ponían los Dorasques ó Dorachos, que habitaban las se- 
rranías de Chiriqaíi juzgamos natural que todos hicie- 
ran parte de un mismo pueblo situado en territorio 
continuo* La comparación de los dialectos chumulu, 
gualaca y changuene 6 changuina, hablados por parcia- 
lidades de la tribu de los Dorasques, con la lengua chib- 
cha, nos demostró que nuestra presunción era fundada. 
Juzgue el lector si tenemos razón en vista del siguiente 
cuadro : (1) 

CBIBCnA CHUMULU OUALACA CHANOTJINA 

Lengua. pcua huha Jcuba 

Oreja cuhuca hugá hugá 

Cabeza sysquy duku dú 

Ojo ••• upcua okó kusokó. ... ukú 

Nariz saca nekó negú oakai 

Dientes sica su su 

Sangre yba • • • havé havé 

Pájaro sus dul 

Cangrejo supcua . ... subak suara. 

Rio xie, sis si ci 

Agua sis ;V, 81 U ji 

Piedra hica luik agá haga 

Casa gOs. hu hu xu 

Maíz aba hábu ábu, háu 

Volviendo ¿ la cita de Brinton, que interrumpimos 
con el ñn de comprobar sus observaciones, sentimos no 
estar de acuerdo con la conclusión que saca de sus pre- 
misas. Dice así : 

*^ Por lo que hace á la migración^ no pienso que la discusión 
de los cambios dialécticos deje ningún camino para la duda. To- 
dos ellos indican frotamiento y pérdida de la forma original, ta- 
les como los trazamos de Sur & Norte- América; evidentemente 
las hordas errantes se morieron dentro de la última, partiendo 
del continente meridional. Pussto qus no hay evidencia de que 
ninguna tribu norte-americana emigrase á la América del Sur,*' 

(1) Véase el Vooábfilario easMlano dorasque^ por A. L. Pinart. 
Parii, 1890. 



— 26 — 

Esta última proposición, que nos parece 4^InaBiado 
absolata, nada prueba, nna vez que se le puede oponer 
la contra ría : no hay evidencia de que nhiffuna tribu sur* 
americana emigrase á la América del liarte. Ni los Chib- 
chas ni los Talamancas y Guaymíes tenían ning&n géne- 
ro de escritura, por consigoiente no conservaban re- 
cuerdo de su origen. 

Volviendo á la afirmación de este autor, presenta- 
remos un caso de migración de una parcialidad que 
partió de México j se estableció en el extremo noroes- 
te de la América del Sur, en territorio colombiano. (1) 

''Una colouia mexicana existia en el valle del Tilorío (Talla 
del Duy) hacia la bahía del Almirante, y poblaba la isla de Tójar^ 
hoy de Colón, y los pueblos de Chicana y Moyana, Qaequexqne 
y Oorotapa en la tierra firme (hacia la punta Tervi) [2]. Su ca- 
cique Iztolin se entendió cu lengua mexicana con Juan Visques 
de Coronado en 1564.'' (3) 

No es razonable suponer que parcialidades del 
pueblo chibcha, tan extraño á la navegación, por ha- 
llarse muy lejos del mar y apartado de los grandes ríos, 
hubieran podido bajar en canoas el Magdalena y pasar 
el mar para llegar á Costarrica. Esto, que era fácil para 
las gentes que vivían cerca del litoral mexicano y que 
estaban avezadas á navegar, era impracticable para loa 
Chibchas. 

Pero demos por probada, por un momento, la con- 
clusión de Brinton : tribus del pueblo chibcha emigra- 

(1) No es nuestro ánimo sostener qae el if tmo de Panamá haga 
parte de la América del Bar; mas como Brinton sefiala en sa obra 
eomo límite etnográfieo de la América del Norte la eordilleraqae 
separa á Nicaragua de Costarrica y las cabeceras de Biofrío, nos 
conformamos con este concepto para el efecto de impugnar sa pro- 
posición. 

(9 Pinart cree qae esta colonia tenía sa asiento en el Talle del 
Bobalo, río qae desaga» en la parte occidental de la lagaña de Ghi- 
riqot 

(3) MAiruBL M.- DB PxB ALTA y Anastasio AiiVARO/ Btnologia^ 
cmUro^merieana. Madrid, 1S98. 



- 87 — 

COR de la altiplanicie hacia el Norte 7 foerou ¿ estable^ 
cerse cerca de la Costa atlántica, en el istmo de Panamá 
y en Costarrica. Luego ¿de dónde vinieron entonces los 
Chibchas?. No fue de la tierra de los Incas, puesto que 
Brinton dice que ^'haj muchas razones satisfactorias 
para creer que los primeros Quichuas aparecieron en la 
América del Sur en el extremo norte que ellos ocupa- 
ron en los últimos tiempos (el Ecuador), 7 que el curso 
de su migración fue constantemente de Norte á Sur."(l) 
No descendían los Chibchas de los atrasados Quitos, ni 
de los Scyries, vencedores de éstos, que decían haber 
llegado á la costa del Ecuador, viniendo del Noroeste 
por mar, embarcados en balsas. Tampoco entraron por 
el Oriente de Venezuela, con cu7as tribus bárbaras no 
se les han hallado afinidades de ninguna clase. Fue- 
ron, pues, originarios de la América del Norte, 7 par- 
tieron probablemente del territorio mexicano. Algunas 
de sus parcialidades terminaron su larga peregrinación 
en Costarrica 7 en la parte noroeste del istmo de Pana- 
má, donde se establecieron ; otras siguieron navegando 
al Sudeste 7 entraron por el río Magdalena alo interior 
del Nuevo Reino de Granada. 

Esto es á lo menos lo que nos parece más proba- 
ble, 7 lo que está más de acuerdo con los hechos. 

Si los Chibchas, los Talamancas, Chiriquíes7 Gua7- 
míes tuvieron un mismo origen, los primeros no volvie- 
ron á comunicarse con los tres últimos, 7 el arte tomó 
distinto camino entre estas dos grandes divisiones de la 
familia, en los largos siglos que transcurrieron desde su 
separación. Las alhajas 7 .figuras de oro, las piezas de 

(1) 81 los QalebAas procedieron del Norte, y niDgAn autor ha 
dieho qae íaeron orlandoe del N aero Reino de Qranada, íonoso es 
bascar sn origen en la América septentrional^ pnesto qne Brintoo 
no cree que hmyft habido migraciones polinesianas á América. 



— 28 — 

cerámica, los metates y las piedras labradas de Chíriqai 
son tan semejantes á los de Talamanca en su forma 7 
en sas adornos, qne parecen hechos por un mismo pne- 
blo. No sucede lo mismo si se comparan estos objetos 
con las obras de arte de los Chibchas, pues la diferen- 
cia es muj grande en todos sentidos. Para persuadirse 
de ello basta cotejar las figuras de este libro con las que 
trae la excelente monografía escrita en inglés por Wi- 
Iliam Holmes: Arte antiguo de la provincia de Chiriqul. 
La única semejanza que hemos hallado consiste en que 
los Dorasques ó Chiriquíes ponían, como los Chibchas, 
orejas en forma de espiral á las pequeñas figuras de oro 
j de cobre que vaciaban. 

En el modo de hacer los entierros, asi como en las 
ideas de inmortalidad que el contenido de las guacas 
revela, hallamos gran similitud entre unos 7 otros Esta- 
dos 7 tribus. Bien quisiéramos hacer extensiva la com- 
paración á la religión 7 á las costumbres, pero por 
desgracia es ma7 poco lo que se sabe de los Tala- 
mancas, Dorasques 7 6aa7m(es. Parece evidente que las 
tribus que hacían parte de estos pueblos se asemejaban 
á los Chibchas en que no eran antropóíagas ; en que los 
caciques tenían en algunas de ellas muchas mnjeres, 7 la 
primera con quien se casaban era la favorita ; celebra- 
ban el matrimonio sin ceremonias 7 compraban la mu- 
jer; 7 en otras eran sacrificados los prisioneros de 
guerra, ó reducidos á la esclavitud para sepultarlos más 
tarde con sus dueños (1). 



(1) Lm Measas notlolM qae te tienen de las eoatambrea de los 
TalamancM, Dorasqaes 7 Qaa7míe8, se hallan en los sigalentes au- 
tores: 

BAVcacFr. Th9 nstit§ races o/the Pacfflú staUs. T. i. 
FiVABT. Chiriqui^Booas dü Tin'o-VqUt Miranda. 
FEBiLTA y Alfabo. Btnolo^ oenÍro-am$rieana. 



OAFITULO m 



La lengua cbibcha v las obras que trata-a de ella^Oosmogonia d) loa Chlb- 
dus.—Chiiniíiigiffaa, el Dios creador. — Bachúe. la madre de loe pri- 
morea hombres.— T)oa caciquea coavertidoa en sol y luna. — Fiesta del 
hilan.— Bochica, civilizador y maestro déla nación.— ¿Existió Bochica, 
6 es un mito que personifica el Bien?— ¿Fue uno de los apóstoles?— Las 
cruces chibchss. — ¿Bra Bochica el mismo personaje oue IdacansásT— 
¿Quién era éstef— Errores de Pledrahita relativoa á Bochica.— Quién 
fue Huitaca.— Formación del salto de Tequendama. 

El primer misionero que estadio gramaticalmente 
la lengaa chibcha fae el Padre José Dadey ; ^' para con- 
seguir su comprchensión, se hizo discípulo de los que 
no podían ser maestros. Hablando materialmente coa 
los indios, les oía una palabra y la apuntaba; como podía 
examinaba su significación, que ponía al lado, y con 
suma paciencia y continua aplicación fue formando un 
diccionario. Hasta aquí pudo ser trabajo material ; pero 
hecho éste, como ya hablaba corriente, empezó á ob- 
servar los casos y géneros de los nombres, los tiempos 
de los verbos, la construcción de las oraciones, y dis- 
puso su Arte^ cuyos dos libros duran, hasta el día de 
hoy, y han sido, son y serán guía de todos " (1). El Avie 
de la lengua chibcha del Padre Dadey se perdió ; sólo 
queda la gramática de esta lengua, que, junto con un 
Catecismo y Confesionario de la misma, compuso el Pa. 
dre Bernardo Lugo y se imprimió en Madrid en 1619. 
El señor Ezequiel Uricoechea prestó á las letras colom- 
bianas el servicio de reimprimirla en 1871, agregándole 
el vocabulario del Padre Lugo, que se conservaba ma- 

^ (1) Padbb Gassani. Cap. in. 



— 80 — 

noscríto, y poniéndole interesantes notas y coméntanos^ 
El trabajo del Padre Logo es imperfecto, incompletOi 
y contiene numerosos neologismos tomados del espaffol 
y ann de idiomas indígenas : esto es mny sensible, por- 
que el escaso conocimiento de la lengna chibcha difi- 
culta los estudios de lingüistica americana comparada. 
No dio siquiera reglas para la pronunciación y el acen- 
to, que cayeron en olvido (1). 

Faltaban á este idioma las letras d, /, Z/, n, r y 9, 
algunas de las cuales se encuentran en el hunsa, el tun- 
dama, el iraca y en otros dialectos, pues como este pue- 
blo no alcanzó á tener unidad de gobierno, en cada se- 
ñorío ó cacicazgo se hablaba un dialecto distinto (2). 

El sonido de la c%, la y (3) y la z era mny diferente 
del castellano, y propiamente hablando no hacían uso de 

(1) El Padre Logo no hacía uso de la diéresis, ni aun en easte- 
Uana, y por lo mismo no sabemos eómo pronunciaban los Otübehas 
las sílabas ffUñ^ gui. Se Ignora, por ejemplo, si casa debe eseribirse 
gue 6 gfle, itinte^ gueía 6 güeta. La 6 la yoelya t», eomo en etíaum 
por estaba; auia, por había; xiua por ziba, laguna; ytiua por yMa^ 
pnnta del dedo de la mano» ete. 

(2) Presentaremos eomo ejemplo nn dialecto del Norte. 

Sn la introducción á la Gramática de la Ungida ehibiha de 
Ürieoechea se pueden yer once preguntas del CaUcümo con ans 
respaestas en el dialecto de Tondama. Las más de Us palabras qae 
ligaran en ellas tienen alguna semejanza con las yoces ehlbshas co- 
rrespondientes. H6 aqoí las principales: 

CHIBCHÁ TÜNDAMA 

Padri paba paba. 

Hijo chuta tutia. 

Sol sua so. 

Lana ehia tía. 

Tierra 6 reglón quica coga. 

Monte gua gua. 

Quebrada guatoe guiatiba. 

Bayo pcuahQS% peuare. 

Verdad oeasa eub. 

Pues nga nran. 

Uno ata otia. 

Tres miea mHa, 

Bfhaj 000^^9 gu» comthiagnvni^ 

Bsanosolo atugue atiaguchi. 

(8) Bztote en la Biblloteea ^facional de Bogotá ana gramállea 
riilbriía maDusc ri t a, sin nombre de autor; en ella se flleeqaela 
piononciaclón de la cA no se ha ée kacer eoa tota la leogoa. sla» 



6ttt<^*';6ltíBia letM;-)poe8ko que el Padvr*£iiigiO 'dice 909 
ha áit ptoniiuevurse como la 8 (1). 

Era escasa de vocablos, y no pocos de ellos tenían 
varios significados. Las sílabas cJia^ chi^ cho^ chu, repe- 
tidas con bastante frecuencia, la hacían desagradable al 
oído. No se advierte en ella la languidez y la dulzura 
que algunos le han atribuido ; más bien era monótona 
por la frecuente repetición de sonidos semejan tes« Ca- 
recía de palabras propias para expresar ideas abstrae- 
tas ; no tenía nombre genérico aplicable á sus falsos dio- 
ses. Finalmente, ya que los Chibchas no conocieron nin- 
guna clase de escritura ideográfica ni fonética, les falló 
la ocasión de pulir y cultivar su lengua. Aunque tenían 
cantares á^manera de villancicos, en los que referían los 
sucesos presentes y pasados, y fórmulas de oracio- 
nes para sus diversas clases de sacrificios, no nos ha 
quedado de ellos ni la más pequeña muestra. Por lo 
dicho, bien se comprende cómo se alterarían todas las 
tradiciones, confiadas únicamente á la memoria. Así di- 
ce, con razón, el Padre Simón " que si tienen persuadida 
alguna verdad, está tan envuelta en fabulosas mentiras 
y vanidades, que con ellas se confunde y quita su fuerza.'^ 
Veamos cómo brillan verdades primitivas mezcladas 
con ritos absurdos. 

Tenían los Chibchas noticia de la creación del mun- 
do. Decían que cuando era noche y antes de que hu- 

eon la punta no más, y qae la y no tiene el sonido de « ni de i, sina 
qne raenajentre las doi. Conyiene adirertir qae loe eepa&olee eon* 
rertían eea letra y 6 ypMon invrsa^ eomo la denomina el P. Lago, 
•en «, eomo en laa |»alabrat ehyquy^ muyquy^ nymy y quyne (saeer* 
dote, eampo^ leoneiUo 6 gato niont6«, j haeeo), que prononeiaban 
j9§U€t mutqut^ iMfiitf, jtMfitf, y Mu$quHát N^rntgumíé^ en loa roca* 
tdoe oompaeetoi. 

XI) Serla 16gieo, por -eonelgalente, no emplear la # en lae pafai-^ 
Inae «htbdiM, 7 eeeritiir Síin^ ttipaódn, Bipaqalrá^ Saqae, ete. Por 
•ooofomianM» eon «1 «eo ^eetableeido, no &emoe heotio e«ta ooniw* 
«lente iMiovaeite. 



— » — 

bien nada, estaba la los metida dentro de algo grande, 
qne daban á entender que era nn ser omnipotente : 
el Chiminigagna. Eate ser lominoBO comenzó á amane- 
cer y á mostrar la las que en sí guardaba. Procedió 
luego á crear cosas, empezando por unas grandes aves 
negras, que mandó por todo el mundo echando aire 
resplandeciente por los picos, quedando con esto el 
orbe iluminado (1). El Señor de todas las cosas, el Ser 
bueno, creó también el sol, la luna y todo lo que forma 
la belleza del universo. Si los cronistas no agregaron 
algunos rasgos á esta cosmogonía, no puede menos de 
observarse que tiene cierta semejanza con las de los 
pueblos primitivos del antiguo continente. De Chimini* 
gagua no hacían ninguna figura ni le tributaban culto, 
porque decían que debían más bien adorar al Sol, por 
ser criatura más lucida, y á la Luna, como á su mujer y 
compañera. 

A una legua del antiguo pueblo de indios de Igua- 
que, situado al nordeste de Tanja, hay unas empinadas 
sierras de páramos y peñascos cortados, cubiertos de 
niebla casi todo el año. En una de aquellas cumbres se 
hace una hondonada que termina en una pequeña la- 
guna, de donde decían los indios que luego que ama- 
neció y apareció la luz y fueron creadas todas las co- 
sas, salió una mujer que llamaban Bachúe (2), y á quien, 
por los muchos beneficios que les hizo, dieron también 
el nombre de Furachogue (de/wra, mujer ; cfeo, buena, 
y gtie^ es). Esta sacó consigo de entre las aguas un niño 
de edad de tres años, y llevándolo de la mano bajó con 

(1) Diee eandoroaamente el Padre Simón que ** no adTertfáa 
que es el sol el qae da la Ins." 

(2) Palabra formada de /oo, afuera (toz eoDTerüda en bao 
(«amblando la / por 6), y ehue^ pechos: es decir, peéhoi MclienU» 6 
turgentes. La etimología de esta díeéión era sin dada alasfva A la 
namerosa prole, qne deefán los Chibehas habfá* eírlááb á sos péebos, 
la qne eUos Teneraban eomo origen de sn pueblo. 



— 88 — 

él al llano. Allí edificó ana casa donde vivieron hasta 
que el niño tuvo edad para casarse con ella. Bachúe 
fae tan fecunda, que daba á luz hasta cuatro ó seis hi- 
jos á la vez. Pronto se IlencS de gente la tierra de los 
Chibchas, porque andaba la pareja por todas partes de- 
jando hijos que poblaran. Habiendo llegado á una edad 
muy avanzada, se volvieron con gran séquito á Igua* 
que 7 de allí pasaron á la laguna. Bach&e se dirigió 
á la muchedumbre exhortando á todos á la paz 7 li la 
concordia, á la guarda de las ]e7es 7 preceptos que les 
había dado, 7 al culto de los dioses. Concluido esto, 
se despidieron ella 7 su marido con singulares demos- 
traciones de pena, de parte de ellos 7 de sus 07entes ; 
luego desaparecieron en la laguna convertidos en dos 
mu7 grandes culebras. Contaron los indios á Bachúe 
entre sus dioses, 7 aseguraban que se les había apareci- 
do en varios lugares. 

Los naturales de Tanja 7 los de Iraca tenían otra 
fábula para explicar el origen de los hombres. Referían 
que cuando 7a había cielos 7 tierra, 7 lo demás, fuera 
del sol 7 la luna, todo estaba envuelto en tinieblas, pero 
existían dos personas, el cacique de Iraca 7 el de Ra- 
miriquí, sobrino del anterior {aic). Estos se pusieron á 
fabricar hombres de tierra amarilla 7 mujeres de una 
7erba alta de tallo hueco. Mas como seguía el mundo 
sumido en la oscuridad, el Iraca mandó al Ramiriquíjse 
subiese al cielo convertido en sol 7 alumbrase el orbe. 
Viendo luego qae la noche continuaba oscura, subióse 
el Iraca mismo al firmamento é hízose luna, con lo que 
los indios se cre7eron obligados á adorar á. estos dos as- 
tros. En conmemoración de este suceso celebraban en 
los señoríos de Tunja 7 de Iraca una fiesta en el úl- 
timo mes del año. Salían doce hombres vestidos todos 



da^ Golotado, <soii gmcnaldw, 7 U&vafido aQl>re lar. frenla 
un pájuro peqoefio. En inedio. de; ellos estaba otro T6Sr 
tido de uní, 7 todos cantaban tristemente, hacien- 
do recuerdo de la mnerte, j era deber del cacique con- 
vidarlos á todos 7 alegrarlos dándoles mucha chicha, 
con lo que olvidaban pronto la muerte y no pensaban 
sino en regocijarse. ¿ No es esta una ingeniosa ale- 
goría del año de doce meses, en la que el personaje de 
librea azul represente el sol, y los de librea colorada 
las doce lunaciones ? \ Qué bien pinte este fiesta, por 
otra parte, el carácter de los indios, pasando con tánte 
facilidad del dolor al placer, y ahogando siempre sus 
penas en la chicha ! 

Ta había dado Bachue leyes á los Chibchas y les 
había enseñado el culto de los dioses ; ya adoraban al 
Sol y á la Luna, pero aún esteban muy atrasados y ves- 
tían toscamente, cuando se apareció en la Sabana de 
Bogotá, viniendo por el Oriente y entrando por Pasca, 
un extranjero de edad provéete, de crecida barba, con 
los cabellos largos haste la cintura, recogidos en la ca- 
beza con una faja ó rodete (1). Andaba descalzo, cu- 
bríale el cuerpo una almalafa 6 manto, cuyas puntes 
ataba sobre el hombro con un nudo. Este era el civiliza, 
dor y maestro de los Chibchas ; Bochica, Xue (2) 6 Nem- 
terequeteba(3), nombres con que fue más generalmente 

(1) 41gaoofl aotorea moderóos tleaen por cierto qae Boehlea 
era de raza blanca, p<^ru esto nr* \o dice oiogAo croolata. 

(S) JTun 6 Zfu^ aiguia^a mi seflor^ y Ave, ««flor 6 amo. 

(3) Gastellanoa caeribe JSTtuUrequiUua^ en vez de HfMereg^ieUéa 
(cambiando la b por i*. como era da aso entonce») ; el Padre Simóiit 
JSfémUr^qutitba^ y Piedrahlta, NémgtMuba. 

Kl Padre Simón, qoe signe en lo qne se refiere al cWilizador de 
les Chibchas el relato de Gastellanoa, am pilándolo con notídas 
importantes, no le da el nombre de Bochica, sino los otros dos 
qoe acabamos de citür. Kn estaparte nos adherimos sin ▼ael'> 
lációñ A Gfiatellanos, por ser más antigpo. pmr haber tenido motl^ 
TOS para estar mejor informado, y porque los demás cronistas y aato- 
iiMBodemos^.con esBopcita de AcostajlüemaiaxCompaiis (qaaAO 



tKmocido. Decira algunos ^pie tres j^edicadores babf aa 
Tenido^ en diferentes tiempc»,. pero los más sostenían 
qne era un mismo personaje, lo qne nos parece más 
aceptable. La diferencia de nombres se explica fácil- 
mente, si se tiene en cuenta la variedad de los dialec- 
tos que se hablaban, y los apodos qne le daban, movi- 
dos por la veneración que le tenían. Tan grande era 
esta veneración, que llegaron á considerarlo como el 
mensajero de Chiminigagua, el Dios creador, y como á 
tál le pusieron el epíteto de Chimisapagua. Decían que 
había venido veinte ciclos de setenta años antes de 
la entrada de los españoles ; mas ellos no tenían cronolo- 
gía, como lo veremos más adelante, y así no puede dar- 
se á sus cómputos ni una estimación aproximada. Lo 
que sí es cierto es que la figura de Bochica es el cen- 
tro de las legendarias tradiciones de los Chibchas. 

En el capítulo primero trazamos el itinerario que 
siguió en su peregrinación este famoso reformador. 
Cuéntase que antes de seguir para el Norte se detuvo 
unos días en Cota, predicando con gran concurso de 
gente de toda la comarca, desde un sitio nn poco alto 
al rededor del cual cavaron un foso de más de dos mil 
pasos, para que la muchedumbre no lo atrepellara y pu- 
diera predicar más libremente. Muchos indios principa- 
les hicieron santuarios eu aquel sitio, en los que ente- 
rraron tunjos de oro y esmeraldas. De noche se recogía 
el maestro á una cueva á las faldas de la sierra. 

leyeron la HUioria del Nuevo Reino de Granada)^ ee eoníorman 
eon el dictamen de este aator. 

Finalmente, Pledrahita eseribe erradamente ZuM en ves de 
JTue^ y da el mismo nombre al sol, eontrlboyendo eon esta íalf a si« 
Bomimla á que se eoníonda este astro con Boehioa. Los otros cro- 
nistas llaman al sol eua. 

Mala gnfa son los cronistas para las roces cbibchss, pnes las al- 
teran con írecacneia por falta de conocimiento de esta lengaa. Por 
ejemplo, é los sacerdotes 6 ohyí^y los llama aignna res el Padre Si- 
món opguss,. y Pledrabita «augaieSk Ai So1,.AmI| lo-tvneca Jiméneade 
Qoeasida en Tíeo^ etc. 



Por todas partes donde iba enseffaba á las genteÉ 
á hilar algodón, tejer mantas y adornarlas con pintaras. 
Refieren que en sos predicaciones los instruía en ma- 
chas verdades, convenciéndoles de que las almas son in- 
mortales, qne reciben premio 6 castigo segñn sus obras, j 
que los cuerpos han de resucitar. Dióles varios buenos 
preceptos, entre otros el de socorrer con limosnas á los 
menesterosos, 7 con el ejemplo de ana vida austera les 
enseñó á practicarlos. 

En el cacicazgo de Iraca se hallaba muy divulgada 
la noticia de Bochica, aunque con algunas variaciones. 
Aseguraban que había venido cuatro edades antes i 
aquel valle, en tiempo de un cacique llamado Nompa- 
nóm ; que traía en la cabeza y los brazos la sefial de la 
cruz y en la mano una macana que le servía de bor- 
dón. (1) 

En Iraca fue muy venerado de Nompaném y sus 
vasallos. Propúsose este cacique hacer que en sus tie- 
rras se cumpliesen los preceptos del maestro, y le pidió 
consejo sobre las penas que debía aplicar como sanción. 
Contestóle que los mandamientos debían guardarse vo- 
luntariamente y no con rigores dé este mundo, pues en 
el otro hay premios reservados para los observantes de 
la ley, y castigos para los transgresores. 

Unos afirmaban que el célebre maestro murió en 
Sugamuxi ; otros, que de allí pasó í Iza, donde también 
predicó ; '' desde allí se desapareció, que nunca más lo 



(1) Dice el Padre Simón que el eiTilisador de los Chibchas 
eoDoeido en Iraea eon tres nombres: SognmoDxe, hofnbré qué tf 
hace invisible; Sagnosna, sol que desaparece^ ySadigna, nuestro pO' 
dre. Gomo este eronfvta atribuyó á Boehiea las hechieerfas de Ida- 
eansás« es ma j probable qae tales nombres, qne no menciona Gas- 
tellanes. íoeran propios del filtimo. á qaien conrienen mejor. 

81» eomo pareee natoral, en el dialecto de Sogsmnzi la tob ««- 
oun era eqnlTalente de invisible, j muxi (semejante A mnisea) A Aem- 
hre^ se explica íAeilmente la etlmologfa de las palabras Sugamuasi j 
Buffumonxe, homhre que se haoe invisible ó que deiaparece, 7 M- 
gunsua^ sol que se haee invisible. 



— 87 — 

vieron, dejando en una piedra estampado un pie de lo» 
sayos, en qne tienen hoy tanta devoción los indios é 
indias, que van éstas á raspar aquella piedra y la bebenr 
para tener buen parto/' (1) El cacique Nompaném 
hi/iO correr la noticia de que al tiempo de su muerte la 
había dejado por heredero de su gran santidad. 

Esta que el Padre Simón llama '^ tradición certísi- 
ma que tienen todos los deste Reino,'' la califica el ba- 
rón de Humboldt de ^^ fábula india," y considera á Bo- 
chica como la personificación del principio del Bien (2). 
Todo lo que los Chibchas atribuían al maestro es tan 
humano, tan natural y tan distante de lo maravilloso y 
mitológico, que para nosotros es indudable que é\ exis- 
tió. Sometido el pueblo á quien desde lejanas tierras 
vino á civilizar, al yugo despótico de sus caciques, ad- 
mirador de las hazañas de la fuerza y de la destreza, ha^ 
bría inventado, para rendirle culto, un héroe osado^ 
autor de grandes proezas, que hubiera reunido la nación* 
bajo un sólo cetro ; pero jamás se le habría ocurrida 
imaginar un reformador austero y desinteresado, que 
recorriera el país enseñando, sin pretensiones al ejerci- 
cio de la potestad civil ó religiosa para sí ó para otros.. 
Un pueblo tan sensual, que no concebía á sus dioses, 
ni aun al Sol, sin compañera, no se habría forjado ua 
maestro célibe y exento de vicios. 

El obispo Piedrahita, de acuerdo con personas^ 
doctas que vivieron en su tiempo, creyó que Bochica 
era el apóstol San Bartolomé. Esta opinión no tiene 

(1) SiMosr. T. u, pAg 816. 

(2) Para Brinton Boebiea es la penonlfloaeión de la Lüi. Alega 
en'íeYor de esta opinión, qne riño por el Oriente, y que los Chib- 
ehas lo tenían por el mensajero de GhisAinigagaa. en eayo nombro- 
dioe qne se eneaentran las palabras ehie^ ios j gagua^ sol. Tal eti- 
mologfa no es ezaeta, pnes lug se dice éhU y no rhi^ qne quiera- 
deeir ntMttro, y para nombrar al sol no tenía esta lengua más roei^ 
blo que iua {Am9riean Aero-my(Af). 



tmdiMnto. Bi^ «áert»^ qna loa Gbibchas ajmuibaa, to- 
nfao gran respeto áJa vkgiDidad, j haxsiaD. peregrina- 
cioires 7 fiestas de rogativas; pero etí;as prácticas faeroa 
propias de muckos pueblos antiguos. 

Atribuían á Boehica la introducción de las cruces^, 
las cuales, dicen, como símbolo de alegría, les mandaba 
pintar en las mantas y poner en los sepulcros. Agrega 
el Padre Simón que con el tiempo alteraron su forma, 
echándoles unas rayas que las hacían semejarse más 
bien á signos de escribanos. 

Ningún cronista dice que los Cbibchas tributaran 
culto á la cruz, ni los conquistadores hallaron cruces en 
sus templos ni en sus casas de habitación. Tampoco se 
han visto figuradas entre los objetos que depositaban 
en sus sepulcros. Cuenta el Padre Simón que cuando 
entraron los españoles hallaron cruces trazadas con al- 
magre indeleble en unas peñas altas j que é) mismo vio 
algunas cerca de los pueblos de Bosa y de Soacha. (1) 
¿ Tenían estas cruces alguna significación, ó las pintaban 
como hubieran pintado un triángulo ó un cuadrilátero? 
No es posible averiguarlo, pero la imaginación concibe 
fácilmente la figura de la cruz, pues para ello basta ver 
á un hombre de píe con los brazos extendidos 

También se ha dicho que en el pueblo de Bojacá 
encontró el Padre Fray de Montemayor un simulacro 
con tres rostros en un cuerpo. Esto puede ser cierto, y 
convenimos en que tal circunstancia facilitara la predi- 
cación del Evangelio, pero no prueba que hubieran te- 
nido idea alguna de la Trinidad. 

Como las tradiciones de los Chibchas eran confusas 

f oscuras, ha habido* tendencia en varios autores á atri- 

— *- ■ — . 

(^ 861o -hemoi vbto eraee» pintadas en algaoo de loa grandee 
Moqnee de Boga^ft. No-eetáa aialádaí, elno Uaeritaa dentto de ena* 
drilAteioe. 



— 39 — 

baír á Bochíca. hechos qoeBon impntables^á otro perso- 
naje, el caciqae IdacansáSySigaieado en esto la opinión 
del obispo Piedrahita, quédelos dos hace uno solo. 
El primer cronista que escribió la leyenda del maestro 
fue Castellanos, quien habla en términos muy precisos 
de Idacansás, distinguiéndolos uno de otro en su relato. 
Este autor dice : 

I el Bochicfl, 

A quien ellos alaban por muy santo, 
No me parece que debía sorlo, 
Paes afirman morir en Sngamoso, 
Donde son los mayores idólatras 
T universal abismo des tos yerros. 

A esto observamos que si los pueblos olvidaron su 
doctrina por seguir á un audaz hechicero, no es Bochica 
quien merece vituperio. Continúa diciendo: 

T al tiempo de su mnerto, según dicen, 
Al caciqne dejó por heredero 
De su gran santidad y poderío, 
Y tienen hoy por muy averiguado 
Ser aquel terriiorio tierra santa, 
Vquel cacique delta tiene niano 
Para poder mudar los temporales. 
Llover y granizar, y enviar hielos, 
y los demás efectos que proceden 
De la media región, y baja y alta (1). 

Al hacer esta enumeración de efectos producidos 
por la magia, atribuyéndolos al cacique en tiempo pre* 
senté ('' el cacique tiene mano,^^ deja sin explicar por 
el momento el origen de estos sucesos. 

Para que el lector siga con más facilidad nuestro 
raciocinio,, cedemos de nuevo la palabra al célebre cro- 
nista,, qnien dice, 138 páginas más adelante : 

(1) Ponemos ea letra earaiT* los pasajes traoserltos, á Idt cna- 
iM^qaareiiioa Uámur lá^tettofóndé uoa maiier«-«tptelal. 



— 40 — 

Habo tiempoB pasados nn cacique, 
Idacansás Uamado, que en sa lengua 
Significa tuM grande de la tierra^ 
El cnal tenia gran conocimiento 
En las sefiales que representaban 
Haber mudanzas en los temporales 
O de serenidad 6 tempestades. 
De sequedad, de ployias, hielos. Tientos 
O de contagiosas pestilencias. 
Por el sol, por la lana, por estrellas, 
Por nubes, ayes y otros anímales, 
T cosas que le daban cierta muestra 
En aquella provincia qne regía 
De venideros acontecimientos; 
Y por ventara como hechicero. 
Por comunicaciones del Demonio 
Qoe, como gran filósofo, diría 
Estas revoluciones y mudanzas 
Al gran Idacansás, cuyos juicios 
Como vieron en 61 ser puntuales. 
Entendieron venir por orden suyo 
T acudían á 61 con varios dones 
A la necesidad correspondientes 
De lo que pretendía cada uno, 
Beverenciándolo como quien era 
Oráculo común que consultaban. 
No sólo sus vasallos, pero cuantos 
Indios hay en aqueste Nuevo Beino. 

Luego no existió en Bochica la pretendida dnali- 
dad. No fue á la vez predicador de ana doctrina pura j 
falso profeta. 

El Padre Simón habla cen algún desconcierto de 
estos hechos j acaba por contradecirse ; dice lo siguiente: 

'' El cacique de Sogamoso cobró mayor brío en lo que inten- 
tó luego que desapareció Bochica de su pueblo y valle, pues dio 
en publicar le había dejado cuando se partió por heredero de toda 
su santidad, y que asi tenía la misma facultad para hacer llover 
cuando quiétese, como el viro lo hacía, enviar heladas, escarchas, 
fríos, cabree, secas, enfermedades, como il quisiese ** 



— 41 — 

i 

Signe una página en desarrollo del mismo tema, j 
luego concluye : 

" Aunque no fiilta quien diga haber tenido esto principio en 
un cacique de bnen entendimiento y discurso, que habiendo gas- 
iado con el demonio muchos días en las obscuridades del sol, 
luna, estrellas y nubes, aves y animales, vino por experiencia y 
conjeturas i sacar (adivinar) estos sucesos antes que yinieran, 
como lo hace la buena y acertada astrologia, 6 por ventura pwr 
$$r el cacique Idacansás, en quien dicen comenzó este grande hC' 
chicero, y por pactos que tenía con el demonio, con quien de or« 
dinario hablaba. Tino á alcanzar estas revoluciones y mudanzas 
de tiempos como de nn maestro que alcanza esto y mucho más 
en filosofía. '' 

Conviene rectificar otros dos errores en que incu- 
rrió Piedrahita. 

'^ En memoria deste Bochica, (dice), ay una carrera abierta 
desde los Llanos á Sogamoso, que tendrá como cien leguas de 
longitud, muy ancha, y con sus yalladares 6 pretiles pox una y 
otra parte, por la cual dicen que subió el Bochica desde los Lla- 
nos al Nuevo Seino." 

Extraño sería que en tan remota ¿poca hubieran 
hecho los habitantes de Iraca una tan larga j costosa 
carrera, al través de un territorio ocupado por tribus 
salvajes. Esto está, además, en desacuerdo con la tradi- 
ción general de los Chibchas, que decían haber venido 
Bochica ¿ sus tierras entrando por Pasca y no por Su- 
gamuxi. Finalmente dice, refiriéndose á los indios, que 
afirmaban haber vivido el maestro retirado en Iraca 
veinte veces cinco veintes de años, pasados los cuales 
fue trasladado al cielo ; esta fábula no la mencionan 
Castellanos ni el Padre Simón. 

Después de que desapareció el maestro, cuentan 
que vino una mujer de gran belleza, conocida con los 
nombres de Hultaca, Chíe ó Jubchasguaya (1). Esta les 

(1) Bn lengaa ehibeha Uamaban guaia á la madre, y paba al 
padre. 



— 112 — 

predimlNi ^ida anclia» ipkfieves, daii«i» y hoiMdieraSi 
en ana palabra, todo lo contrarío de lo que lee «hahia 
enseñado Bochica. Seguíala gran multitad de gen- 
tes qne se avenían muy bien oon la laxitud de sos doG- 
trína& Macbos creían qne era la Bacbúe, como si la nsa* 
dre j benefactora de los Cbibcbas babiera podido con- 
yertirse en majer perversa. Indignado el Cbimisapa- 
gua, qne desde el cielo contemplaba la destracción 
de su obra de reforma, la convirtió en lecbuza (1) 7 
dispaso qne no saliera sino de noche. Concluye Caste- 
llanos diciendo que los indios contaban tantas transfor^ 
maciones, que de sólo su memoria se escribiría un volu- 
men más grueso que las Metamorfosis de Ovidio. 

Los cronistas están de acuerdo en ver en Huítaca, 
un ser imaginario, una personificación del Demonio, el 
propio rey de los países idólatras, que ataca, desvirt&a 
y destruye todo germen de bien y altera basta la ley 
natural, grabada por Dios en el corazón de todos los 
hombres. Esta misma es nuestra opinión. 

Había transcurrido algún tiempo despu^ de la 
desaparición de Bochica, á quien los Chibchas, por gra- 
titud á sus beneficios, colocaron en el námero de sus 
dioses. El demonio Huitaca había logrado oscurecer y 
desfigurar la doctrina del maestro, cuando el dios pro- 
tector de los Bacatáes, Chibchachum, indignado por el 
modo como recibieron ciertas cosas que hizo por fa- 
vorecerlos, trajo de otras partes, ayudado por Huitaca, 
los ríos Sopó y Tibitó para que desaguaran en el Funza. 
Con esto se anegaron las tierras, de manera que la sa- 

a) Según Piedrahita, *^ dicen los más qaeel Boehiea la ooq- 
Tlftlo ea leehoza; otras qaa la tiaaladó al olelo« paia qae loase obmi- 
Jer del aol 7 alambrase de aoehe, j qae desde entonees hay lanai.^ 
SiileipaaaJe:Jiaheehodeelr sendamente áaílgaiies aatoiset n aéef 
nos qne los Ohlbchae erelan haber poblado la msseta de Bi^gotá aii* 
tss de qae la Lona aoony^ase ala llena. 



— 48 — 

baña quedó inundada y los habitantes se retiraron á las 
montañas, en las que carecían de comida por no tener 
donde hacer sus siembras. Imploraron entonces á Bo- 
chica con clamoreSi ayunos, sacrificios y penitencias : 
él se les apareció en figura de hombre, colocado en 
lo alto de un vistoso arco iris, y los favoreció en su 
aflicción, arrojando su vara de oro hacia Tequendama 
y haciendo que ella abriera las peñas- para dar paso al 
río y para que no hubiera otro diluvio. 

£1 acto final de esta leyenda hace recordar las pa- 
labras que dijo Dios á Noé, luego que terminó el di- 
luvio : 

'^ Pondré mi arco en las nubes, y será seDal de a'ianza entre 
mf 7 entre la tierra.'' 

El cataclismo que dio lugar a que las aguas del Fun- 
za se abrieran cauce por Tequendama, precipitándose á 
una gran profundidad, creemos que fue muy anterior á 
la ocupación de este territorio por los aborígenes. En 
nuestra opinión, los Chibchas, que trajeron de otra par- 
te la tradición del diluvio universal, ó la recibieron de 
Bochica, sorprendidos por el imponente trastorno geo- 
lógico que revela el Salto, localizaron allí el memorable 
suceso. 

Más adelante referiremos otros mitos ó leyendas 
que se relacionan con la historia fabulosa de los Chibchaa 



OAPlTUZíOIV 



IjOf dioses cUbchu.— El Sol y la LuDa—Bochica y Chibchiichum.— Cacha- 
biba, el arco iris. — Bichae y su esposo. ^Chaqaé a.— Neocatacoa. — Bl 
diablo, guahnioque, — Descrioctóa de los templos y adoratorios de k» 
Chibchas.— ídolos, y of readu qae les hscían. «Fiestas de rogativaa.^ 
IdoUUos lares. "Gran abaadancia d^ i'lolos quo tenían.— Rendían 
culto á las lagunas, ríos, bosques, etc. — Noviciado de los Jeques; ense- 
fianzas que recibían en sus cucas ó seminarios.— Su Tida austera y re- 
tirada.— Uso que hacían de la coca.— Sahumerios.— Ofredmientos y 
peticiones hecho i por medio de ellos.— Viejos hechiceros y agoreros. — 
Supersticiones y agüeros que fomentaban. — Yerbas y bebedizoe.— 
Amuletos de que se serrían los hechiceros para Taticinar y modo de 
usarlos. 



Los Chibchas eran idólatras : teníao maltitad de 
dioses, pues cada ano podía inventar los que le convi- 
niera, pero reverenciaban especialmente á unos pocos, 
más generalmente conocidos. Ya que no rendían culto 
al omnipotente Chiminigagna, adoraban al Sol, Sua^ que 
•ocupaba el primer puesto entre sus dioses, junto con su 
compañera Chía, la Luna. (1) 

¡ Extraña divinidad era el Sol, de quien decían que 
era el que se comía los hombres, y aquel en cuyo honor 
hacían frecuentes sacrificios humanos! ¡Y el pueblo 
que tenía por cosa abominable comer carne humana; 
el que jamás quiso imitar á sus vecinos los Panches 7 
los Muzos en esa práctica brutal, era el que adoraba un 
dios sanguinario, un dios de quien los Chibchas mismos 
decían que esta carne era su manjar! Cuando vinieron 
los españolea, !os indios los tuvieron por hijos del Sol, 

(1) ürleoeehea escribe ChU en sa íframálica ehibcha^ de eon- 
lormidad eon el Vocabulario chibeha^ manoserito de la Biblioteca 
Kaeional; Qoesada, OTiedo, Simón* Pledrahlta y Zamora eaeriben 
OhiOf y Chü^ además, era y aon es el nombre de la poblaeite íim- 
^da eo honor do la diosa. 



— 45 — 

qoe los enviaba para castigar sus pecados, y como " la 
£ima pablicaba que devoraban gentes, 7 que carn'^s ha- 
manas eran su mejor comida/' hubo lagar donde lea 
arrojaran niños para qae saciaran sa apetito. Llamá- 
banlos ene 6 suagagua (de ma^ sol, y guaagtia^ macha- 
dlo) y también suachia^ hijos del Sol y de la Lana. 

Dice el Padre Simón qae al Sol no lo adoraban en 
templos, ^^porqne decían era imposible meter tanta ma- 
jestad entre paredes^'; pero él mismo habla de templos 
dedicados al Sol en Gaachetá, y del qae construyó 6a. 
ranchacha en Hunsa; los cronistas citan, además de és- 
tos, el de Bacatá, que era de los principales, y el de F¿- 
qaene. Chía tenía casa de adoración en el paeblo qae 
lleva su nombre. 

Bochica ex a dios venerado en todos las tierras de 
los Chibchas, y superior á Chibchacham : éste era pro- 
tector y bucalo {chum^ báculo) de los habitantes del es- 
tado de Bacatá, de cuyo territorio no se separaba jamás 
para favorecerlos constantemente en sus necesidades. 
Ambos daban leyes y ensenaban cómo se debía vivir. 
Irritado Bochica contra Chibchacham por haber éste 
anegado la Sabana, le impuso el castigo de que cargara 
en sus hombros toda la tierra, qae descansaba antes so- 
bre enormes guayacanes ; mas como el nuevo Atlas 
tenía que pasar el mundo de un hombro á otro para 
descansar, su esfuerzo titánico producía terremotos. 
A estos dioses no se les podía ofrecer sino oro ; respon- 
dían cuando eran consultados por los jeques, pero sin 
dejarse ver, porque no tenían forma corpórea. Bochica 
era particularmente el dios de los caciques y capitanes, 
y Chibchacham el de los mercaderes, orífices y labra- 
dores 

El arco iris, metéoro qoe los Chibchas creían que 

S 



era aire respIkndieeSBiite, fé» persomfieaAi^ j aforadla 
eOQ af nom&re de Cíicliabiba, por haber aanridade alto 
amento i Bbeliica cuando formó el Salto de Teqnendis- 
ma. Era el abogado de laa' mujeres de parto y de loa 
enfermos de calenturas; ofrecfanle algunas veces oro 
bajo, pero más generalmente esmeraldinas y cuentas de 
Santa Marta. Su aparición era motivo de terror para 
los indios por haberles amincíado Chibchachum que 
esta sería causa de la muerte de muchoa Para aplacar 
á Cnchabiba le hacían sacrificios. 

La diosa Bach¿e, madre de los Chibchas, gozaba 
de gran veneración ; tenía el encargo especial de dar 
amparo á las hortalizas, y se le ofrecían sarmientos dé 
moque y resinas. Acostumbrábase fabricar ídolos al niño 
que ella sacó de la laguna, de la estatura y edad que 
tenía cuando salieron de ella, y aun se asegura que en 
un templo dedicado á la fecunda pareja en Iguaque, se 
veneraba una estatua maciza del niño, hecha de oro fino. 

El gran templo de Sugamuxi, incendiado cuando 
la conquista, estaba dedicado al dios Remichinchagagua^ 
de quien nada dicen las crónicas. 

Chaquén tenía á su cargo los términos y los pues- 
tos en las carreras, que algunas veces hacían parte del 
programa de las fiestas de los caciques,'y encías que eran 
premiados los más aventajados corredores. Dedicábanle 
los adornos usados con motivo de estos regocijos públi- 
cos, así como la plumería que se ostentaba en estas oca- 
siones y en las guerras (1). 

Siendo los Chibchas tan dados á la bebida, tenían 
naturalmente su Báco, que los acompañaba en sus bo- 
rracheras, bailando y cantando con ellos. Se llamaba 

(1) Segfin Aconta, Cbaqnén enidaba tambiéa de los Hndftroa de 
laceementerat. Bt Padre Simón^ünioo onmitta que habla 4e este 
dioaOhlbeha, no le da tal atribaeión. 




fen^^ tfctemáfl^' protector^ de' Ids» tégedote» 
y^ pii&tbf é0 di» iñantaft Aatetf a á ks rafiti'as' de madem 
qtie bajaban de ios motttefl, 7 se hartaba de chichav única 
cosa (|ae se lé podia ofrécei'. Presentábase en fignra de 
oeo cubierto con una manta, con la cola por faera. So- 
lian darle el nombre dé ^, qae quieté decir isorra, por- 
<}úe algunas veces tomaba la fignra de este animal. 

Incompleto nos quedaría esté catálago de falsos 
dioses si no incluyéramos en ¿1 al inspirador de toda 
idolatría, al que excitaba al sacrificio de víctimas huma- 
nas, fomentaba la embriaguez y las disoluciones, al De* 
monio, en fin, á quien llamaban guahaioque. Todas las 
antiguas religiones profesaban la creencia en el Demo- 
nio, creencia que se encontró muy arraigada en Amé- 
rica. En el Nuevo Reino de Granada no había quizá 
una tribu que no le rindiera culto' en una & otra for- 
ma, y muchas no tenían más religión que la demono- 
latria (1). 

Los Chibchas respetaban y obedecían al Demonio 
ofreciéndole sacrificios, aunque tenían conocimiento de 
que era su enemigo, y de que les enseñaba cosas con- 
trarias á la razón y á la ley natural. Su servil sujeción 
tenía por causa el temor al mal que pudiera hacerles. 
Muchos comprendían que los ídolos, obra de sus manos, 
no tenían ning&n poder para favorecerlos en sus necesi- 
dades, pero decían que el diablo lo mandaba y quería 
ser honrado en el culto que les tributaban. Además, 
como los jeques y embaucadores convencían á los po- 
bres indios de que hablaban con el Demonio y que éste 
les daba respuestas que les comunicaban, se dejaban se- 
ducir fácilmente* 

Tenían los indios en cada pueblo templos ó ado- 

(1) Vántf A AtóTÉCXPo: É9Ükdü$ sóbrelos aH^énei'^ dé Óé- 
lomMtk Gap. v. 



— 48 — 

ratoriois, anos comanes y otros particulares, todos de- 
dicados á alguno de los dioses que hemos nombrado, 

6 á otros muchos que cada uno hacia á su antojo 7 por 
su mano, para el propósito que quería. Eran general- 
mente casas 6 bohíos muy ordinarios ; tenían el suelo 
cubierto de espartillo blando 7 estaban llenos de bar- 
bacoas 7 P0703 á la redonda, donde ponían varias figu- 
ras grandes 7 pequeñas, hechas de oro, cobre, ma- 
dera, arcilla, hilo de algodón 7 cera, que representa- 
ban sus falsos diosea Estas figuras, comúnmente mal he- 
chas, eran colocadas siempre por parejas, varón 7 hem- 
bra, 7 les ponían cabelleras, colas á algunas de ellas 

7 las envolvían en mantas. El célebre templo de Iraca 
fue construido sobre fuertes 7 mu7 pesados maderos, 
plantado cada uno sobre un esclavo vivo, porque de- 
cían que, fundados sobre sangre humana, no estarían 
expuestos á quebrarse. Las paredes estaban esteradas 
de carrizos cuidadosamente puestos 7 trabadoa De las 
casas principales de los caciques salían unas carreras 
mu7 bien niveladas, de siete á ocho pasos de anchura 7 
hasta de medía cuadra de longitud, con valladares á 
uno 7 otro lado ; terminaban en las puertas de los tem- 
plos, adonde iban á hacer oraciones 7 sacrificios. 

En los montes, en ios caminos, á la orilla de cier- 
tas lagunas 7 en otras muchas partes, se encontraban er- 
mitas ó ador a torios. 

Entraban los indios á los templos á hacer sus de- 
vociones 7 ofrecimientos con el ma7or recato, mu7 des- 
pacio, bajos los ojos 7 haciendo muchas 7 grandes 
inclinaciones, que repetían á la salida. Oraban por sus 
caciquea Pedían á sus ídolos, que eran sus intercesores, 
rogaran por ellos al Sol 7 á la Luna que les dieran agua 
para sus maíces 7 todo lo demás que habían menester. 



— 49 — 

Ofrecían por mano délos jeques figuras, hechas de oro, 
de varios cuadrúpedos, aves, reptiles é insectos ; casque- 
tes, tiraderas, brazaletes^ diademas y vasos de variadas 
formas, también de oro ; esmeraldas, mantas, cuentas de 
hueso de distintos colores y frutillas de moque para los 
sahumerios. Colocaban por orden las mantas en las 
barbacoas de sus templos, y en petacas puestas sobre 
estas mismas algunos de los objetos indicados. En todas 
sus casas de adoración tenían puestos mucho oro y es- 
meraldas, y para guardarlos usaban especiales alcancías 
6 gazofilacios, de dos clases distintas. Las unas eran va- 
sijas en figura de hombre, mal proporcionadas» hechas 
de barro y abierto el casco de la cabeza, por donde el je- 
que introducía las ofrendas de figuritas de oro de que 
hemos hablado ; luego se tapaba la abertura con un bo- 
nete redondo ó con cuatro picos, hecho de arcilla 6 de 
plumas, con un palillo en el centro para quitarlo y po- 
nerlo. Los otros eran ollas 6 mucuras enterradas en el 
suelo del templo, dejando sólo descubierto parte del 
cuello. Luego que una y otra alcancía estaban llenas, 
las enterraban los jeques en lugar secreto, y ponían otras 
nuevaa Con harta frecuencia, y particularmente en los 
primeros tiempos que siguieron i la conquista, han tro- 
pezado el arado ó la barra con frágiles vasos llenos de 
tunjos de oro. 

Destinaban los Chibchas ciertos días para sus fies- 
tas religiosas. Las que celebraban en Marzo y Junio te- 
nían por objeto aplacar á sus dioses. Quemaban en los 
primeros días de cada uno de estos meses la basura de 
la casa, y sacaban al campo la ceniza junto con la del 
hogar. Hacían que los muchachos se lavaran antes de 
amanecer, y los enviaban con una mochila de red, después 
de haberlos azotado. Pocos días miís tarde volvía cada 



— 60 — 

muchacho, y tra{a irlgán presente al que'^Ie huMa dado 
l€)8.a£ote& Hacia el fia del mes saKan los mancebos en- 
galanados con altos penachos de plumas, y corrían los 
cerros ; daba el cacique una ó dos mantas al más lige- 
ro, y conclnian las fiestas con la acostumbrada borra- 
chera de chicha. 

Cada indio tenía en su casa uno ó más ídolos que 
le servían de dioses lares. Estos ídolos eran casi todos 
pequeños : cuando más medían una cuarta ; los hacían 
de oro, y si el indio era muy pobre, los tenía de barro 
ó de madera, con un hueco en el vientre, dentro del 
cual ponía oro y esmeraldas. La figura 1 reprepresenta 
uno de estos idolillos de madera. 

Los guardaban con tanta devoción, que los lleva- 
ban consigo á todas partes en una esportilla colgada del 
brazo. En la conquista de Tunja, como los soldados in- 
dígenas trajeran su santo atado al brazo, los españoles 
alzaban con él, y sus dueños se quedaban creyendo que 
se lo quitaban por devoción. El guerrero número 19 
(lámina vni) tiene una como cinta flotante, que puede 
ser la atadura del idolillo. 

Eran tan supersticiosos, que tenían ídolos para 
cada acción humana, para las diferentes enfermedades, 
para el día y para la noche; los de esta última clase los 
libraban de sueños pesados y angustiosos. Un sólo hecho 
bastaría para dar una idea del número de ídolos que 
conservaban en sus adoratorioa. El Padre Alonso Ron- 
quillo fue durante seis años doctrinero en el pueblo de 
Gacheta; logró convertir á dos famosos jeques, que le 
ayudaron á descubrir muchos santuarios. Eefiárese que 
'este misionero trajo á Santaf<S más de trescientos ídolos^ 
fuera de trescientas cargas más de dios que quemó en 
presencia de los indios que les rendían culto. La figura 



— SI <~ 

2, ifibcada maj líosñindiite «en «adera, era probable- 
mente ttn f dolo. 

Han olvidado los aatores parar la atención en nna 
forma particnlar del polite&mo entre los Chibchas, á la 
qne pudiera darse el nombre de panteísmo naturalista. 
No dirigían sos adoraciones únicamente á los dioses 
qne representaban en los idolosy tunjos; muchos rendían 
culto á las lagunas, ríos, arroyos, montes, cuevas, pe- 
fiascos y otros sitios naturales. Esto lo hacían, ora por- 
que hallaran en ellos alguna singularidad que hiriera su 
imaginación, ora porque, pasando cerca de ellos, hu- 
biesen sentido algo extraordinario : un estremecimiento, 
mucho viento, algún trueno, la caída de un rayo, etc. 
Consideraban todos estos accidentes como señales que 
les daban los lugares mismos en que querían ser vene- 
rados. 

Tan cierto es que dirigían sus adoraciones ¿ los 
$anliiario8^ que en el Confesionario en lengua chibcha, 
compuesto por el Padre Bernardo Lugo y usado por los 
misioneros, se encuentran las siguientes preguntas : 

''¿Has adorado los aanluarioaf 
¿Has ayanado al aaniuariof 

¿Hus ofrecido al sanivario mantas chicas, pepitas do al« 
godón, esmeraldas, oro, moque, cuentas ú otra cosa, y cómo? '' (1) 

Estas preguntas dan idea clara del modo como se 
rendía culto á los santuarios^ cuya guarda estaba al cui- 
dado de unos viejos santeros hasta de cien años de 
edad, ^^ á los cuales si les dan un millón de tormentos 
DO declararán dónde y á qué parte está el oro." (2) 

(i) Después de la conquista solfan los Indios oíreoer á sus stm- 
tuarioi j ooaltar en ellos ioUgenes, cosarios, libros, llaves, etc. ün 
padre íranelseatto saeé de ira safdmario qne desoniNrió en Zipaqnirá 
nna bota para vino, nna eaplUa de fraile, nn bonetede clérigo j nn 
libro de casos de conciencia, 

(9 VARaás líAonnoa. UiUGÍa4f iuoripeión d% Iqm Indias. 



— 6* — 

Dos ejemplos servirán para demostrar hasta qué 
panto llegaba el respeto j la veneración que los indios 
tenían por sns sanitiartos. 

Caenta Rodríguez Fresle qne, deseoso de sacar de 
la lagnna de Tensacá dos caimanes de oro que se decía 
se habían echado en ella, persuadió á un jeque, que ha- 
bía estado encargado de este santtiario. 



€t 



Me Ueyó, (dice)^ á él, y así como descubrimos la lagnna, 
que YÍo el agna de ella, cayó de bruces en el saelo, y nunca lo 
pude alzar de él, ni que me hablase más palabra. AUi lo dejé, y 
me volví sin nada.'' 

El Capitán Vargas Machuca refiere otra anécdota. 
Dice así : 

" A mí me sucedió en el Nueyo Bciao de Granada, llevando 
una noche bien clara, con luna, un indio por guía de un santua* 
rio, ir temblando, diciendo que se había de enojar el santuario, 
y el cielo había de arrojar rayos, y yo diciéndole que era un pe- 
rro hechicero, que no haría tal y que él lo vería, y, llevándole á 
fuerza de brazos, comenzó á tronar y relampaguear, cubriéndose 
el cielo y lloviendo muy fuertemente con gran tormenta; quedó 
de esto el indio tan temeroso, que de ninguna manera le pude 
pasar, el cual me dijo que me fuese solo, que me daría todas las 
sefias, y que luego abonanzaría la noche. Siéndome forzoso, así 
lo hice, y como el indio me dijo así fue, que luego aclaró y abo- 
nanzó y salió la luna, y él creyó en su saperstición, y yo l!egué á 
mi santuario y hallé el asiento del que lo había mudado, que en 
aquella tierra lo tienen de costumbre mudarlos, loa que no están 
debajo de tierra, de ocho á ocho días, porque los espafioles no 
den con ellos. T volviendo á mi indio no le hallé donde le dejé, 
hallóle donde habíamos salido, al cual reñí mucho porque se afir- 
maba en que había sido verdad todo lo que me había dicho, y 
aunque lo fue, no por las causas que él decía, sino por el moví- 

miento natural.'' (1) 

^^^-™^^'^'^^— ^— — "^^^■^— ^-^— ^^— — ^^— ^—i ^— — ^^^^■^^^■^■^— — »^^— »^.^^»^— ^»— ^.^■— ^^j.^»^»^^^ 

(1) £1 Padre Simón es el úaieo cronista que eontmdiee nuestra 
opinión, paes se «zpiesa asf : 

" No todos tenían sos adoraciones en los templos, pues las de muchos 
las tenían dedicadas en lagunas» arroyos, peftas, cerros y otris partes 



— 63 — 

' Los sacerdotes de los Chibchas eran llamados chy- 
quy^ palabra qae los espaffoles cambiaron por la de je- 
ques. Heredaban siempre esta dignidad los sobrinos hi- 
jos de hermana, como sucedía respecto de los caciques. 
A los que tenían este derecho, los sacaban de mediana 
edad de la casa de sus padres, y los encerraban en un 
edificio que llamaban cuca^ apartado del pueblo, 7 espe- 
cie de seminario dirigido por un indio viejo. Este los ha- 
cía ayunar con grande abstinencia ; no comían en el día 
sino una escasa porción de mazamorra ó puches de hari- 
na de maíz, sin sal ni ají, y raras veces les permitían agre- 
gar algún pajarillo ó unos pocos pececillos de los arro- 
yos. Ensefiábales el viejo las ceremonias de su culto y 
de sus sacrificios, las supersticiones de su idolatría, el 
orden que debían observar para hablar con el Demonio, 
el uso de ciertas yerbas de que se servían para curar las 
heridas y otras enfermedades, los hechizos y ademanes 
ridículos con que debían aplicarlas, etc. (1) Cumplidos 

de particular 7 singular oompostara 7 disposiciones, no porqué tWBÍm$i^ 
utas «OKM par dioms, tino que por la ain^ularklad que t&nian lee oaroeia 
UT dignat de majfor tenerae&n, o porque pasando por eUas les haofa su- 
cedido alguna singular cosa, como zumbarles los oidos, temblarías las 
manos, haber Tenido mucho yíent >, algdn gran trueno 6 ra70, diciendo que 
con aqueUo lee hada eeña el Demonio para que lo vener€uen en aqutíloe luga- 
re»." (T. u, pig. 298). 

OasteUanos 7 Piedrahitaaon bien preeisos; el primero d!oe: 

Y aun no todos ofrecen en los templos 
Ni 6 ídolos hechura de sus manos. 
Pues muehoe reverencian d loe eierrae, 
A loe lagunae, fuentee y dloe rioe, 

A cueeae^ d quelnrada», d peñaeeoe 

Y d plantae donde hacen sus ofrendas. 
Sin que sepan decir los inventores 
Primeros de las tales ceremonias. (T. i, C. i). 

Seg6ii Piedrahita. ** en varias partea adoratian montes, lago- 
nasy rioe, árboles 7 muchos ídolos qae tenían en sns #oiiicftaHo#." 

(1) ürieneehea hace de estas casas de enseñanza verdaderas 
academias. H6 aquí lo qne dice : 

' ' La dencia de los Chibchas esttba en los seminarios; allí se onsefia- 
ban loa titos 7 ceremonias, se explicaban las creencias, se recordaban las 
tradiciones, 7 se formaba la historia; se aprendía d computo del tiempo, 
las reglas de moral práctica, el arte de los hechizos 7 él de la palabra, 7 se 
formaban los hombres que debían ilustrar al pueblo, comentar las lé7eB j 
fomentar d culto." (Oramdiiea ehibeha, Intioduodón). 



losijteoe afioa i}ae «dcmibA «el ixu> Viiei&do, le horacUbaa las 
aaitíces jvotftjastal :c»adídato j le péníaa zaroiUoa 7 nar 
rigoera.de.oeo ; ¡acoiiipafiábaDlo .mochos indios harta aa 
riaehaelo, donde se lavaba todo el onerpo y vestía man- 
tas nuevas. De alli seguía oon su séquito á la 4¡aaA del 
cacique, ^uien le daba la investidura de jeque, el cala- 
bazuelo ó poporo para guardar el hayo, alguuas mantas 
finas y pintadas, y le concedía licencia para ejercer en 
sus tierras el sacerdocio. Celebrábase este acto con 
grandes fiestas, danzas y bebida abundante, y ofrecían 
sacrificios para que el nuevo jeque se ejercitara en ellos. 

Habitaba el jeque en el templo (1), de donde sólo 
salía para cumplir las funciones de su ministerio, ó para 
dar asistencia médica á los enfermoa No tenía que pre- 
ocuparse por la subsistencia, pues su sementera y labran- 
za se la hacían en com¿n, y para su Tcstido le daban 
mantas los que le entregaban ofrendas para los ídolos. 
Vtvia con mucho recogimiento y abstinencia, comiendo 
sólo cosas ligeras y poco nutritivas. Estaba obligado ¿ 
guardar celibato, porqne decían que teniéndole por 
hombre santo, por consejero en los asuntos graves, y de- 
biendo, además, presentar las ofrendas á sus dioses, con- 
venía que observase vida exenta de mancha carnal. Si 
llegaba á cometer alguna falta contra la castidad, se le 
privaba de la dignidad del sacerdocio. Hablaba poco, 
ayunaba con frecuencia, y sometía su cuerpo á ásperas 
penitencias, sacándose muchas veces sangre en abun- 
dancia. 

£1 sueño dd jeque debía ser corto ; pasaba la ma- 
yor parte de la noche mascando, sin tragar, hojas de 
coca que tnesclaba con un polvo calcáreo hecho de cier- 
tos caracoles y conservado en un ealabazudo. Ck>B un 

m Aif lo dleen QmtM^mm f PiedrakUa. B^tfitu 4b1 Pjifln )H- 
«nte, tonía su eaaa eeroa del templo. 



— 66 — 

píUllo saodba qd ^poco de esta mezcle, ^qae era H^e&iéa 
pw muy sane 7 de maóho sustento, para lleyai^k á la 
boca pasándola por las encfas. El mismo hacia la cose- 
cha 7 preparación de las hojas, cortándolas ana á ana 
con la uñA del dedo pulgar, á raíz del tallo, extendién- 
dolas en mantas 7 poniéndolas á tostar al fuego en una 
vasija de barro. Como estimaban tanto la coca, sahu- 
maban con ella á sus dioses. Además, quemaban con 
este mismo fin frutillas de moqoe, semejantes á cabra- 
higo, trementina parda 7 unos caracolillos 7 almejudas 
que despedían tan mal olor, que dice Castellanos : '^ e 
de aquestas es abominable hedor, 7 tal al fin cual lo 
merece el hijo de maldad por quien se hace." 

Cuando el año era seco 7 amenazaba el hambre, 
se sometían los jeques á un mn7 rigoroso a7uno que 
duraba algunos días, terminado el cual subían á un mon- 
te destinado al efecto ; allí quemaban moque 7 mecho- 
nes untados de trementina, 7, tomando las cenizas, las 
esparcían por el aire, diciendo que de aquellas se ha- 
bían de congelar las nubes, 7 llover 7 suceder la abun- 
dancia á la carestía. 

Ta hemos dicho cuáles eran los lugares preferidos 
por los indios para sus devociones. Cuando algún hom- 
bre ó mujer tenía una necesidad, acudía á consultarla 
con el jeque, á quien sólo en tales casos era permitido mi- 
rar 7 hablar á las personas de distinto sexo. El jeque mas- 
caba tabaco en su bohío, pretendiendo que consultaba 
al Demonio, 7 luego indicaba el n&mero de días que de- 
bía a7unarse. El a7uno era mu7 severo 7 no se podía 
interrumpir, aun cuando hubiese peligro de morir en él. 
Obligaba á la castidad, á la abstinencia de carne, de 
pescado, sa] 7 ajf, condimento preferido de ellos^ 7 á 
privarse de lavarse el cuerpo, cuidado que tenían «117 



— 66 — 

frecuentemente. (1) Conclnídos los días de ayuno, que 
llamaban saga^ entregaban al jeque la ofrenda. (2) Este, 
que también se había preparado con ayunos, se desnu- 
daba aquella noche á veint^e pasos del santuario^ j escu- 
chaba primero si se oía algán ruido : muy quedo se 
acercaba á é\ y poniéndose al frente levantaba en am- 
bas manos la figurilla de oro ó de otra materia, que lie- 
yaba envuelta en algodón; decía en pocas palabras 
cuál era la necesidad del que la ofrecía, y pedía el re- 
medio para ella. Finalmente, postrándose, la arrojaba 
al agua, la metía en una cueva ó la enterraba, según 
fuese el santuario^ y se volvía dando pasos atrás al lu- 
gar donde había dejado el vestido. (3) A la mañana si- 
guiente daba cuenta de la respuesta del Demonio al que 
le había presentado la ofrenda, expresándose con pa- 
labras equívocas, y el indio se retiraba satisfecho, retri- 
buyendo antes su trabajo con dos mantas y algún oro. 
Volvía á su casa, se mudaba el vestido que se había 
puesto para el ayuno por otro nuevo y galano, y convi- 

(1) Por desgraela se ha perdido maoho el h4blto de la lim- 
pieía entre los deseendientee de loa Chlbohae; lo qae aeabamos de 
deelr oo es inTeneióa naestra; ol&ram*3ate lo diee C^tellaoot: 

" No se lavan el cuerpo, 9iend9 eota que todo§ éUoB tuan por momento$.** 

(8) Faera de eate y otros ayanoa de oireaostaoela, tenían loa in- 
dloa ano general que doraba doa meae^; aólo ae lea prohibía el nao 
de la aal. Estaban, ademáa, obligadoa á gaardar eontineneia. Con 
eate ajano decían qae vivían más retigioiamente y dejaban de eno- 
jar al BoL 

(8). ídolo ae decía ehunso en lengna ehibehí, de donde viene la 
palabra tunjo. También ae decía chunsua^ voi con qae deaignaban 
igaalmente loa aantuariog. 

La palabra satUaorio tenía triple aignifleado para loa eonqaia* 
tadorea, quienes con eate vocablo deaignaban todo logar de devo* 
ci6n reverenciado de loa Ghibchu, distinto de los templo* y las er- 
mitas, donde loa Jeqaea depositaban ú ocalCaban laa oírendita de 
qae acabamoa de habliu>, y también los paato« de loa boaqaes y 
oíros sitios donde enterraban oro y esmerdldas. De aqaf provino la 
czpreaión #icsar santuario, de qae ae aervían caando deacnbrían al- 
g6n depóaito deeataa oírendaa. 

Loa aoidadoa eapaikolea llamaban también $antuar{o A loa ido- 
loa larea qae tenían loa Indica en ana caaas. (Oviedo, T. xx, Gap. 

0. 



— 67 — 

daba á sos parientes y amigos, i qaienes festejaba du- 
rante alganos días. Bailábase, cantábanse villancicos 
apropiados á la circunstancia, y, sobre todo, se bebía 
gran cantidad de chicha. (1) 

No había jerarqnía entre los jeques ; todos ellos 
eran iguales, y si algunos llegaban á hacerse famosos, 
debían esto á méritos ó servicios especiales. Tampoco 
obedecían á iiingiín superior de la clase de los sacerdo- 
tes ; error en que incurrió Quesada y que acreditó Pie- 
drabita, fue el de que el cacique de Iraca fuese cabeza 
de los jeques y pontífice máximo ó samo sacerdote de 

(1) Afgana vez hablan de ser los enga&adot los mismos Jeques 
embaaoadores, en log^r de los pobres indios. H6 aqaf an saoeso 
ilaatrativo qae ocarrió en tiempo de Rodrigues Fresle, en el último 

cnarto del siglo XVI : ^ 

á.' 
" Estaba ea el pueblo de Ubaque por cura y doctrinero el Padre «< 

Francisco Lorenzo. Era este clérigo gran lengtiaras, y, como tan diestro, i: 

trataba con los indios familiarmente y se dejaba llegar de muchas cosas i: 

suyas» con que los tenia muy gratos, y con este anzuelo les iba pescando ¡I 

muchos $arUuario8 y oro enterrado que tenían con este nombre; sacdle, i- 

pues, á un capitán del pueblo un ianiuario, y éite, con el enojo, le dio no- %] 

ticia del $aniuario del cacique viejo, diciéndole también cómo sería de di- ü; 

flcultoso el hallarlo sino era que ei Jeque que lo tenia guardado lo deacu- t., 

briese, y diiole á dónde estaba f- 

" Él Francisco Lorenzo entró por una labranza hasta llegar & los ;• 
ranchos del Jeque; sintió que estaba recuerdj y que estaba mascando hayo, 

porque le oía el ruido del calabacino de la cal. Bibia el Padre de muy -^ 

atris, y del examen de otros J^H^ues y mohanes, el orden que tenían para í: 

hablar o^n el Demonio. Subióse en un árlK>i que caía sobre el bohío, y de *;: 

él llamó al Jeque con el estilo del disblo. que ya él sabís. Al primer llama- '•: 

do calló el Jeoue; al segundo respondió, diciendo: 'Aquí estoy, sefior. !:. 
¿qué me mandtts? ' Respondió el Padre: ' Aquello que me tienes guardado 

saben los cristianos de ello, y hsn de venir ú sacarlo, y me lo han de quitar; l\ 

por eso llévalo de ahí.' Respondió el Jeque: 'i A dónde lo llevaré. seAor f ' < 

1 respondióle: 'A la cueva del pozo, que mafiana te avisaré adonde lo has ^- 

de esconder.' Respondió el Jeque: ' Haré, sefior, lo que mandas.' Res- '.*; 

pendió, pues: 'Sea luego, que va me voy.' Büjóse del árbol, y púsose á «:; 

esperar al Jeque, el cualse metió por la labranza y perdiólo de vista. Puso* < 

se el Padre en espía del camino que iba & la cueva, y al cabo de rato vio al ^ 

jeque que venía cargado: dejólo pasar, el cual volvió con presteza de la ¿ 
cueva y en breve espacio volvió con otra carga; hizo otros aos viajes y al 

quinto se tardó mucho. Volvió el Padre hacia los bohíos del Jeque, vista la j 

tsrdanza, y hallóle que estaba cantando y dándole al calabacillo de la cal; * 

Y de las razones que decía en lo que cantaba, alcanzó el Padre que no ha- j 
•oía más qué llevar. Partióse luego hacia la cueva, llegó primero á los bo- 
híos adonde había delado su gente, mandó encender el hacha de cera, y 
llevándolos consigo se fue á la cueva, adonde halló cuatro ollas llenas da 
aantillos y tejuelos de oro, pájaros y otras figuras, ^umouss y tiraderas do 
oro; todo lo que había era de oro, que aunque el raidre Francisco Lorenzo 
declaró y manifestó tres mil pesos de oro, fue fama que fueron más de seis 
mil pesos." 



-68 — 

los Gli9belia8y(.l)r;' ^Bteteitfalu mujeres qpe qperfa (<ll^; 
no? ran jeque, ni se extendí» sa podM^ religpoec^ forae de 
sos dominios, aqnqae era generalmente vee^na^. j 
considerado sn estado como tierra santa. 

Además de los jeqpes, hacían el oficio de hechice- 
ros y agoreros nn número considerable de viejos de 
ambos sexos, quo iban de casa en casa por los pueblos 
mascando tabaco 7 embriagándose con el samo del bo- 
rrachero (datura)^ tomado en infusión para adivinar la 
buena ventura. ¡ Miserables embaucadores eran éstos, 
que, no teniendo de qué vivir, hacían del engafiouna 
industria, 7 se rebajaban á ejecutar acciones 7 gestos 
ridículos para no morirse de hambre ! 

Vamos á dar una idea de las varias supersticiones, 
agueros^7 criminales abusos que fomentaban los hechi- 
ceros entre el vulgo ; para este trabajo nos servirán de 
guía, además de los cronistas, las preguntas que tenían 
costumbre dé hacer los misioneros á los indios eñ el 
Cónfeaionario. (3) 

Los Chibchas hacían uso de 7erbas 7 bebedizos 
para curar las enfermedades 7 para obtener otros fines, 
como matar á una persona 6 hacerle algún mal, procu- 

(1) Hé aqof las propias palabras de Qaasada, eltado por Zñr 
mottkifág. 186): 

" £l pueblo de Sogamcao es el asiento del fundamento de su religión; 
aquel pueblo es su Roma de ellos, y aquel cacique so pontífice máximo, 7 
del fundador de aquella población, ascendiente y tronco de los si'gsmosos 
modernos, salló la falsa ley, y idolatría, de que en ambos reinos de ios Mos- 
cas sa usa y reyerencia." 

Existe eopia del epitafio del Sagamaxi, el último Jf^te de Iraes, 
eompaesto en lengua ehibcha, probablemente por los Padres Fran- 
eiseanoe, sos Amigos, que f aeren qaienes dieron sepultara cristiana 
á su euerpo. El título que en dicho epitafio se le da es simpleiáente 
el de piihipcua^ que equivale áeaeiqne. 

(2) Refiere el Padre Simón (T. n, pág; 196,) que cuando loeei- 
paifioles entraron á €k>gamoso. el eaeique *'no fue el postrero el» 'la 
birfda,'' y que bailaron solas sus oasaa '^ por baber^l yaprerenUU» 
desafear stfs matí^tg, MUihfJóg, y algunas üesusTlqúesaa." 

(S) VóÉnUé las Bramátíétíé c^i5cAd« dét Padre Lugo y déUrf- 
eoeehéa. 



_ 8« — 

m el aBorto, facilitar pronta mn^rte*^ an- enfeitiu», eitbu 
CTtaandó el conquistador Jiménez de Qaesadfei^ llégd «I 
Nnevo Reino, las inciiás cautivas qae servían á loa ea- 
paffoles de mala gana, echaban hojas dé borrachero eth 
la olla en que guisaban la comida. Cada día^amanecfan 
algunos de ellos locos y haciendo desatinos, cosa que á 
todos los tenía atónitos, sin poder explicarse el motivo, 
hasta que algunas indias descabrieron la causa á sua 
amos 7 les mosttaron el arbusto, que llamaban iyhyquff. 

Pedían' yerbas ó drogas á los hechiceros para ha- 
cerse querer de ks mujeres, y los buscaban para que 
hc8 explicaran los sueffos. 

Cuando veían zorros, gorriones, lechuzas, hocicu- 
dos ú otros animales que lloraban ó daban voces delan- ;' 
te de ellos, creían que les anunciaban algo bueno ó mala ¡; 
que les había de suceder. 

Si perdían ó les hurtaban alguna cosa, tomaban d t 

liacían tomar para hallarla infusión de borrachero. En i! 

caso de hurto pagaban con frecuencia al hechicera 
porque la buscara. Este hacía ó fíngía hacer diez cami* 

nos que partieran del lugar donde se había hecho el j; 

robo. Luego, atribuyendo cada camino á uno de loa Jí 

distintos dedos de la mano, se embriagaba ligeramente 

con borrachero, y advertía ó más bien suponía que le < 

temblaba alguno de ellos. Daba su respuesta sefialanda 
ese camino, pues por él se habían llevado el hurto, y si 
haciendo diligencia no lo encontraban, perdido se que- 
daba. 

No emprendían cosa alguna de importancia sin in- 
quirir antes el resultado que pudiera tener. Con este fin 
comían dos yerbas, una después de otra. (1); Decían 
que. pasadas algunas horas les daba el Sol á entenderla 

(1) Fop y Mca iM Hama Oviedo. 






i: 



— co- 
que habían de hacer en el negocio qoe le consultaban. 
Para el efecto tenían las coyunturas del cuerpo clasifi- 
cadas unas de buenas y otras de malas. Según las que 
se les movieran después de tomadas las yerbas, juzga- 
ban si el éxito de lo que intentaban sería feliz 6 des- 
graciado. 

En las minas de Somondoco tomaban ciertas yer- 
bas con las que decían saber en qué veta hallarían más 
hermosas y grandes esmeraldas. La extracción de estas 
preciosas piedras se hacía en ciertos tiempos del año 
con muchas ceremonias y sacrificios. Refiere Oviedo 
que ningún indio que no fuera del señorío de Somon- 
doco podía sacar esmeraldas ni ver las minas, porque 
tenían el agüero de que moriría dentro de una luna- 
ción. (1) 

Algunos grandes hechiceros pretendían que podían 
mudarse á voluntad en leones y tigres é imitar en sus 
actos á estas fieras. A las veces salían en los bailes con 
una piel de zorro con cabeza, puesta á las espaldas y 
asida con las manos por las patas. Este disfraz lo llama- 
ban el Fo. 

Dice Castellanos, como temeroso de engolfarse en 
la relación de las prácticas supersticiosas de los indios : 

Hacer memoria de otras opinioues 
Qae corren por aqueste barbarismo 
Soa tan absurdas todas, qae baria 
Bidiculo sartal de disparates. 
Porque como les falta los cimientos 
De sólida verdad, en lo que dicen 
Los unos y los otros se conf anden. 

Nosotros no consideramos ociosos esos detalles. 

Ellos sirven para demostrar hasta qué punto se ofusca 

"^"~"" '" ■ ■ ■' » 

(1) Aonqae HerMia dloe qae sí lo podían haear otros indior, 
nos atenemos al dicho de Oviedo, corroborado por Banmartfo y Le* 
brija. 



— el- 
la razón y se degrada el espíritu ea los paeblos donde 
reina la idolatría y folian ha cimientos de sólida verdad. 
Damos fin á este capítalo con la descripción qae 
Iiace el Padre Simón de un hechicero á quien él mismo 
vio en el pueblo de Tota, donde estuvo alg&n tiempo 
de doctrinero : 

''Saliendo de decir misa enoantré un viejo llamado Paraico, 
medio bufón y atruhanado, y teniendo noticia era mohán, le hice 
desYolyer la poca ropa que traía y le hallé en una mochila los ins- 
immentos del oficio. Eran un calabacito de polvos de ciertas ho- 
jas que llaman yapa, y de ellas otras sin moler, y un pedacito de 
espejo encajado en un palito, una escobilla, un hueso de venado 
hendido al sesgo por la mitad y muy pintado, hecho á modo de 
cachara, con el cual, cuando hacen sus mohanerías, toman de 
aquellos polvos y los echan en las narices, que por ser fuertes ha- 
cen salir luego un humor que les cuelga hasta la boca. Lo miran 
en el espejillo, y si corre derecho es buena seOal para lo que pre- 
tenden adivinar, y por el contrario si corre torcido; y para que 
esté el labio de arriba más desocupado, lo traen todos muy rapa- 
do, y limpios de barba los que la tienen. Lfmpianse aquello des- 
pués con la escobilla, y también la ceniza que se han echado en la 
cabeza, y péinanse el cabello. Con estas sefias exteriores hemos 
venido á hallar muchos en aquel valle que tienen estos instru- 
mentos." (1). 



(1) T. V, pág. 60. 



OAPITUIíOT 



Ideas de los Chibcbss sobre la Tida íntoia.— Reocmpensas y castigos.— Be- 
sarreodóii de la cacica de Guatabita y de sa hija.— Juicio uniTenal y 
xesarrecdón general, segdn Castellanos.— Vicios comunes entre los in- 
dios.— Cómo cumplían los deberes moinües para con los demás.— So- 
lemnes procesiones religiosa& 

Las ideas espirítoalistas de loa Chibchas eran may 
confasas. La misma voz con que designaban el alma, 
Jíhüca^ significaba aliento^ huelgo. 

Creían qne las almas son inmortales* y qne en la 
mnerte se separan de los cuerpos y bajan al centro de 
la tierra por unos caminos y barrancas de tierra ama* 
rilla y negra, pasando primero un gran río en unas 
barcas de tela de araña, y no mataban estos insectos 
para qne no escasearan las telarañas. Tenían nn concep- 
to material de la vida futura, pues en ella esperaban se- 
guir viviendo como en &ta, en provincias y pueblos de 
términos demarcados, con sus mujeres, comiendo y be- 
biendo. Por esta razón se hacían sepultar los caciques 
con tres ó cuatro de sus mujeres preferidas, con sus me- 
jores esclavos para que les sirvieran, y además, con co- 
midas, chicha, vasijas, vestidos y telas con qué hacer 
otros, armas, joyas, etc. 

No tenían infierno 6 lugar destinado para el casti- 
go de los malos ; tanto estos como los buenos bajaban 
al centro de la tierra, pero mientras los unos gozaban 
de gran descanso y placer, á los otros les estaban dan- 
do muchos azotes. 

Observa muy juiciosamente el autor del Bpitome^ 



— e» — 

CFéíafi taD bárbara y confasamente en la inmortali- 
dad del alma, ^' qae no se puede, de lo qne ellos dicen, 
colegir si en lo qne ellos ponen la holganza y descanso 
de los muertos es el mesmo coerpo ó el ánima por sí." 
No culpamos, pues, á los cronistas, por las oscuridades 
que en lo tocante á este punto notamos en ellos ; atri- 
buí moslas más bien á la profunda ceguedad de los in- 
dios. Si ponían en las sepulturas, junto con las cosas de 
uso del difunto, comestibles para el gran viaje, no era, 
sin duda, para que se quedaran indefinidamente debajo 
de tierra. Si los caciques disponían que se embriagara á 
sus favoritas y á sus esclavos preferidos para sepultarlos 
en su compañía, era para bajar pronto á gozar con ellos 

en sü paraíso. Comprendemos que pudieran forjarse la j 

ilusión de que los cuerpos que enterraban pasaran pron- } 

to á resucitar en el centro de la tierra, ya que acostum- 
braban dejarlos para siempre en una misma fosa. Mas { 
¿ podían tener la misma ilusión en lo tocante á los nu- i 
merosos cadáveres momificados que conservaban en los ! 
templos y en las cuevas, y que estaban viendo constan- 
temente ? Creemos que su obcecación era tan grande,. [ 
que no so daban cuenta de esta dificultad. I 

En el único caso de resurrección que los Cbibchas 
contaban en sus leyendas, la cacica de Guatabita se arro- * 

ja á la laguna junto con su nifia de pecho y la mucha- 
cha que le servía de carguera. Las tres mueren aho* ' 
gadas, y vuelven el mismo día á la vida en unas casas 
mejores que las que dejaban, situadas en el fondo de 
la laguna. Logró un jeque sacar la niña, pero llegó 
muerta á la tierra. Llevóla entonces de nuevo á su ma- 
dre, y resucitó la niña por segunda vez. Es muy digna 
de notarse la circunstancia de que la cacica se proponía 
criar á su hija para que le tuviese compañía. Tenían 



— 64 — 

quizá la esperanza de que los nifios continoaran crecien-. 
do en la otra vida. 

No pocas dificultades presenta el sigaiente pasaje 
de Castellanos, transcrito por el Padre Simón y Piedra- 
hita, con escasa variación en el estilo : 

También esperan ellos el jnicio 
Universal^ y dicen qae los maertos 
Han de resucitar y para siempre 
Yiyir en este niando^ de la suerte 
Qae agora viven, y es porque presumen 
Ser este mundo permanescedero 
De la misma manera que lo vemos. 

No se comprende cómo hubieran podido concebir 
los Chibchas la idea tan elevada de un juicio universal, 
que para ellos no tenía objeto. Si sus cuerpos estaban 
gozando en unión de las almas en el centro de la tierra, 
si no había separación de buenos y malos, y sólo se dis- 
tinguían en que, mientras los unos disfrutaban de bie- 
nes y comodidades, los otros estaban afligidos por loa 
males que les sucedían y los azotes que les daban, ¿ á quó 
fin una segunda muerte en su paraíso para resucitar en 
la tierra donde habían vivido primero ? El indígena que 
habló á Castellanos del juicio universal, tomó esta idea 
del dogma católico para atribuirla d la religión de los 
Chibchas. 

Lo que dice al fin el autor, que presumían que 
este mundo permanecerá de la misma manera que lo 
vemos, sí nos parece muy natural que lo creyeran, pues 
no tenían motivos para juzgar que las cosas pudieran 
pasar de otro modo. 

Las ideas de moralidad que derivan de la ley na- 
tural, grabada profundamente por Dios en el corazón 
humano, se habían alterado y depravado entre los Chib- 
chas con motivo de las supersticiones á que estaban su- 



— 66 — 

jeto& De aqoí provenía el que en ciertas ocasiones fue- 
ran muy tolerantes con los vicios, y en otras calificaran 
de meritorios actos que en sí mismos no tienen virtud 
alguna, puesto que el individuo no es agente de ellos, 
sino que los sufre involuntariamente. Juzgaban de la 
suerte buena ó mala que había de tener cada uno en la 
otra vida, por la enfermedad que causaba su muerte. 
Quedaban esperanzados de que los que morían de calen- 
turas, de dolor de costado ó de cámaras de sangre,'irían 
al lugar del descanso. 

'' Los que maeren por sastentación y ampliación de su tie- 
rra, dicen qnestos, aunque han sido malos, por sólo aquello están 
con los buenos descausando y holgando; y ansí dicen quel que 
muera en la guerra y la mujer que muere de parto, que se van 
derechos á descansar y á holgar por sólo aquella voluntad que 
han tenido en ensanchar y acrecentar la república, aunque antes 
hayan sido malos y raines/' (1) 

Cuando juzgaban, por el género de muerte del pa- 
ciente, que éste tendría una desgraciada vida futura, se 
entristecían y no se ponían mantas nuevas. Pero si pre* 
sentían que había de ser feliz, le barnizaban la cara con 
bija, perfumaban la sepultura con trementina, la cu- 
brían con un pequeño bohío y la adornaban con unas 
figuras semejantes á cruces hechas de hilos de varios 
colores. 

¡ Qué estímulo podía existir para obrar bien en 
una sociedad donde se creía que las determinaciones 
ineludibles de un hado fatal decidían de la suerte defi- 
nitiva de los hombres I 

Por lo que hemos dicho se comprenderá cuan laxa 
sería la medida de los deberes morales entre los Chib- 
chas. Eran vicios comunes entre ellos la embriaguez, la 
lujuria y la mentira. Rodríguez Fresle dice, hablando 

(1) Epítome d% la conquista dtí Nuwo BHno do Granada. 



de ans grandes borracheras : ^ adonde el qae siás inces- 
tos 7 fornicaciones cometiera era más santo/* Aunque 
en esto haya exageración, hay mncho fondo de verdad. 

Los sangrientos 7 bárbaros sacrificios que hacían 
de nifios 7 de hombres habían desarrollado en olios ins- 
tintos feroces. La crueldad, que era carácter distintivo 
de casi todas las tribus qne poblaban el Nuevo Reino 
de Granada, lo fue también de los Chibchas, aunque es- 
taban más adelantados que las otras. 

Veamos cómo se comportaban en sus relaciones 
con los demás. 

Cuando la mujer daba á luz dos hijos gemelos, se 
tenía por sefial de incontineocia, 7 al segundo que na- 
cía le quitaban la vida. 

Trataban mal á sus mujeres, que les servían como 
verdaderas esclavas, pretextando que las compraban. 

Eran humanos con sus enfermos ; los acompaña- 
ban, 7 llamaban á los jeques 7 hechiceros para que los 
recetaran. Juntábanse muchos á verlos fallecer. Tenían 
por dichoso al que moría de ra7o ó de muerte repenti- 
na, porque había pasado de esta vida sin dolores. 

Cuando sus padres llegaban á la ancianidad 7 no 
podían trabajar, faltaban á la obligación de mantenerlos 
7 los echaban de sus casas. Viéndose necesitados, se 
iban viejos 7 viejas de pueblo en pueblo convertidos 
en hechiceros 7 agoreroa 

No se acostumbraba socorrer á los pobres, 7 su 
desgracia era más bien motivo de burla. (1) 

Mataban en la guerra á cuantos enemigos podían, 
aunque se les rindieran ; cuando los muertos eran de 
la tribu de los Panches, llevaban sus cabezas para coló- . 

(1) Una de laa pregaotaa qoe haeCan lof misiooeroc «n la oon*! 
fetióii A4o« indioe, erm ésta : 

" íHu Indio burla de Ion polmit'' 



— 4»7 — 

carias en sus afloratorioB. Si lograban captarar.al caci* 
qoe ó sefior, lo traían á su tierra, le aacaban los ojos y 
lo dejaban con vida para ultrajarlo en sns fiestas. Que- 
maban los pueblos de los vencidos y sacrificaban los 
niños al Sol. De la suerte de los mayores de edad deci* 
dían á su antojo. (1) 

Eran los Ghibchas muy religiosos en su idolatría, 
sumisos y respetuosos para con sus caciques y peleaban 
con valor en defensa de sus tierras. 

Bien quisiéramos extendernos un poco más sobre 
el punto tan importante del cumplimiento de los debe- 
res morales ; pero por desgracia es muy poco lo que á 
este respecto hemos podido hallar en los cronistas. 

Las víctimas que los Chibchas destinaban al sacri- 
ficio eran generalmente niños de otras tribus ó nacio- 
nes. Acabamos de ver que reservaban para la inmola- 
ción los niños que tomaban á sus enemigos en guerra. 
Otros eran traídos de la provincia de los Marbachares, 
situada en los llanos de San Juan. 

Antes de hablar de estos sacrificios, describiremos 
las solemnes procesiones religiosas que hacían en cier- 
tos tiempos del año, especialmente en el de la cosecha, 
que era en Septiembre. 

Celebrábanse en las anchas carreras que conducían 
al cercado del jefe del Estado ó cacicazgo, quien asistía 
á ellas acompañado de los principales de su dominio y 
de un crecido número de sus subditos. Pintábanse de 
bija y de jagua los que se exhibían en ellas, engalaná- 
banse con variados trajes y disfraces, se ataviaban con 
diademas, medias lunas, patenas, collares y narigueras 
de pío y mucha plumería, y marchaban divididos en 
cuadrillas. Cada cual ostentaba su riqueza ; muchos re- 
(t) OvzBDO. Llb. xztn, eáp. xaoL • .. ..-'.' ■ . ^^ 



n 

« 



— 68 — 

presentaban animides, y se mostraban cubiertos con pie- 
les de leones, tigres j osos. Los sacerdotes Uevabaa 
puestas coronas de oro en forma de mitra& Seguíales 
una prolongada cuadrilla de hombres pintados sin dis- 
fraz ni joya alguna. Estos lloraban implorando al Sol y 
á Bocliica por su zipa ó cacique, y pidiéndoles les con- 
cediesen lo que pedían. Para hacer más patentes sus 
ruegos llevaban la cara cubierta de máscaras con lá- 
grimas pintadas. Luego entraba otra numerosa compa- 
fiía, riéndose los unos con estrépito y saltando de ale- 
gría, diciendo otros que ya el Sol les había concedido 
lo que pedían los delanteros. En pos de estos iban otros 
disfrazados con máscaras de oro, arrastrando sus mantas 
por el suelo, como para barrer la carrera á los que les 
seguían. Estos, ricamente adornados, bailaban y canta- 
ban al son de los fotutos, tambores, flautas y zamponas. 
Detrás venía el zipa ó cacique, lujosamente vestido ; lo 
acompañaban y seguían los principales y el séquito de 
gente que tenía á su servicio. Cuando llegaban al fin de 
la carrera presentaban las ofrendas á sus ídolos, y luego 
volvían por la misma hasta llegar á la casa del cacique. 
Este alababa las invenciones de libreas, juegos, danzas 
y entretenimientos ; premiaba con algunas mantas á los 
que habían salido con mayor lucimiento, y les distri- 
buía mucha chicha para que volvieran á sus casas á aca- 
bar en ellas la fiesta, como era de costumbre, embria* 
gándose. 

Puede imaginarse el lector cuál sería el atractivo 
de estas fiestas tan llenas de animación, en las que se 
veía una muchedumbre de gentes con disfraces tan va- 
riados, cubiertas con sus más ricas joyas, danzando, saU 
tando, gesticulando, llorando, riéndose y cantando al son 
de los desacordes instrumentos m&sicos de los indios. 



— 69 — 

Estas procesiones se continuaron por muchos afios des- 
'pnéa de la conquista, j fue la costumbre que se desarrai* 
gó con más dificultad de entre los naturales. 

Con frecuencia hacían correr en medio de la fun- 
ción la sangre de una víctima inocente, como se dirá en 
el capítulo que sigue. 



« 

I 

t 



r 

t 
i 






r 



OAPITUIflO YI 



Sacrificios hainano8.^Lo8 mojMó sacerdotes Difios.— InmolaeioiMS de 
edaltos en los edoratorios y en los cerros. — Sacrificios en Ckicheti y Ra- 
mirioaL— Inmolación en la gavia.— Horrible inmoladón de jiifias en 
los cimientos de las casas nucTas. — Bntierro de laa mujeres y esclavos 
▼i¥os de los caciques.— Sacrificios con sangre de aves» con agua, fuego, 
tierra, oro y esmeraldas. 

Uno de los hechos qae más claramente comprue- 
ban la unidad de la especie humana es la adhesión uni- 
versal á ciertas ideas y á determinadas prácticas. Ad- 
mitida por todos los pueblos la idea de la degradación 
del hombre por la culpabilidad original, la satisfacción 
se impuso como su natural consecuencia. Consideróse 
el sacrificio como el acto esencial de la religión. Creyó- 
se que la Divinidad, irritada contra la carne y la san- 
gre, no podía aplacarse sino con sangre, á cuya efu- 
sión se atribuyó una virtud expiatoria. Dios, que reveló 
estas verdades, quiso que, para salvar al hombre, se in- 
molasen los animales que éste prefería. Los idólatras, 
impulsados por una lógica diabólica, creyeron que la 
eficacia del sacrificio estaba en relación directa con la 
importancia de la víctima, y cayeron en la horrible su- 
perstición do los sacrificios humanos. 

No estaban exentos los Chibchas de tan execrable 
práctica ; inmolaban víctimas humanas al Sol, á quien 
consideraban como el más digno de sa adoración. To- 
dos los años corría la sangre de numerosos nifios ino- 
centes como tributo pagado á las supersticiones ido- 
látricas. 



— 71 — 

Tenia este pueblo diferentes modos de hacer sus 
sacrificios ; los describiremos sucesivamente. 

Había en las vertientes de los llanos de San Jaan 
(hoy de San Martín), á unas treinta leguas de Bogotá (1), 
nn templo dedicado al Sol (2), donde se criaban con 
mucho esmero tiernos nifios, á quienes cortaban el 
ombligo recién nacidos, porque decían que así lo man- 
daba el Sol, quien bebía esa sangre ; i estos niños los 
llamaban mojas. 

Mercaderes chibchas iban á comprarlos á esa leja- 
na provincia y los traían de seis á ocho años de edad, 
teniéndolos en tanta veneración, que los cargaban so- 
bre sus hombros. Los mojas eran vendidos á los caci- 
ques á muy subido precio, de tal manera, que cada ca- 
cique tenía uno, y pocos alcanzaban á comprar dos 6' 
tres. Llevábanlos á los adoratorios, y allí servían como 
sacerdotes y los tenían en muy grande reverencia. De- 
cían los indios que se entendían con el Sol, y le habla- 
ban y recibían sus respuestas. Uno de sus principales 
oficios era cantar, y en tanto que ellos cantaban, los in- 
dios lloraban. 

Los miraban como personas tan sagradas y santas, 

(1) *' ▲ treinta legoat del Naevo Reino," se dioe en el BpUome 
d9 la conquista. "A qainoe Jornadas del Kaeyo Reino," dice 
Oviedo. 

(2) Bien pudiera este templo haber sido el edificio qae descn- 
brió Jorge de Espira en 1636, en nn paeblo de indios situado oerea 
del bajo Ariari, j á proximidad del sitio donde se íandó la eiadad 
de San Joan de los Llanos, al Sudeste de Bacatá. Bra nna gran casa 
de doscientos pasos de largo, y ancha en proporción, oon exten- 
sas haertas en sns dos frentes, y, segÚA informaron los indios, ser- 
▼ta.á la Tes de templo donde hacían sacrificios al Sol, qae adoraban 
por sa dios, y de monasterio donde estaban encerradas machas don- 
cellasi ofrecidas por sns padres para el serricio del templo. Las 
acompañaba nn indio viejo, qae era el moh&ñ encargado de los sa- 
orificios y de ensehar á las doncellas lo qae l^abfan de guardar. Te- 
Dfan en ciertos compartimientos mocha cantidad de provisiones 
para su mantencl6n(8im6n. T. I, pág. 113). Segfin nn antiguo mapa, 
San Joan de los Llanos estaba situado entre loe ifos Guape y Gfle- 
jar, cerca de lá aerranía de 



— Ta- 
que no les dejaban tocar Iob pies en el suelo. Por la 
mañana los llevaban con mucho respeto en los brasos á 
lavarse á las fuentes ó á algún río. Teníanlos en extre- 
mo regalados, y ninguno, ni el cacique mismo, podía 
comer en su plato. Cuando los indios cometían algún 
pecado, no se atrevían á entrar en el adoratorio sino 
acompafiados por el moja. 

Así que llegaban á la edad de la pubertad, los ma- 
taban en los templos y ofrecían á sus ídolos su sangre ; 
pero si los jeques llegaban á saber que alguno hubiera 
tenido comercio con mujer, se libreba éste de la muer- 
te, no teniendo su sangre como acepta al Sol, por ser 
sangre impura ; echábasele entonces del adoratorio, y 
se le miraba como un cualquiera. Los jeques abrían 
vivo al moja, le sacaban el corazón y las entrañas, y le 
cortaban la cabeza mientras los músicos cantaban los 
himnos propios de aquella bárbara función. Sacrificado 
un moja, el cacique lo reemplazaba comprando otro. 

¡ Es verdaderamente digno de admiración el respeto 
de los Chibchas por la pureza, y cómo tenían la idea de 
que la inocencia pone al hombre en piadosa comunica- 
ción con la Divinidad ! ¡ Que bella y consoladora costum- 
bre, que parece nacida de un corazón cristiano, la de 
hacer acompañar al penitente en su entrada al templo 
por el inocente niño cuyos ruegos son tan eficaces ! 

En las guerras con sus enemigos, y más que todo en 
las que tenían con frecuencia con los Panches, procura- 
ban apoderarse de algunos niños que traían á su tierra 
con cantares y ceremonias. A unos les daban prontamen- 
te muerte en sus adoratorios, degollándolos con gran* 
des clamores. Regaban el suelo y untaban los postes con 
la sangre, y el cuerpo lo llevaban á lo alto de los cerros 
para que el Sol lo devorara, pues decían que comía la 



— 78 — 

sangre de los nifios 7 era muy de sa gasto, y que se 
holgaba más del sacrificio qae le hacían de machachos 
que de hombres. A otros los cuidaban en ciertas casas, 
regalándolos con delicadas comidas, 7 los reservaban 
para sacrificarlos al Sol cuando juagaban que para ello 
había causa grave, como cuando iban á la guerra, para 
tener buen éxito en ella. 

Si les faltaba agua para sus sementeras, decían que 
les venía ese mal por estar enojado con ello& Juntá- 
banse entonces muchos jeques, sacaban uno de los nifios 
7 lo llevaban á una cumbre, al amanecer de un día cla- 
ro 7 sereno. Allí escogían el puesto para la inmolación 
en la parte que miraba al Oriente. Luego tendían al 
muchacho sobre una manta rica en el suelo 7 lo dego- 
llaban con unos cuchillos de cafia, en medio de grandes 
clamores 7 voces. Recogían la sangre en una totuma 7 
untaban con ella algunas pefias en que daban los prime, 
ros ra7os del sol. Metían el cuerpo del inocente nifio 
unas veces en una cueva, 7 otras lo dejaban insepulto 
en la cumbre, para que lo comiera el Sol 7 se aplacara 
su ira. Volvían algunos días después, 7 si lo hallaban 
consumido decían que el Sol lo había devorado, con lo 
que estaría desenojado 7 dispuesto á favorecerlos en 
sus necesidades 7 á enviarles buen tiempo. 

Sin duda en obedecimiento á esta costumbre arro- 
jaban los indios de Guachetá, desde un cerro, algunos 
nifios á los espafioles cuando entraron á sus tierras, 
considerando á los conquistadores como hijos del SoU 

En Gacheta tenían los indios un ídolo de madera, 
más alto que un hombre, colocado en una piedra en- 
sangrentada. Sobre aquella piedra sacrificaban todas las 
'semanas algún muchacho, ^^ que no pasase de catorce 
afios ni tuviese malicia para pecar." 



En Ramiriqni había üq «^ttguo adwatorio miqr ye* 
nerado : era una cueva qne formaba ona espaciofia saia^* 
á la qne se entraba por nna puerta mny angosta. Entre 
otras ceremonias que hacían allí, sacrificaban machos 
nifios inocentes. 

Uno de los sacrificios más comunes y frecuentes 
era el de la gavia. Dieron este nombre los españoles á 
unos maderos gruesos, altos y derechos, que veían en 
muchas partes clavados en las esquinas de los cercados, 
pintados de colorado y con una garita en la parte alta, 
que los hacía semejarse á las gavias que se usaban en- 
tonces en los mástiles de los navios. 

Cuando los caciques querían hacer a1g¿n sacrificio, 
daban orden de conducir un esclavo, que llevaban ama- 
rrado en medio de numerosa y vistosa procesión, 
por la ancha carrera que conducía al cercado del sefior. 
Poníanlo sobre la gavia, y le tiraban flechas y dardos 
agudos. Al pie del mástil estaban los jeques y otras 
personas con muchas escudillas recogiendo la sangre de 
la víctima, que ofrecían al adoratorio con ceremonias ri- 
diculas. Bajaban el cuerpo, y con danzas y juegos lo 
llevaban á un cerro donde los jeques, apartándose de 
la multitud, lo enterraban. 

Este género de sacrificios debía ser muy lento y 
doloroso, pues las heridas causadas por los dardos lan- 
zados por la tiradera, arma arrojadiza de los Chibchas, 
eran generalmente leves ; ademán, como la parte inferior 
del cuerpo estaba protegida por la garita, las saetas las- 
timaban el pecho y el rostro. 

Vamos á referir uno de los sacrificios más crueles 
y horribles. Cuando los caciques hacían de nuevo sus 
casas, cavaban hoyos á las puertas del cercado y en el 
punto donde colocaban los palos gruesos que usaban en 



— 76 — 

medio del bohío. En cada mío de estos hoyos hacíiai 
entrar una nifia bien compuesta y ataviada ; las esco- 
gían entre las pñmeras familias del pnebló, qoe tenían 
á mocha honra tan bárbara inmolación dé sns hijas. 
Soltaban los palos sobre ellas y las iban macizando con 
tierra, porqne decían que la solidez de la casa y la bne* 
na fortuna de sus moradores consistían en estar funda- 
da sobre carne y sangre humana. Terminado el sacrifi- 
cio, convidaba el cacique á todo el pueblo para una 
gran borrachera que duraba muchos días, con juegos, 
bailes y entretenimientos, en especial de truhanes y cho- 
carreros. 

Figúrese el lector esta horrible escena propia de 
salvajes. Cayendo el madero sobre la cabeza débil de 
la inocente nifia, la quebrantaba del primer golpe. La 
vida se extinguía con una sola lastimera queja ; luego 
los golpes repetidos desgarraban las delicadas carnes 
y trituraban los huesos; la sangre corría líquida y vivida 
del despedazado cuerpo, que se confundía con la tierra. 
Al fin sólo quedaba una masa sanguinolenta, informe ; 
mezcla de restos de carne humana, de huesos molidos, 
de jirones de tela y de fango, que las voraces fieras hu- 
bieran desechado. Pero de ese barro se elevaba al cielo 
la voz de la inocente víctima, hecha a imagen de Dioe^ 
y que, desamparada de los hombres, clamaba justicia 
ante su Creador. 

Finalmente haremos mención del sacrificio de las 
vidas de algunas de las mujeres preferidas y de los es. 
clavos fieles á quienes sepultaban con el cacique des- 
pués de que los privaban del sentido dándoles zumo de 
borrachero mezclado con chicha. 

Fuera de la inmolación de víctimas humanas, sa- 
crificaban los Chibchas en sns adoratorios con sangre, 



-76- 

agoa, faego, tierra, oro 7 esmeraldas ; para cada uno 
de estos sacrificios tenían oraciones apropiadas, que de- 
qian cantando. 

Hacían traer de las tierras calientes centenares de 
papagayos y algunos gaacamayos, con gasto considera- 
ble. Ofrecían en nn solo sacrificio ciento y doscientos de 
los primeros y hasta doce de los segandOs. Enseñaban 
á hablar á los papagayos en su lengua, y cuando la 
aprendían, los jungaban dignos de suplir á los hombres 
y de interceder por elloa Matábanlos entonces, derra- 
maban su sangre por el adoratorio y dejaban colgadas 
en él todas las cabezas. 

Con agua sacrificaban, vertiéndola en los tem- 
plos con ciertas fórmulas y haciéndola correr por ca- 
ños; con fuego, prendiéndolo en los adoratorios y echan- 
do sahumerios. Cuando llegaron los conquistadores, sa- 
lían los indios á recibirlos encendiendo fuego y sahu- 
mándolos como á hijos del Sol. Si tenían alg&n disgusto 
con ellos, venían á rogarles que fuesen sus amigos, y 
antes de llegar á ellos echaban moque y otras drogas 
en el fuego que traían preparado, y cantaban al rede- 
dor de éste para que les perdonaran lo pasado. 

También arrojaban al fuego oro y esmeraldas, y de- 
cían que cuanto mayor era el señor, tanto más honroso 
le era quemar las mejores piedras para el Sol. 

Para sacrificar con tierra hacían unas galerías sub- 
terráneas que pasaban por debajo de los templos. To- 
maban la tierra en las manos con muchas ceremonias y 
la metían allí, echando con ella oro y esmeraldas. 

Tenían á los montes en gran veneración. Conside- 
rábanlos sagrados porque los dedicaban á sus dioses, y 
no se atrevían á cortal un árbol ni á desgajar una rama. 
Cuando querían hacer alg&n ofrecimiento entraba en el 



— 77 — 

monte cada individuo aisladamente, y si eran muchos, 
unos iban por una parte y otros por otra. Cada uno lle« 
vaba una barra fuerte de madera, terminada en punta, 
y con ella enterraba oro, esmeraldas, ó lo que quería. 
Este depósito era tan sagrado^ que á ningún indio se le 
ocurría hurtarlo, ni lo habría hecho aun cuando se le 
amenazara de muerte. 

Todas estas prácticas tenían por objeto implorar 
del Sol el perdón de sus pecados y maldades. Alcanza- 
ron, pues, los Chibchas á emplear varios medios para 
aplacar la cólera de sus dioses ; comprendieron que la 
sangre de ciertas aves que ellos preferían, tenía virtud 
deprecativa, y que podía sustituirse á la sangre hu« 
mana ; luego la historia no podrá en manera alguna 
excusar su persistencia en sacrificar víctimas humanas. 



OAPmTiiO vn 



6ftcrifldM de lo8 CbibchaB en laa lairanaB.— Leyenda de la cacica de Ooa- 
tabita.— Cruel castígodesu infidelidad. — 8e ahoga con doa nifiaaen 
la laguna.— Peregrinacionea á las cinco lagunaa sagradaa.-* Carreña y 
premioa. — ^BorraoieraB y ceremonias de laa ofrenda*. — ^Varioa caciques 
arrojan oro en la laguna al tener notida de la yenida de loa cspafio- 
les.— Tentativas liecnas para desaguar las lagunas.— Quién era el cad- 

3ue Dorado.— Cuándo se celebraba la ceremonia del Dorado.<»La balsa 
e oro hallada en la Isguns de Biecha. 

Eran los Chibchas may inclinados á hacer sacrifi- 
cios en las aguas, y particular mente en las lagañas. Te- 
nían sefialados para sus ofrendas y peregrinaciones cin. 
co aantuarias 6 puestos principales de devoción, que 
eran : partiendo de Norte á Sur, las lagunas de Guata- 
bita, Guasca, Siecha, Teusacá y Ubaque. La principal 
y más frecuentada era la de Guatabita, situada en el 
páramo que domina el pueblo del mismo nombre, y 
cuya leyenda vamos á referir. 

Cuéntase que en tiempos muy antiguos solían ha- 
cerse ofrecimientos en esta laguna, para lo cual mo. 
raban algunos jeques en una choza á la vera del agua. 
De allí salía de vez en cuando el Demonio en figura de 
dragoncillo ó culebra grande, y entonces le ofrecían 
oro y esmeraldas. Era el guatabita un señor de los más 
poderosos de la nación, muy respetado por los caci- 
ques, sus vecinos, por la distinción de su linaje. Entre 
las mujeres que tenía, era la favorita y gozaba de toda 
ga privanza, una que excedía á todas las demás en 
belleza, en gracia y en la nobleza de su sangre. Tuvo 
la cacica relaciones ilícitas con uno de loa principales 



— 79 — 

cortesanos ; súpolo su marido, lo hizo prender y lo cas- 
tigó sometiéndolo al bárbaro suplicio del empalamiento. 
A su favorita la obligó á comer en público alguna par- 
te del cuerpo de la víctima, guisada con otros manjares, 
y para que la afrenta fuera mayor y sirviera de escar- 
miento general, dispuso que se cantara en sus fiestas 
y borracheras la deshonra de la cacica y su ejemplar 
venganza. 

Lo raro del suceso fue que el cacique volvió á 
cohabitar con ella ; mas la favorita, para quien cada 
fiesta era un tormento que aumentaba su desesperación, 
logró un día huir del cercado de su marido, llevando 
consigo una muchacha que servía de carguera á una 
niña recién nacida. Corrió á la laguna, arrojó las niñas 
al agua, siguió tras ellas y pronto se ahogaron y hundie- 
ron las tres. Inútilmente salieron de sus chozas los jeques 
al oír el ruido del agua, pues ya los cuerpos se habían 
sumergido. Corrió uno de ellos á dar aviso al cacique, 
quien llegó desesperado al lugar del acontecimiento, 
llamando á su mujer y á su hija, y como no las vio, 
mandó al mayor hechicero de los jeques que las sacara 
del fondo de la laguna. El jeque, poniendo en práctica 
el supersticioso ceremonial acostumbrado, mandó encen- 
der lumbre á la orilla de la laguna y echar en las bra- 
sas unos guijarros lisos, hasta que quedaran enrojeci- 
dos ; se desnudó, los arrojó al agua y tras ellos se zam* 
bulló, permaneciendo largo rato en el fondo. Al fin 
salió solo como había entrado, y engañó al cacique con 
un embuste. Díjole que la favorita estaba viva en unas 
casas mejores que las de Guatabita y que tenía en las 
faldas al dragoncillo ; que aun cuando le había instado 
que volviera al lado de su marido, no había querido con- 
sentir, manifestándole cuan feliz se sentía de haber ha- 



— so- 
llado descaDso en sus trabajos j de verse con su hija, á 
quien criaría para que la acompañase. 

No satisfecho el cacique con el recado del jeque, 
dfjole que le sacara siquiera á su hija. Este la buscó por 
segunda vez con los guijarros hechos ascuas, 7 vol* 
vio con el cuerpo de la niña, muerto y sin ojos, 7 
dijo que el dragoncillo se los había sacado estando en 
las faldas de la madre para que la volviesen á enviar 
á ésta, quien con la otra niña se quedaba aguardándola. 
Viendo el cacique que de nada le servía su hija sin 
alma 7 sin ojos, 7 que la voluntad del dragoncillo, á 
quien reverenciaba, se mostraba de una manera tan pa- 
tente, mandó echar el cuerpecito á la laguna, quedán- 
dose sin consuelo por la pérdida de las dos idolatradas 
prendas de su corazón. 

Divulgóse la fama de este suceso en los domi- 
nios del guatabita, se extendió á todo el país de los 
Chibchas, 7 de todas partes vinieron á hacer sus sacri- 
ficios á la laguna, persuadidos de que en el fondo de 
ella vivía la cacica, ocupada en remediar sus necesida- 
des. Los jeques hicieron correr la voz de que ésta 
aparecía de vez en cuando sobre las aguas, hermosa 7 
agraciada como la habían conocido, descubierto el cuer- 
po de la cintura para arriba, 7 ceñida de allí para aba- 
jo con una manta de algodón colorada. Manifestaban que 
les decía ciertas cosas que ellos suponían que debían su- 
ceder por el curso de las causas naturales, como ham- 
bres, enfermedades, muerte de algán cacique que esta- 
ba enfermo. Todas las poblaciones importantes tenían 
anchos caminos, como de media legua de extensión, 
para llegar á la laguna. 

Acostumbraban los indios hacer sus peregrinacio- 
nes, que duraban veinte días 7 á veces más, recorriendo 



— si- 
los cinco adoratorios de que hicimos mencidn. Loa habi- 
tantes de Tanja 7 de otras provincias del Norte empe- 
zaban por la laguna de Gaatabita, y los de la Sabana de 
Bacatá por la de übaque. Coronaba los cerros la mnlti- 
tad de gente que corría la tierra, encontrándose los 
unos con los otros. Usaban de machas ceremonias é iban 
provistos de gran cantidad de chicha para las borrache- 
ras que tenían de noche, en las qae se cometian graves 
desórdenes qae aatorizaba la costumbre y toleraba la 
laza moralidad de este pueblo. Hallábanse, en el espacio 
que debía recorrerse, muchos parajes consagradoa Caan- 
do los corredores descabrían el cerro donde había algún 
aanituirto^ partian con gran velocidad para ganar la co- 
rona que se daba por premio al que llegara primero, á 
quien se tenía, además, por el más santo. Ponían tal em- 
peño en triunfar en la lucha, que muchos se ahogaban y 
morían de cansancio ; otros perecían víctimas de la fa- 
tiga y de los excesos de la bebida á que se entregaban en 
la noche siguiente. Enterrábanlos en las cuevas de los 
cerros, les ponían ídolos, oro y mantas, y los veneraban 
como á santos mártires. Cuando en las guerras marchaba 
en algún cuerpo uno de estos santos coronados, consi- 
deraban que llevaban consigo la victoria. 

En los últimos días de las fiestas, luego que todas 
las gentes habían corrido la tierra, se reunían los caci- 
ques, capitanes y personas principales en la laguna de 
Guatabita. Entregábanse á grandes borracheras duran- 
te tres días, quemaban mucho moque y trementina, y 
el último día se hacían los sacrificios por medio de los 
jeques. Rodeaba la loguna la multitud de las gentes, 
que se paseaba en medio de numerosas fogatas, contri- 
buyendo al alborozo general la música ruidosa de tam- 
bores, fotutos, zampofias y sonajas. Tomábanse dos caer- 









— Si- 
das que crazaban la lagaaa por el centro. Iban allí en 
grandes balsas bien adomadaSi hechas de eq>adafias 6 
de palos ligeros, los jeques 7 las personas que hacian el 
sacrificio, llevando cada nno el oro y los tanjos qae te- 
nía preparados seg&n su fortuna se lo permitía, 7 la ne- 
cesidad por la que lo hacía. Luego que llegaban al 
medio de la laguna, echaban en ella las ofrendas con 
ciertas palabras 7 ceremonias. La gente común acostum- 
braba hacer sus ofrecimientos á la orilla de la laguna, 
vueltas las espaldas, pues se tenía por desacato que per- 
sonas que no fueran de sangre noble miraran aquellas 
aguas consagradas, por servir de habitación á la caci- 
ca (1). Terminada con estos actos la peregrinación, se 
volvían todos á sus tierras. 

Era fama entre los indios que varios caciques, lue- 
go que tuvieron noticia de la llegada de los españoles, 
se apresuraron á arrojar en esta laguna mucha parte 
del oro que tenían guardado, ofrendándolo en sacrificio 
á la cacica para que los librara de ellos. Del usaque de 
Simijaca se refería que había enviado desde su pueblo 
cuarenta peones cargados con oro para echarlo allí. El 
sobrino 7 sucesor de éste, llamado D. Alonso, aseguró 
al Capitán Gonzalo de León Venero, encomendero de 
Simijaca, que el hecho era cierto, 7 que él mismo había 
conducido los peones. 

En varias ocasiones se ha intentado desaguar la la 
guna de Gnatabita. Lázaro Fonte lo puso por obra con 
tan escaso caudal, que se vio obligado á desistir de la 
empresa. Hernán Pérez de Quesada logró hacer bajar 
unos diez pies el nivel de las aguas, pero sólo sacó tres 
ó cuatro mil pesos de oro mu7 fino. Antonio de Sepúl- 

(1) En eontorno de las lagonan de Sieoha j de Ubaqne ae halla- 
ron plezaa de eerámica que representaban & loa Indloe; estaban eo-, 
leeadas vaeltas las espaldas á la lagaña. 



— 8« — 

veda hizo una brecha que dejó en aeco laa oríllaa 7 sacó 
esmeraldas 7 bastantes jo7a8 de oro, chagualas, patenas, 
serpezaelas, águilas, eta, por valor de más de doce mil 
pesos, según Rodríguez Fresle, que lo conoció 7 trató 
mucho. Murió pobre por habérsele agotado los recur- 
sos en abrir una segunda brecha. £1 sefior José Ignacio 
París trabajó con erapefio en el desagüe de la laguna 
en 1823, pero no lo pudo verificar. (1) 

Un tal Martos gastó mucho dinero en su intento de 
sacar la gran cantidad de oro que decían existía en la 
laguna de Guasca. A un Carriaga le costó la vida el ha- 
ber procurado extraer de la de Ubaque el tesoro que 
el cacique de la comarca sepultó allí para salvarlo de la 
codicia del guatabita, hermano del zipa Nemequene, 
como lo referiremos más adelante. 

En 1856 los señores Tovar, París 7 Chacón des- 
aguaron parcialmente la laguna de Siecha, 7 hallaron 
algunas alhajas de oro, entre otras una balsa de la que 
hablaremos al fin del capítulo, 7 varias esmeraldaa Al- 
gunos años después, en 1870, los señores Crowther 7 
Enrique Urdaneta perecieron asfixiados en el fondo de 
una extensa galería de 187 metros de extensión que es- 
taba casi terminada para desaguar la misma laguna. 

A la hermosa laguna de Fiiquene, donde había en 
una isla un templo venerado servido por muchos jeques, 
concurría gran número de peregrinos. 

Fáltanos hablar del famoso cacique dorado que 
tanto fascinó á Belalcázar 7 á sus compañeros de con- 
quista, que los hizo venir desde Quito hasta las tierras 
de Bacatá. 

(I) Véase lo qae sobre esta tentativa dloe el Oapitán Coehrane 
en sn Journal of a residéncñ and trawU in CoUmMa during th€ 
years 1823 and 1894. Coehrane excavó mnohas sepnltaras en las in- 
mediaeiones de la lagaña, pero en ninguna de ellas eneontró oro. 



ü"*" 



« '. 



11 «■ 



— 84 — 



En la Elegia á la muerte de D. 
cázar^ dice D. Juan de Castellanos : 



• • •• 



• • .Belalcázar inquiria 
Un indio forastero peregrino 
Qae en la ciadad de Qaito residía, 

Y de Bogoti dijo ser yecino. 
Allí Tenido no sé por qué TÍa; 
El cuál habló con él, y certifica 
Ser tierra de esmeraldas y oro rica. 

Y entre las cosas qne les encamina 
Dijo de cierto rey, qne sin yestido. 
En balsas iba por nna piscina 
A hacer oblación según él vido. 
Ungido todo bien de trementina, 

Y encima cantidad de oro molido. 
Desde los bajos pies hasta la frente. 
Como rayo del sol resplandeciente. 

Dijo más las Tenidas ser continas 
AHÍ para hacer ofrecimientos 
De joyas de oro y esmeraldas finas 
Con otras piezas de sus ornamentos, 

Y afirmando ser cosas fidedinas: 
Los soldados alegres y contentos 
Entonces le pusieron el Dorado. . . . 

Lo cual os yendo yo por cosa cierta.'' 

La tercera estrofa se refiere á los frecuentes sacri- 
ficios que se hacían en la lagaña, tales como los acaba, 
mos de describir ; en la segunda se trata de una cere- 
monia muy distinta, ceremonia suntuosa, á la que con 
justa razón se dio el nombre de El Dorado. 

Rodríguez Fresle refiere este incidente en térmi- 
nos semejantes. Seg&n él, el indio de Bacatá dijo á 
Belalcazar ^' que cuando querían en su tierra hacer su 
rey, lo llevaban á una laguna muy grande, y allí lo do- 
raban todo, ó le cubrían de oro, y con muchas fiestas 



— 86 — 

lo hacían rey. De aquí qae D. Sebastián dijera : *' va- 
moa á bascar este indio dorado/' (1) 

Rodríguez Fresle fae amigo de D. Juan, cacique 
de Ouatabita, sobrino j sucesor del que bailaron los 
conquistadores en el gobierno cuando entraron á la tie* 
rra de los Chibcbaa Este se hallaba entonces retirado 
en unas cuevas, practicando el ayuno de seis afios áque 
estaba obligado el futuro sefior del cacicazgo. De boca 
de él supo Fresle cómo se practicaba por el nuevo caci- 
que la ceremonia del Dorado, que describe en los tér- 
minos signientes : 

** Gnmplido el aynno se metía en {losesión del cacicazgOi y 
la primera jomada que había de hacer ero ir á la gran laguna de 
Gaatabita i ofrecer y sacrificar al Demonio, qne tenían por sa 
dios y sefior. La ceremonia qne en esto había era qne en aqnella 
lagnna se hacía nna gran balsa de juncos, aderezábanla y adorná- 
banla todo lo más Tistoeo que podían; metían en ella cuatro bra- 
seros encendidos, en que, desde luego, quemaban mucho moque y 
trementina con otros diversos perfumes. Estaba en este tiempo 
la laguna en redondo, con ser muy grande, toda coronada de in- 
finidad de indios 6 indias, con mucha plumería, chagualas y co« 
roñas de oro con infinitos fuegos á la redonda, y luego que en la 
balsa comenzaba el sahumerio, lo encendían en tierra, en tal ma- 
nera qne el humo impedía la luz del día. A este tiempo desnu- 
daban al heredero en carnes vivas, y lo untaban con una tierra 
pegajosa y lo expolvoreaban con oro en polvo molido, de modo* 
que iba todo cubierto de este metal. Metíanle en la balsa en la 
cual iba parado, y á los pies le ponían un gran montón de oro y 
esmeraldas paro que ofreciese á su dios. Entraban con él en la 
balsa cuatro caciques, los más principales, sujetos á él, muy ade- 
rezados de plumería, coronas de oro, brazales y chagualas, y ore- 

(1) Bl Padre Simón eoenta el episodio del indio, pero no diee 
que la ceremonia del Dorodo fuera la toma de poeedón del oaeiqae 
de Gaatabita, aino que el eaeique entraba algunas veoee al año, en 
balsa* á la laguna, cnbierto todo el enerpo de oro en polvo, á haeer 
mu oíreeimientos. Entre la opinión de este eronista y la de Oastella- 
noe y Fresle, no yaeilamos en aeoger la de estoe dos ñltlmoe, qn» 
tnvieroD motivos para estar mejor informados que 61. 



t 



t 



— 86 — 

jeru de .oro, también desnndof, y oada oasl llevaba va ofraei* 
miento. En partiendo la baba de tierra, oomensaban las cornetas, 
íotatfM 7 otros instrumentos, y con esto una gran Yocerfa que 
atronaba los montes y Talles, y doraba basta qne la balsa llegaba 
al medio de la lagnna, y los demás caciques qne iban con él y le 
aoompafiaban- hacían lo propio; lo cuál acabado, abatían la ban- 
dera, qne en todo el tiempo qne gastaban en el ofrecimiento la 
tenían levantada, y partiendo la balsa á. tierra comenzaba la gri- 
ta, gaitas y fotutos con muy largos coros de bailes y danzas i su 
modo; con la cual ceremonia recibían ai nuevo electo y quedaba 
reconocido por sefior y príncipe." (1) 

De la laguna de Siecha se sacó ana pieza de oro : 
60 forma era la de una balsa circular, de nueve y medio 
centímetros de diámetro, sobre la cual estaban coloca- 
das diez figuras humanas (Véase la figura 3, lámina ii). 
La principal, dos veces más alta que las demás, es un 
jefe guerrero de la clase de los guechas, pues lleva en 
las mejillas, cerca de los labios, cuatro canutillos de oro 
y dos más colgados al cuello ; tiene en la mano izquier- 
da una tiradera y dos dardos ; las demás están en cu- 
clillas, apoyados los codos en las rodillas : todas están 
desprovistas de arreos. Segán la opinión del doctor Zer- 
da ^'esta pieza representa la ceremonia del Dorado; es 
decir, al cacique de Guatabita rodeado de los sacerdotes 
indios sobre la balsa de juncos que los conducía al cen- 
tro de la laguna en el día de la oblación/' 

Ningán distintivo tienen los que acompañan al per- 
sonaje principal para que pueda decirse que son jeques, 

(1) Se ha pretendido por alganos, en opoeiei6n á lo que dioeo 
loe eronfstae, qae no es Gaatabita, sino Siecha, la laguna donde se 
celebraba la ceremonia del Dorado. Alegan como prueba que Gna> 
tabita sfgnifloa en lengna ehibeha remate de cordillera. Sierra 6 oor* 
diUera, gua\ j extremidad 6 remate, «uAuca, son las vocea compo- 
nentes de Quasuea 6 Quaseeu Tampoco son aceptables las etimolo- 
gías qne le atribuyen los croniataa: **cosa puesta en alto," qne se 
traduce porgwU #ona, 6 **alto sobre sierra," pues si alto sed ice ^imU, 
sierra es gua, 7 no se aplica ana raía dándole doble significado. 

El nombre de Sieeha es formado por las voces sie, agua, 7 e^ 
var6n. 



— 87 — 

ni éstos iban con el cacique en la balsa i cumplir las ce- 
remonia del Dorado. Faltan en ella los braseros para los 
sahumerios, la bandera y los demás adornos. No llevan 
los indios que forman el séquito la plumeria y ricas jo- 
jas que en esta fiesta sacaban á lucir, y están de más la 
tiradera y los dardos. 

Tampoco representa esta pieza el modo como se 
hacían [comúnmente las ofrendas en las lagunas, pues 
no tiene conformidad con la descripción que de esta 
función hemos hecho, de acuerdo con los cronistas. El 
tunjo en cuestión fue probablemente la ofrenda que 
hizo á la laguna ulg&n guerrero guecha. 



-•-•- 



/ 



oAPrruiiO vnz 



Bobenmot qae gobernaban á los Cbibchaa.— Gobierno abaolato.-^Obediea- 
cia y respeto de los súbditoe.—Presentes que se daban á los cactanes.» 
Nobleza, maques y euechas.— Tributos.— Gaatigo de los que no los nt- 
gabán.— BaclaTot. — Tiguyes ó mujeres de los caciques.— PHoridaa y 
priTÜegios de la favorita.- La rival de la privada de Meicncbuca, con- 
vertida en culebra.— Medo de heredar los caciques.— Prueba de la con- 
tinencia.— £1 cacique de Chía, heredero del sipa, por qu67— Beclnaión 
de los herederos de los caciques.— Fiestas de coronación de los caciques 
y del apa. 

Cinco soberanos ó señores principales, indepen- 
dientes unos de otros, gobernaban el pueblo chibcha 
cuando los españoles conquistaron su territorio. Empe- 
zando por el Norte, el Guanentá residía en la población 
de este nombre (1), situada en la Mesa de Jéridaa. Es- 
taban sujetos á su mando los caciques de üyamata, San- 
coteo, Caráota, Cotisco, Siscota, Cacher, Xuaguete, 
Bocore, Butaregua, Macaregua, Chalala, Poima y Poa- 
saque. 

Al Este se hallaban el Tundama y el Sugamuxi (2). 
Del primero dependían los caciques de Onzaga, Chica- 
mocha, Soatá, Chitagoto, Susacón, Ocabila, Icabuco, Ln- 
pachoque, Sativa, Tutasá y Cerínza. 

El señorío de Iraca ó Sugamuxi, el menos extenso 
de los cinco, comprendía los cacicazgos de Gámeza, Fi- 
ravitoba, Busbanzá, Tobazá, Toca, Pesca y algunos más. 

(1) Cada señor era generalmente oonoeido eon el nombre de la 
eapltal de sus dominios; era, pues, coman decir el Baeatá, el Han* 
sa, el Gaatablta, ete. 

Bn el Yoeablo Goanentá se baila la yob tá, labranza; signiflea, 
pues, Labranga de la$ Guanes. 

(^ Loe espaftoles mudaron la yoc Tkindama trasponiendo las 
letrM, en Duntama y inego en Duüamaf y eambiaion el nombre da 
Sugúmwti por Sogamoio, 



— SO- 
LOS dominios del zaque ó hunsa ocupaban el cen- 
tro del país. Residió primitivamente en Ramiríqui, de 
donde pasó su capital á Hunsa (Tunja). Rendíanle va- 
sallaje los caciques de Tuta, Motavita, Sora, Ramiriquí, 
Turmequé, Tibaná, Tenza, Garagoa, Somondoco y mu- 
chos otros pueblos. 

El zipa (1), el más poderoso de los señores, resi- 
día en Bacatá ó Muequetá (Funza). Sus estados com- 
prendían todas las tierras del Sur^ y ocupaban próxi- 
mamente las dos quintas partes del territorio chibcha. 
Las poblaciones principales eran : Simijaca, Guachetá, 
Ebate, Chocontá, Nemocón, Zipaquirá, Guatabita, Chía, 
Suba, Ebaque, Tibacuy, Fusagasugá y Pasca. 

Los caciques de Sáchica y Tinjacá eran señores li- 
bres (2), y lo eran también los de Chipatá, Saboyá y 
sus vecinos, puesto que dice Piedrahita que el hunsa 
hizo ''levas de gente extranjera, que consiguió de los 
cantones de Yólez, donde á cualquier príncipe extraño 
se le permitían por su dinero." (3) 

El gobierno del zipa, del zaque y de los caciques 
era una monarquía absoluta, un despotismo oriental. 
Tenían á su cargo la dirección de los negocios del 
estado y de las operaciones de la guerra ; daban, refor- 
maban y hacían aplicar las leyes y obraban en todo co- 
mo jefes supremos de sus dominios, sin que ningún otro 
poder moderador interviniese en las decisiones de su so- 
berana voluntad. La clase de los jeques, que recibían de 
sus manos la investidura del sacerdocio, les estaba so- 
metida, como todas las demás. Eran obedecidos y reve- 
renciados casi como dioses. Los más de los caciques, aun- 



(1) Tanto •! titulo de Zipa^ eomo el de Zaqw^ equivalen á gran 
$9ñor. Oastellanoe eaeribe Qipé. 

(S) PlBDRAHlTA. Llb. II, Oap. VI. 
(8) PiBOBAHiTA. Lib. II, Gap. IX. 



- 90 — 

que fueran absolutos en sns tierras, se humillaban ante el 
zipa y el zaque. 

Los indios jamás miraban á la cara á su señor, pues 
si entraban donde estaba, lo hacían vueltas las espaldas^ 
ó inclinándose profundamente y volviendo la cara cuan- 
do llegaban cerca de él ; se sentaban ó permanecían de 
pie, pero siempre con la cabeza baja. Los caciques y los 
embajadores tenían que someterse al mismo ceremoniaL 
Decían los indios que los cristianos eran muy desver- 
gonzados porque hablaban con el licenciado Jiménez de 
Quesada cara á cara y mirándolo. Cuando el zipa escu- 
pía, se arrodillaban uno ó dos de los nobles, se hablaban 
y volvían la cara atrás, extendían los brazos presentán- 
dole una toalla fina para que escupiese, porque aquella 
saliva era cosa santa que no debía tocar en tierra. El 
que la recibía se retiraba muy honrado y satisfecho, 
como si se le hubiera concedido alguna merced. Sólo 
los indios principales podían pasar cerca del cacique, 
pero habían de ir con la cabeza muy baja. 

Andaba el zipa en andas de madera adornadas con 
planchas de oro ; las llevaban á hombros gentes de sq 
casa. Precedíanle algunos indios que quitaban las pie- 
dras y terrones del camino, y tendían mantas y flores 
para que pasase sobre ellas. El mismo determinaba los 
sujetos de distinción á quienes permitía hacer nso de 
andas en premio de señalados servicios. 

Ningún mensajero, noble ó persona principal, po- 
día presentarse ante cualquier cacique con las manos va- 
cías, pues había de ofrecerle algún regalo cada vez que 
lo visitaba. En las ocasiones solemnes las dádivas eran 
verdaderamente regias. 

La reverencia, la constante adulación á los jefes 
de estado y la sumisión de sus subditos, que era tan 



— 91 — 

grande, **que ninguna nación de las del mando tnvo 
tal obediencia ni respeto/' (l).Ios envanecía y los afir- 
maba en su despotismo, qae sólo podía mitigarse cuan- 
do el mandatario era de condición mansa. 

El guatabita tenía á sus vasallos tan sujetos, que 
si alguno quería ponerse una manta diferente de las de 
los demás, tenía que pedirle licencia, pagándole muy 
bien, y el mismo cacique lo había de cubrir con ella. 

Estimaban mucho los Chibchas la nobleza de la 
sangre, procuraban que las familias principales se con- 
servaran sin mezcla, y hacían gran diferencia entre no- 
bles y plebeyos. Los caciques de más distinguido linaje 
tenían el título de ttsaqiies^ el que se daba especialmen- 
te á los que vivían en la frontera de los enemigos. Eran 
ellos quienes convocaban la gente de guerra. En los 
campamentos ocupaban sitios diferentes, distinguidos 
con sus insignias de diversos colores, de manera que po- 
dían conocerse por las tiendas que ponían. El zipa era 
bacatá usaque, es decir, usaque de los usaques. 

El valor militar abría camino á los honores. La 
enemistad de los Panches obligaba al zipa á tener guar- 
nición en los pueblos de la frontera, para lo cual se ser* 
vía de ciertos indios que llamaban guechaa (2), hom- 
ores esforzados, valientes y determinados, que unían á 
estas cualidades la destreza y la vigilancia. Estos gue- 
rreros eran buscados en todo el reino, y el bacatá los 
hacía venir á su presencia y los instruía en lo que ha- 
bían de hacer. Honraba y premiaba á cada uno según 
sus hechos, y de entre ellos escogía con frecuencia loa 
caciques de los pueblos donde llegaba á faltar el here* 
dero legítimo. Andaban los guechas siempre con el pelo 

(1) Oastsllanos. 

(9) €fuéóha 6 güeeh9^ YúE íormmSím dee^o, vaite, j /«« o ^H^ 
qu$ yo maU: varón gue da la mutrU. 



Nli 
"( 



— 92 — 

corto, horadados los labios, las narices y en contorno 
las orejas. Poníanse en las abertnras de los labios y ore • 
jas canntillos de oro fino en número igual al de los 
enemigos que habían muerto en la guerra. Entre las 
figurillas de oro de los Chibchas suelen encontrarse al- 
gunas que representan á estos bravos. Se ven armados 
y adornados con largos canutillos de oro, que les dan 
aire marcial. Véanse las figuras de oro números 4 
(lámina ii), 5 y 6 (lámina m). La que lleva el número 6 
muestra los dientes, y esto le da aspecto feroz. 

Los vasallos pagaban su tributo á los caciques (1) 
en mantas y en oro, que fundían en forma de tejueloa 
Al indio que no daba la cuota que le correspondía le en- 
viaban con un criado un leoncillo 6 un oso que amarra- 
ba á la puerta de su casa. Tenía que mantener al criado 
y al animal, dando de comer al último tórtolas, curies y 
pajarillos. Estaba, además, obligado á entregar cada día 
una manta de algodón. El pobre indio que llegaba á 
verse en tales conflictos, hacía las mayores diligencias 
por pagar. En otras partes se valían de un medio dis- 
tinto. Enviaban á cobrar el tributo, y si no se pagaba 
en los días que se daban de espera, entraba el cobrador 
á la casa del deudor moroso y apagaba con agua la 
lumbre, que no era permitido volver á encender hasta 
que no se entregaba la suma que se debía. 

El zipa y los caciques reducían los prisioneros á 
la esclavitud, y llevaban á la guerra á los Panches y 
Colimas, empleándolos como flecheros. A las mujeres de 
los vencidos las ocupaban en el servicio doméstico. Los 
esclavos más fieles eran enterrados vivos con sus se- 
fiores. 



(1) Bl títolo de eaeiqae efa el qae daben lo« natoralea de U isla 
bpafiola á loe Jeíee de tribus. Loe Chlbebas llamaban á eetoe 
pHhipeua. 



— 98 — 

No hay noticia de los empleados principales qae 
tenía el zipa en sn corte; sólo se sabe qne entre ellos 
había contador y tesorero. El pregonero era mny con* 
siderado en sn pneblo ; nombrábalo el cacique, esco- 
giéndolo entre las personas más estimadas y de noble 
estirpe. 

Tenían el zipa y los caciqnes en sus casas, que des- 
cribiremos más adelante, nn número considerable de 
mujeres llamadas tigayea^ en ocasiones hasta trescientas 
el primero, y ciento los otros, sin contar las que las ser- 
vían. Cuidábase mucho de su conducta ; el guatabita 
había establecido por ley que si un indio ponía los ojos 
con añción en alguna de las mujeres de su cercado, era 
castigado prontamente de muerte junto con la india á 
quien se había atrevido á mirar. La esposa principal y 
favorita del zipa y de los caciques era la que mandaba 
y gobernaba la casa ; tenía un raro privilegio, y era 
que, llegada la hora de su muerte, podía mandar á su 
marido que guardase continencia durante un tiempo 
que no pasase de cinco años. Esmerábase éste cuando 
llegaba el trance fatal en ganar la buena voluntad de 
su consorte con ruegos y regalos, y haciéndole presen- 
te el buen trato que le había dado, para que le dismi- 
nuyera el tiempo de la vida continente. Muerta la favo- 
rita, ocupaba el puesto de predilecta la mujer más an- 
tigua. 

Los delitos de los caciques, asegura Piedrahita que 
podían castigarlos sus mujeres, pero sin pasar de seis 
azotes la pena, aunque el delito fuera digno de muer- 
te. Cuenta que hallándose Jiménez de Quesada en 
el pueblo de Suesca, fue una mañana á visitar al caci- 
que y halló á sus nueve mujeres atándolo, y luego, á 
pesar de sus súplicas, le dieron por turno muchos azo- 

8 



— M — 

tea ÁTerígnada la cansa, le dijeron qne nnos espafiolet 
le habían hecho tomar la víspera un poco de vino qne 
lo había embriagado. 

Las mnjeres chibchas eran sumisas á la- voluntad 
de sus maridos, y aunque fueran muchas, se conforma- 
ban con su suerte y no reñían entre sí. No obstante, la 
pasión de los celos no podía dejar de tener cabida en 
sus corazones. Referíase como ejemplo que podía servir 
de freno á las preferencias de los caciques, que á un an- 
tiguo príncipe de Bacatá, llamado Meicuchuca, le pre- 
sentó una vieja una hermosa doncella. Prendóse tanto 
de su belleza y de su gracia, que olvidó por completo á 
la favorita, prodigando todas sus atenciones á la otra. 
Rabiaba de celos la favorita sin poderlo remediar,. has- 
ta que consultó i un jeque. Previos los ayunos y ofren- 
das de costumbre, éste le respondió que llegase una no- 
che á la cama del cacique. Así lo hizo, y halló á su ma- 
rido durmiendo y con él una gran culebra en que se 
había convertido su joven rival. Salió en silencio del 
aposento y se fue á contar al jeque lo que pasaba. Acon- 
sejóle éste que convidase á la india con otra de las mu- 
jeres á bañarse en el río Funza. Hizo la cacica el convite, 
y estando ya dentro del río se convirtió la rival en una 
gran culebra y desapareció entre las aguas, con lo cual 
cesaron los celos de la favorita. 

Cuando los caciques tenían noticia de doncellas 
hermosas, las pedían á sus padres, quienes con gusto se 
las enviaban. Ocupábanlas algún tiempo á su servicio, 
sin ponerles ningún vestido, y luego que las contabaa 
en el número de sus mujeres, las cubrían con las ropas 
y atavíos que éstas usaban. 

Tenía el zipa su casa principal de recreo en Tena- 
guasa (Tena), á donde iba con alguna frecuencia á ba- 



— 96 — 

fiarse y á divertirse, con sus mujeres y su servidambre. 
En Tabio tenía otra casa para cuando quería bañarse 
en las aguas termalea Solfa también retirarse á Teusa- 
quiyo, lugar donde después se fundó la ciudad de Bo- 
gotá. El zaque tenía su sitio de recreo en Ramiriquí, el 
cacique do Iraca en los bafios de Iza, y el de Guatabita 
cerca de Guasuca ó Guasca. 

Los hijos de los caciques no heredaban sino los bie* 
nes de su padre, que se repartían entre ellos y las mu- 
jeres que dejaban. El sobrino mayor hijo de herma- 
na heredaba el estado (1). Como eran muy celosos de 
que se conservara en sus familias la nobleza de la san- 
gre, y no podían tener confianza en la fidelidad de sus 
mujeres, á quienes permitían entregarse á los excesos 
de la lujuria en sus fiestas (2), se valían de este medio 
para alcanzar su propósito. A falta do sobrino por la 
línea femenina, entraba á gobernar el hermano de ma- 
yor edad. Tampoco heredaban los hijos á la gente prin- 
cipal, civil ó militar, sino los sobrinos, salvo el caso de 
que tuvieran hijos habidos en esclavas, pues óstos here- 
daban de derecho á sus padres (3). Si el cacique era 
independiente y no tenía hermano, podía señalar antes 
de su muerte heredero de otras familias y pueblos, y sus 
subditos lo recibían y le obedecían como si fuera de 
noble estirpe. 

En los cacicazgos donde se rendía vasallaje al zipa 
era profundamente sentida la muerte del señor cuando 
no dejaba heredero. En tal caso correspondía al bacatá 
el nombramiento del sucesor. Escogía óste entre los in- 
dios más nobles y de valor experimentado del señorío 

(1) S61« el eaelqae de Iraea era nombrado por eleeci6D, como 
lo ezpliearemoe en el eapftalo xvii. 

(2) Sim6v. T. n, pág. 809. 
(8) Sim6n. T. n pág. 297. 






— 96 — 

dos hombres de baena presencia, prefiriendo algáo bra- 
vo guerrero gnecha. Conocían estos bárbaros la influen- 
cia qne ejercen en el mandatario la belleza, los halago» 
7 la astucia de la mujer, j sabían cuánto puede la sen- 
sualidad para lograr que se quebrante la justicia, se in- 
frinjan las leyes 7 se violen los derechos de los asocia- 
dos. Comprendían que para gobernar á los demás es 
preciso saber reprimirse, 7 por esto sometían pública- 
mente á los candidatos á la prueba nada honesta de la 
continencia. Poníanlos al frente de una graciosa don- 
cella, sin más vestido que el que les dio la naturaleza, 
y si notaban en alguno de ellos alteración sensual, lo 
desechaban como hombre de poca vergüenza y despro- 
visto de aptitudes para el gobierno. Si ambos se mos- 
traban faltos de recato, ponían otros á la prueba, hasta 
dar con uno que guardase completo sosiego. Este que- 
daba de cacique y le sucedían sus sobrinos. 

Segün una antigua costumbre, el heredero del zipa 
era él cacique de Chía, á quien sucedía á su vez el so- 
brino hijo de hermana. El motivo de esta ley era el si- 
guiente : en cierto tiempo, que no saben fijar, el chía 
tenía un hermano menor, joven, gallardo y animoso, 
que se enamoró de una de sus mujeres y aunque estaba 
muy bien guardada logró entrar en relaciones con ella. 
Indignóse el cacique y procuró prenderlo para castigar- 
lo con la pena impuesta á los que cometían estos deli- 
tos, que era el erapalamíento. Informado el mancebo de 
las intenciones de su hermano, puso tierra de por medio 
y fue á ofrecer sus servicios al bacatá, quien se prepa- 
raba á entrar en campaña contra algunos pueblos que 
se le habían rebelado del lado del Oriente y estaba á la 
sazón con su ejército en Guasca. Recibióle muy bien, 
pues le eran conocidas la nobleza de su linaje y sus 



— 97 — 

buenas prendas, y lo nombró su capitán general. Mos- 
tróse tan valiente en todas ocasioneSi que se distin. 
guió entre los jefes, y se hizo temible á los enemigos 
por la decisión y pujanza con que los acometía y ven- 
cía. Tuvo la guerra los más felices resultados, quedando 
en poco tiempo reducidos á la obediencia los pueblos 
alzadoa 

Sólo faltaba someter el de übaque, adonde pasó el 
bacatá. Enfermó gravemente y se hizo llevar á sus casas 
de Muequetá. Viendo cercana la muerte, y que no tenía 
heredero forzoso, ni había en su reino un hombre que 
igualase á su capitán general, resolvió designarlo para 
que le sucediese. Llamó luego á sus capitanes y gente 
noble, expúsoles la resolución que había tomado, ensal- 
zando el valor, la cordura y la prudencia del hermano 
del chía, virtudes que ellos tenían bien experimenta- 
das, y concluyó mandándoles que le obedeciesen y ju- 
rasen por su cacique y sefior, lo que hicieron inconti- 
nenti A poco dejó la vida el bacatá, y el nuevo zipa 
terminó la guerra de pacificación. 

Miraba el cacique de Chía, lleno de temor, cómo 
crecía la prosperidad de su hermano, con quien com- 
prendía no podía entrar en lucha armada, porque sería á 
todas luces desastrosa para él. Sabía que estaba enojado 
y que se preparaba á tomar venganza de los pasados 
agravios ; trató de apaciguarlo enviándole de mensaje- 
ros á la madre y á una hermana. Hallaron éstas al ba- 
catá en su casa fuerte de Cajicá, hiciéronle un presente 
de algunas piezas de manta, oro y esmeraldas, y luego 
hablaron de amistades y de olvido de lo pasado. Los 
regalos y las buenas razones que el afecto inspiró á la 
madre y á la hermana, á quienes quería mucho, ablan- 
daron su corazón, y después de algunas pláticas se con- 



— 98 — 

Tino por ana y otra parte en guardar la paz y en que 
el hijo de la hermana, la que estaba en cinta, heredase 
primero al chía, y qae, muerto el bacatá, dejase el caci- 
cazgo de Chía y ocupase el otro. Aprobado este conve- 
nio por las partes, y aceptado por los principales del es- 
todo, quedó establecido como ley. 

Los que habían de ser caciques, debían estar prime- 
ro encerrados por algunos años en un templo ó adorato- 
rio, según su categoría. La reclusión duraba generalmen- 
te de cinco á siete años. Sólo de noche podían salir á ver 
la luna y las estrellas, y se recogían antes de que el sol 
los viera. No tenían trato con mujeres; estaban someti- 
dos á continuos ayunos; no comían carne, sal, ají ni 
otras cosas que les vedaban. Los guardas que los vigi- 
laban les daban en ciertos días muchos y terribles azo- 
tes. Dos ayos tenían el encargo de enseñarles buenas 
costumbres y vida honesta. Cualquiera infracción á la 
regla, que estaban obligados d declarar bajo juramento, 
era motivo para que se les reprobara, reputándolos por 
viles é infames. Concluido el encierro se les horadaban 
las orejas y las narices para adornarlas con pendientes 
y narigueras de oro, que era la cosa de más honra entre 
ellos (1). Luego les decían los jeques lo que habían de 
ofrecer por sus manos, aquella primera vez, á sus dioses: 
figuras de oro, osos, tigres ó águilas. Todo terminaba 
con una gran fiesta, á la que se invitaba á los caciques 
convecinos, quienes se presentaban con regalos de man- 
tas, oro, armas y otras cosas. La chicha, tomada como 
siempre en gran cantidad, era esencial complemento 

de la fiesta. 

— 

(1) Dice Oviedo qae oaalqalera penooa prioolpal, hombre 6 
mojer, habla de eetar cierto número de añoe eooerrada en el ado- 
ratorio, sin ver el sol. Agrega qae era eoetambre general en loe In- 
dios del KaoTO Reino traer orejae y nariees horadíadaa; qae los qae 
no eran eaolqaet tino prioelpalet ae estabcui enoerradoa an mea y laa 
demáa gentea diei ó qolnee dfaa para poder agnjereáiaelaa. 



— 99 — 

Los caciquea vasallos del zipa no podían gober- 
nar sas estados sin que él los confirmase después de 
haber tomado posesión de ellos, segán sus leyes. 
Las fiestas de la coronación duraban quince días. El 
último traían los principales las coronas, orejeras y na- 
rigueras de oro, las patenas ó chagualas para el pecho, 
y las medias lunas para la frente, y adornaban con las 
más hermosas al cacique. Vestíanle finas telas de algo- 
dón, poníanle en la mano un bastón de guayacán bien 
labrado, y cuentas verdes y blancas y otras joyas en 
k cabeza. Daban remate á la fiesta partiendo á la ca- 
rrera con las alhajas de menos valor hasta el primer 
río ó riachuelo, y las arrojaban al agua en alabanza de 
sus dioses. Terminada con esto la fiesta, se presentaba 
ante el zipa, acompañado de los principales y con pre- 
ciosos dones, á pedir la ratificación del cargo. Este lo 
recibía muy bien, lo agasajaba mucho y lo despedía des- 
pués de confirmarlo en su cacicazgo. Volvía á su pue- 
blo, donde sus subditos lo aguardaban con ricos pre- 
sentes en prueba de adhesión á su señor natural, y á fin 
de darle los parabienes por las mercedes que le había 
hecho el gran zipa ó supremo señor. 

Las fiestas que se hacían en la coronación del ba- 
cata eran semejantes á éstas, aunque se celebraban con 
mayor pompa y grandeza. Sentsíbanle en rica silla guar- 
necida de oro y esmeraldas ; poníanlo preciosa corona 
de oro en forma de bonete y le vestían con sus más 
finas y vistosas telas. Tomábanle juramento de que 
sería rey de buen gobierno y ampararía sus tierras y 
vasallos. Estos le juraban, á su vez, obediencia, y cada 
cual le daba, en señal de ello, una joya. Presentábanle 
gran número de venados, conejos, curies, perdices, pa- 
lomas y otras aves para abastecimiento de las fiestas y 



— 100 — 

grandes regocijos que seguían. Sefialábanle los gran- 
des de la corte, que tenían derecho de hacerlo, nuevos 
oficiales para el gobierno de su casa y le daban mujer 
que correspondiera en prendas, nobleza y hermosura á 
sus merecimientos. Despuá de Ó3ta podía elegir cuan* 
tas quería, siendo ella siempre la superior en el estado, 
la predilecta y favorita. La parte de esta fiesta que des- 
cribimos era verdaderamente regia y propia de un 
pueblo civilizado ; dejamos en la sombra las bacanales 
que provocaba el abuso de la chicha, en las que esta- 
ban persuadidos que los acompañaba y excitaba su dios 
Baco, Nencatacoa. 



OAPITUIíO IZ 



AntiguM layes de los Ohlbclus. -Leyes de Nompaném. del g«»t»WUy 
de los Oaaaes.— Leyes de Nemequone.— Mensajeros qae anaaciaban 
laguerra.— Espías.— Pieces y sacrifldes antes y después de »^g««™r- 
In&ffoias oon que se distíngulaa los nobles — á.rmas é instromentos 
de mtfslca.— Momias que lleyaban en el ejército.— Deseripcion de un 
comlmte.— Grado de Talor de los Chlbchas. 

Tenían los diferentes estados chibchas leyes de 
inmemorial antigüedad, que por tradición oral se trans- 
mitían unas generaciones á otras. Atribuían las primi- 
tivas á Bacháe, á quien tenían por madre de su raza. 
Cada cacique daba, además, las leyes particulares que 
creía convenientes para el buen gobierno de sus do- 
minios. 

De Nompaném, cacique de Iraca, se refiere que 
luego que desapareció Bocbica se propuso hacer obser- 
var los preceptos que óste babía enseñado, pero que 
conociendo que no los habían de cumplir si no imponía 
una sanción al que los infringiera, los redujo & leyes^ 
Dispuso que el homicida fuera condenado á la pena de 
muerte, y que el embustero, el ladrón y el que quitase 
la mujer ajena fuese bien castigado: la primera vez con 
azotes, la segunda con pena de infamia y la tercera in- 
famando al delincuente con toda su parentela. 

La ley del guatabita era ley.de sangre, puesto 
que la generalidad de los delitos se castigaba, con la 
pena de muerte. 

Entre las penas que imponían los Guanea son de 
notarse las siguientes. Al ladrón se le amarraba á ua 



— 102 — 

palo cuando reincidía, y se le hacia flechar ; á los fle- 
cheros que acertaban á herirlo en la boca ó en un ojo, 
les daba el cacique en premio una manta. Las travesu- 
ras de los muchachos se castigaban echándoles en los 
ojos agua de ají, lo que les producía fuerte escozor. Si 
sospechaban que alguna mujer hubiera cometido adul- 
terio, la embriagaban con zumo de borrachero, y si 
en el estado de beodez se permitía algún acto de sen- 
sualidad, daban por cierta la sospecha, y la mataban ; 
en el caso contrario la daban por libre, haciéndola vol- 
ver en sí con el zumo de otra yerba. 

En otras partes del país de los Chibchas, quienes 
generalmente odiaban este delito, aunque lo permi- 
tían en sus grandes fiestas, hacían comer aprisa mucho 
ají á la que recelaban que fuera culpable, y cuando ya 
sentía quemadas las entrañas, le decían que confesara su 
culpa, lo que hacía con frecuencia, aunque faera inocen- 
te, impulsada por el acerbo dolor. Dábanle entonces 
agua para que mitigara el ardor^ y la sentenciaban á 
muerte. Cuando no confesaba, quedaba purgada con el 
tormento y le hacían grandes fiestas. Si el adultero era 
rico, y su cómplice de condición inferior, la rescataba 
de la muerte con oro y mantas, de lo que correspondía 
una parte al cacique ; rescate que no tenía efecto si se 
trataba de alguna de las mujeres de éste. En tales casos 
se sometía á los culpables á muerte cruel, dejando los 
cuerpos insepultos para escarmiento de los demás. 

Ál que era acusado de ladrón lo traían la primera 
vez delante del cacique con las espaldas vueltas ; la se- 
gunda lo reprendían y lo castigaban con azotes; á la ter- 
cera ya lo tenían por incorregible, y le hacían sufrir una 
pena que era considerada peor que la de muerte. Sen- 
tábase el cacique gravemente en una silla; un cortesa- 



— 108 — 

no colocado detrás de ésta reprendía al culpable dicién- 
dolé que ya se le había castigado dos veces por su mala 
vida, 7 no había tenido vergüenza de volver á ella ; 
que sin duda se consideraba gran señor, y puesto que 
lo era, bien podía mirar al cacique. Volvíale entonces 
con presteza la cabeza, obligándolo á fijar la vista en el 
cacique, y después lo dejaba regresar á su casa. Era tal 
el sello de infamia con que esta pena marcaba al delin- 
cuente, que se acababa su linaje, pues ninguno le daba 
sus hijos para que se casaran con los suyos, ni le ayuda- 
ba en las labranzas ni en sus necesidades, ni quería te- 
ner trato y comunicación con él, sólo porque había mi- 
rado al cacique. 

Cortaban manos, narices y orejas, y daban azotes 
por otros delitos que consideraban menos graves. 

El zipa Nemequene, cnyo reinado tuvo principio 
en los últimos afíos del siglo xv, ordenó muchas leyes 
que quedaron ^' estampadas en solas las memorias de 
los hombres," y que siguieron observando sus subditos 
hasta que la legislación española las hizo olvidar. Gran 
mérito tuvo Nemequene por haber promulgado de nue- 
vo y puesto en vigor las antiguas leyes, adicionándolas 
y reformándolas. 

Las principales fueron estas : 

Impúsose la pena de maerte al homicida, alegando 
que sólo Chiminigagua, que daba la vida, podía perdo- 
nar al que la quitaba. Con la misma pena se castigaba 
al que forzaba alguna persona del otro sexo, si era sol- 
tero. Siendo casado, debía safrir la pena del tallón. 

El incestuoso era metido en un hoyo angosto Heno 
de agua y con sabandijas, que se cabría con una losa para 
que pereciera miserablemente. 

El reo de pecado nefando moría con ásperos tor- 



— 104 — 

rnentos, y el qae de ordinario le aplicaban conastfa en 
empalarlo con nna estaca de nna palma espinosa hasta 
qne le salía por el cerebro. 

Cuando nna mujer moría de parto, si vivía la cría- 
tura debía el marido criarla á su costa. En caso de 
muerte de ésta, daba la mitad de la hacienda á los sue- 
gros, hermanos ó parientes más cercanos. (1) 

El desertor era castigado con vil muerte. Al que 
se mostraba cobarde en el servicio militar se le obligaba 
i llevar vestidos de mujer, y á ocuparse en los ofidos 
que son propios de ella, por el tiempo que dispusiera 
el ripa. 

El fisco heredaba los bienes del que fallecía sin 
herederos. 

A la gente común no le era permitido usar sino 
ciertos vestidos y joyaa Sólo los usaques podían hacer- 
se horadar las orejas y narices, y llegar pendientes Isa 
joyas que quisiesen. 

Ning&n señor podía subir en andas i menos que el 
zipa se lo permitiese en premio de importantes servidos. 

Las personas principales no estaban sujetas á las 
leyes comunes. Para ellas se establecieron penas ligeras 
de vergüenza, como romperles la manta y cortarles los 
cabellos, lo que se consideraba grande ignominia, pues 
ponían lo uno y lo otro en sus templos. (2) 

(1) Eo alganas partas, eoaodo el viado no teofa haeienda, hi^ 
bla de baaear algnoaa mantai pan pegar á loa heiederoa de la 
maerta, j el no, lo penegnfan hasta quitarle la Tid*. 

(S) Hemoa tomado estaa leyea de Gaatellanoa (Canto primero)^ 
qnlen laa atriboje á ITemeqaeoe. El Padre Bimte laa presenta 
eomo ** lejes de inmemorable antigfledad, puestas por los lejes pa- 
sados." Mas eomo al enamersrlas no haoe otra eoea qne poner ei^ 
proaa, eon peqneftaa adidones, los Tersos de Oastellanos, nos atene* 
mos á la opinión de este eronlsta, el primero qae las mandona ITe- 
meqnene encontró lejes antiguas, pero turo el mérito de haberiaa 
reformado, eompletado, reunido en un solo cuerpo y puesto en 
▼Igor. 

Piedrahita dioe que para la obserranela de estas leyea dispuso 
Kemequeneque fuese presidente de su consejo supremo, con deracha 



— 106 — 

AcostumbrabaD los Chibchas enviar mensajeros de 
una y otra parte cuando por caalqaier motivo qaerfan 
hacerse la guerra ; éstos se quedaban en los pueblos de 
los contrarios, donde los consideraban y regalaban todo 
€l tiempo que duraba la contienda. 

Llevaban con la fuerza espías y corredores que ob- 
servaban al enemigo y daban cuenta de todo. 

Antes de salir á la guerra pasaban una lunación 
cantando, á la puerta de loa templos, al Sol y á la Luna 
para que los favorecieran. En estos cantares les referían 
las causas justas que tenían para romper la paz. Prepa- 
rábanse también, con el mismo fin, sacrificios de nifios, 
que se hacían por manos de los jeques. (1) Terminada 
la guerra, se entretenían muchos días en bailes, cancio* 
nes y regocijos en que representaban sus victorias, y si 
volvían vencidos pedían perdón á sus dioses de su loca 
determinación : cantaban unes y lloraban otros, lamen- 
tándose de que sus pecados hubieran sido la causa del 
mal éxito. 

Cada cacique tomaba sitio diferente en el campa- 
iñento, distinguiéndose por sus insignias de colores di- 
versos, de manera que la vista de las tiendas yjpabello- 
nes que ponían bastaba para reconocer las parcialida- 
des. Seguían al ejército muchas mujeres con gran copia 
de m&curas de chicha, que llevaban dondequiera que 
se movían. Peleaban formados en cuerpos, pero no or- 
denados y en filas como los españoles, sino apartados. 
Eran de verse estos cuerpos en un campo de batalla. 

de saeetiÓQ, el caeiqae de Baba, de coya senteoola en Joaticia oo ae 
podía apelar. Eata notlela, qae no haUamoa en oiogana de las cróni- 
-eaa anteriores á Piedrahita, no noa parece digna de crédito. 

(1) Dice Piedrahita qae para las gaerraa qae emprendían loi 
Chibohai daban eaeata primero al aamo sacerdote de Sogamoso. 
Ta hemos dicho qae el caeiqae de Iraca no era de la clase de los sa- 
cerdotes, ni ejercía niogana aatoridad ciyil ni religiosa íaera de sat 
'dominios. 



— 106 — 

DistingQÍanse los nobles por sos penachos ondeantes de 
hermosas plumas de gnacamayos 7 papagayos, metidos 
en anchas cintas de oro fino, qae tenían engastadas á 
trechos Incidas esmeraldas. Ostentaban en la frente 
grandes medias lanas con las puntas vaeltas para arri- 
ba. Llevaban además narigueras, arracadas, brazaletes^ 
collares de finas cuentas con canutillos de oro á trechos, 
patenas, petos j otras más grandes planchas que les 
servían de escudos, todo de oro. 

'' No f ae poco cebo para alentar los bríos de los españoles 
tener á la yiaia joyas de tanto precio.'' (1) 

Iban los soldados aderezados de plumas y arma- 
dos con picas de palma negra, de seis á diez palmos de 
largo, tostadas las puntas ; macanas á manera de pesa- 
das espadas, que jugaban á dos manos y daban gran 
golpe ; varas puntiagudas usadas en lugar de saetas ; 
hondas, tiraderas que llevaban sobre el brazo para 
lanzar dardos. (2) Los m&sicos ocupaban sus puestos 
con sus fotutos ó flautones de madera y sus grandes ca- 
racoles marinos guarnecidos de oro, que servían de 
trompa y de corneta, y se tocaban en las principales 
fiestas y en los combates. Eran dichos caracoles muy es- 
timados ; los traían de tribu en tribu desde la Costa, y 
daban por ellos alto precio. 

Espectáculo singular presentaban en medio del 
ejército uno ó más cuerpos humanos, tiesos y secos, 
que traían algunos indios á cuestas, ó en andas adorna- 
das con vistosas mantas y rodeadas por una guardia. 
Eran los cuerpos, conservados por medio de ciertos in- 
gredientes, de antiguos afamados guerreros, cuya pre- 
sencia infundía ánimo y vergüenza á los soldados. 

(1) BiMÓar. T. n, pág. ioa 

(3) Kn el eapítalo xa se yerá la deserlpoión de las tiraderaír 
Gaando loa Ohibchaa qaeríaa ineendlar las easas qae oeapaban sos 
enemigos, lansabaa sobre eUas dardos eneendidot. 



— 107 — 

Empezaba la lid con estruendosa vocería, acompa- 
ñada del disonante ruido de los instrumentos músicos. 

Cruzábanse infinidad de flechas por los aires, hi- 
riendo á los combatientes que caían revolcándose por 
el suelo, donde rodaban penachos, escudos 7 diademas. 
Las duras piedras dejaban en los cuerpos profundas 7 
dolorosas señales. Los terribles golpes de macana rom- 
pían cabezas, brazos 7 piernas, 7 ensangrentaban los 
rostros. Redoblaban los gritos de uno 7 otro lado, re- 
tumbaban los caracoles marinos 7 los tamboriles de di- 
versos tamaños ; los jefes iban á una 7 otra parte animan- 
do á sus soldados, 7 si estos jefes eran el zipa 7 el za- 
que, se hacían llevar en ricas andas en medio del com- 
bate. El vencedor se volvía á sus tierras cargado con los 
despojos del vencido. 

Eran los Chibchas en general tímidos 7 de poco 
brío 7 fuerzas para la guerra ; fácilmente se acobarda- 
ban cuando veían á sus compañeros muertos, por temor 
de correr igual suerte. MU7 superiores en arrojo 7 en 
valor salvaje eran sus vecinos, los Panches 7 los Muzos, 
7 probablemente los habrían conquistado si alguna vez 
se les hubiera ocurrido ocupar sus tierras más bien que 
cazarlos para hacer provisión de carne humana. La di- 
rección de un buen jefe, la disciplina 7 el ejemplo dado 
por tropas aguerridas, han hecho en todo tiempo de los 
Chibchas mu7 buenos soldados. En la primeía ocasión 
en que acompañaron á los españoles á pelear contra los 
Panches, se les veía pálidos, temblorosos, se metían de- 
bajo de los caballos 7 hu7eron muchos de ellos por no 
servir de alimento á sus voraces enemigos. Más tarde, 
luego que vieron que no resistían éstos al empuje de 
los españoles, los acometían con ardimiento, fingían 
huir para embestirlos 7 los perseguían sin descanso. 

Era la gente de Tundama la más belicosa 7 valien. 
te de todas, 7 fue la última que sometieron los con- 
quistadores. 



OAFXTUIX>Z 



Ia nifies entre loe Chibchas.— Pruebes de la soerte * felis de loe Difioe y de 
su laboriosidad.^ Sumisión á los soperiores.— Poligiinia.'Modo de 
celebrarlos matrimonios.— Fiestas del estreno délas casas.— Fiestas 
de los caciques en las labranzas. — Danzas, cantsres y arrastres de ma- 
dera. — Sepultura de los caáqaes y del sipa.— Divems clases de entie- 
ITOS. — Momias que conserraban en los templos.— Aniveisarios. — Ri- 
quezss sacadas ae los sepulcros, mniuarioi, etc. 

La condición de la esposa y la del hijo entre los 
Chibchas era la de esclavos ; no usaban con estos seres 
débiles y delicados, en quienes se concentra el encanto 
de la vida, las atenciones y los miramientos que acos- 
tumbran los pueblos civilizados, aunque es cierto que 
estaban lejos de tratarlos con la crueldad que lo hacían 
las tribus bárbaras que los rodeaban. El parte era con- 
siderado como un acto sencillo de la vida del matrimo- 
nio, que no necesitaba de precauciones. Si la madre po- 
día huir de la gente, se retiraba á alg&n lugar situado 
cerca de un arroyo, y luego que daba ¿ luz iba ¿ lavar- 
se con la criatura. 

Cuando apartaban al niño del pecho de la madre, 
practicaban una prueba supersticiosa, para adivinar si 
su suerte sería feliz ó desgraciada. Hacían un pequeño 
rollo de esparto con un poco de algodón en medio, moja- 
do con leche de la madre. Iban con él seis buenos na- 
dadores y lo echaban al río, nadando ellos detrás; si el 
rollete se volcaba por el oleaje antes de que lograran 
alcanzarlo, decían que el niño sería desgraciado. Cuan- 
do lo cogían antes de que se volcara, juzgaban que se- 
ría muy afortunado. Volvíanse en este caso contentos á 



— 109 — 

la casa de los padres, quienes celebraban con fiestas el 
suceso. Acercábanse los convidados al niño, que esta- 
ba sentado en una manta^ j cada uno le quitaba un me-» 
chón de pelo con un cuchillo de caña ó de piedra, has- 
ta que quedaba rapado. Echaban los cabellos al río, 
donde lavaban la criatura, ofreciéndole algunos regalos 
para dar fin á la fiesta. 

Cuando las niñas llegaban á la edad de la puber- 
tad, las hacían estar sentadas seis días en un rincón, ta- 
pados el rostro y la cabeza con una manta. Terminado 
este plazo, se juntaban algunos indios, colocábanse en 
dos filas, la llevaban en medio de ellos á un arroyo don- 
de se lavaba ; volvían con ella á su casa y le hacían fies- 
tas con el habitual gasto de chicha. 

Los Gaanes tenían la costumbre de embriagar á 
los niños de once á doce años con zumo de borrachero. 
Cuando los muchachos acudían á tomar el arco y las 
flechas, ó los instrumentos de labranza, y las mucha- 
chas á las piedras de moler ó á hilar algodón, que 
todo se lo ponían cerca, los tenían por hacendosos y va- 
lientes. Pero si se dejaban dominar por el sueño y no 
se movían á hacer alguna cosa, los desestimaban. 

Hacían lo mismo con los esclavos, pretendiendo 
conocer si habían de ser fugitivos ó no, por el hecho de 
que salieran a la puerta de la casa. 

Como los Chibchas no tenían otro medio de trans- 
porte que sus espaldas, acostumbraban á los niños de uno 
y otro sexo á cargar desde que tenían fuerzas para ello. 

La clase numerosa del pueblo no recibía ninguna 
instrucción, ni tenía más conocimientos que las vogas, 
confusas y supersticiosas ideas que los padres comuni- 
caban á sus hijos, á quienes enseñaban los oficios pro- 
pios de la dura vida que habían de llevar más tarde. 

9 



— lio — 

La obedíeocia, generalmente pasiva, era la regla 
común en todas las edades 7 condiciones ; los hijos es- 
taban sometidos á sus padres, las mujeres á sus esposos 
y los vasallos á sus caciques. Pudiera considerarse ad* 
mirable esta organización de la sociedad chibcha, si no 
hubiera conducido al exceso de hacer esclavos de los 
que obedecían, 7 tiranos de los que mandaban. Aun 
ho7, tres siglos 7 medio después de conquistado su te- 
rritorio, da esta raza desgraciada ejemplo de respeto 7 
de sumisión á las autoridades : nunca ha promovido re- 
vueltas ni guerra de castas. 

Ya hemos dicho que la poligamia existía entre los 
Chibchas ; tan general era, que por lo común tenían dos 
6 tres mujeres. 

El número de éstas aumentaba con la categoría 7 
la riqueza de las personas, pues cada uno tenía cuantas 
podía mantener, 7 vivían juntas dentro de un mismo cer- 
cado, sirviendo á su marido. En todas las clases sociales 
la primera mujer era siempre la preferida 7 superior á 
las demás en el gobierno de la c<isa, 7 cuando éstSL fa- 
llecía, la reemplazaba la más antigua. Las consortes ocu- 
paban generalmente un mismo aposento, 7 el esposo es- 
taba en otro. 

No reparaban algunos indios en hallar ó no don- 
cellas á sus esposas, 7 tenían antes por desgracia que al- 
guno no les hubiera cobrado afición. A pesar de tan ex- 
traño sentimiento, exigían que les fueran fieles. 

En los dominios del zipa no era permitido casarse 
entre parientes hasta pasado el segundo grado de con- 
sanguinidad ; en los del zaque no se tenía en cuenta el 
parentesco, 7 este jefe no repugnaba unirse con sus 
hermanas; en algunos cacicazgos sólo se prohibía la 
unión dentro del primer grado. El que quería contraer 



— 111 — 

matrimonio conrenfa coo los padres 6 tutores de la per- 
sona á quien pretendía, en el precio que debía dar por 
ella. Entregado éste, si la cantidad no les satisfacía, el 
comprador añadía por dos veces la mitad más de lo que 
había dado primero, y si á la tercera no bastaba, bas- 
caba mujer miis barata. Cuando llegaban á ponerse de 
acuerdo, daban la novia sin más fórmula ni ceremo- 
nia. (1) Ella no llevaba más dote, cualquiera que fuera 
su condición, que algunas alhajuelas usuales y veinte 
mucuras de chicha, que se consumían en las fiestas con 
que se daba fin á la celebración de un acto tan exento 
de toda solemnidad entre los Chibchas. 

Antes de dar su hija al que la pedía para casarse, el 
padre averiguaba si era trabajador y podía sustentarla. 

En algunas partes se usaba que el pretendiente en- 
viara una manta á los padres ó tutores de la preferida. 
Si no se la devolvían, enviaba otra y agregaba una car- 
ga de maíz y medio venado, si era persona á quien le 
fuese permitido comer esta carne. Al día siguiente, al 
amanecer, iba á sentarse á la puerta de la casa de la no- 
via sin hacer más ruido que el que bastase para que en- 
tendiesen que estaba allí. Preguntaba entonces el pa- 
dre ó tutor quién estaba afuera, y si era acaso algán la. 
drón, pues ni debía nada ni había invitado á nadie. El 
novio se quedaba en silencio aguardando que saliese la 
pretendida, que no tardaba mucho en presentarse coa 
una totuma grande de chicha : se le acercaba, la proba- 
ba y se la pasaba á él, que bebía cuanta podía. Con 
esto quedaba hecho el matrimonio y se hacía la entrega 
de la desposada. (2) 

(1) Diee Piedrahita qae si la oferta era aeeptada, *' tenia el in- 
dio algunos días la mujer A su disposieión, y si le paréela bien se ca- 
saba eon ella, y si no, la volvía A sus padres." Tal eostnmbre, %ae 
ningún otro cronista eomuniea, no existía entre los Ohit>ehas. 

(8) Habíanlo del matrimoiüo entre los Ohlbehas, dios Pie 
dtabita: 



— 112 — 

Las iQQJeres se ocupaban en los quehaceres domés- 
ticos, hilaban algodón para fabricar las mantas y aya- 
daban á SOR maridos en los trabajos de labranza. 

Ningún espectácalo es más ¿ propósito para jaz. 
gar del grado de cultura de un pueblo, ya sea civiliza- 
do ó bárbaro, que el que presentan sus fiestas. Ostón* 
tansé allí los modales de las gentes y la galantería con 
el sexo débil, á la vez que se ve cómo alcanza la educa- 
ción á reprimir las pasiones, y la ignorancia á desenca- 
denarlas. No era el buen tono el regulador de las fies- 
tas de los Chibchas, como bien lo dice el nombre de bo- 
rracheras que les dieron los cronistaa Aunque empeza- 

*' En cuaDto á matrimonio, no tenían los Hoscas ceremonia alganaen 
SQ celebración, si no era cuando casaban con la primera mujer, porque en- 
tonces se hacían por manos de sacerdotes, los cuales ponían en su presen- 
cia á los contrayentes (teniéndolos recíprocamente el uno al otro, echado el 
brazo sobre los hombros), y preguntáliuile á la mujer si habia de querer 
más al Bochica que á su mando, y respondiendo que sí, Tolvíale á pregun- 
tar si había de querer misa su marido que áloe hijos que tuviese de él; 
y respondiendo qoe sí, proseguía el sacerdote: si tendría más amor i sus 
hijos que á sí misma; y diciendo también que sí, preguntábale más: si es- 
tando muerto de hambre su marido, ella no comería; y respondiendo que 
no, le pr^ntaba finalmente: si daba su palabra de no ir á la cama de su 
marido, sin que él la llamara primero; y hecha la promesa de que no iría, 
▼olvía el sacerdote al marido, v decíale si ouerla por mujer á aquella que 
tenía abrazada, que lo dijese claramente y a voces, de suerte que todos lo 
entendiesen ; y el entonces levantaba el grito y decía tres o cuatro ve- 
ces: d quiero; con lo cual quedaba oelebrMio el matrimonio, y despulí 
podía casarse sin la tal ceremonia con cuantss otras mujeres pudiese sus- 
tentar." 

No noe parece auténtico este relato, qtie no trae ningún autor 
anterior á Piedráhita, 

Si el Bol era el dios superior entre los Chibchas. ¿por qué invo- 
ear de preferencia la protección de Bochica para el acto tan impor- 
tante del matrimoDio? Las respuestas de los novios al jeque revelan 
sentimientos tan elevados, que no pnede citarse ejemplo semejante 
en la historia de ninguna otra nación idólatra. Si hubiera existido 
la costumbre de estas ceremonias religiosas, no habrían callado loa 
cronistas nn hecho tan interesante. Muy lejos de recordarlo, Caste- 
llanos dice que loa casamientos de loe Chibchas eran *' embriague- 
ces deseompnestas, Hn etrae ceremonias ni terceros," y para qae co 
quede duda, vuelve á repetir que daban la mujer '*sin usarse de 
más ritos de recibirla." 

SegAn el Padre Blmóo, se Iiacfan los matrimonios ^'sin ritos ni 
düaeiones.^* Jiménez de Qaesada 66 aún más preciso, pues dice en 
el Epitome: 

" En el casarse no dicen palabras ni hacen eereinonias ningunas, más de 
tomar su mujer y Uesársda á su casa" 

Orlado repite poe^ más ó menos lo mismo. 



— 118 — 

bao con macho orden, ocupando cada uno el puesto que 
le correspondía, la licencia las convertía con frecuencia 
en orgías : caían al suelo, ya beodos, caciques, nobles 
7 gentes de toda condición, y mezclados y confundidos 
hombres y mujeres, se entregaban á excesos semejantes 
¿los que toleraba la Roma pagana. Todos quedaban 
igualados aquel día, y cuando les volvía la razón, se 
daba al olvido lo que había pasado, pues además de 
que la costumbre autorizaba tales desórdenes, donde el 
jefe y los principales se habían encanallado, no queda- 
ba quien tuviera el derecho de castigar. 

La bebida era el pasto indispensable para las fies- 
tas de embriaguez descompuesta, que eran el remate de 
todo acto de importancia p6blico ó privado ; asi coma 
hoy es ella el mal que degrada y consume á los descéií- 
dientes de este pueblo. Con tal de que hubiera abun- 
dancia de chicha, no importaba que faltara la comida, 
pues suplían ósta bebiendo. 

£n los capítulos anteriores hemos descrito ya las 
festividades religiosas y aun algunas de las civiles que 
celebraban los Chibchas. A continuación hablaremos de 
las que nos faltan. 

Usaban todos los indios estrenar sus casas nuevas 
con regocijos, haciendo cada cual los gastos que podía, 
pero nunca habían de faltar truanes ó ladinos y choca* 
rreros. Eran muchos los que ganaban con este oficio la 
vida, andando de fiesta en fiesta por la paga que les 
daban de mantas y otras cosas. 

Ya hemos visto cómo sacrificaban los caciques al- 
gunas nifias en tales ocasiones, y convidaban despu& al 
pueblo ¿ una gran borrachera. En todo el tiempo que 
ésta duraba permanecían dus indios viejos, de pie y 
desnudos, á la puerta del cercado sin comer ni beber ; 






t 

J 

I* 

4 



— 114 — 

cubiertos con nna red grande de coger pájaros, tocaban 
nnas flautas que producían una música llena de tristeza y 
melancolía. Figuraban ellos la muerte, siempre de pie, 
cogiendo hombres en la red que servía para matar las 
aves, dejándolos desnudos de las cosas de esta vida j 
privándolos de comer y de beber. ¡ Singular asociación 
de ideas de este pueblo, que comprendía cuan cerca 
está siempre el dolor del placer, y que en medio de sus 
desórdenes quería tener presente el pensamiento de 
la muerte ! Mientras estos dos indios tocaban á la en- 
trada del cercado, había otros en los aposentos interio- 
res haciendo resonar en sus instrumentos piezas tan tris- 
tes, que los invitados suspendían de vez en cuando sus 
bailes y diversiones y se ponían á llorar. 

El indio de la figura 7 (lámina m), sentado dentro 
de un cercado, tocando flauta y cubierto con un vestido 
de red, pudiera ser el que representa la muerte. Este 
curioso tunjo de buen oro fue hallado en Pasca. 

Para dar mayor solemnidad al estreno de sus casas, 
disponían los caciques que algunos mozos, ágiles y es- 
forzados, corriesen cierta distancia que les señalaban en 
circunferencia, algnnas veces de más de cuatro leguas. 
Salían todos á un mismo tiempo á más correr, y adelan- 
tándose los más ligeros volvían pronto al cercado, don- 
de el cacique los premiaba según el orden en que regre- 
saban. Daba seis mantas al primero y le concedía de por 
vida el privilegio, muy estimado, de que cubriéndose 
con una pudiera dejar llegar un extremo ó punta de ella 
al suelo, por detrás. Al segundo que llegaba, le daba 
cinco mantas, é iba rebajando una hasta llegar al sexto. 
Movidos algunos por el deseo de ganar honra en la ca- 
rrera, morían víctimas de la fatiga producida por el 
excesivo esfuerzo que hacían. 



— 115 — 

En los meses que correspondían á Enero, Febrero 
j parte de Marzo, celebraban los caciques fiestas en las 
casas de sus labranzas, ¿ las cuales se invitaban alterna- 
tivamente unos á otros, haciéndose presentes de oro, 
mantas y chicha. Formábanse en círculo, y asiéndose 
de la mano hombres y mujeres, cantaban al son de flau- 
tas y fotutos, canciones ora alegres, ora tristes, en que 
recordaban las hazañas de los mayores. Todos llevaban 
el compás y se movían sin discrepar un punto en sus 
visajes y meneos. En medio del círculo tenían las mu- 
curas de chicha, y al lado de ellas algunas indias que 
no se descuidaban en darles de beber. Duraba esta mo- 
nótona función hasta que caían embriagados y se entre- 
gaban á lúbricos excesos. 

Las danzttS, acompañadas de música y canto, eran 
parte obligada de las fiestas de los Chibchas. Referían 
en sus cantares, que eran á manera de villancicos con 
cierta medida y consonancia, los sucesos presentes y 
pasados. De los asuntos graves en que ensalzaban ó vi- 
tuperaban las acciones de los caciques y de los nobles,, 
pasaban á los chistes y á los cuentos graciosos, guar- 
dando el compás y variando la música, según lo que 
cantaban. Procedíase en estas danzas pausadamente y 
con cierta frialdad y regularidad afectadas, que hace 
recordar el modo de ser de algunos pueblos asiáticos. 
Nada tenían de la vivacidad, movimiento y alegría co- 
municativos que ostentan en sus fiestas los europeos. 
Cuando los indios arrastraban maderas ú otros materia- 
les para sus casas, cantaban llevando la cadencia con 
los movimientos de los pies y de las manos, á semejanza 
de los marineros que se ocupan en la maniobra. 

La muerte, cuya imagen habían tenido presente 
tantas veces en sus fiestas, y cuyos rudos golpes habían 



— 116 — 

llorado con anticipación oyendo los cantares sn qne sus 
trovadores los lamentaban, toceba al fin á la pnerta del 
cercado de los nobles j del bohío de los plebeyos. Era 
llegado el momento solemne en qne se confiaban á la 
tierra los despojos mortales del qne había dejado de 
existir. Con él debían sepultarse sus muebles y tesoros^ 
pues sus mujeres y sus hijos sólo heredaban sus bienes 
raíces. 

Desde que algún cacique tomaba posesión de sus 
dominios, iban los jeques secretamente á cavar su se- 
pultura en un lugar retirado y oculto, del que no lle- 
gaba á tener conocimiento ni aun aquel señor á quien 
estaba destinada. Abrían un hoyo profundo en medio 
de los bosques, en las ásperas sierras ó en lugares don- 
de, después de enterrar el cuerpo, hacían correr agua 
de los ríos ó lagunas para cubrir la fosa, de manera que 
no quedase rastro alguno que pudiera revelar su exis- 
tencia. 

Luego que moría el cacique le sacaban los intesti- 
nos y los órganos internos y le embalsamaban el cuerpo 
con una resina que llamaban mocoba, hecha de unos hi- 
guillos de leche pegajosa mezclados con otros ingre- 
dientes. Lloraban su muerte los vasallos cantando tris- 
tes endechas en que recordaban los sucesos glorioso» 
de su gobierno y el bien que les había hecho. Vestíanse 
de luto, que consistía en ponerse mantas coloradas y 
pintarse el cuerpo, y algunas veces hasta los cabellos, 
de bija (achiote). Las honras que se hacían al difunto 
duraban cierto n&mero de días, según su calidad, y^ 
creían darles mayor solemnidad tomando mucha chicha, 
pues esta bebida era considerada buena para todo : 
para alegrarse, para llorar y para calmar las penas mo- 
rales ó físicas de la vida. 



.^Á 



— 117 — 

Los jeques hacían secretamente el entierro, y si 
alguna otra persona llegaba á saber el lagar de la se- 
pultura, 7 lo revelaba, la amarraban á un palo y la fle- 
chaban, y premiaban al que le acertara más pronto al 
corazón ó á un ojo. Envolvían el cuerpo en mantas 
finas, lo adornaban con ricas joyas de oro, poniéndole, 
además, algunas esmeraldas y tejuelos de oro en loa 
ojos, narices, orejas, boca y ombligo, y lo bajaban á la 
más profundo del hoyo. Colocaban cerca de él sus armas 
ofensivas y defensivas : brazales, petos y coronas del 
rico metal, y pendiente de los hombros la mochila de 
la coca y el poporo. Al rededor del cuerpo quedaban 
las mucuras de chicha y los bollos de maíz. Cubríanlo- 
todo con una capa de tierra, encima de la cual sepulta- 
ban vivas tres ó cuatro de las mujeres más queridas del 
cacique. Echaban luego otra capa de tierra, y sobre ellai 
ponían los esclavos que mejor le habían servido. Final- 
mente llenaban la superficie de tierra para que el odio- 
so sepulcro quedara oculto. (1) 

Con el fin de que las mujeres y los esclavos no sin- 
tieran la muerte, los embriagaban los jeques con bebe- 
dizos de tabaco y de borrachero mezclados con chicha» 
No obstante esta precaución, muchos volvían en sí y 
morían desesperados, como lo declaró una india á quien 
desenterraron los españoles un día después de haber 
sido sepqltada en el valle de Ubaque. Dieseles aviso 
del hecho y la sacaron ya medio muerta y descalabrada 
de los golpes que le daban al pisar la tierra. 

Diferenciábanse de estos entierros los de los zipas, 

(I) Los eaeiqaes eran enterrado! entre los Gaanes, de la manera 
qne acabamos de deserlbir; sólo se diíereneiaban sus sepaltnras en- 
qae no haeían la entrada por encima, sino á nn lado de la burran- 
ea. Los espsñoles abrieron mnehas de éstas, en las qae eneontraroa 
gran cantidad de oro. 



— 118 — 

en que los sentaban en asientos bajos qne muchas veces 
forraban en láminos de oro. (1) 

En Tanja no se acostumbraba poner el oro donde 
se enterraba el cuerpo del difunto, sino más arriba, 
como á una cuarta de la ¿uperfície de la tierra. 

Natural es que hubiera entre los Chibchas distintos 
modos de dar sepultura á los muertos, seg&n la clase á 
que pertenecían y el cacicazgo donde vivían. A muchos 
los enterraban en los campos, envueltos con sus joyas 
en una manta, y plantaban en el sitio un árbol que los 
ocultara mejor, á fin de evitar que fueran desenterrados 
para quitarles el oro y las esmeraldas. A otros los po- 
nían dentro de unos bohíos, que servían de cemen- 
terios. 

En los dominios del hunsa, cuando fallecía alguna 
persona noble ó principal que no fuera cacique, le va- 
ciaban el vientre, secaban el cuerpo á fuego lento sobre 
una barbacoa, lo henchían de oro en tejuelos y en otras 
formas, y de esmeraldas, y lo envolvían en mantas 
con muchas ligaduras. En este estado lo colocaban so- 
bre una especie de camas grandes, un poco altas, que 
tenían en uno de los lados interiores de sus templos. 

'* E por la diligencia 6 manos de nuestros soldados, dice 
Oviedo, íneron después digesfcos é aliinpiados aquellos estómagos 
é vientres rellenos, en que se ovo mucha cantidad de oro 6 de es- 
meraldas, que alli estaban perdidas con el oro.'' 

(1) '* En siUas de oro " dice el Padre Simón qne los sentaban ; 
" en duhos qne machos de ellos suelen ser de oro," diee Castellanos. 
JXoñ parece más probable que las sillas fueran eabiertai oon lámi- 
nas de oro. Agrega el Padre Simón qne '* metían el euerpo del zlpa 
en nn troneo de palma con eabo, forrado de dentro y fnera de grue- 
sas planehas de oro fino, cubiertas eon otra de lo mismo." Cam- 
biando las gruesas planehas por láminas delgadas, todavía se em- 
plearía bastante oro en las tres eubiertas que diee debía lleyar el 
tfoneo. El autor del BpUome y Oviedo también, haeen meneión de 
estos *'ata6de8deoro." que el último llama cataures, agregando 
qne los echaban en el fondo de las lagunas ó en un pozo cavado a) 
efecto. Sdgún ellos, este modo de entierro se usaba también para 
los caciques. 



— 119 — 

Los dos soldados españoles qne entraron al templo 
de SngamQxi encontraron en nna barbacoa bien com- 
puesta varioH cuerpos secos, envueltos en finas telas de 
algodón y adornados con ricas joyas y muchas sartas 
•de cuentas. De uno de los aposentos del hunsa Que- 
muenchatocha sacaron los españoles una urna de oro 
fino, adornada con valiosas esmeraldas, hecha á modo 
de linterna ó farolillo. Pesaba 6,000 pesos (30 libras) 
y contenía los huesos de algún antiguo cacique. Suelen 
hallarse en las cuevas momias bien conservadas, senta- 
das en la postura en que está la de la figura 8 (lámi- 
na rv), y envueltas algunas veces en mantas de algodón 
pintadas. En 1602 descubrió Fray Pedro Mártir de 
Cárdenas una cueva donde los indios de Suesca colo- 
caban los cuerpos de los que morían. Quitada la losa 
que la cerraba se hallaron más de 150 momias sentadas 
«n rueda y en medio el cacique, con sartas de cuentas 
^n los brazos y cuello y una toca, á modo de turbante, 
€n la cabeza. Junto á él había muchas telas pequeñas 
de algodón. De otro subterráneo, situado entre Leiva* 
y Moniquirá, sacaron á mediados de este siglo gran nú- 
mero de momias, una de ellas sentada en un asiento 
bajo y con arco y ñecha en la mano ; muchas mantas 
finas, vasijas de loza y muy curiosas joyas y figuras 
de oro. 

Las gentes más religiosas seguían llorando sus di- 
funtos por seis días más después de enterrados, y aun 
les hacían aniversarios durante algunos años. Convida- 
ban á sus parientes y amigos á llorar con ellos al son 
de tristes instrumentos y cantares, en que celebraban 
las acciones del finado que merecían ser elogiadas. Bus- 
•caban, finalmente, distracción y consuelo en la chicha, 
y mascando hayo. La gente común convidaba también 



— 120 — 

á estos llantos, y daba fin á la función distribuyendo 
bollos de maíz. 

Honraban los Chibchas á los guerreros que morían 
en los combates. Estando Jiménez de Qaesada en Ca- 
jicá, llegaron á su campamento doce indios cubierto? 
con mantas negras y grandes bonetes del mismo color, 
y dijeron que iban allí para hacer las honras de los 
muertos en la refriega pasada. Retiráronse á un adora* 
torio donde cantaron en tono lastimoso como dos horas 
y media, sin que los españoles los entendiesen. 

Los conquistadores sacaron grandes riquezas de las 
sepulturas, santuarios y otros lagares donde los Chib- 
chas guardaban ú ocultaban el oro y las esmeraldas. En 
Tunja excavaron un entierro superficial tan rico, que 
los tejuelos de oro que hallaron en él valieron más de 
cien mil pesos, fuera de muchas esmeraldas finas. Des^ 
pues siguieron descubriéndose en todo tiempo depósi- 
tos de tunjos, y alhajas de oro y de cobre, vasijas de 
loza, objetos de piedra, etc. No puede la generación 
presente culpar á las anteriores de haber sido descuida- 
das en conservar esos recuerdos de una civilización tan 
poco conocida. Ella adolece, con excepción de algunas 
honrosas individualidades, de la misma indiferencia y 
apatía de nuestros mayores. Aún no tenemos siquiera 
un museo de antigüedades que merezca este nombre, 
en que se conserven los monumentos de los Chibchas ; 
éstos, aunque muy inferiores á los que dejaron los mexi- 
canos y los peruanos, son muy dignos de estudio. 



CAPITULO ZI 



Propiedad de las tierras.— A gricuUara.—PlanUa alimentidas.— Frutas.— 
Venados y otros animales cuva carne comfan.— Sal compactada.— Es- 
meraldas de Bomondoco.— Teloelos de oro qae servían de moneda. — 
Mercados y ferias.— Construcciones.— Cercado del zaque.— Casa fuerte 
del sipa en Cajicá.— Patenas de oro que pendían de los cercados del 
hunsa y del sugamuxi.— Monumentos de piedra de los Chibchas*^ 

La propiedad índividaal de las tierras existia en- 
tre los Chibchas, y los bienes raíces se transmitían por 
herencia á las mujeres y á los hijos del difunto. Como 
los objetos de lujo, esmeraldas, tunjos y joyas de oro y j 

cobre eran propios de la persona, la enterraban con 
ellos, y así esta parte de la riqueza, á la vez particular 
y pública, dejaba de acumularse, y cada generación se 
veía precisada rí renovarla. (1) Las poblaciones tenían 
bosques y lugares de pesca comunes. (2) 

Era la agricultura la industria principal de los 
Chibchas, puesto que sacaban su sustento del producto 
de sus cultivos. Tenían extensas labranzas, no solamen- 
te en las tierras frías, sino también en los valles cálidos 
que quedaban al pie de las montañas que los separaban 
de sus enemigos. Allí sembraban algodón, frutas y raí- 
ces propias del clima, y defendían las sementeras á pun- 
ta de lanza de sus inquietos vecinos. Como no conocían 
el hierro, se servían de barras y palas de madera y de 
imperfectos instrumentos de piedra. Aun se ven en al- 
gunas haciendas anchos camellones cruzados de surcos, 
que son restos de antiguos trabajos agrícolas de este 

(1) Bim6n. t. II, pág. 311. 

(2) Simón. T. u, pág. 309. 



— 122 — 

poeblo laborioso. Loa Gaanes llegaron á sacar acequias 
de los ríos para regar sos propiedades. 

Trataremos de las principales plantas alimenticias 
qne cultivaban, y del uso que de ellas hacían. 

Del maíz, qne llamaban aba, sólo hacían ana cose^ 
cha anoal en las tierras frías. Conocían algunas rarie* 
dades de esta gramínea : el maíz de arroz, el blanco, el 
colorado, el rojo blando, el amarillo j el negro. Molían- 
lo en piedras ligeramente cóncavas, sirviéndose de otras 
piedras en forma de rollete aplanado en la parte de 
abajo, que movían con ambas mano& Hacían de ól, po- 
niéndolo i fermentar con agua, la chicha, que era so 
alimento preferido. Servía su grano para preparar la 
mazamorra, suque^ y de su maza se hacían puches ó ga- 
chas y bollos, que eran su pan habitual. Envolvían 
éstos en una hoja apropiada, y los cocían en una olla 
con agua ó los asaban. Comían algo caliente la pasta 
blanda y tierna. Aun hoy se suele usar este alimen- 
to, que conserva el nombre de bollo de indio. 

De las papas ó patatas, llamadas por los Chibchas 
yomsa^ yomuy^ (1) ^' harinosas raíces de buen gusto, 
regalo de los indios bien acepto, y aun de los españo- 
les golosina, '^ (2) cultivaban muchas variedades, unas 
redondas, otras chatas y largas otras. Las había blancas,, 
amarillas y morada& 

''Es la mayor proyisión que tienen^ dice Oviedo, porque con 
todo lo que comen, comen esas yantas.'* 

Cultivaban muchas otras raíces de que se serviao 
para variar sus comidas ; las principales entre los tu* 
bérculos eran las siguientes : los cubios {tropeolum tube. 
rosum)^ que comían cocidos ó crudos como si fueran rá- 



(1) &i las haciendas de la Sabana llaman yomogó la parte de la. 
eoeeena de las papas qne dejan á los que ayudan á cocerlas. 

(2) Oastbu^nos. Canto n. 



— 123 — 

baños ; ** tienen el mismo sabor que nabos, y esto es el 
más verdadero mantenimiento de qne se sirven por 
pan " (Oviedo). Daban el nombre de hibia á una varie- 
dad de cabios que tiene un principio dulce. Las chu* 
guas {méllocoa tuberosa) 6 ullucos de los peruanos, la 
yuca no venenosa, de la que hacían pan ó la comfan 
asada ; la arracacha y la batata {convolvulus). 

Usaban mucho el grano de la quinoa {chenopodium 
quinoa)^ cuyo cultivo se ha abandonado, y que reem- 
plazaba el arross, que no conocían. Lo lavaban para qui- 
tarle un principio amargo y que produce V(5mito. 

Tenían también fríjoles, calabazas ó ahuyamas y 
tomates, y usaban mucho el ají como condimento. 

Ya hemos dicho cuánto estimaban el hayo ó la 
coca, que era entre ellos de uso general, aun como ali. 
mentó. También hacían uso del tabaco, y se han hallado 
en las sepulturas pipas cortas de piedra para fumarlo. 
(Véase la figura 121). Parece que tomaban por las na- 
rices el rapé ó polvo de tabaco, pues en Santafé tuvie- 
ron los españoles grandes moliendas de la hoja de esta 
planta para exportar hacia el reino de Quito y España, 
donde llamaban al rapé tabaco de Tanja^ de donde se 
llevó el primero. (1) Cultivaban la planta en el pue- 
blo de indios de Samacá, y el precio del rapé era tan 
caro, que dice el Padre Simón que llegó á venderse en 
Bogotá á $ 600 la arroba. 

Entre las frutas de distintos climas que preferían, 
los cronistas hacen mención de las siguientes: los agua- 
cates (persea graiiasima)^ las guamas (ingaX las pinas 
(bromelia ananas)^ las guayabas (^psidtum pomt/erum)^ 
las pitahayas (cactus metocactus)^ las guanábanas (anno- 
na murtcata) y otras más. 

(1) Zamoba. Pág 42. 



— 124 — 

La carne preferida de los Chibchas era la de ve- 
nado. Abnodaban tanto estos animales qoe " andaban 
en manadas como si fueran ovejas.'' (1) Caando llegó 
Jiménez de Quesada á Cajicá, donde permaneció unos 
pocos días, le traían los indios diariamente veinte ó 
treinta venados muertos para sustento de la fuerza ex- 
pedicionaria, y hubo día en que se presentaran con más 
•de ciento. Ochenta años después de la conquista todavía 
•decía el Padre Simón que quedaban muchos, i pesar 
de la caza que les hacían los españoles. Ningán indio 
podía matar ni comer venado sin licencia del cacique, 
j cuando éste no la concedía no era permitido matar- 
los, aunque entraran á hacer daños en las labranzas. (2) 

Hacían uso general de la carne de los curies (ca- 
vio) y de los conejos ; unos y otros eran en extremo 
abundantes, tanto que los indios los llevaban por cente- 
nares al campamento español (3), y en Santafé die- 
ron por mucho tiempo cuatro conejos por un real. Te- 
nían pocas aves, y entre ellas preferían las tórtolas, las 
perdices y los patos de las lagunas. Comían, finalmente, 
los pescados que producían sus ríos. 

Extraían los Chibchas sal en gran cantidad para 
su consumo y para el tráfico con las tribus vecinas. 
Para poderla transportar á grandes distancias la prepa- 

(1) £1 aator del Bpítotne diee: 

" Hay infinidad de yenados, en tanta cantidad, que los basta á mante- 
ner como acá los ganados." 

(2) CaflteUanofl diee qoe loe Ghlbehas sallan á le cata oon ade- 
rezos de plamajerfa, j pone en boea del eaeiqae Tlqolsoqne esta in* 
^taeión á un Jefe espa&ol : 

Por más regocijaros, 
Berriros y sgradaros, damos traza 
Para salir á caza de venados 
Cazadores cursados del oficio. 
Gozaréis de ejercicio deleitoso; 
Veréis que el temeroso ciervo hoye, 
T cómo lo concloye la red poesía. 
Donde la fiecha presta lo traspasa. 

<3) Oviedo dice qae hubo día en que les Uevaron hasta mil. 



— 1*6 — 

raban compactada por el mismo procedimiento qae se 
practica hoj en Zipaquirá, Nemocón y Tausa, que eran 
las salinas explotadas por ellos. Hacían evaporar el 
agoa salada en muy grandes vasijas de barro que ellos 
llamaban gachas y hoy moyas. Estas scSlo servían ana 
vez, pues la sal quedaba formando nn pan semies- 
férico consistente, de dos ó tres arrobas de peso, tan 
adherido á la vasija, que para despegarlo era pre- 
ciso romperla. (1) 

Dijimos antes qae caltivaban el algodón, con el 
cual tejían mantas que pintaban con pincel. Trazaban 
¿ lo largo de las mantas fajas angostas con colores ve- 
getales, y dibujaban labores no muy vistosaa 

Estimaban mucho las esmeraldas, y como las minas 
de Muzo, que producían las más bellas de estas piedras, 
qaedaban en tierras de sus enemigos, explotaban las de 
Somondoco, las que en tiempo anterior á la conqais 
ta fueron muy ricas. Se hallaban estas minas en territo- 
rio del cacique del mismo nombre, en una larga loma 
ó cuchilla. El modo de beneficiarlas era el siguiente : 
movían la tierra deleznable que estaba sobre las vetas 
de esmeraldas, con coas ó barras pantiagadas de ma. 
dera resistente, y luego la arrastraban haciendo correr 
sobre ella agua de unos grandes estanques donde la 
recogían. Este trabajo no se podía ejecutar sino en la 
época de las lluvias. Los indios de Somondoco cam- 
biaban las esmeraldas por oro, mantas de algodón y 
cuentas* 

No tenían en su territorio minas de oro, metal may 
asado y estimado por ellos; lo obtenían de otras tribus. 
De Moniqnirá sacaban el cobre. 

Hacían uso de una medida de capacidad para el 

(L) CASTBLLAOrOS. T. I, CdDtO II. 

10 



— 126 — 

maíss, y se servían del palmo y del pie para dctermiDar 
la longitud. 

Faeron los Chibchas con los habitantes del Chimú, 
en el Perfi, los dos únicos pueblos del Nnevo Continen- 
te qne se sirvieron de moneda para sus cambios. Con* 
sistía la moneda de los Chibchas en unos tejuelos ó 
discos de oro, vaciados en moldes apropiados, y sin 
ninguna señal. Como no tenían peso, los medían encor* 
vando el índice de manera que se apoyara en la primera 
coyuntura del pulgar ; en el vacío que quedaba ponían 
éstos. Debían tener, pues, próximamente una pulgada de 
diámetro. Fundían otros de mayores dimensiones, para 
lo cual se servían de unas cintas de algodón que daban la 
vuelta á su circunferencia y cubrían el ancho del borde. 
Servía esta moneda para el pago de los tributos 
de los caciques que rendían vasallaje al zipa y al zaque, 
y también para los cambios en los mercados interiores, 
pues en sus tratos con las tribus vecinas permutaban 
unas cosas por otras, como lo acostumbraban hacer en- 
tre ellos mismos cuando les faltaba moneda. 

Recordaremos algunas de las circunstancias en que 
los cronistas hacen mención de tejuelos de oro. Los in- 
dios de Guachetá hicieron presente á Jiménez de Que- 
sada de algunos de éstos. Muerto el zipa Tisquesusa, 
los españoles saquearon su albergue y hallaron '* una 
totuma, vaso de oro fino, llena de tejolillos de lo mismo 
que pesaron mil pesos poco menos, que, según pares- 
ció, de sus tributos aquella noche de su desventura, un 
señor se la dio de sus vasallos. '' (1) En una sepultura 
excavada en territorio de Tunja, se halló una mochila 
llena de tejuelos de oro que valieron algo más de cien 
mil pesos. 

(1) Cabtxlahos T. i, Canto vii. 



— 127 — 

Para qae se yea caán general era entre los. indios 
el uso de esta moneda, citaremos lo qne dice Rodríguez 
Fresle qne acordó el Rey, más de cuarenta años des- 
pués de la conquista : 

'' Gobernando D. Lope do Armendáriz, sucedió que del ar- 
bitrio que el contador Betes dio á Su Majestad acerca de la mo- 
neda con que estos natarales contrataban, que eran unos tejuelos 
de oro por marcar, de todas leyes, mandó el Bey que esta mone* 
da se marcase. Abriéronse cuatro cutios de una marca pequefia 
para más breve despacho, por ser mucha la moneda que había de 
estos tejuelos, y particularmente la que estaba en poder de mer- 
caderes y tratantes. Dio Su Majestad un término breye para que 
todas estas personas y las demás qne tenían esta moneda la mar- 
casen sin derechos algunos; y pasado, dende adelante se le paga- 
sen sus reales quintos . • • • Esto no impidió á los indios hacer su 
moneda y tratar con ella; sólo se mandó que por un peso de oro 
marcado se diese peso y medio de oro sin marcar; y con esto ha- 
bía mucha moneda en la tierra, porque los indios continuamente 
la fundían. (1) 

En la rica colección de antigüedades chibchas que 
Mr. Randall llevó de Bogotá á Nueva York en 1882, 
había tejuelos de oro de varios tamaños j precios. (2) 

Gomo los Chibchas no tenían conocimiento de la 
ley ó calidad del oro, y sólo veían que este metal en su 
estado nativo era de un color más ó menos subido, no 
tenían en cuenta sus quilates para dar valor á los 
tejuelos. 

Había frecuentes mercados públicos en los princi- 
pales lugares ; en Bacatá, Zipaquirá, Tanja y Turme- 
quó los tenían cada cuatro días ; hacían sus tratos muy 
tranquilamente y sin levantar la voz. Comerciaban con 
las tribus vecinas en varias ferias, d las cnales concurrían 
en épocas fijas ; las más importantes tenían lagar en el 

(1) Bl Camero. Cap. xx. 

(3) Bsta ooleoeión íae comprada al sefkor D. GoDialo Bamos 
Raíz; se oonserva en el Mateo BmI de Berlín. 



— 128 — 

Sar, en el territorio de los Poincos,- á qníenes los espa- 
ñoles llamaban Yaporogos. Extendíanse éstos en ambas 
márgenes del Magdalena, desde el río Coello hasta el 
Neiva. Eran ricos en oro, el qoe cambiaban con los Chib- 
chas por sal, mantas y esmeraldas La feria de Coyai- 
ma, ¿ orillas del Saldaña, era may concurrida ; acndían 
á ella especialmente los indios del pneblo de Pasca y 
sus convecinos. Tenían otro mercado cerca de Neiva, 
probablemente en Aipe ; la conocida inscripción indíge- 
na qne se ve allí en nna gran piedra orillas del Mag- 
dalena, lo indica claramente. Es como nn muestrario de 
artículos de comercio : mantas, joyas de oro, etc. 

En el Norte había una gran feria en Sorocotá, 
orillas del río Sarabita, llamado Suárez por los españo- 
lea Acudían allí de todas las tribus vecinas con los fru- 
tos de sus tieras y con oro de Girón y del Carare á co- 
merciar con los Chibchas. Hacían sus contratos de ma- 
yor cuantía sobre una gran piedra, colocándose todos á 
la redonda, pues tenían por agüero favorable seguir 
esta costumbre. Habiendo querido el alcalde de Vélez 
acabar con esta superstición, hizo romper la piedra, que 
pesaba cosa de cuatro quintales, y se halló que era un 
rico mineral de plata, del que se extrajeron más de vein- 
te libras de metal. En vano se buscó el filón de donde 
se había desprendido, pues no fue posible descubrirlo. 

Eran los Chibchas muy entendidos en sus tratos y 
aun dados á la usura, pues si no se les pagaba al venci- 
miento del plazo, se tenía por costumbre que cuantas 
lunas pasaran del tiempo señalado, fuera creciendo la 
deuda por mitades, de manera que se centuplicaba en 
un año. 

Llamó mucho la atención de los conquistadores el 
aspecto pintoresco de las poblaciones, y muy particu- 



— 129 ~ 

larmente los vistosos cercados de los caciqaes, qae de 
lejos parecían fortalezas inexpugnables, de donde vino 
el nombre de Valie de los Alcázares qne pusieron á la 
sabana de Bacatá. 

Las paredes de los bohíos eran hechas de palos 
hincados á trechos en la tierra ; en los intervalos cons- 
truían bahareques formados de cañas entretejidas y ata- 
das, llenos de barro los intersticios. Cubríanlos de paja 
larga sobre bien trabadas varas. Quedaba el techo de 
dos alas, de forma rectangular; algunas veces lo ha- 
cían cónico. Las puertas y las ventanas eran pequeñas. 
Las casas de los señores y caciques tenían muchos aposen- 
tos, grandes patios y molduras de madera ; acostumbra- 
ban pintarlas y cubrir de espartillo el suelo. (1) Encerrá- 
banlas con unos cercados cuadrados, hechos de cañas en- 
tretejidas que formaban paredes de tres á cuatro metros 
de altura. En cada esquina del cercado, y aun á trechos 
en las paredes, estaban plantados gruesos maderos de 
nueve á diez metros de altura, pintados de rojo y con 
una garita en la parte superior. Ya dijimos que estas 
gavias servían para el sacrificio de víctimas humanas. 

Para llegar á las habitaciones del zaque había que 
pasar dos cercas, que distaban doce pasos la una de la 
otra; en la de más adentro había grandes casas. 

El cercado ó casa fuerte del zipa en Cajicá tenía 
un corredor interior en toda la extensión del cuadro, de 
cinco varas de ancho, cubierto con un toldo impermea- 
ble de tela gruesa y muy tupida, en el que entrarían 
unas dos mil varas de género. Dentro del cercado había 
varias casas vistosas y bien arregladas, con las paredes 
guarnecidas de carrizos muy limpios, enlazados con hi- 



(1) " La nía del bogotál, pum ter de peja, se j>odrfa tener por 



una de lae mejotee qae se han Tieto en Indlae.** (Relaetón áSu 
jutad^ de loi capitanes alan Ifaftfn y Xe6r</a). 



— 180 — 

los de diversos colores. Unas dft ellas estaban llenas de 
armas, en otras guardaban íübíz^ papas, frijoles y cecina 
de venado 7 de otros animales. Había, en fin, grandes 
aposentos qne servían de habitación. 

En la parte exterior de las puertas del cercado del 
zaque 7 del sugamuxi acostumbraban poner pendien- 
tes láminas, patenas 7 otras jo7as de oro fino que bri- 
llaban siempre que el sol las hería, 7 producían además 
un sonido metálico agradable, dando unas con otras, 
cuando las movía el viento ó abrían las dos hojas de la 
puerta. Las piezas de oro que descolgaron los españoles 
del cercado del sugamuxi valieron 80,000 ducados. 
Eran estos indios tan respetuosos 7 poco codiciosos, que 
no se les ocurría hurtar una jo7a, aunque las puertas 
eran de cana 7 no tenían más cerradura que un cordel, 
con que las aseguraban con una ó más vueltas 7 nudoa 

No llegaron los Chibchas á construir ningún edi- 
ficio de piedra, pues la conquista los sorprendió en los 
momentos en que se ocupaban en dar este paso adelan- 
tado en la vía del progreso. 

En el valle del Infiernito, cerca de la villa de 
Leiva, existían hasta hace mu7 poco tiempo dos filas 

de columnas, ó más bien bases de columnas paralelas, 
de asperón de color rojo, de cuarenta centímetros de 
diámetro, 7 medio metro de altura fuera del suelo. Las 
dos filas distaban entre sí diez metros en la base, 7 esta- 
ban inclinadas las columnas hacia lo interior. 

Se contaban 34 en la fila del Sur 7 sólo 12 en la 
del Norte, fijadas todas á una distancia igual de cua- 
renta centímetros. A pocos pasos se veía tendida una 
columna de cinco metros 7 medio de largo. Además, 
en el Valle, en dirección al Occidente 7 á una distancia 
hasta de seis leguas, 7acía esparcido un centenar de 



— 181 — 

piedras, de 2 á 4 metros de longitad, 50 á 80 centime- 
tros de anchura y 40 á 60 de espesor, con ana estria ó 
raya en haeco en una extremidad. (1) 

Por fortuna, antes de que una mezquina especula- 
ción hubiera hecho desaparecer por completo esas rui- 
nas que revelan los esfuerzos de un pueblo por civili* 
zarse, el ingeniero D. Fortunato Pereira Gamba las 
TÍsitó. Debemos á su amistad la siguiente importante 
comunicación, junto con los diseños que la acompañan : 

'' Tengo mucho giisto en dar parte á usted de la impresión 
general que me produjo la visita que hice en Diciembre de 1894 
al valle del Infiernito. En primer lugar debo decirle que ya no 
queda casi nada allí de lo que habían erigido en tiempos pasados. 
Un indio, dnefio del terreno, ha arrancado todos los zócalos para 
venderlos á una persona que los emplea en la construcción de 
una casa. Como en oti*a ocasión, hace diez y siete afios, había es- 
tado ya en el lugar que ocupan las ruinas, he recapacitado y reu- 
nido mis recuerdos, complementando as! las actuales observaciones. 

'' £1 valle del Infiernito queda & unos cinco kilómetros al 
Oeste de la villa de Leiva, en una abra que se determina entre 
dos colinas do poca altura. El terreno superficial es de aluvión, y 
en él existen grandes piedras de acarrep, que son exclusivamente 
areniscas y ocupan una extensión considerable. 

'^ Lo que se ha llamado las ruifias hoy día est& reducido & 
algunas piedras más ó menos labradas y á los vestigios de las que 
los indios arrastraban hacia el Infiernito para labrarlas allí. An. 
teriormente existieron dos filas de zócalos enterrados en el suelo 
y orientados en su dirección de una manera exacta de Oeste á 
Este. Las piedras históricas que existen en aquel lugar pueden 
dividirse en las clases siguientes: 

** Zócalos. Estos estaban enterrados; aun pude ver algunos 
ya sacados y el rastro que dejaron en los sitios en que estuvieron. 
Están perfectamente labrados, muy redondos, próximamente 
iguales en dimensiones, de 2 metros 20 centímetros de largo por 

(1) Hemos tomado estos datos de nna ootiola deseiiptiva de 
las minas, escrita por el saftor Manael Véleí, dirigida á M. Jomard, 
Pteaidente de la Boeledad de Geografía de Paifs, y poblioada en 1SI7 
•n el Boletín do dioha Soeiedad. 



— isa — 

85 ceDtfmetros de diámetro. Ettabas enterrados por sd extre- 
midad i (flgn» 1.'). La parte qne sobreulía del enelo tiene nna 
especio de asiento ó mnesca. E<tc remate del zócalo en s no es 
rotnra, como generalmente se ha creído, sino labor intencíonaL 
]jos zócalos debieron de ser moy nnmerosos. 



" Piedras en labor. If iicluis piodrai mfis grandes que los zó- 
calos estaban prÍDCÍi)iiidas & labrar. Estas iban á ser transformadas 
en columnas; pasan de 3 metros de longitud por 80 centíme- 
tros de diámetro eu bruto, tienen el nutro do la labor empezada 
(como se indica en la figura 2.*, entre las líneas ab, c d), por e' 
cual se ve que intentaban darles forma redonda. Las flgnrasZ.* j 
3.* dan idea de una do éstas, que está cerca do lo que era la fila 
de zócalos. No son piedras plunchns, como se ha creído. 




" Columnae. Qucdim algunas ya tonninadas; sndiámetroes 
un foco mayor en el centro que en las extremidades, como lo 
muestra la fignra 4.*, j est¡íu muy bien redondeadas. 



— 183 — 

FIOUBA 4.* 




*' Piedras cuyo arrastre se suspendió. Finalmente, desde el 
fondo del valle los indios estaban arrastrando ]nedra8 al sitio de 
las ruinas. Se hallaban diseminadas aqui y allá^ como si hu- 
bieran sido abandonadas en el momento de la paralización de los 
trabajos. Se distingnen por las dos maefcas aby cd (6gnra 3.*)» 
la una adelanto y la otra atrás. Estas dos muescas, que servían 
para halar las piedras, señalan la dirección que llevaban todas 
hacia el lugar de la construcción principiada. Los indios esco- 
gían entre las areniscas de la formación de acarreo las más largas 
y propias para su trabajo. 

'^ Cuál fuera el plan de aquella construcción, no creo que 
pueda colegirse, pues apenas hubo allí un trabajo preliminar de 
preparación y reunión de materiales. Lo que puede asegurarse es 
que todos los trabajos de labor se hacían en el sitio propio de la 
construcción, sin que á los indios se les ocurriera que era mejor 
labrar las piedras en el lugar de su yacimiento y transportarlas ya 
labradas. Tampoco so les ocurrió el uso de rodillos 6 algún otro 
medio que facilitara el acarreo de tan pesados materiales. £1 arras- 
tre lo hicieron á fuerza de brazos por medio de cuerdas anudadas 
en las dos muescas de que están provistas estas piedras. 

'^ El estado de completa conservad 'n de las areniscas labra- 
das induce á creer que la é}M>ca en que se ejecutaron estos traba- 
jos no está muy lejana, que la conquista sorprendió á los Chib- 
chas ocupados en sns labores, y con ella se determinó una suspen- 
sión súbita de la construcción del edificio proyectado. Las piedras 
ya labradas se habrían deteriorado mucho en un lapso más consi- 
derable que el que ha transcurrido desde la conquista; además, se 
habrían hallado más 6 menos entemidas en el suelo bastante 
movedizo del lugar que ocupan. 

'^ Terminaré haciéndolo notar que los indios tenían bastante 
material preparado, pues del Infiernito se han llevado en diversas 
épocas piedras labradas para emplearlas en la construcción de 
edificios públicos y privados; en el claustro del convente del 



— 184 — 

Eccehomo, edificado á dos legnas de las ruinas, se cnentan 82 
"de estos zócalos, 12 en la casa de capellanías de Leiya, etc., fuera 
"de las piedras qne sirven de puentes en zanjas y barrizales.'' 

A las muy juiciosas observaciones del señor Pe- 
reirá sdlo agregaremos que nos parece muy probable 
que el propósito de los Chibchas fuera erigir un templo 
al Sol, su dios principal, propósito que la tradición in- 
dígena atribuyó al fabuloso zaque Garanchacha. La 
orientación de las dos filas de zócalos del Oeste al Este 
confirma este dictamen. 

Cerca de Ramiriquí se encuentran en distintos lu- 
gares diez columnas de asperón gris, cinco de ellas en- 
teras y las demás rotas en dos y tres pedazos; las pri- 
meras tienen de 2.°" 85 á 6 metros de largo y de 66 á 
80 centímetros de diámetro. Una de ellas es mitad ci- 
lindrica y mitad cuadrada, y otra tiene la forma de me- 
dio cilindro. (1) Todas tienen en ambos extremos una 
raya hueca en contorno como para atarlas (figura 9, lá- 
mina y). Son, pues, estas columnas de la misma cons- 
trucción que las del Infiernito : simples imitaciones en 
piedra de gruesos maderos. Fray Pedro Simón dice 
que en su tiempo se veían tres grandes columnas cerca 
de Tunja, y dos más en Moniquirá. 

Fáltanos hablar del único monumento de piedra 
que dejaron los Chibchas. En la serranía de Pacho hay 
un peñón abrupto que termina en una mesa casi hori- 
zontal, sobre la cual se alza un obelisco de cerca de 
veinte metros de altura. Dos grandes piedras, separa- 
das entre sí unos treinta centímetros, le sirven de base. 
Sobre ellas se levantan enormes trozos de roca bruta, 
semejantes á prismas rectangulares, colocados unos 
sobre otros sin argamasa, y que disminuyen de espesor 
¿medida que se elevan. (2) (Véase la figura 10, lámina v). 

(l) Debemos á la beneTolencia del señor Nieasio O. Gallado el 
dibujo y las dimensiones de estas oolnmnas. 

Qg) Ramón Gukbbá Azuola. Un manumerUo ds log IfnlacM. 
Popa P&Hódieo, T. i, pág. 190. 



^ 



CAPITULO ZIZ 



Vestido de los Chibchas.— Qorras con que se cabrían hombres y mujeres.— 
Cómo se sentaban.— Orfebrería. — Vaciaban las figuras en moldes. — 
Piedras grabadas que servían de matrices.— Soldadura y dorado.» Las 
obras de orfebrería y cerámica chibcha eran inferiores á las de otros 
pueblos del Nuevo Reino.— No tevelan gusto artístico.— Su descrip- 
ción.— Joyas y arreos que adornaban sus peñones.- Armas ofensivas 
y defensivas figuradas en oro. 

Distinguíanse los Chibchas de las deraás naciones 
y tribus del Nuevo Reino de Granada, en que los habi- 
tantes de sus provincias iban todos vestidos. Tenían 
finas mantas de algodón ; los hombres se envolvían el 
cuerpo en una manta y se cubrían con otra cuyas puntas 
ataban sobre el hombro con un nudo. Dichas mantas 
eran blancas por lo general ; las personas principales las 
asaban con dibujos negros y colorados. El vestido de 
las mujeres poco se diferenciaba del de los hombres ; 
atábanse al rededor del cuerpo una manta que las cu- 
bría hasta los pies, y se ponían otra sobre los hombros, 
á manera de manto, prendida con un topo 6 alfiler 
grueso, de oro ó de cobre, de tal modo que sólo los 
brazos quedaban descubiertos. (1) 

No usaban ninguna clase de calzado. 

Era muy rara la barba entre los hombres, y cuan- 
do les nacía se la arrancaban. Hombres y mujeres usa- 

^ " I II - - ■ ■- ^ — - — — 

(1) Bl vestido deles Guanas se difereaeiabí may poco del qaeaa 
asaba en las demás provinoias; consistía, el de loe hombres, aeg&n 
Castellanos, en doe mantas de algodón tejidas eon biloe de varios 
«oloree, ana eeftida qae rodeaba la eintora, y la otra pendiente da 
loe hombros y anadada al isqoierdo oca las pantas. Bl mismo traje 
ara eomúa á las mujeres, sólo qae las e aea d a s osaban, además, pam- 
panillas, ** por honestidad y mis resgaardo." 



— 136 — 

ban largos los cabellos. Ellas los caidabaa macho y 
empleaban ciertas drogas para conservarlos y volverlos 
más negros. 

Era general la costumbre de cubrirse la cabeza, y 
es grande la variedad de formas de las gorras y cofias 
que hemos visto en las numerosas figuras de oro y de 
cobre sacadas de las sepultaras, con la particularidad 
de que ninguna tiene la cabeza descubierta ni deja ver 
él pelo. Entre las que acostumbraban hacer de algo- 
dón, eran comunes á uno y otro sexo las siguientes. Una 
simple faja angosta con que se ceñían la cabeza (núme- 
ros 12 y 22) ; (1) redes y gorretes de cordón grueso ó 
de trenza, en que quedaban recogidos los cabellos ; lle- 
gaban unos hasta la frente y otros formaban un rollete 
en la corona. Se cuentan en unos sólo dos vueltas del 
cordón y en otros pasan de diez ; en algunas figuras se 
ven cosidos los cordones por dos extremos. (Véanse las 
figuras 24, 28, 35, 40, 42 y 50). 

En las figuras de hombres se ven con frecuencia 
sombreros de alta copa sin alas (números 73, 74 y la 
figura de barro número 93) ; gorros hechos de hilos 
gruesos (números 3, 4, 6 y 24) ; altos bonetes con rayas 
y dibujos (figura de barro número 94, y una de las tres 
del número 91) ; y en fin, casquetes, que hacían de pieles 
de fieras. Algunas veces tienen los gorros y bonetes 
prolongaciones planas á uno y otro lado (números 46 y 
55). El guerrero guecha marcado con el número 5, tiene 
un verdadero casco terminado en punta. 

Las mujeres solían usar también gorras adornadas 
con dibujos. 

(1) Bl aator del Jffpttofíitf Uattia guirmaldaí estas fajas, por^aé 
ittnehas-de ellas estaban adornadas eon ana, á manera derrota do 
diferentes ooloree, heoha de' algodón 6 de plomas, qae les qaedabft 
sobre la frente. 



— 137 — 

En el modo de cubrirse la cabeza se distinguían las 
diferentes clases sociales. 

Indios é indias se pintaban de achiote las mejillas j 
los brazos para asistir á las fiestas. 

Era uso general descansar en el suelo en cuclillas, 
y sólo unos pocos posaban en mantas ó en asientos 
muy bajos de madera, hechos de una sola pieza, con es- 
paldar 6 sin él ; (1) no obstante, tenían puestos señalados 
en sus fiestas y reuniones, segán la condicitSn y edad de 
cada uno, y si alguno ocupaba el lagar de otro,el dueño 
lo cogía de una oreja y, reprendiéndolo, lo quitaba. 

Las camas eran propiamente barbacoas de caña; po- 
nían sobre ellas muchas mantas juntas unas sobre otras. 

Fáltanos describir una parte muy importante del 
vestido de los Chibchas : las joyas y alhajas con que se 
adornaban, y que eran tenidas por ellos en muy grande 
estimación. Antes de tratar de este asunto, diremos algo 
sobre los metales que conocían y el uso que de ellos ha- 
cían. No habiendo llegado su industria hasta separar 
ningán metal de las sustancias minerales con que se ha- 
lla combinado en los filones, no conocían sino dos de 
los que se encuentran en estado nativo : el oro y el co- 
bre. Fundíanlos solos ó aleándolos en todas proporcio- 
nes, razón por la cual es muy grande la diversidad de la 
ley de los objetos sacados de las guacas. Llegaron á va- 
ciar piezas de bastante peso ; ya hemos hablado de una 
urna de oro fino que encontraron los conquistadores en 
el aposento del hunsa, y que pesó 30 libras (13 kilogra- 
mos 800). De una de las puertas de la casa del sugamuxi 
descolgaron otra pieza de más de cinco libras de peso. 
Tenían vasos de diversas formas. 

(1) Recientemente se encontró en nna cueva ano de estou asien- 
tos, igaal en la íorma & la silla de la flgara número 47. Obsérvase 
qae el indio que la ocupa estA sobre ella en cuclillas. 



— 188 — 

Servíanse generalmente de moldea para vaciar las 
figoras 7 alhajas qoe hacían. Caando éstas debían ser 
macizas, qne era lo más común, las modelaban de dis- 
tinta manera, según la forma y el tamafio de la pieza 
que trataban de vaciar. En ciertos casos debían formar 
de cera el objeto, laego cnbrían este núcleo de arcilla 
plástica, que dejaban secar lentamente, y lo exponían más 
tarde al sol, para derretir la cera y vaciar el molde, en 
el que se hacía correr el metal. 

£n otros casos hacían de arcilla el modelo, y exten- 
dían sobre él, después de seco, una capa de cera que 
cubrían con arcilla para formar el molde. 

Si se trataba de objetos huecos por dentro, se pro- 
cedía del modo siguiente : formábase primero un núcleo 
de arcilla con la figura de la pieza, cubríasele con 
una capa de cera, generalmente delgada, y sobre ésta 
ponían una capa gruesa de arcilla. Se encuentran figu- 
ras de oro y de cobre, huecas, que conservan el núcleo 
interior de arcilla ; una de ellas, de cobre, es la marcada 
con el número 11. (Lámina vi). Para hacer el alambre 
horadaban simplemente la arcilla en forma cilindrica. 

Las más de las figuras humanas de oro ó tumbaga 
tienen la forma de láminas delgadas en las que los bra- 
zos, las piernas, las facciones del rostro, los adornos, 
armas, etc., están figurados por hilos del mismo metal, 
adheridos á la lámina en muchos casos, y separados 
total ó parcialmente en otros, como puede verse en las 
figuras del Atlas. No se observa en ningún caso sóida, 
dura, los adherentes son siempre de la misma ley que el 
cuerpo de la figura, y no es raro ver en las partes hue- 
cas tierra ó materia carbonizada. Es evidente que estas 
piezas así completas eran vaciadas de una vez en el 
molde. La ductilidad de la cera facilitaba este trabajo. 



— 189 — 

qoe se redada á hacer primero la plancha delgada, j 
sucesivamente los hilos qne completaban el caerpo y 
los adornos, los que iban pegando á medida que les 
daban forma. Al cubrir la figura con arcilla muy fina 
se hacía de manera que ésta se adaptara exactamente y 
reprodujera todos los detalles. Hemos observado tun- 
jos como el que lleva el número 12, en que el oro no 
alcanzó d llenar la parte inferior de la lámina, pero sí 
formó loa hilos del borde de ésta j los que sirven de- 
piernas. 

Los orífices dejaban sin pulir las mas de las figuras 
que vaciaban, j por este motivo se ven con frecuencia 
llenas de asperezas y rugosidades provenientes de los 
moldes. Se encuentran con frecuencia tunjos, animales 
7 dijes pequeños formados de láminas de oro moy del- 
gadas y pulidas, que no pudieron ser vaciadas en mol- 
des. (1) Las mismas ó semejantes imágenes se hallan 
talladas en piedra ; luego hay correlación entre uno y 
otro objeto. Así lo creyó Ernesto Restrepo, quien con- 
sideró esas piedras como moldes para alhajas metálicas. 
Lo mismo había jozgado antes de él un americanista 
alemán, el doctor Máximo Uhle, de Berlín, quien obtu- 
vo muchas figuras delgadas de oro vaciando el metal 
fundido sobre el relieve, y ejerciendo incontinenti pre- 
sión sóbrela lámina con un instrumento á propósito. (2) 
Sea que los orífices chibchas empleasen el mismo pro- 
cedimiento ó alguno otro que nos es desconocido, pero 
que no es probable que fuera el estampado por presión 
sobre una hoja metálica, nos parece fuera de duda que 
las piedras talladas no tenían ningún otro uso. En gra- 

(1) VéaoM lai nueve figuras eomprendidae eo loe números 14, 
44. S6 j 68. Estos dijes son generalmente tan delgados, qae se neee- 
sitan siete Igaales á la figara 44 para eompletar nn gramo. 

(2) Publicaeioneé del Mfuiéo Real sobre Btnografitk—ym, Mo* 
délos para trabajar eti meta^.— Berlín, 1888 (en alemftn). 



— 140 — 

ve error incurrierori el doctor Daquesne y los autores 
que han aceptado sa idea de que servían de calenda- 
rios ; pero de este asunto trataremos más adelante. 

Algunas piezas grandes, delgadas j muy dúctiles, 
como la corona número 13, nos hacen creer que batían 
el oro. Se ven en ella dibujos formados por puntos es- 
tampados que se cruzan en líneas rectas. Para darle el 
pulimento que la distingue, es evidente que se hizo uso 
de bruñidores de piedra. 

Los Chibchas sabían soldar y dorar, como lo hacían 
los Quimbayas y otras tribus del Nuevo Reino de Gra- 
nada. Oviedo refiere que los indios le mostraron la yer- 
ba de que hacían uso para dorar. Puesto que no cono* 
cían los ácidos minerales, se comprende que se sirvieron 
de los vegetales. Aplicando éstos en la superficie lisa y 
limpia de un objeto hecho de tumbaga, se forma una sal 
de cobre y queda una telilla de oro que se bruñe con 
un pulidor. 

La falta de relaciones entre los Chibchas y las tri- 
bus que quedaban bastante distantes de su territorio, 
fue motivo para que las obras de arte de cada pueblo 
tuviesen su sello original. En cuatro escuelas bien ca- 
racterizadas pueden agruparse los objetos de orfebrería 
indígena que se han sacado de las sepulturas : la quim- 
baya, la antioquefia, la chiriquí y la chibcha. Esta últi- 
ma quedaba muy atrás de las otras, y la quimbaya so- 
bresalía entre todas por la maestría y el buen gusto de 
sus artífices. Difieren tanto en el estilo, en el aspecto y 
la forma, como se diferencian las pinturas italianas de 
las moscovitas, de tal manera, que las personas expertas 
conoceo á primera vista la procedencia de las figuras y 
dijes de oro. Lo mismo podemos decir de las piezas de 
cerámica. Los vasos quimbayos, de formas tan bellas. 



— 141 — 

Tariadas y originales, de colores tan vivos y dibujos tan 
bien trazados, en nada se asemejan á los de Chiriqnf, que 
recuerdan los de Costarríca, y son moy distintos de los 
chibchas. Estos ocupan el tercer lugar. 

Es completamente inexacta la aseveración de Uri- 
Goechea, cuando dice^que '^ los artefactos de metal, como 
las otras obras de arte de los Chibchas, eran de aprecio 
general en todas las comarcas colombianas,*' y que ser* 
vían de objetos de cambio. La prueba más clara de que 
esto no sucedía, es que no se encuentran antigüedades 
de este pueblo fuera de su territorio, así como las an- 
tioqueñas, quimbayas, etc. ; sólo se hallan en las guacas 
de las respectivas tribus que las fabricaban. (1) 

Las obras de orfebrería de los Chibchas no revelan, 
por lo general, gusto artístico ; no guardan proporción 
las diferentes partes del cuerpo humano ; no hay re- 
dondez en las formas ni suavidad en los contornos; no 
se observan en ellas las leyes de la perspectiva y del 
escorzo. Según la manera como fueron vaciadas, las figu- 
ras pueden dividirse en dos grupos muy distintos. En el 
primero comprendemos las de oro y cobre, que fueron 
hechas en moldes de barro. Las figuras humanas de 
esta clase están desnudas y generalmente en cuclillas, 
apoyados los codos sobre las rodillas, lo que las hace 
parecer con las manos en el pecho, como en actitud 
de orar. Muchas ocupan asientos altos á modo de ma- 
deros, que con frecuencia se bifurcan en el centro 
para volverse á unir. (Véanse las figuras 22, 24, 35, 54, 
73 y 74). Como los indios se sentaban por lo común en 

(I) La únlea exeepoi6ii de qoe teiiemoB eonocimiento se refiere 
á ooh'> figaritae de oro, de estilo ehlbeha, todas igaales, haUadas en 
Mozoy copiadas en la obra de 8ta bel: Cultura é iniuitria d$ los 
paUés sudamerioanos. Mas como se tieoe por cierto qae Mazo per- 
teneció priinitiyamente á los Ohlbchas, no es extraño qoe allí se en- 
eaentran taojos hechos por ellos. 

11 



— 1« — 

el suelo, 7 algunas veces en aaentos bajos, esto pa- 
rece qne faera artificio de los orífices para dar mayor 
altara á los cuerpos. Tenían la costumbre, que no nos 
explicamos, de ponerles, en vez de orejas, espirales más 
ó menos grandes, 6 medias espirales. Quizá la forma 
del pabellón de la oreja, que tiene cierta semejanza con 
esta línea curva, les dio la idea de usarla, para hacer 
más vistoso este órgano. Es digno de notarse que entre 
las tribus antioqueñas, y los Quimbayas y los Chiriquíes, 
se empleaba también la espiral, aunque no con tanta 
frecuencia, para reemplazar las orejas ó para algún 
otro fin. 

Siempre que figuraban varias personas en un cua- 
dro, hacían á la principal mucho más alta, como para 
hacer resaltar su superioridad ; véase el guerrero gue- 
cha de la balsa número 3, el tocador de flauta marcado 
con el número 7, y el cacique de barro número 91. 

Las figuras hechas en láminas delgadas de oro so- 
bre piedras grabadas, son muy distintas de las anteriores. 
Estas se hallan casi siempre vestidas, generalmente con 
larga túnica guarnecida de ancha franja en la parte in- 
ferior, y además están desprovistas de orejas. (Véanse 
las figuras del número 14). 

Veamos sobre los mismos tunjos de oro hallados en 
las sepultaras de los Chibchas, en las cuevas y santua- 
rios^ las joyas y arreos que usaban para el adorno de 
su persona. 

La corona calada que llera puesta la figura de co- 
bre marcada con el número 15 (lámina vii), tiene for- 
ma de mitra. 

Altas y hermosas coronas circulares, con dibujos, 
calados y adornos diversos, tienen las cuatro figuras 
de oro marcadas con los números 16 á 19 (láminas 
vil y vin). 



Las do3 Uminas de tumbaga, doradas y en forma 
de media lana, número 20 (lámina ix) servían para po- 
nérselas en la frente con las puntas para arriba. Están 
adornadas con puntos estampados, 7 una de ellas con 
dos eztrafias figuras de fantasía. 

Argollas sencillas y dobles, largas láminas rectan- 
gulares con calados, planchuelas, circulares unas y otras 
triangulares, y aros en espiral, servían de pendientes y 
arracadas, como se verá en varias figuras del Atlas 
(véanse las figuras 5 á 7, 17 á 19, 49 y 55). 

Narigueras en forma de argolla traen los números 
16 y 17. La del número 55 es un ancho rectángulo que 
cubre toda la parte inferior de la cara. Es notable por 
la belleza del dibajo y de los calados la nariguera de 
oro número 21, y lo son también las dos que llevan las 
figuras humanas de barro números 92 y 94. 

La gente principal de entre los Chibchas, hombres 
y mnjeres, usaba en sus fiestas y en la guerra uno ó 
más collares formados por sartas de cuentas verdes, co- 
loradas, blancas y azules, hechas de huesos y pedrezue- 
las, y ensartaban á trechos canutillos de oro fino. (1) Es- 
tas mismas sartas les servían para adornarse las mu- 
ñecas. 

Collares de dos ó más hilos llevan los tunjos de 
oro números 12, 17 y 50. En las figuras de mujer, tam- 
bién de oro, números 22 y 23, se ven á modo de alam- 
bres pendientes de un cordón ; en otras (véanse los nú- 
meros 16 y 24) parecen ser huesos labrados. El tunjo 

(1) Diee el Padre Simón (T. 11, pág. 192) qae ** las india* nan- 
ea naaron los eollares, porqne 861o era gala de hombree." Laego se 
eontradice, 46 páginas más adelante, refiriendo qne *■ lae caeicas j 
mnjeree de laa tierras de MneqaetA tenían la usanza de llenarse de 
sos estimadas sartas de eaentas el eaeUo j mabeeas de las manos.'* 
Bsto último es lo cierto, paes en las figuras de oro qne hemos vitito 
de todo el país de losChibehas, son las de las mojeres las qae osten- 
tan collares más adornados. 



— 144 — 

número 24 es de cobre, y representa una mujer princi- 
pal. Alganos, como el 25, llevan nn tejuelo 6 un objeto 
semejante. Son notables por los adornos combinados de 
lineas, círculos y espirales, los collares de las figuras de 
mujer, hechas de oro, números 26 á 28 (lámina xi). 

Yarias figuras de hombres llevan una banda cuyas 
puntas, que atraviesan por sobre uno y otro hombro al 
costado opuesto, se cruzan en el pecho. En el tunjo nú- 
mero 16 y en la figura de barro número 94, se ve muy 
bien la banda que parece hecha de huesos labrados, 
pues es grande su semejanza con el collar número 29. 

Chagualas ó patenas de oro en forma rectangular, 
de media luna y de corazón, lucen al pecho las figuras 
55, 5 y 14^ El n6mero 30 representa una patena de 
tumbaga que imita un corazón, con un cordón finamen. 
te labrado en los bordes, una mascaríta en la parte su- 
perior y diez insectos realzados. 

Las dos hermosas patenas de oro de veinte quila* 
tes, números 31 y 32, revelan gasto artístico y dan idea 
del adelanto relativo de los Chibchas en orfebrería. La 
forma elegante de las patenas, la graciosa combinación 
de líneas curvas y rectas, la simétrica distribución de 
las figuras rodeadas de auréolas, los adornos calados, la 
orla á manera de fina trenza, todo forma un conjunto 
agradable á la vista. (1) 

Las figuras de hombres números 16 y 17 son las 
únicas que hemos visto con brazaletes. 

En raras ocasiones se han hallado grandes masca- 
ras de oro con aberturas en los ojos (tenemos una en 
nuestra colección). Son más frecuentes las máscaras pe- 
queñas con agujeros para suspenderlas (figura 33). 

(1) SstaB patenas íaeron halladas en Maehetá ; la más grande 
pesa 300 gramos, j mide 24 por 21 centímetros. Bs aparente en ella 
la soldadura de an fragmento de la parte inferior, hecha por algftn 
artífice indígena. 



— 146 — 

Ya que hemos pasado resista alas joyas y adornos 
con que están ataviados los tunjos fabricados por los 
Chibchas, veamos las armas ofensivas y defensivas que 
llevan. 

En primer lugar hablaremos de la tiradera, emplea- 
da para lanzar dardos, arma usada por varias tribus de 
América, y á la que los autores dan en otras partes el 
nombre de estóltca 6 estórica. 

Hé aquí cómo la describe Castellanos : 

Son unos dardillos de carrizo 
Con puntas de durÍBima madera. 
Que tiran con amientos, no de hilo. 
Sino con un palillo de dos palmos 
Del grueso de la flecha, prolongando 
Con él la tercia parte de la cafla. 
Este tiene dos ganchos afijados. 
Distantes cada cual en un extremo 
Del amiento que digo; con el uno 
Ocupan el pie raso del dardillo, 
Y el otro, con el índice corvado. 
Aprietan con la flecha juntamente 
Hasta qne el jáculo se desembraza. 
Según la fuerza del que lo despide. 

La dimensión de esta arma era, pues, de dos pal- 
mos ó 42 centímetros. Conviene, para evitar confusión, 
prescindir de la palabra amiento^ que equivale á correa, 
pues no entraba cuerda ni correa en la tiradera. En- 
tendemos la expresión ^^ prolongando con él (el pa- 
lillo) la tercia parte de la cafia," en el sentido de que 
fuera de la caja del arma comprendida entre los gan- 
chos, tenía ósta una prolongación, como se ve en la 
figura 34. El tunjo número 35 tiene en el brazo dere- 
cbo una tiradera armada, fijo el extremo del dardo en 
el del gancho superior y apoyado en el inferior, á pun- 
to de lanzarlo, apretando el dardo con el dedo índice. 



— 146 — 

Para que se compreDda mejor damos por separado el 
dibujo de la tiradera, qne en la figura queda un poco 
confuso por llevar ésta en la misma mano un dardo de 
repuesto y alg6n palillo atravesado al hombro con una 
correa (número 36). 

Disparaban la tiradera poniéndola horizontalmente 
" sobre brazo,'' dice el autor del Epitome. 

Para que se vea la diferencia de formas de las tira- 
deras, reproducimos algunos dijes de oro que represen- 
tan esta arma ^^de todas las bárbaras la de menor rigor,^' 
(námero 37), y varios tunjos que la llevan en mano. 
(Véanse los námeros 3, 6, 16, 18 y 35). 

En unos modelos termina el extremo superior en 
punta, en otros en superficie plana, de forma cir- 
cular, semicircular 6 semioval, formada por círculos ú 
óvalos concéntricos. Los ganchos están en muchos ca- 
sos en una misma línea, de manera que el dardo quede 
recto y paralelo á la tiradera. En otros el gancho infe- 
rior está un poco desviado del superior ; era, pues^ pre- 
ciso torcer la flecha para apoyarla en el primero. 

Es digno de notarse que una tribu del Ecuador y 
otra del Brasil usaban tiraderas muy semejantes á las 
de los Chibchaa (1) Esta arma era, además, propia de 
muchas tribus de nuestro país. 

El tunjo número 40 tiene en la mano izquierda una 
pica, cuya punta de macana está sólidamente asegura- 
da ; el 41 (éste es de cobre), una á manera de maza 
con cabezas cilindricas en los extremos; el 42, una vara 
con púas, y el 5 una vara que termina en forma de 
hierro de lanza y tiene á uno y otro lado diez y seis 

(1) Oon el título de Sobre las tiraderas de los indias de AmMea 
pablieó el doetor Máximo Uhle qq ioteresfiiite estadio, en alemáp^ 
La ligara 88 repreeeota ona tiradera qoe íoe osada en Riobamba, j 
el nt&Dero 89 ana de Bajá (Brasil). 



— 147 — 



puntas semejan tes« simétricamente colocadas; el 19, en 
fin, un arma semejante i nna maza con cinco pantas 
agudas. 

La figura 43 representa una pesada maza de ma- 
dera de chonta con dibujos labrados, hallada en Tunja. 
La copiamos de la obra de D. Mariano Eduardo Eivero : 
Antigüedades peruanas. 

Tienen escudos que se parecen unos á otros, las 
figuras 18, 19, 40 y 46. Son éstos muy distintos de los 
grandes payeses de cortezas de árboles con que los gue. 
rreros tnndamas se cubrían hasta la cabeza. 



CAPITULO xm 



Signiílcacióa de las fli(;tiTaB de oro y otras matcriaa qae ae eocuentran ea 
las sepaltaras.— Gíuofilacio y tunjos de oro bailados en el sitio de Chi- 
rajara.~Idolos y persones principales que representaban.— Alimafiaa 
de oro y de cobre.— x Hacian uso de 8Íinbolos?-»I>escripci6n de ▼asoe, 
figaras bumanas y otros objetos de cerámica.— Instromentos, figoraa 
y dijes de piedra.— Objetos cuya inuigen no reproducían en metal, ar- 
cilla ni piedra. 

¿ Qaé significaciÓQ tienen las figuras de oro, cobre 
y otras materias qae se encuentran en las sepnl taras 
chibchas? 

Tamos á contestar á esta preganta, ateniéndonos ¿ 
las noticias qae sobre ponto tan interesante hallamos en 
los cronistas, fuente la más autorizada en esta materia : 

Tenían los Ohibchas idolop, 
^* Unos de oro y otros de madera. 
Otros de hilo, grandes y pequefios. 
Todos con cabelleras, mal tallados; 

Y también hacen ídolos de cera, 

Y otros de barro blanco, pero todos 
Están de dos en dos, macho con hembra. 
Adornados con mantas que les ponen 
Dentro de los infames ianiuarios,** 

Este pasaje de Castellanos es bien preciso, y por ¿I 
se comprende que representaban á sus dioses en figura 
humana, puesto que les ponían cabelleras y los adorna- 
ban con mantas. Cierto es que contaban que Bacháe y 
su hijo se habían convertido en culebras para desapa- 
recer en la laguna de Ignaque ; que Nencatacoa se les 
presentaba en figura de oso ó de zorro; y muchas otras 



— 149 — 

transformaciones. En estos hechos se han fundado los 
modernos para decir qne daban á sns (dolos formas de 
animales, y aun para sostener que rendían culto á éstos. 
Sí una ú otra cosa fueran ciertas, no habrían olvidado 
todos los cronistas dar noticias sobre puntos de tan alto 
interés, j los misioneros, que encontraban en los pue- 
blos centenares de ídolos de madera j de hilo, no ha- 
brían callado esta circunstancia. 

Fue el doctor Duquesne el primero que dijo que 
los Chibchas habían sido zoólatras. Hé aquí sus palabras: 

*' Tal fue el cielo do los Muiscas, lleno de animales como el 
do los Egipcios. Pusieron los indios el sapo entre sns divinida- 
des .... Jamás ha dado esta sabandija mayor brinco del charca 
al cielo, 7 nnnca bajó el hombre más del cielo al cieno. . • • Ob- 
servando varias piedras con la debida atención, he notado qne 
figura el cuerpo del sapo, sin patas, transformado en ídolo: esto- 
eSf con una vestidura 6 túnica propia de hombre.. • ." 

No comprendemos cómo de antecedente tan pe- 
quefio, una vestidura que cubre el cuerpo de un ani- 
mal, saque el doctor Duquesne la consecuencia de que 
es un ídolo. Véase en la figura número 44 el dije á que 
se alude ; diñcil es distinguir si se trata de una rana 
con túnica ó de algún otro objeto. 

Mas como los orífices hacían muchas figuras de ani- 
males, ocurre naturalmente preguntar qué destino se- 
les daba. Hé aquí la respuesta : 

Por los jeques se presentan las ofrendas . 
Qae trae cada cuiEd al santuario. 
Que son varias figuras hechas de oro. 
Hasta culebras, ranas, lagartijas. 
Mosquitos y hormigas y gusanos. 
Casquetes, brazaletes, diademas. 
Vasos de diferentes composturas, 
Leones, tigres, monos y raposas. 
Aves de todas suertes y maneras. 



— 150 — 

Y el jeque hace tal ofrecimiento 
Ante los falsos ídolos que tienen. (1) 

No era, pues, á los animales á quienes se dirigía 
el culto de los Chibabas: las figuras que de ellos 
hacían eran la ofrenda material que presentaban á sus 
dioses y á sus santuarios. 

Pudiera alegarse en contrario el siguiente pasaje 
de la Historia del Padre Zamora : 

'' En el templo de la lagnna de Tinjoci adoraban al Sol, y i 
su sombra otros ídolos de varias figuras, de osos, tigres, venados, 
culebras y de algnnas aves de que estaba lleno.'' 

Este templo estaba dedicado al Sol, y muy bien 
pudo suceder que los misioneros que encontraron en él 
las numerosas ofrendas de animales de oro hechas al 
dios principal de los Chibchas, las tomaran por ídolos, 
error en que era fácil incurrir. 

Moy importante servicio prestó á la ciencia el doc- 
tor Zerda conservando en su libro El Dorado los graba- 
dos de un gazofilacio 6 vasija para depositar las ofrendas 
hechas á los ídolos, y las figuras de oro que se encontra- 
ron en ella. Es una página ilustrativa de historia, fácil 
de descifrar, teniendo en cuenta lo dicho anteriormente. 

El gazofilacio es una figura de barro cocido (figura 
45) de 25 centímetros de altura y 18 de ancho. Tiene 
la forma de un indio sentado, con una tacita en la mano 
derecha y una vara en la izquierda. Lleva puesto un 
goiro con doble cordón, abierto por encima y con tapa, 
y un collar, probablemente de huesos. El cuerpo está 
pintado de rojo, con excepción de la cara, el gorro, el 
collar y la taza, que son blancos. 

Las figuras de oro que contenía son muy notables. 
Hé aquí la lista de ellas : (2) 

(1) 0A8TBLL41IOS. T. I. Gap. X. 

(9) Baprodadmos catas flgarai eopiándolaa de las íotograíias 
que de ellas hlxo el seüor D. Julio BaeiaeiL 



— 161 — 

Un guerrero con una tiradera armada á punto de 
disparar el dardo, 7 una jaula (número 35); otro con 
una larga pica de punta fina y un escudo (número 40) ; 
un tercero con una tiradera y un escudo (número 46). 

Un jefe 6 cacique en cuclillas sobre una silla de 
alto espaldar (número 47) ; un segundo con diadema y 
armas semejantes á dos dardos, y una maza (número 48) ; 
otro con arracadas y una vara en cada mano (núme- 
ro 49). 

Una figura con collar de cuatro hilos (número 50), 
y dos tunjos más de escaso interés. 

Dos niños con gorra semioval que termina en una 
serie de puntas ; uno de ellos tiene un collar de dos 
hilos y una vara en la mano derecha (número 51). 

Un ave en el extremo de una lámina rectangular ; 
una culebra (número 52) y dos ranas (número 53). 

Un palo con una cuerda atada, y algunas cuentas 
de cornalina perforadas. 

De lo dicho en este capítulo y en el cuarto se in- 
fiere que las imágenes ó tunjos hechos por los orífices 
chibchas son figurativos de ídolos ó de personajes. Re- 
presentaban ídolos '* Ins figuras de sus dioses, hechas al 
modo de cada uno que los adoraba ó mandaba hacer, y 
otras que imaginaban." (1) Teníanlos en sus templos y 
en sus adoratorios. En el de Iguaque vio el Padre Fran- 
cisco Molina una estatua del esposo de Bach^ie, á la 
edad de tres años, de oro macizo. Los ídolos que exis- 
tían en los templos desaparecieron todos con la con- 
quista española. 

En sus casas conservaban los indios idolillos laresi 
de gran variedad de figuras, puesto que estaban desti- 
nados á atender á sus diversas necesidades. El mayor 

(1) 81M6V. T. n, pág. 288. 



— 162 — 

número de éstos fue á dar á manos de los conquista- 
dores, qne tan ávidos de oro Se mostraron y con tanto 
afán buscaban por todas partes y preferentemente el 
metal precioso. 

Era costumbre que quien recibía la investidura de 
jeque, heredase los ídolos de sus padres y abuelos. 

Es natural que algunos de los tunjos que se en- 
cuentran en las sepultaras, sean idolillos. Otras figuras, 
y son éstas las más numerosas, representan personajes 
diversos: caciques, jefes militares, guerreros guechas, 
personas principales do uno y otro sexo cuya condición 
social es, en muchos casos, fácil de determinar por las 
joyas con que están ataviadas, las armas que llevan, cta 
Hemos descrito varias de ellas. ¿ Quién, al ver el per- 
sonaje que representa el tunjo de oro n&mero 55, 
majestuosamente sentado en andas, con cetro bifur- 
cado en la mano derecha, gorro con prolongaciones á 
uno y otro lado, grandes pendientes circulares, ancha 
nariguera rectangular y patena, dejará de suponer que 
es el cacique de Iraca, sabiendo que proviene de Soga- 
moso? 

Como los cronistas no nos dicen si en el vestido de 
los jeques había algo que los distinguiera de los demás, 
es difícil conocer las figuras que los representan. 

Parece nata ral suponer que existiera cierta relación 
entre las ofrendas, de tanjos y otros objetos, que se ha- 
cían á los ídolos, y la persona que los daba ; verbigracia, 
un guerrero ofrecerla de preferencia un hombre armado 
de una tiradera, oto.; una mujer, la de una figura de sa 
sexo, y si era madre se haría representar con un niffo 
en los brazos, como se ve en la figura número 54. 

Grande era la variedad de alimañas de oro y de 
cobre que hacían para ofrecerlas á sus dioses : cuadrú- 



• - 163 — 

pedos, culebras, ranas, aves, insectos, caracoles, etc. Las 
quince figuras números 56 á 70, reproducen algunas de 
sus variadas formas. (1) 

Unos pocos autores modernos, siguiendo las ideas 
del doctor Duquesne sobre el uso común de los símbo- 
los entre los Chibchas, han creído que muchas de las 
figuras que hacían de oro ó de otras materias, eran sim- 
bólicas. Aunque ninguna de las crónicas autoriza esta 
suposición, sí nos parece mny probable que en ciertos 
casos sean emblemáticos los objetos que llevan las figu- 
ras humanas. 

Se encuentran algunas veces tunjos con una vara 
en la mano derecha, en cuyo extremo superior están 
atadas dos aves que se miran (figura 7). El número 71 
muestra una de estas varas, de oro, hallada en Guata- 
bita, y el 72 otra con dos espirales en la parte superior. 
En ocasiones, en vez de aves, son dos alambres curvos, 
en forma de media luna, como se verá en los tunjos 
números 22 á 24 (lámina x) y en la figura de barro nú- 
mero 96. Las que tienen esta vara son mujeres princi- 
pales, puesto que están adornadas con collares. 

¿Qué significan estas últimas varas? ¿Serán acaso 
la insignia ó distintivo de la primera mujer, de la fa- 
vorita del zipa y de los caciques? 

Hemos observado en muchas figuras que nunca lle- 
van en la mano más de dos objetos de una misma clase ; 
por ejemplo^ el guerrero armado de la tiradera se halla 
siempre en uno de estos dos casos: la tiene sola ó con 
dos dardos. Mas como necesitaban llevar consigo al 
combate considerable provisión de éstos, hemos con- 
cluido que indicaban que tenían gran número de dardos, 
poniéndoles dos en la mano. 

(1) El nflmero 59 es de cobre; los Dameros 63 á 65 de tumbaga, 
y los demás de oro. 



— 164 — 

Tqdjos qae representaa hombres y majeres llevaa 
un ave en el extremo de una varilla, anas veces rectat 
como se ve en las figaras 12, 27 7 28, otras veces ter- 
minada en triángulo (véanse los n&meros 73 7 74) ; la 
marcada con el número 12 tiene además un nido, 7 dos 
la majer número 28 : nno en las manos 7 otro en la ro- 
dilla izquierda. 

¿Qué significación tienen estas aves ? ¿ Se querría 
indicar únicamente que cuidaban con esmero de ellas 7 
las domesticaban hasta el punto de llevarlas consigo? 
No lo sabemos. 

Merece mu7 atenta observación la figura de oro 
número 75. Es una cabeza humana colocada en ana 
armazón de huesos descarnados, simétricamente arre- 
glados 7 que forman el cuerpo de un ser imaginario. 
Los ojos cerrados, la boca abierta, la nariz perfilada 7 
las mejillas hundidas, dan á la cara, que está dibujada 
en un cuadrilátero formado por cuatro seríes de lineas 
paralelas 7 termina en un círculo de ra7os, aspecto ca- 
davérico. Parece que el orífice chibcha se hubiera pro- 
puesto hacer ana representación simbólica de la muerte^ 
mostrándola en todo su horror. 

Dijimos anteriormente que las obras de cerámica 
chibcha eran inferiores á las de los Quimba7as 7 Chin- 
quíes. Los vasos hechos por los primeros son más sen- 
cillos, menos variados en sus formas, de una pasta menos 
fina é inferiores en la vivacidad 7 la armonía de los co- 
lores. No obstante, se encuentran algunas piezas nota- 
bles por la belleza de la figura 7 de los dibujos. Los 
colores generalmente usados eran el rojo, el amarillo, 
el grís, el pardo, el negro 7 el blanco. 

Vamos á dar una idea de las formas diversas que 
se han hallado en sus sepulturas. 



— 156 — 

Las dos elegantes jarras números 76^ y 77^ están 
decoradas con hermosos dibujos lineales en el cuello j 
en el borde superior del vientre. La segunda tiene en 
el cuello una figura humana de relieve, en cuclillas. En 
los números 76** y 77** se ven desarrollados los dibu- 
jos del vientre de una y otra jarra. 

El número 78 representa una olla 6 mucura hallada 
en una sepultura, y que tiene la misma forma de las que 
se usan hoy. 

Se encuentran algunos vasos con pie, de graciosas 
formas, con dibujos (números 79 y 80) ; otros están 
adornados con culebras realzadas (números 81 y 82). 
Las dos canastillas números 83 y 84 parecen destinadas 
á ser suspendidas. 

El hermoso vaso número 85 es de color negro y 
tiene dibujos grabados. Otros están decorados con figu- 
ras de hombres <5 de animales. El número 86 tiene el 
cuello formado por un indio en cuclillas con ancho co- 
llar. En la tapadera de la cubeta ó vaso cilindrico 
número 87 está sentado un indio principal, con collar y 
gorra. El 88 lleva cerca de la boca dos fieras. Los va- 
sos 89 y 90 tienen alguna semejanza con patos. 

De barro hacían también figuras humanas y de 
animales, generalmente huecas. 

Los números 91 á 94 representan probablemente 
caciques principales. El 95 es un indio en actitud de 
reírse. 

La figura de mujer principal, número 96, que po- 
nemos de frente y de lado, carga á la espalda un niño 
sujeto por una faja. 

El cuadr&pedo náraero 97, semejante á un perro 
raudo, está cubierto de grecas negras sobre fondo blan- 
co. Otro animal de fantasía, que en la forma del cuerpo 



— Me- 
se parece á un pato, está colocado sobre an trípode qne 
imita pechos de mujer (número 98). 

El número 99, un pájaro en actitud de volar, con 
una abertura en la cabeza y cinco en el vientre, servia 
de instrumento músico, á manera de ocarina. El núme- 
ro 100 es un silbato, y el 101 un caracol. 

Finalmente, hacían de barro sellos planos j cilin- 
dricos con dibujos simétricos para la impresión sobre 
las telas que fabricaban, y para pintarse el cuerpo (véan- 
se los números 102^ y su desarrollo 102^, 103, 104, 
105^ y su manija 105^), y también cabezuelas de huso 
(número 106). 

Labraban los Chibchas numerosos objetos de las 
piedras apropiadas que hallaban en su suelo : la serpen- 
tina, el granito, el cuarzo lidio y la arenisca consistente. 

Hacían sencillas y sin adorno de ninguna clase 
las piedras de moler, á diferencia de los Chiriquíes, 
que grababan con arte sus metates. 

Imperfectos instrumentos les servían para la agri- 
cultura: hachas con una muesca ó estrechura en la par- 
te superior (números 107 y 108), y puntas á manera 
de largos cinceles (números 109 y 110). 

Pequeños cinceles de la forma del que lleva el nú- 
mero 111 y figuritas humanas ó de animales, á modo de 
majaderos 6 manos de mortero, que tienen por base una 
superficie redondeada y muy lisa, servían probable- 
mente de bruñidores. (Véanse los números 112 á 114). 

Igual empleo hemos creído que tuvieran los pe- 
queños utensilios de piedra lidia número 115, que el 
doctor Máximo Uhle pregunta si serán ganchos supe, 
rieres de tiraderas. (1) Nos parece evidente que no son 
ganchos, pues los que se ven en los dijes de oro que re- 

(1) iGanchos d9 tiraderat Berlín (en alemán). 



presentan estas armas son más grandes y de distinta 
forma, como pnede observarse en las fignras n&meros 
34 á 37. 

También se encuentran cabezuelas de hueso de di- 
versas formas con dibujos (véanse los números 116 á 
120), algunas pipas (número 121), dijes que figuran ani- 
males ú otros objetos, perforados muchos de ellos como 
para usarlos en los collares (números 122 á 128), y las 
piedras con figuras realzadas que han pasado hasta hoy 
por calendarios (números 129 y 130). 

De estas últimas hablamos en el capítulo anterior, 
y volvemos á hablar en el siguiente. (1) 

Hemos dicho cuáles eran los objetos que figuraban 
los Chibchas en metal, arcilla ó piedra ; fáltanos decir 
cuáles no figuraban. No representaban de ninguna ma- 
nera en relieve ni en pintura, árboles, hojas ni flores. 
En los dibujos con que decoraban sus mantas, vasos de 
cerámica, coronas de oro, etc., no se ven flores, hojas ni 
frutas. Rara vez imitaban estas últimas en la forma 
de sus vasijas. Privábanse, pues, en sus obras rudimen- 
tarias de elementos que tanto contribuyen á dar realce 
y belleza á las creaciones del arte. 

— ;- - ■ - ^ 

(1) A los aficionados á estos estadios recomendamos la obra de 
Btflbel, Reiss y Koppel : Cultura é industria dé loa poiaea de Sud- 
anUrica, escrita en alemán, en dos grandes tomos itnstrados oon 
mo7 bellos oromus. Trdie figarados y descritos 36 objetos de oro, 
ehibchu, 9 de cerámica y 16 de piedra, todos admirablemente re- 
producidos. 

Para evitar confasión á los americanistas, conviene advertir 
qae las dos figuras humanas de oro sopiadas en la lámina 21 de la 
obra de Stübel con los números 2 y 5 como procedentes de Antio- 
qnia, son chibchas (la segunda es sin duda de Sogamoso), y que el 
Damero 7 es qulmbaya. 

Bl señor Rivero copió en el il¿/a« de lan Antigüedades perua^ 
na$ cuatro figuras humanas y dos dijes da oro chibchas, pero olvld6 
advertir que los había llevado de Bogotá. 



12 



ÓAPITUIjOZÍV 



eterna do nnmeTadóh de los CblbchM.— Significsdón de 1m voces svnf- 
ricas, según el doctor Duquesne, ▼ cifrss que dice qae Iss represeat»- 
tMD.— ÓpÍDÍÓQ contraria del barón de Humboldt— Cómo diridian él 
tiempo.— Afios de 20 y de B7 lunas que les atribuye el dnctor Duqvcs- 
ne. — El supuesto calendario chibcha.— Ijas piedras con figuras reala- 
das no sirvieron de calendarios.— Los trabajos del doctor lyuquesáe 
carecen de valor científico. 



£1 sistema de numeración usado por los Chibchas 
era el vigesimal, pues contaban por los dedos de las 
manos y de los pies. Los diez primeros números son : 
ato, bosa^ mica, muyhtca, hisca, ta, cuhnpcua, 8uhn$a^ 
acá, ttbchíhtca. Para contar de once á veinte anteponían 
la palabra quihicha (que significa 2>t6, J equivale á decir 
diez) á las cifras citadas ; veinte se decía quihicha vb- 
chihica 6 gueta ; veintiuno, gtietas asaquí ata (veinte 
más uno) ; treinta, gtieias asaqui ubchihica; cuarenta, 
gue basa (veinte dos), etc. Contaban, pues, hasta vein- 
te y multiplicaban este n&mero cuantas veces lo nece- 
sitaban. 

El doctor Duquesne afirma que las voces numera- 
rales tenían diferentes significados, ^' todos alusivos á 
las fases de la luna, á las labores de sus sementeras y i 
las supersticiones do su idolatría." Presenta como dea- 
cubrimiento propio las cifras con las que él dice que ex- 
presaban los números, dando los diferentes sentidos que 
les atribuye, y va hasta suponer, lo que no es exacto, 
''que verosímilmente estas cifras son las mismas que 
usaban los peruanos." 

Nos vemos obligados á impugnar las fantasías del 



— 159 — 

doctor Daquesne, llevadas hasta lo inverosímil, acepta- 
das y popalarizadas por Hatnboldt, Ternauz-Cómpans, 
Acosta, Úricoechea, Plaza, Bollaert, Codazzi, Zerda y 
otros autores colombianos y extranjeros. 

Hé aqaí la representación de los símbolos numéri- 
cos aplicados á los meses (que no tenían otro nombre 
que el de los números), con la explicación y los signifi- 
cados que les da : 



'* Ata. Los bienes -^otra cosa. 
Ata: ün sapo en acción de brincar, qae carac- 
teriza la entrada del afio. 





Bosa. Al rededor. 

Bosa: Unas narices y las dos yentanas. 



/\^ Mica. Parar, Iiallar, abrir, buscar, coger, cosa 



vana. 
Mica: Dos ojos abiertos y las narices. 





Mnihica. Piedra de la casa, cosa negra, crecer. 
* Muihica: Dos ojos cerrados. 

Hisca. Cosa verde, alegría, echarse wio sobre 

otro, medicina. 
Bisca: La unión de dos figuras: era símbolo 

de la fecundidad. 

Ta. Labranza, cosecha. 

Ta: £1 palo y la cnerda con que formaban el 
círculo de sus casas y de sas labranzas. 



— 160 — 



7 




Gnhnpcna. Sordo. 

Cuhupcua: Las dos orejas tapadas. 



Suhusa. No tirar de otra cosa. La raf s aignifi* 
ca tender, extender. 
g Suhusa: El palo y la cnerda. 




9 



Acá. Loe bienes. 

Acá: SI sapo de coya cola principia á formar- 
se otro. 




IJbchihica. Lutia resplandeciente, casa pinta- 
da, pintar. 
Ubchihica: Una oreja, para significar las fases 
10 de la lana. 




I? 



Oaeta. Casa y sementera, tocar. 

Queta: XJn sapo extendido 6 echado/' (1) 

20 
Con razón dice el barón de Humboldt : 

'' Hecho notabilísimo de la historia filosófica de las lengaas 
seria qne las palabras chibchas con qne se designan los números 
tnyieran, como pretende Dnqnesne, raíces comunes con otras 
Yoces qae expresan las fases de la lana ú objetos campestres. Fá* 
Gilmente se concibo qae una semejanza accidental de sonidos 
se manifieste en ocasiones entre palabras namérícas y cosas qne 
nada tienen que ycr con números, como nueve y nuevo ; ach, en 
alemán ocho, y acA/u7i^, estima;.... pero no cabe decir qus 
caando siente el hombre inculto la primera necesidad de contar, 

(1) La Terdadera sinonimia no es la que da el autor en este eoa- 
dro, sino la siguiente: 

Boea^ dos, carea 6 eereado, á la redonda. 

Mica^ ties, diferente, escogido. 

Muyhiea, euatro, trenca, eosa negra, eabo 6 ramal. 

Hisca^ eineo, bebedizo, medieina. 

Ta, seis, labranza. 



— 161 — 

llame cuatro á una cosa negra, muyhiea; seis, recolección, ta; y 
Teinte, casa, gue 6 gaeta, porqne en el arreglo de nn almanaque 
lunar preceda el término cuatro un día ala conjunciÓA de la 
luna, por la vuelta de los diez términos de una serie periódica; 6 
porque la recolección se haga seis meses después del solsticio de 
infierno. Obsérvase en todas las lenguas cierta independen- 
cia entre las raíces que designan números y las que expresan otros 
objetos del mundo físico, ¿y liemos de suponer que existen allí, 
donde dicha independencia desaparece, dos sistemas de numera- 
ción, posterior el uno al otro; ó que tales afinidades etimológi- 
cas sólo son aparentes, porque descansan en significaciones figu- 
radas?'' 

Dice también que como no existe diccionario de la 
lengua chtbcha, no se puede comprobar la exactitud del 
aserto ; pero que toda desconfianza es poca tratándose de 
investigaciones etimológicas. 

Ignoraba el barón de Humboldt que existe un vo- 
cabulario de esta lengua, que hemos consultado deteni- 
damente sin hallar en él las pruebas de lo que asegura 
el doctor Duquesne. Nos bastará examinar el signifi- 
cado de dos ó tres números. Ata dice que es sinónimo 
de los bienes y de otra cosa^ pero lo primero se traduce 
por sipcua y lo segundo por tíchas. En otra parte dice 
que ata y acá " representaban las aguas en el sapo.^ 
Mas, ¿ de dónde puede traer esta etimología si agua se 
dice ne y sapo hiba t 

Al sexto mes, ¿a, que corresponde á Junio, lo 
llama el mes de la cosecha, cuando leemos en Oviedo : 

'' La cosecha de su sementera viene á ser por Septiembre, 
porque no siembran más de una vez en el afio/' (1) 

No vemos ninguna relación ni sinonimia entre los 
números y las prácticas idolátricas de los chibchas ; no 
luUamoa en el vocabulario ni ana sola de las palabras 
que se refieren á las fases de la luna, ni las crónicas 

(i) HUíoria general de loe Indias. T. u, pág. 390. 



— 162 — 

traen la noticia de que loa indios Agoraran éstas pin- 
tando las facciones del rostro. 

En vano hemos buscado estos signos, ó siquiera 
alguno de ellos, en una de tantas pictografías que he- 
mos tenido á la vista, así como en las muchas piedras 
grabadas y en los objetos de oro, cobre y arcilla que 
nos han llegado á las manos : no los hemos reparado em 
ninguna parte. Aún más : hemos observado que repre- 
sentaban á las ranas siempre en muy distinta forma, y 
que pintaban las orejas en figura de espiral. El autor 
dice que el símbolo de Suhtiaa es un palo con una cuer- 
da, y el deHüca, dos figuras unidas. En lugar de estos 
emblemas, lo que se ve es una H mal hecha y un gara- 
bato. 

¿ Cómo pudiéramos creer que los indios llegaran á 
hacer uso de las cifras numéricas, cuando no puede 
presentarse un indicio siquiera que haga esto probable? 

Los Chibchas dividían el tiempo en días, meses y 
años; contaban los días por soles, viendo que este 
astro es la causa de ellos, de manera que usaban el 
mismo vocablo, 8ua^ para nombrar el sol y el día. Lla- 
maban la mañana sua mena; el medio día, siui meca¡ 
la tarde, saaca y la noche acu Contaban los meses por 
lunas con sus menguantes y crecientes, dividiendo cada 
una de éstas en otras dos, con lo que hacían cuatro 
partes 6 semanas del mes. Su año, socam^ era de doce 
lunaciones, y comenzaba como el nuestro en Enero, por 
ser el tiempo de empezar á labrar y disponer la tierra 
para las siembras, y terminaba en Diciembre, fin de las 
labores agrícolas. (1) 

Era costumbre bastante general entre ellos dividir 
en tres partes de á diez días el empleo del mes. Pa- 

(1) SiMóv. T. II, pág. S06. 



— 163 — 

nban \o& diez primeros separado» de &D8 mujeres, math 
cando hayo, qae los sastentaba, mezclado con ana yerba 
qne los purgaba de sus indisposiciones. Los siguientes 
se ocupaban en sus labranzas, y en los últimos se queda- 
ban en sus casas holgándose^y conversando con sus mu- 
jeres. Esta distribución del tiempo variaba en algunas 
partes en duración. (1) 

No conocieron probablemente otro ciclo ó período 
de afíos que el do veinte. 

£1 doctor Duquesne les atribuye un afio de veinte 
meses y otro de treinta y siete, de cuyo enlace y exacta 
coincidencia resulta un ciclo de sesenta años nuestros. 
Examinemos las razones baladíes en que funda sus ase- 
veraciones: 

'^ Ya hemos dicho muchas Teces qne los Moscas miraban 
como sagrado el núoiero 20. (2) 2fo podían menos que ajuetar 
por él el año, porque de otra suerte se hubieran confundido en 
todas sus cuentas. Los planos para los pagos en su comercio^ las 
eonvencioiies solemnes entre sus jefes, el orden de los sucesos y la 
cronología de su nación, todo se debía gobernar por este número : 
Gueta era el símbolo de la felicidad^ y entre esta gente supersti- 
ciosa hubieran sido mengaodos é infelices los afios que no se hu- 
biesen seUtido con este carácter; era^ pues, inexcusable, entre 
silos el año de veinte lunas.'* 

Mas ¿ por qué motivo gozaba el n&mero 20 de tan 
raros privilegios? 

''El círculo fue la figura más usada de los Moscas; daban 
esta figura á los cercados y palacios de los zipos y zaques, á sus 
cosas particulares, & sus labranzas, á sus templos, en una palabra, 
á todas sus cosos. Fijaban en lo tierra un polo, de que hacían 
centro; y con una cuerda describían al rededor el círculo. 

''Este j^are^ haber sido el origen de los números: como en- 
tre ellos la casa y la labranza hadan todos sus bienes^ (3) el 

(1) Epitome. 

(3) €fuetu, veinte, palobra en lo qae entrón los rotees gue, coso, 
y lo, lobronso. 

(9) T loa onno8« las telos, lo sol, lo monedo j los tanjoa de oro^ 
loo eemeroldop, ato. |no eonatitafon porta da su riqaexot 



— 164 — 

cfrcnlo ooQ .que describían nna y otra fae la medida más propia 
para expresarloB.'' 

Veamos si la premisa qae sienta el aator es exacta ; 
si es cierto qne el cfrcolo fue tan nsado entre los Chib- 
clias como él lo asegura. 

Aunque en algunos pueblos los edificios eran có* 
micos, en la generalidad de los casos los hacían de for- 
ma rectangular. Seg&n Oviedo ''sus moradas son ca- 
sas de madera, cúbiei'tas de paja á dos aguas (1) 7 

las muy principales es cada una como un alcázar cerca- 
do 7 con muchos aposentos dejntro." El Padre Simón 
dice que los cercados eran cuadrados, 7 repite lo mis- 
mo de la casa fuerte de Cajicá« El error del doctor 
Duquesne consistió en haber dado sentido general á 
lo que dice Piedrahita de los edificios que servían de 
palacio al zipa, que '' eran unas casas grandes 7 redon- 
das, que remataban en forma piramidal.*' 

Si el círculo fue la figura más usada entre los Chib- 
chas, ¿ por qué lo trazaban tan raras veces en sus picto- 
grafías, en las que son tan frecuentes los cuadrados, los 
rectángulos 7 las espirales ? 

Así son todos los que el doctor Duquesne tuvo por 
descubrimientos propios; á poco que se les examina, se 
observa que no tienen fundamento. 

Respecto del origen del afio de treinta 7 siete me- 
ses lunares, dice lo que sigue : 

'^ Nada hay ian natural como creer que los hijos ds Noéf 
etlendidos en loe vastas llanuras de Senaar, convinieron entre si 
en algunos reglamentos cómodos para medir el tiempo, arreglando 
por ellos las operaciones de la labranuí jf los negocioe déla so^ 
oíedad. 

** Cuando ol pueblo hebreo so halló en bu libertad, usó de dos 
aáo$ de doce lunas y al tercero de trece» Bste plan nos recuerda 
1m primera forma do aquellos años antiguos del tiempo ds Noó, 

: — í ^ 

(1) Bt decir, ea JO techo ce de doc alae j no cónico. 



— 165 — 

CQja tradición es mny natnrul qno gnardasen. Gomo quiera que 
sea, los Moscas no tuvieron alteraciones ni yaríaciones en el go- 
bierno del aOo; su fundador lo arregló sobro el pie que rocihierjffjk 
de los hijos de No6 iodos los liombres cuando la tierra era de un 

* / ■ * I* 

solo labio; y cuando tuvo una lengua distinta le acomodó ségáü 
sus ideas 7 el genio de su idioma, dándole tanta regularidad^ ly 
tomando tantas precauciones, que aseguró su perpetuidad por 
largos siglos entre sus hijos '* 

En verdad que á fuerza de cavilar sobre estos 
asuntos, el sabio se volvió visionario. 

El objeto principal de los trabajos arqueológicos 
del doctor Duquesne fue la interpretación de los graba- 
dos de una piedra pequeña que dice ^'se puede mirar 
como un pedazo del alfabeto chibcha, con cuyas notas 
se podrá imponer y aun adelantaren otros semejantes/' 




— 166 — 

Ta qae tanto Ernesto Resttepo como nosotros he- 
nos publicado una crítica razonada de esta pieza, no 
yepetiremos lo que está dicho, y nos limitaremos á hacer 
«ñas breves observaciones sobre este supuesto calenda- 
rio, cuyo grabado ponemos á la vista del lector. 

Según el doctor Duquesne las figuras a, 6, c, son 
dedos ó especies de dedos, la e es el cuerpo de un sapo 
de cola y sin patas, la /y la fn son culebras, la ^ es un 
templo cerrado con el candado %, la k un círculo menor. 
Se necesita tener una fe ciega en el autor para creer 
con él que objetos tan vagos é indeterminados en su 
forma representen lo que vio en ellos. Luego agrega, 
sin más prueba que su dicho, que entre los Chibchas la 
culebra simbolizaba el tiempo ; el círculo, el triángulo, 
y dos figuras unidas, la conjunción del sol y de la luna, 
y que usaban como los Romanos la cifra V para expre- 
sar cinco unidades. 

¿ Cómo es posible creer que estas piedras sirvieron 
de calendarios, si entre las muchas que hemos visto no 
hay dos iguales, si todas difieren en la forma y tamaño, 
en las figuras realzadas, tan distintas unas de otras, y 
en el námero de las figuras en cada piedra, pues las 
hay con una sola, con dos, tres, seis, ocho, diez, catorce 
y hasta diez y nueve? 

Uno de los admiradores de este autor, el doctor 
Zerda, escribió con razón lo siguiente : 

** Sin las relaciones íntimns con los indios no se pnede com- 
prender cómo Dnqnesne hubiera podido interpretar el calendario 
de los Muiscas, y recoger tantos y tan interesantes datos de la an- 
tigaa y sorprendente civilización maisca. Ouardó el secreto del 
modo como obtuvo estas revelaciones, pero las sospechas de que sin 
ellas le habría sido imposible escribir las memorias que nos dejó, 
se eanviertsfi en certidumbre haciendo un estudio detenido de 
ellas, pues muy poco de lo que contienen se encuentra en las relO' 



— le? — 

Clones histórieái de ¡os antiguos cronistas, y nada, absolutamen» 
i$, relativo al calendario y al cámputo del tiempo, tal cerno ü lo 
explica.^ 

Conviene fijarse en qae el doctor Daqaesne no 
hace mérito de haber recibido revelaciones de los in- 
dios (si se las hubieran hecho, no tenía por qué callar- 
lo) ; sólo se precia de haberlos tratado con frecuencia y 
de haber penetrado su genio y su carácter misterioso y 
enfático. 

La conquista española terminó con el sometimien- 
to completo de los Chibchas. Ninguna fracción de éstos 
logró permanecer en un aislamiento tal que le hubiera 
permitido conservar su idioma, sus creencias y sus tra- 
diciones. Todos, de grado ó por fuerza, adoptaron la 
lengua y la religión del vencedor. Los jeques, que eran 
los depositarios de los misterios de su idolatría, fueron 
la clase más perseguida, y no tuvieron sucesores ; los 
sacerdotes católicos vinieron á reemplazarlos. En tales 
condiciones, los descendientes de la raza conquistada 
perdieron pronto la afición á las prácticas de sus pa- 
dres, á la vez que con el transcurso del tiempo se alte- 
raron y acabaron por caer en olvido sus tradiciones. 
Cuando el doctor Duquesne sirvió como cura de almas 
6n algunas poblaciones de indios, no encontró en ellas 
sino pobres gentes ignorantes que nada podían ense- 
fiarle de los conocimientos de sus antepasados, que pu- 
diera darle luz sobre las arduas materias que fueron ob- 
jeto de sus estudios, y que se rozan con la etimología, 
la epigrafía, la astronomía y la teogonia. Las ocho ge- 
neraciones que se habían sucedido en el transcurso de 
dos siglos y medio habían acabado por olvidarlo todo, 
hasta su propia lengua. 

Mas no sólo introdujo el doctor Duquesne no veda- 



— 168 — 

des en lo que dijo de los Chibchas, siao que alteró 7 
desfiguró su historia. (1) 

Hizo ana descripción quimérica de los Mojas y de 
su sacrificio, cambiándoles hasta el nombre que les dan 
los cronistas, por el de gtieaas. 

De Bochica dijo que había sido esposo de la per- 
versa Huitaca (qae vino después de él) ; que había 
ejercido la suprema autoridad de la nación, y había de- 
jado por heredero á su primogénito. 

Redujo la poética leyenda de la formación del Sal- 
to de Tequendama á un desagüe artificial hecho bajo 
la dirección de Bochica .... 

¡ Motivo de admiración será para los escritores ve- 
nideros que las fantasías del doctor Duquesne hubieran 
tenido un campeón tan ilustrado como el barón de 
Humboldt, que las acreditó con el prestigio de su ge- 
nio, y que durante cerca de un siglo se hayan tenido 
por verdades comprobadas, sin que ning&n autor las im- 
pugnara ! 

(1) VéaaeDoeslro opúwalo: CrUiea de lo$ trabajos arqueológC 
«of d$i doctor Jo$h Domingo Duquesne. Bogotá, 1892. 



■♦♦■ 



OAFIT17I.O ZV 



Los aborígenes de Colombia no conocieron ninguna clase de escritura.— 
Testimonio de yarios autores que lo prueban.— Los i>etrogliíos no puft» 
den atribuirse á una raza anterior ala que bailaron los conquistado* 
res.— No son en ninedn caso cartas del paSs.— La piedra de La Pefia.*— 
No recuerdan cataclismos.— Las piedras de Saboyá y Gámesa.— Tampo* 
co señalan los linderos de las tribus.— Figuras grabadas porlostran* 
seúntes modernos en la Sierra Nevada, Seboruco, Raminqui y Faca- 
tativá.- Pictograf ías de Pandi, Facatativá, Bojacá y Anacutá.— SI 
«studio de los petrogUíos colombianos es infructuoso para la ciencia. 

Hemos puesto especial cuidado en reunir un nu- 
mero considerable de copias de pictografías grabadas ó 
pintadas en piedras, de todos los departamentos de la 
República, fuera de las muchas que hemos examinado 
en los mismos lugares. Del estudio comparativo que de 
ellas hemos hecho en asocio de Ernesto Restrepo, con. 
cluímos que los aborígenes de Colombia no tuvieron 
conocimiento de ninguna clase de escritura, sea figura- 
tiva, simbólica ó ideográfica. Estamos muy lejos de con- 
venir con los autores que suponen que representaban 
en ellas los indios sus migraciones, sus cacerías y los ca- 
taclismos que pudieron presenciar. Las pocas figuras 
que se i*epiten, siempre en desorden y confusión, y sin 
que se observen caracteres que puedan considerarse 
como jeroglíficos, ni imágenes simbólicas, prueban que 
deben su origen á la fantasía del que las grabó ó las 
pintó con tinta roja. 

Nuestra opinión tiene el apoyo de la tradición his- 
tórica. 

D. Juan de Castellanos pudo recoger las tradicio- 
nes de los indígenas de boca de caciques, jeques y per- 



— 170 — 

sonas principales convertidas y de sus inmediatos des- 
cendientes, tales como ** Fernando de Avendafio, cnrioso 
en las antigñedades de los Moscas, mozo criollo, diestro 
desta lengua, hijo del Capitán Joan de Avendafio.'' 
Este autor dice terminantemente : 

Carecen 
De letras y caracteres antigaos 
Según las hieroglífícas figuras 
Que solían tener otras naciones 
Qne les representaban iK)r sefialcs 
Los pretéritos acontecimientos. 
De manera que solamente saben, 
Y aun no sin variar en sus razones. 
Cosas acontecidas poco antes 
Que los nuestros entrasen en su tierra. (1) 

Juan Rodríguez Fresle, hijo de conquistador, vivió 
en el primer siglo que siguió a la fundación de Bogotá. 
En su libro El Gamero dice que entre los naturales 
de este Reino no se halló ninguno que supiese leer 7 
escribir, ^^ ni aun tuviese letras ni caracteres con qué 
poderse entender." Más adelante agrega : 

'^ Entre los muchos amigos que tu?e, fue uno D. Juan» ca- 
cique y sefior de Guatabita, el cual sucedió á su tío, y me contó 
estas antigüedades.'' 

En la Oramática de la lengua Moaai^ escrita por 
Fray Bernardo Lugo y publicada en Madrid en 1619, 
leemos : 

** Las letras y caracteres de que se usa para hablar esta len- 
gua, son las de nuestro A, B, G castellano, por no haber letraa 
propias para hablar ni escribir; porque los indios y naturales de 
este reino no tenían uso de escritura, ni jamás entre ellos hubo 
tal memoria delta J^ 

Inátil nos parece hacer citas de autores posteriores 
como Fray Pedro Simón, Piedrahita, Ternaux-Com< 
pans, etc. 

(1) T. I, Gap. I, pág. sd. 



— 171 — 

í)ice el doctor Zerda qne "la pictografía sínobcJíícá 
hallada en él territorio colombiano fae ejecutada por 
una raá^ difei'ente de los indios conquistados por los 
españolea^' (1) No encontramos razón ninguna en abo- 
no de esta opinión, ni hay motivo para dudar que loa 
petroglifós fueron obra de las tribus ó naciones que 
ocupaban el Nuevo Reino de Granada á la llegada de 
los conquistadores ; pues nada, ni una figura, ni un di- 
bujo, ni un signo revela uoa civilización distinta. Muy 
natural sería esta suposición, que pasaría á ser verdad 
comprobada, si en alguna parto se hubieran hallado 
jeroglííicos como los que grabaron los Mayas en la 
América central. Pero ¿cómo hallar extrañas d loa 
Chibchas las pictografías en que grababan ó pintaban 
los dibujos que usaban en sus mantas, las espirales 
con que adornaban sus tunjos de oro, las ranas, etc. ? 
¿ Qué tienen de extraordinario las imperfectis figuras 
humanas y de animales confusamente diseminadas, y los 
mal trazados garabatos que se encuentran en toda la 
extensión del territorio colombiano, que pueda revelar 
pueblos menos bárbaros ó siquiera anteriores á los que 
fueron conquistados por los españoles ? Nada, absoluta- 
mente nada. 

Algunos han creído reconocer (entre ellos el pro- 
fesor Bastián, de Berlín) cartas de la región, toscamente 
trazada?, en ciertas pictografías. Hemos escogido la 
que parece corresponder mejor á esta interpretación 
(lámina xui) : son signos grabados en una piedra si- 
tuada en el sitio de La Peña, cerca de Fusagasugá. So- 
bre un tronco de cilindro hay una circunferencia trazada 
en hueco, y dentro de ésta se ve una pequeña cavidad, 

(1) Natas tobrs loi origenei d€ los indios amsrieafios. Papsl Fd* 
riódieo Ilustrado^ año rv, pág. d5a 



— n% — 

como en otras piedras de la comarca. A dicha cavidad 
conyergea tres líneas bien marcadas, y en dos de los 
extremos hay series de puntos y unas cuatro ranas. No 
puede considerarse este imperfecto dibujo como carta 
de una región, ni aun como plano de una propiedad. 
Los petroglifos que se encuentran en grandes blo- 
ques erráticos, que en algunos sitios se levantan como 
testigos mudos de cataclismos geológicos, son conside- 
rados por ciertos autores como recuerdo de ellos. ¿ Có- 
mo podían los aborígenes dejar grabado en las rocas el 
recuerdo de trastornos que no presenciaron ? Para que 
se vea á que fantasías lleva la imaginación aun á hom- 
bres graves, citamos el pasaje siguiente de un autor 
que no nombramos : 

''La piedra pintada de Saboy& tuyo por objeto traufimitir & 
la posteridad el repentino desagüe del lago de Fáquene. En ella 
se repite la figara de la rana encogida, signo del decrecimiento 7 
ausencia de las agnas." (Véase la lámina XLiii). 

En vano se buscará en ella la figura de la rana ea- 
tre las grecas, las líneas en zigzag, las rayas parale- 
las, etc. Pero sigamos : 

** La pirámide monolita de Gámeza fue dispuesta, sin duda, 
para recordar el cataclismo qne prodnjo el súbito desagüe del 
espacioso lago de Sogamoso. En ella se ve grabada la figura de 
la rana con las patas abiertas y col», signo de las aguas abundan- 
tes, 7 para indicar qne esas aguas sobrevinieron repentina y de- 
sastrosameute, fueron grabadas también figuras de hombres en 
ademán de subir, extendidos hacia lo alto los brazos y en actitud 
de espanto.'^ 

Mucha fe se necesita para ver hombres en la piedra 
grabada de Gámeza (lámina xliv), llena de figuras de 
animales (que probablemente son ranas) 7 de curiosas 
espirales con radios. Por lo que hace al espanto que 
dice el autor revelan las figuras, tuvo que imaginárselo, 



— 178 — 

pnes sería supremo esfuerzo del arte expresarlo en caras 
sin facciones, formadas por cuatro líneas d modo de 
losange. 

Hay quienes supongan que los petroglifos servían 
para sefialar los linderos de las tribus, opinión que ca- 
rece de fundamento: los ríos y las montañas limitaban 
sus dominios, y no piedras aisladas que accidentalmente 
se bailarían algunas veces en sus fronteras. 

Si con frecuencia se encuentran pictografías en 
bloques erráticos situados en lugares pintorescos donde 
la presencia de éstos revela cataclismos geológicos, 
como el sitio de Pandi, los imponentes cercos naturales 
de enormes piedras de Facatativá y Bojacá y las már- 
genes de los grandes ríos, reconoce este hecho por cau- 
sa principal la circunstancia de que la naturaleza misma 
preparó á los aborígenes esos grandes tableros donde 
dejaron grabado el recuerdo de su infantil y caprichosa 
fantnsía. 

Debemos prevenir á los aficionados al estudio de 
los petroglifos, que han de proceder con mucha circuns- 
pección para evitar el chasco de tomar por pictografías 
antiguas las figuras y garabatos grabados ó pintados 
por juego por los transeúntes. Pudiéramos citar algunos 
hombres inteligentes que han sufrido este engaño. 

Consultado un ilustrado amigo nuestro que ha vi- 
vido muchos años en la Goajira y en la Sierra Nevada 
sobre la autenticidad de las pictografías copiadas por 
D. Jorge Isaacs en esta última región y publicadas en 
su Estudio sobre las tribus indígenas del Estado del Mag- 
dalena^ nos contestó : 

*' Bespecto á las inscripciones indígenas en piedra que trae 
la obra del señor Isaacs^ me parece qne es mejor se queden donde 
est&n^ es decir, en las piedras y en la obra; porque por las que he 

13 



— 174 — 

Visto allá 7 que fignran en dicha obra, no son más que garabatos 
hechos por los transeóntes no hace macho tiempo. Si el sefior 
Isaacs hubiera recorrido ks cercanías del pueblo del Kosario, en 
la Noyada, se habría encontrado una inscripción en francés que 
hice yo en una piedra cuando de muchacho estudiaba este idio- 
ma, y otras muchas que hacen los que van á las fiestas. Las pie- 
dras de aquellos lugares se cubren, con las lluvias, de una capa 
negra, especie de hollín, y á manera de pizarra sirven para escri- 
bir en ellas con otra piedra. 

''usted recordará lo que dice cl sefior Caro do Itis letras 
T B que el sefior Isaacs creía fueran escritas en tiempo de San 
Tjuís Beltráu, y que aireñas son el hierro con que Tomasa Barros 
marcaba sus ganados.'' 

En cl sitio de Seboruco, situado á seis leguas de 
Neiva y orillas del río Magdalena, hay una enorme 
piedra con figuras grabadas á una altura considerable, y 
que se desarrollan en una extensión de diez y seis me. 
tros. Entre las figuras se observan numerosas ranas de 
la misma traza de las qne con tanta frecuencia delinea- 
.ban los indios á quienes ias atribuímos. Están mezcla- 
das con once de las letras de nuestro alfabeto, aisladas 
unas y enlazadas otras en forma de hierros para marcar 
el ganado ; con un grupo de seis personas vestidas á la 
europea, que se ocupan en bailar; con algunas cruces, 
un tintero, una rama con hojas y otros objetos que de- 
nuncian todos al transeúnte moderno que los grabó. 

En los afueras de Facatativá visitan los admirado- 
res de las bellezas naturales cl pintoresco sitio llamado 
Cercado del zipa^ formado por colosales bloques de as- 
.perón, en algunos de los cuales se ven figuras pintadas 
por los indios con un color rojo persistente, confundi- 
das con los letreros escritos por unos pocos de los que 
han pasado por allí. 

Cerca de Ramiriquí, primera residencia del zaque, 
hay varias piedras con pictografías, en las que están 



— 176 — 

confandidas las figuras qne acostumbraban pintar los 
indios con otras modernas, entre lascnalessedistingaen 
inay bien seis letras del alfabeto, ramas con hojas, nna 
flor, etc. 

Poco tenemos que agregar á lo dicho hasta aquí, 
para dar á conocer algunos otros de los petroglifos ha- 
llados en el territorio de los Chibchas, cuya descrip- 
ción ofrece interés. 

La hermosa piedra de Pandi (lámina xl7), corona- 
da por plantas silvestres, tiene pintados en una de sus 
caras varios rectángulos con dibujos geométricos, seme. 
jantes á los que mostraban los indios en sus mantas, y 
mezcladas con ellos algunas ranas : todo dominado por 
la figura del sol. 

Cuadrados, rectángulos, triángulos, losanges con 
dibujos geométricos, rayas paralelas, líneas en zigzag, 
dobles espirales, círculos concéntricos, ranas, manos, 
escasas figuras del sol, etc., se ven pintados en confu- 
sión en varios de los numerosos bloques de asperón que 
forman el admirable circo natural de Facatativa. 

Otro cercado de poco inferior belleza se ve en Bo- 
jaca, con figuras en que predominan las líneas y las es- 
caleras. 

El señor Lázaro M, Girón copió y describió varias 
pictografías que se encuentran grabadas en bloquea ro- 
dados en los sitios de Chinauta y Anacutá (distrito de 
Fusagasugá). Aquello es una danza loca de objetos ani- 
mados é inanimados, como puede verse en la lámina xlvl 

Figúrese el lector un niño que se divierta en pin- 
tar en tablitas separadas cuadros y rectángulos con di- 
bujos, círculos concéntricos, espirales, puntos, etc., y 
que luego los arroje á un estanque con unas cuantas ra- 
nas. No se verían revueltos en mayor confusión que en 
las piedras. 



— 175 — 

Incurriríamos en cansadas repeticiones si continua* 
ramos describiendo tantos y tantos pe troglifos cuyas co- 
pias hemos tenido á la vista, y cuyo examen sería ente- 
ramente infructuoso. Nada pueden revelar á la ciencia 
histórica esos ensayos de dibnjos de ornamento, esas 
figuras informes de animales y esos garabatos semejan- 
tes Á los que traza un niño travieso é inexperto. Jamás 
se observa en ellos el orden ni el encadenamiento que 
son indicio cierto de una escritura cualquiera. No re- 
producen siquiera las más sencillas escenas de la vida 
de los indios, v. gr., una ceremonia religiosa, una pa- 
reja humana, una cacería, dos guerreros que se baten, 
etc. Los Ohibchas, que llegaron á vaciar en oro unas 
pocas piezas que forman pequeños cuadros de costum- 
bres, como la balsa hallada en la laguna de Siecha (nú- 
mero 3), el guerrero guecha que parece estar dentro 
de su fortaleza (número 4), el indio tocador de flauta 
(número 7), etc., no supieron pintarlos ni grabarlos en 
las piedras, en las que tampoco trazaron la figura de 
sus caciques y personas principales, ni siquiera la del 
venado, las aves y las fieras de sus selvaa 

Mudos en razón misma de su origen, condenados 
esos signos, por la mano inconsciente que los trazó, á un 
silencio eterno, jamás podrá la vara mágica de la cien- 
cia hacerlos hablar. 



OAFITUI-O XVI 



Los Ghibchas do tuYieroa historia.— Jamás se ▼ieron sometidof á an solo 
cetro.— Opinión contraria de Piedrahita, refutada con citas de los de- 
más oronktas y de 61 mismo.— Tradición íabnlosa relatiya á Hansa- 
bda.— El monstruoso Toaagata.— Tutasda.— Bncamadón de Garan- 
chacha, hijo del Bol.— Su gobierno y de8ai>arición. 

Paede añrmarse en términos generales que los 
Ghibchas no tenían historia, pues suplían la falta de 
escritura con sólo la tradición oral, "y que de ordina- 
rio en la gente ignorante, el mismo no saber dar razón 
de las cosas les persuade y dicta notables quimeras que 
fácilmente abraza su incapacidad/' (1) Pocas historias 
habrá, pues, más escasas de noticias que la de este pue- 
blo. El más antiguo zipa conocido fue Saguanmachica, 
^* que 86 calcula comenzó á reinar en 1470 de nuestra 
¿ra," dice Acosta, quien más adelante se expresa así : 

'' La tradición de los saoesoa del medio eiglo que precedió á 
Ia]entrada de los espafioles, es confusa y dudosa.'* 

Tan cierto es esto, que nos atrevemos á asegurar 
que no es posible fijar ni una sola fecha de ning&n suce- 
so notable, ni aun la del advenimiento al poder del últi- 
mo zipa Tisquesusa. 

^'Solamente saben, dice Castellanos, y aun no sin variar en 
sus razones, cosas acontecidas poco antes que los nuestros entra- 
sen en su tierra.'' 

En tales condiciones, puede decirse que los aconte- 
cimientos de la vida de este pueblo están envueltos en 
fábulas, en las que se confunden la realidad y la ficción. 

(1) PlBDRAHlTA., Lib. I, Gap. UI. 



— 178 — 

Haremos por deseo marafiar algunos hechos principales 
buscando la verdad, diñcil de descubrir en medio de 
las narraciones contradictorias de los cronistas ; no por 
culpa de ellos, sino porque, seg¿n las personas de cuya 
boca recogieron la relación de los hechos, y los lugares 
donde ellas residían, variaban naturalmente sus relatos, 
alterados por la vanidad y por la propensión de los 
Chibchas á mentir : 

''Es gente mnj mentirosa, qae nnnca saben decir yer- 
dad.'' (1) 

¿Llegaron alguna vez los diferentes cacicazgos que 
formaban el pueblo chibcha, á reunirse bajo un solo 
cetro? Piedrahita parece inclinarse á la afirmativa, aun- 
que se muestra receloso de asegurarlo. Según ól, afir- 
maban los Tunjanos que el zaque que dio su nombre á 
Hunsa, Hunsaháa, dominó todas las tierras que se ex- 
tienden desde el río Chicamocha hasta la región de los 
Sutagaos, y desde las vertientes de los Llanos de San 
Juan hasta las fronteras de los Panches y Muzos, con 
toda la comarca de Vélez. Mas dice por otra parte : 

'' Pero como los Dataralcs de aquel país sean tan vanaglorio- 
sos de la propia nobleza, que no admitan iguales, y tan desprecia- 
dores de que sus cosas corran por el orden común que las de los 
demás yivientes, y para ello se valgan de aquellas fábulas que 
más favorecen su intento; eran tantas las que referían de su gran- 
deza, y de la de sus primeros reyes, que desacreditaban con ellas 
la parte que pueden tener de verdaderas aquellas afectadas rela- 
ciones en que tal vez discordaban/' (2) 

Los cronistas anteriores á Piedrahita: Castellanos, 
el autor del ^ifome, Oviedo, el Padre Simón y Rodrí- 
guez Fresle sostienen la opinión contraria. El primero 
de estos escritores, que vivió cerca de medio siglo en 

(1) SpUome. 

(2) Llb. n, Gap. vi. 



— 179 — 

Tanja, poco después de la conquistn, resume en pocas 
palabras la historia del pueblo chibcha. Segán é!, mu- 
chedumbre de caciques ocupaban su territorio, sujetos 
los más de ellos á dos reyes diferentes, el de Bacatá j 
el de Hunsa, que, como poderosos y soberbios, procura- 
ban ganarse los estados. En diferentes tiempos tuvie- 
ron grandes batallas, sin que ninguno de ellos consi- 
guiese someter ni contrario. Estas competencias eran 
muy antiguas, pero los indios no conservaban de ellas 
sino confusos recuerdos. 

Dice el autor del JEpltome hablando del zipa y del 
zaque: 

*' Estos sefiores y proTÍncias siempre han traído mny gran- 
des diferencias de guerras mny continaas y muy antiguas.** 

Hé aquí cómo refiere Piedrahita que se consumó 
la unidad nacional : 

'* Afiuden los antiguos haber tenido principio el sefiorío del 
Tunja con la autoridad suprema de uno de los más antiguos pon- 
tífices de Iraca, en esta manera: Que como éste viese que todos 
los caciques de los Moscas, entre quienes estaban repartidas las 
tierras, anduviesen mezclados en guerras de unos con otros, á 
cuyo remedio no podía acudir con armas, que le estaban prohibi- 
das, como á persona dedicada solamente, por razón de su oficio, 
á todo aquello que tocase á la religión, que á sus antecesores dejó 
vinculada Idacansás, dispuso con la autoridad de sus consejos 
que eligiesen un rey supremo á todos, que los gobernase. Para 
lo cual concurrieron todos los sefiores á su presencia, y resignados 
en su elección les dio por rey á uno de los presentes, el más bien 
quisto y apacible de todos, que fue Hunsahúa, á quien llamaron 
desde entonces zaque." 

El cacique de Iraca no tenía el carácter de pontífi- 
ce máximo de los Chibchas, que le atribuyen Quesada y 
Piedrahita, pues si lo hubiera tenido, Castellanos y el 
Padre Simón, cronistas muy bien informados, no hu- 
bieran olvidado dar cuenta de un hecho tan importante 



. - 180 — 

7 de tan alto interés para la historia religiosa de este 
paeblo. Y puesto qne el Iraca no era sino ano de los 
muchos caciques independientes que gobernaban allí 
antiguamente, ¿ podrá creerse que los demás depusie- 
ran sus odios y su autoridad, 7 se sometieran volunta- 
riamente á un solo jefe nombrado por él ? Este sería un 
hecho ánico en la historia. 

Dice Piedrahita que le estaba prohibido al Iraca 
hacer uso de las armas, cuando él mismo refiere que en 
la guerra que el zipa Nemequene declaró al zaque Que- 
muenchatocha, fue auxiliado el último por el Iraca con 
más de doce mil hombres, á cuya cabeza marchó él mis- 
mo. Es bien sabido, por otra parte, que el sagamuzi de- 
fendió con su ejército, aunque inútilmente, su capital 
de la invasión española, 7 luego unió sus fuerzas á las 
del tundama para hacer frente á los conquistadores. 

Pero estamos desbaratando molinos de viento, pues 
Piedrahita mismo, aunque trata de verosimil lo más 
de la tradición de los Uunsas sobre el poderío de sus 
zaques, se expresa así en el libro 11, capitulo i de su 
historia. 

^' Lo más cierto que se sabe es qne en los tiempos pasados se 
poblaron aquellas tierras de tantos caciqnes, absolato c«ida cual 
en el dominio do sus vasallos, que más era confusión que gran- 
deza; hasta que el cacique de Bogotá empezó & dilatar su estado, 
ya por fuerza de armas, ya por herencia (ó rebelión al rey de 
Tunja como alguno» quieren), los má) cacicazgos á su dominio, y 
desde aqaellos tiempos le intitulan zipa. De que resultó que el 
idioma de Bogotá (que es la lengua chibcha) se dilatase en todo 
8U reino." 

De Hunsahua dice Piedrahita que fue buen prín- 
cipe, que gobernó la nación en paz y justicia, pero que 
^^ añaden una mentira tan descabellada como decir que 
vivió 250 años." 



- 181 — 

Hé aqQÍ la ridicula tradición que refiere el Padre 
Simón de este znqne. Enamoróse locamente de una her- 
mana muy hermosa qne tenia, y no podiendo obtener 
permiso de sa madre para casarse con ella, pretextó nn 
viaje á las tierras de los Chipatáes, en el qne lo acom- 
pañó su hermana. Cuando volvió eóhó de ver la madre 
que ésta se hallaba en cinta. Lleim de ira, tomó la sana 
6 palo con que se agita la chicha y corrió á descargarla 
sobre sn hija, quien para ampararse se encogió detrás 
de la gacha en que se hacia el licor de maíz, y se libró 
del golpe, que hizo pedazos la vasija y derramó la chi- 
cha. Formóse allí mismo un pozo de agua. Despechado 
y corrido Hunsaháa, se huyó con su hermana maldi- 
ciendo el valle de Hunsa, que desde entonces quedó es- 
téril. Luego, no sabiendo que camino tomar, lanzó un 
dardo con su tiradera, y óste salió sonando con un cas- 
cabel y sirviendo de guía á los fugitivos hasta Susa, don- 
de la hermana dio á luz un niño. Dejáronlo convertido 
en piedra en una cueva y siguieron adelante, guiados 
siempre por el dardo y entrando á los dominios del ba^ 
cata por bajo el Salto de Tequendama; parecióles muy 
grande el cansancio al pasar el rio, y, temerosos de sen- 
tir mayores fatigas en tierra extraña, determinaron con- 
vertirse en dos piedras, que están en la mitad del rio. 
Esta ficción sirvió de pretexto á los zaques para casar- 
se con sus hermanas. 

Después de Hunsaháa siguieron gobernando sus 
descendientes, de sobrino en sobrino, hasta llegar á To- 
magata.'(l) Este príncipe era tuerto, tenía cuatro ore- 
jas y una larga cola que le arrastraba por el suelo, por 

lo cual era conocido con el apodo de cadqtie rabón. 

■■ ■ ■ ■■ ■ " ' — . . 

(1) Tamagastadse llamaba el diot principal de loa Gaatemalte* 
eos, á qaien MOIler pretendió aln ratón identifloar oon Tomagata. 
Ningnno de los eroniataa anteriorea á Piedrahlta habla de este laqne. 



— 182 — 

Nonca fue casado ni conoció majer, porque el Sol 
lo imposibilitó para ello. Entro estos y otros desati- 
nos que referían de él, contaban qne era tan religioso, 
qne iba diez veces en la noche en romería de Hnnsa á 
Iraca, orando en los templos y en las ermitas. Añadían 
qne en premio de su- santidad alcanzó del Sol para sí y 
sus sucesores la potestad de convertir los hombres en 
bestias, y qae á qaieii lo enojaba lo transformaba enea- 
lebni, lagarto ú otro animal Murió después de más de 
cien años, dejando de heredero á su hermano Tutasúa, 
el hijo del Sol (de chuia^ hijo, (1) y sua^ sol). 

Para que se vea cuan difícil es sacar alguna luz de 
estas intrincadas fábulas, vamos á referir lo que el Pa- 
dre Simón cuenta de Garanchacha, tirano de quien su- 
pone que reinó en Tunja. (2) 

Luego que desapareció Bochica comenzó el Demo- 
nio á predicar doctrinas contrarias á las que él había 
enseñado. Entre otras cosas dijo que la encarnación no 
se había efectuado, pero que el Sol la haría tomando 
carne humana en una doncella del pueblo de Gaachetá, 
sin que ésta perdiera su virginidad. Tenía el cacique de 
dicho pueblo dos hijas doncellas, quienes, sabedoras de 
este anuncio y deseosas de que en ellas se cumpliera el 
milagro, salían todos los días de la cosa de sus padres, 
subían á un cerro situado en la parte del Oriente, y 
se exponían á los rayos del Sol. Pasados más de nueve 
meses dio á luz una de cillas una chuecuia 6 cameral, 
da grande y rica. (3) La afortunada madre la puso en 
el pecho, donde al cabo de algunos días se halló con- 

(1) Hifo se deeía tuti'M en el dlaleeto tandama, j probablemente 
tuta en el tonj mo. 

(Z) De Garaneh<ieha 861o haeen meneión el Padre Simón j el 
Padre Z imora, reftriéodoee el segando al primero. 

(3) En este relato el mito íae sin dada inveneión de loe Cblb- 
eba», pero pado haberlo alterado el aator de qoien lo tomó el Pa- 
dre Simón, introdaeiendo en él la idea eriatiana de la eneamadón. 



— 188 — 

vertida en una criatara. Dieron al niño el nombre de 
Garanchacha, y lo criaron en la casa del cacique como 
hijo del Sol. Cuando llegó d la edad de veinticuatro 
a&os, parecióle que, siendo hijo de tal padre, no le con- 
venía quedarse en una alden, sino ii*se á la corte del Ra- 
miríquí, como lo hizo. Salió éste d recibirlo y lo hospedó 
y regaló en su casa por algunos días como lo merecía 
por su prosapia. Quiso entonces visitar al cacique de 
Iraca, quien celebró muchas fiestas en su honor, y le 
hizo grandes presentes. Hallábase cerca de Paipa de re-^ 
greso para su casa, cuando supo que el Ramiriquí ha« 
bía ahorcado á un joven paje que había llevado á su 
corte. Encendido en cólera volvió á aquella ciudad, 
mató al cacique y se hizo obedecer por señor de toda 
la provincia, sin hallar mucha dificultad, porque todos 
lo tenían por hijo del Sol. Pasó luego su corte de Ra- 
miriquí á Hunsa, y escogió sus servidores, entre quie- 
nes ñgnró en primer lugar el pregonero ; ninguno supo 
de dónde habla venido este indio, que tenía una lar- 
ga cola. 

Comenzó á gobernar Garan chacha con tal despo- 
tismo, que los pocos d quienes permitía hablarle esta- 
ban delante de él postrados con el rostro pegado al 
suelo. Usaba el mayor rigor en los castigos aun por 
faltas leves ; uno de ellos consistía en cubrir con pen- 
cas de tuna el cuerpo desnudo y tendido de la víctima, 
y descargar sobre ésta cruelísimos azotes ó palos. Co- 
braba tributos excesivos, y d los que no los pagaban los 
hacía empalar ó ahorcar. 

Hizo edificar al norte de Hunsa un templo d su 
padre el Sol, donde se le hacían frecuentes sacrificios. 
Yisitdbalo con mucha pompa y majestad en ciertos días 
del ano. Tendían sus servidores mantas finas y pintadas 



— 184 — 

en el trecho que separaba sa palacio del templo. Salía 
la procesión con tal lentitud, que empleaba tres días en 
llegar á él, otros tres se estaba solo en su capilla, y vol- 
vía en otros tantos á sus casas reales. Qaiso honrar á 
su padre construyendo un templo de piedra, y al efecto 
hizo labrar y traer á Hunsa gruesas columnas de aspe- 
rón. Ya habían llegado con tres de ellas, que arrastra- 
ban de noche sin que nadie viese la cara á los que las 
traían, por lo que se supuso que eran demonios, cuando 
supo Garanchacha que los españoles habían poblado á 
Santamarta. Conjeturando que también llegarían ¿ des- 
cubrir y conquistar sus tierras, reunió á sus principales 
s&bditos, y por medio de su pregonero les hizo un larga 
discurso para anunciarles que había de venir una gente 
fuerte y feroz, que los había de someter y de afligir con 
trabajos y tributos; despidióse de ellos y les dijo que 
se iba por no verlos padecer, y que volvería después de 
muchos años ; luego se entró á su cercado y desapare- 
ció. El pregonero, para hacer conocer quién era, dio 
delante de todos un estallido, y se convirtió en humo 
hediondo. 

¿ Qué luz histórica puede salir de los relatos con- 
tradictorios de Piedrahita y el Padre Simón sobre loa 
zaques que reinaron en Hunsa? El primero llena el 
tiempo comprendido entre Bochica y la llegada de los 
españoles con una serie de príncipes, entre quienes hace 
figurar á Hunsahúa, Tomagata, Tutasáa, Mich&a y Que- 
muenchatocha. El segundo sólo encuentra espacio para 
desarrollar en esa larga época la fábula de la encarna- 
ción y del reinado de Garanchacha. ¿Cómo con taa 
enmarañadas y confusas noticias, hacer un cómputo si- 
quiera hipotético del numero de siglos transcurridos 
desde que los Chibchas ocuparon el territorio colom* 



— 185 — 

biano ? Fray Pedro Simón dice que contaban veinte 
edades de setenta affos, 6 catorce siglos, desde la venida 
de Bochica hasta la conquista española. ¿ Podrá creerse 
que un pueblo que jamás se ocupó en determinar la 
fecha 7 el orden de los sucesos históricos, hubiera lleva- 
do esta única cuenta en la serie de los siglos ; cuando 
ni aun el ciclo de setenta años concuerda con el sistema 
de numeración usado por él ? 

No obstante, no es vano el empeño del historiador 
en estudiar los mitos, pues en esos relatos fabulosos se 
trasluce la índole de los pueblos. Las tradiciones legen^ 
darlas conservan un fondo de verdad, exagerando las 
virtudes y los vicios de los héroes. Las que hemos re- 
ferido dejan presumir un despotismo sin trabas, genera- 
dor de una humillante servidumbre j de escenas san- 
grientas. 



^ 

< 



OAPITUIíO XVII 



Errores históricos en que incurrió Rodríguez Fresle.— Antiguoe ceriq< 
de Iraca.— £1 grande hechicero Idacansás. — Orden de mioesión de loe 
caciques de Iraca.— Bl Bermejo usurpa ei poder.-» El cacique D. Ve- 
Hpe.— La leyenda de )a cacica de FurateDa.~ObJecioDes á la crónica 
de los sucesos de los últimos sesenta 6fios anteriores á la conquista ea- 
pafiola. 

Aunque Rodríguez Fresle contradice i Piedrahita 
en lo tocante á que tos Hunsas hubieran dominado todo 
el pafs de los Chibchas, desfigura á su vez la histotíat 
puesto que dice: 

'^ Entre dos cabezas 6 príncipes estuvo la monarquía de este 
Beino, si se permite darle este nombre: Bamiriqui en la juri»- 
dicción de Tanja, y Gaatabita en la de Santufé/' 

Como cada cacique se envanecía de la gloria y del 
poder^ reales ó supuesto?, de sus predecesores, Fresle 
se dejó persuadir del cacique D. Juan, á quien los Es- 
pañoles dejaron un resto de autoridad en sus tierras por 
haberse convertido. Hé aquí cómo refiere que pasaron 
las cosas : 

El guatabita tenía por su teniente y capitán ge- 
neral, para lo tocante á la guerra, al bacatá, con título 
de usaque; por tal razón óste prestaba sus servicios 
siempre que ocurría pelear con los Panches y Colimas. 
Sucedió que los indios de Ubaque, Chipaque, Pasca, 
Fosca, Chiguachí, Une, Fusagasugá y otros más, se 
rebelaron contra el guatabita, negándole la obediencia 
y el pago de los tributos. Este envió mensajeros á 
su capitán general el bacatá con dos coronas de oro 



— 187 — 

que usaba para expresar el mandato real, ordenándole 
qne Igiego que las viera juntase sus gentes, y con él más 
poderoso ejército que fuera posible reunir, entrase á 
castigar á los rebeldes. Cumplió puntualmente las ór- 
denes recibidas, sometió á los contrarios, los obligó á 
la obediencia y cobró los tributos de su señor, á quien 
los presentó con parte de los despojos de la guerra. 

Recibiéronle con grandes fiestas, á su regreso á 
Bacatai para celebrar sus hazañas, y exaltados por el 
exceso de la chicha lo aclamaron zipa, diciéndole que 
él debía ser el señor de todos y no el guatabita, quien 
sin ocuparse en la guerra, se quedaba en su palacio con 
sus mujeres. Turbóse este gran señor cuando supo lo 
que había pasado en las fiestas, y prontamente envió á 
su capitán general dos tyuquynea ó mensajeros á citarlo 
para que en el término de tres días compareciera ante 
él con sus principales jefes militares. Disgustóse el ba- 
cata con el emplazamiento y preparó su ejército, espe- 
rando que se le reiterara, como sucedió. Llamó entonces 
á sus capitanes y les ordenó que dividieran las fuerzas 
considerables con que contaba, que marchara la mitad 
de ellas á situarse encima de las lomas de Tocancipá 
y Gachancipá, que dan vista al pueblo de Guatabita^ 
y que la otra le siguiese á retaguardia, yendo á acam- 
par con ella en el valle de Siecha. Nada pudo hacer 
en su defensa el guatabita, temeroso de ser arrollado 
con la guardia que tenía á su lado, y tuvo que pasar 
por la afrenta de qne sus propios subditos se sometie- 
ran al bacatá, quien se volvió tranquilamente á sus tie- 
rras, dejando parte de su ejército en Siecha. 

Libre ya del grave peligro en que lo puso su te- 
niente, no pensó el guatabita sino en preparar una ven- 
ganza terrible. Con toda diligencia hizo llamamiento 



— 188 — 

de sus gentes y envió mensajeros á su amigo el hansa, 
en solicitud de anxilioa 

Entró el año 1536 j supo el bacatá que su señor 
salía del valle de Gacheta con un poderoso ejército á 
atacarlo, y que el hunsa venía igualmente contra é\. 
Como estaba preparado, quiso prevenirlos, salíéndoles 
al encuentro. Situóse en Siecha frente al guatabita, 
que acampó en Guasca. La víspera del día en que pen- 
saban dar la batalla se juntaron los jeques de uno y otro 
campo y dijeron á los capitanes que era llegado el 
tiempo de sacrificar á sus dioses y de correr la tierra 
visitando las lagunas sagradas. Dejáronse persuadir, y 
convinieron en una corta tregua. Empezaron por cele- 
brar ósta con regocijos páblicos y borracheras que du- 
raron tres días; al cuarto se juntaron los jeques y anun* 
ciaron que al siguiente día empezaría la peregrinación. 
Esa misma noche reunió el bacatá á sus capitanes y les 
hizo este corto pero persuasivo discurso : 

** Mañana salís á correr la tierra, y es fuerza que andéis dis- 
persos entre yaoBtros enemigos; y ¿sabemos los desiguios del gaa- 
tabita ni lo que ordenará á los sayos? Soy de parecer que os 
Uevéis las armas encubiertas, para que si os acometieren os deíea* 
dais; y si viéredes al enemigo descuidado, dad en él y yenceremos 
á menos costa, porque acabada esta fiesta es fuerza que hemos da 
venir á las manos; y ¿sabemos á qué parte cabrá la yictoria, ni el 
suceso de ella?^' 

Dieron los capitanes la orden del caso á sus sóida* 
dos, encargándoles el secreto. 

Cubrían las gentes al día siguiente los montes y 
los valles, corriendo llenos de alborozo á los santuarios, 
cuando á una señal de sus capitanes acometieron loa 
Bacatáes á los contrarios, matando á los soldados extra- 
ños que servían como auxiliares, pues se les había pre- 
venido que perdonaran á los s&bditos del zipa. Impues 



— 189 — 

to ^te del trágico saceso, se retiró con su desalentado 
ejército á Gacheta. Daefio del campo el vencedor, si- 
guió para Gaatabita, donde se proponía esperar el ata- 
que del ejército del hunsa, cuando llegaron sus espfaa 
con dos mensajeros que éste enviaba al zipa para avi- 
sarle que había sabido que ** por la parte de Yélez ha- 
bían entrado unas gentes nunca vistas ni conocidas, que 
tenían m^Tchos pelos en la cara, j que algunos de ellos 
venían encima de unos animales muj grandes que sa- 
bían hablar j daban grandes voces ; pero que ellos no 
entendían lo que decían, y que se iba á poner en cobro 
en sus tierras, que se pusiese él en las suyas/' Salió el 
bacatá con su ejército á los llanos de Nemocón, cuando 
tuvo noticia de que se acercaban los hijos del Sol. 

Lo ¿nico que hay de cierto en esta ficción es que 
los guatabitas llegaron á ser casi tan poderosos como 
los bacatáes, y que el zipa no logró vencerlos sino usan- 
do de una estratagema, may distinta de la que dice Ro- 
dríguez Fresle que empleó, como lo referiremos en el 
siguiente capítulo. 

El cacique Nompaném gobernaba en Iraca cuando 
Bochica desapareció de sus tierras. Llevó entonces ade- 
lante el intento que tenía de reducir á preceptos las en- 
señanzas del maestro, imponiendo penas á los que los 
quebrantaran. Heredó el estado y el celo por la obser- 
vancia de estas leyes una hermana suya llamada Buman- 
guay, ]a que se enamoró de un indio de Firavitoba, 
con quien casó y i quien dejó á su muerte en su lugar. 
Este cacique conmutaba pororó y mantas las penas que 
impuso Nompaném, con lo que se relajaron las buenas 
costumbres. 

Pero quien acabó de pervertir las doctrinas de Bo- 
chica fue el grande hechicero y cacique de Iraca, Ida- 

lé 



— 190 — 

cansas (1), de quien dijimos ya en el capftnlo m que sim 
razón ninguna lo confunden algunos autores con aqu¿L 
Logró persuadir á sus subditos que podía por propia 
voluntad hacer llover, helar, granizar, mudar el calor 
en frío, el tiempo hámedo en seco, y afligir á los pue- 
blos con epidemiaa Divulgóse poco á poco la fama de 
los prodigios que obraba, y de todas partes del país de 
los Chibcbas recurrieron d él, pidiéndole los socorriera 
en sus necesidades. Con tal motivo se tuvo por santo su 
territorio y se hizo célebre el templo de Iraca, que vino 
á ser lugar preferido de peregrinación. Desde muy le- 
janos lugares acudían las gentes d presentar á Idacan- 
sás valiosas ofrendas, que éste entregaba al jeque en- 
cargado del templo, con lo que se acrecentaban las ri- 
quezas guardadas en él, y el nombre del cacique era 
generalmente ensalzado. (2) 

Para conservar esta buena opinión usaba mil em- 
bustes; fingiendo que se enojaba con la gente de 
las provincias, la amenazaba con muertes, pestes y otros 
azotes, ó se subía ú un monte, vestido de mantas colo- 
radas y acompañado por algunos de los nobles, y para 
dar á entender que vendría epidemia de disentería espar- 
cía por el aire polvos de bija ó de ocre rojo. Otras ve- 
ces se vestía de blanco, y echando ceniza por el aire 
anunciaba con esto que vendrían hielos y secas, con lo 
que se destruirían las raíces alimenticias. Para dar ma- 
yor fuerza (í sus pronósticos, se mostraba muchas veces 
disgustado y melancólico á los que le venían á hablar. 

La estimación tan grande en que se tuvo á Idacan- 

(1) £1 nombre de Idaoansás ea derivado de Iraca, Toeablo in- 
•lofdo en él eoa sólo el cambio de la r por la d. 

(2) Dice Pjedrahita que loa zipaa daban eicrto tributo en cada 
lana á Idaeanaáa para tenerlo grato, y qoe para laa gnerraa qae em- 

£ rendían daban eoenta primero al Iraciiy con el fin de qae conataaa 
i Jaatifleación de ellaa. Ambaa aflrmacionea aon inexictaa. 



— 191 — 

sás fae motivo para que después de é\ se cambiara el 
orden de sucesión establecido. Convínose en que el he- 
redero de Iraca fuese nombrado en elección hecha por 
los caciques de Busbanzá, Gámeza, Toca y Pesca, de- 
biendo escogerse el candidato alternativamente de To- 
baza y Firavitoba. Cuando no lograban ponerse de 
acuerdo, concedían voto al tundama. 

Sucedió una vez que un caballero de Firavitoba, 
de barba larga y de color bermejo, cosa muy rara entre 
los Chibchas, usurpó el poder ayudado por seis herma- 
nos muy valientes que tenía. Los de Tobazá, pueblo de 
donde se debía escoger el sucesor del Iraca en aquella 
ocasión, dieron aviso á los cuatro electores del atrevi- 
miento del Bermejo. Estos resolvieron hacerle la gue- 
rra, tanto por haber quebrantado los estatutos, como 
porque prendió al Gámeza, por haberle dicho que no 
le daría su voto, y á quien condenó á sufrir pública- 
mente afrentosa muerte de horca. 

Auxiliados por el tundama, los electores reunieron 
un crecido ejército. Preparóse el Bermejo al combate, 
en el cual dio muestras de aventajar á sus contrarios en 
el valor y la pericia militar. Estos pregonaron entonces 
que ninguno de los habitantes de Iraca lo siguiese, ni 
lo reconociese por cacique, bajo pena de la vida. Pudo 
tanto la amenaza, que la mayor parte de su hueste se 
pasó al bando opuesto. Dieron entonces sobre é\ y se 
defendió como esforzado adalid hasta caer gravemente 
herido. Sus hermanos sacaron su cuerpo y lo ocultaron 
donde no pudiera ser visto, para librarlo del suplicio de 
la escarpia, con que los electores querían vengar la 
muerte dada al gámeza. 

Restablecida la paz, fue nombrado un noble de To- 
bazá, que se llamaba Nompaním. 



— 192 — 

Los sacesores de Idacansás sigaieron explotando 
la credulidad de sus subditos con sus prácticas supers- 
ticiosas ; medio sencillo era éste de tenerlos sumisos 7 
de llenar sus arcas. Cerca de medio siglo después de la 
conquista, visitaba el Arzobispo de Santafé la provincia 
de Sugamnxi. Interrogando á algunos indios, averiguó 
que su cacique D. Felipe, á pesar de ser cristiano, ri- 
fiendo con ellos, les decía : 

Vosotros, perros, no me tenéis miedo; 

Pues bien sabéis que puedo cualquier cosa: 

Traer contagiosa pestilencia, 

La fétida dolencia de yiruelas. 

Grave dolor de muelas, calentnraF, 

Con otras desveuturas, y que crio 

Con este poder mío todas cuantas 

Yerbas, legumbres, plantas son nacidas. (1) 

Nada refieren las crónicas de los antiguos zipas. 

La leyenda invade la historia de los Chibchas, con- 
fundiéndose la verdad con la ficción hasta sus postreros 
días. El Padre Simón hace durar el fabuloso reinado de 
Garanchacha, en Honsa, hasta el momento en que los 
españoles eran ya dueños de Santamarta. Piedrahita nos 
muestra á Tisquesusa preparándose á seguir á las tie- 
rras de los Muzos " para apagar los ardientes deseos en 
que se abrasaba de ver á Furatena, señora la más pode- 
rosa y rica de las provincias confinantes, por ser due- 
ña de las esmeraldas más finos que crían los veneros de 
Muzo ; no para despojarla de ellas ni de sus estados 
(pues era igualmente venerada de los dos príncipes del 
Nuevo Reino), sino para reconocer su grandeza, her- 
mosura 7 discreción en que era la más aplaudida, de- 
terminó ir en persona con la comitiva más ostentosa que 
pudieran ofrecerle su reino y sus tesoros, exaltado con tan 

(1) OastbiiLakos. T. i, o. i. 



— 193 — 

seguido curso de victorias j coa los despojos de tantas 
provincias expugnadas cuando más floridas. En cuyas 
disposiciones, suspensas ya con algunas noticias partici- 
padas de los indios de Yélez, lo dejaremos, por haber 
sido aquel tiempo el en que hicieron su entrada los espa- 
ñoles en el Nuevo Reino, de que resultó la ruina de los 
zipas." (1) 

Singular hecho histórico sería el de que hubiera 
existido una señora de tan raras prendas en medio de 
una barbarísima nación como era la de los Muzos, y 
que los cronistas hubieran olvidado hablar de su resis- 
tencia y de su ulterior sumisión á las armas españolas. 
Aseguran, al contrario, que estos indios jamás recono- 
cieron señor, y que seguían el consejo de sus viejos, 
respetando á los más valientes. 

Sólo tres cronistas escribieron la historia de los 
Chibchas en los últimos sesenta años que precedieron á 
la conquista española : Castellanos, el Padre Simón y 
Piedrahita. Este último es el único que trae unas pocas 
fechas, las del advenimiento de los zipas Saguanmachi. 
ca, Nemequene y Tisquesusa, en 1470, 1490 y 1514 
respectivamente, fechas que nos parecen muy cuestio- 
nables, en especial la última. 

Mucho hay que rebajar de las citadas narraciones: 
discursos de fantasía que ponen los autores en boca de 
los zipas y zaques, descripciones de batallas, número de 
combatientes. No es creíble que el bacatá y el hunsa 
pudieran reunir cada uno un ejército de sesenta mil hom- 
brea En esto hay demasiada exageración ; reducido á 
la mitad el número de combatientes que dan los cronis- 
tas más moderados, todavía nos parece excesivo. Para 
dar una idea del esfuerzo de imaginación que tenían 

(1) PmoBáHiTA. Llb. n, Oap. zx. 



— 194 — 

que hacer los indios para contar un número crecido, 
baste saber que para expresar mil se servían de este 
circunloquio : gue hisca yca ubc/Uhica^ es decir : cin- 
co veintes diez veces. Cuarenta mil, se decía : gue Jiisca 
yca ubchihtca^ yca gue basa: cinco veintes diez veces, 
dos veces veinte. (1) 

Con todo, estos fragmentos de historia bastarán 
para dar idea de las guerras intestinas en que con fre- 
cuencia se hallaban envaeltos los diferentes estados en 
que desde el principio se constituyó el pueblo chibsha. 

(i) Para expresar la íeeha 1683 habrían neeeiitado haear nao 
de doce palabraa: gué hisea pea ubehihiea, gue hi9ea yca lo, gme- 
tas OBoquy quihieha miea, ee deeir: einoo Teiotee dies yeeeB» eiaeo 
yeintee aeis Teces, yeinte más trece. 



■♦♦- 



OAPiTüiiO zvm 



SBguanmachtca conquista los Fusagasug&sfl, TeDce al gaatablta 7 al uba- 
que. declara la guerra al zaque, 7 mueren ambos en la batalla de Cho- 
contá.— Nemequene castiga la rebelión de los Fusagasugáes, sufeta á 
los caciques de Zipaqnirl 7 Nemocón, asalta alevosamente al guata- 
bita 7 se apodera de sus estados, somete al ubaque, al ubaté y alslmi- 
Jaca, da lejres en su reino, declara la guerra al bunsa, 7 es berido de 
muerte en la batalla de Las yueltas.~Sucédele Tisquesusa.— Llegan 
los espafioles cuando este estaba en campafia contra el saque.— ¿Esta- 
ban los Chibcbas en progreso 6 en decadencia en la época del descubrí- 
mientoT 



Las continuas guerras de los zipas de Bacatá (1) 
con sus feroces enemigos los Pan ches, los habían acos- 
tumbrado á la lucha y al manejo de las armas. Rodea- 
dos de pequeños cacicazgos, habíanlos ido sometiendo 
unos tras otros á su dominación. Cuando en el último 
tercio del siglo xv el cacique de Chía, Saguanmachica, 
á quien correspondía de derecho la corona, llegó á sen- 
tarse en la silla guarnecida de oro y esmeraldas de los 
zipas, en Muequetá (2), pudo contemplar con satisfacción 
su poder y sus riquezaa Propúsose seguir el ejemplo de 
sus mayores, conquistando nuevas tierras. Resolvió ata- 
car á los Fusagasugáes, gentes poco guerreras, aunque 
eran de raza chibcha. (3) Convocó sus tropas y escogió 
algunos miles de soldados aguerridos. Bajó por el pá- 

(1) Baeatá^ nombre formado áe/ao, aíaera, y to, labranza. 

(8) Muequetá (Fanza), Tooablo formado de muyquy, campo, j 
la, labransa. 

(3) Dlee Pledrahita que los FasagaaagAes eran de la misma na- 
ción qae los Chlbehas (Lib. 11, Cap. i), y qae sns veelnosporel Sor, 
Km Sotagaos, habitaban entre los ríos Pasea y Samapas (Lib. i, 
Gap. II). Una y otra aflrmaeión son verdaderas. Luego se contradi- 
ee dando por derto en dos pasajee distintoe que los Fosagssngáea 
eran de la misma tribo y provineia de los Satagaos (Lib. ii, Oap' n). 
SI historiador Aoosta inearirió en el mismo error. 



— 196 — 

ramo y monte de Fasungá á las tierras de su subdito el 
nbaqne de Pasca. Esperábalo el enemigo con sa ejército 
en el risueño y pintoresco valle de Fusagasagá, ocupan- 
do una angosta colina por donde debía entrar el zipa. 
Servían de defensa natural á este paso por un lado un 
monte cerrado y por otro peligrosas penas tajadas 
hasta el río Pasca. Era Saguanmachica militar avisado y 
experto, y dispuso que una tropa escogida penetra- 
se durante la noche por entre el espeso bosque, dirigi- 
da por un jefe de la familia, y se situase á la espalda de 
los contrarios. Antes de amanecer estaban ya en el pues- 
to indicado, cuando los centinelas, sintiendo su presen- 
cia, llamaron á las armas. Sorprendidos al ver cortada 
la retirada, y no sabiendo á dónde ocurrir, vacilaron, y 
dejando las armas se pusieron en vergonzosa fuga. Aco- 
metióles entonces con vigor el ejército del zipa, matan- 
do á muchos, y entró triunfante á la ciudad llevando 
prisionero al comandante en jefe, que era el cacique 
üsatama, cuando el sol levante iluminaba su victoria. 

Bien aconsejado el fusagasugá por su aliado el ti- 
bacuy, que salió herido, se rindió y se sometió al ven- 
cedor, reconociéndose por su vasallo. Saguanmachica 
regresó á Bacatá por la serranía de Subia, pasando por 
sendas difíciles cubiertas de malezas y de pantanos que 
lo detuvieron unos pocos días. Su triunfo fue celebrado 
con sacrificios y fiestas que duraron muchos días. 

Envidioso el guatabita de la pronta victoria del 
zipa, invadió su estado; mas éste no sólo resistió vale- 
rosamente su ataque, sino que siguió en su persecución, 
penetró en sus tierras y lo batió por dos veces, obligán- 
dolo á pedir socorro al zaque de Hunsa, que era enton- 
ces Mithña. Envió el zaque mensajeros al zipa para 
declararle la guerra, y luego siguió con su ejército al 



— 197 — 

Sur hasta la frontera del bacatá. Mas habiendo tenido 
conocimiento de que éste lo esperaba con fuerzas con* 
siderablcs, temió comprometer en una batalla la suerte 
de sil reino y se volvió cobardemente á su corte. 

El inquieto cacique de Ebaque (1) quiso aprove- 
charse del abandono momentáneo en que dejaba el zipa 
el sur de sus estados para invadir los pueblos de üsme 
7 Pasca ; pero antes de que pudiera prepararse para la 
defensa, entró Saguanmachica á fuego y sangre por 
Chipaque y Une, lugares fronterizos. No quedó otro 
recurso al Ebaque sino abandonar su corte y refugiarse 
en unos pefioles fuertes situados á la orilla de la laguna, 
donde acostumbraba poner en seguro su persona y sus 
bienes. 

Libre ya de cuidados, preparábase el zipa á atacar 
en sus tierras á Mich&a, cuando se vio envuelto en gra. 
ves dificultades. Hambrientos los Panches de carne hu- 
mana invadieron sus dominios por Zipacón y Tena, á 
la vez que el guatabita amenazó con sus fuerzas á Chía 
y Cajicá. Vióse entonces obligado á dividir su ejército 
para atender á su defensa por el Occidente y por el 
Norte. Muchos años duró esta porfiada lucha, que, in- 
terrumpida por algún tiempo, se renovaba luego, hasta 
que logró obligarlos á quedarse quietos en sus tierras. 

Gomo Saguanmachica no desistía de sus ideas de 
conquista, y por otra parte quería vengar antiguos 
agravios del zaque, se preparó á entrar en campafia con* 
tra él. Condujo rápidamente su numeroso ejército á 
Sopó, donde se le incorporó la tropa del cacique de este 
lugar, y de allí siguió en dirección á Hunsa por las tie- 
rras del guatabita, que no se atrevió á resistirle. Michña^ 



(1) Ebaqu§^ íonDAdo de y&o, taagr» j qu¡^^ |m1o« j llamado 
íriormante Ubaqua. Deriva, aln duda, to nombre etta loeaüdad- 
a arbusto que creee en ella j qne tiene la tavla de oolor rojo. 



— 198 — 

•no pado en esta vez evitar el combate, y se movió coa 
808 huestes para esperar al enemigo del otro lado de la 
frontera, deseoso de evitar los estragos que pudiera ha- 
cer éste en sus estados. Saliendo de Chocontá se en- 
contraron las dos fuerzas y empeñaron reñidísima batalla 
que duró tres horas, y en la que rindieron la vida uno y 
otro príncipe. Aunque los Bacatáes alcanzaron la vic- 
toria, se volvieron á su reino sin más despojos que el 
cuerpo inanimado del zipa. Los Hunsas acompañaron 
el del zaque, y en una y otra corte se les hizo suntuoso 
entierro. 

Ocupó Nemequene el trono de Muequetd pocos 
años antes de terminar el siglo xv. Fue el más célebre 
de los zipas, y se distinguió entre todos por su espíritu 
guerrero y conquistador, su audacia en las empresas y 
la habilidad con que organizó y administró sus estados. 
Frente á él y como rival á quien «ispiro siempre á pri- 
var de sus estados, se posesionó de la dignidad de zaque 
de Hunsa un mancebo como de diez y ocho años de 
edad, Quemuenchatocha (1), tirano cruel que oprimió 
á sus subditos durante más de cuarenta años. 

La primera preocupación de Nemequene fue mos- 
trarse fuerte haciéndose respetar dentro de sus tierras, 
antes de invadir las ajenas. Llamó á su sobrino Tis- 
quesusa, joven cacique de Chía, y le confió el mando de 
una parte de su ejército para que fuera á sujetar á 
los Fusagasugáes, que se habían sublevado. Partió éste 
de Bacatá abriendo ancho camino por la serranía de 
Subia. Tuvieron tiempo los rebeldes de fortificarse en 
sitios escabrosos donde era fácil la defensa, pero no re- 
sistieron el vigoroso ataque de los Bacatáes, que los 

(1) El Padre SimÓQ escriba Qaemaeoehatoeha j también Main- 
chatocha; j Piediahlta, Qairaainehateeha, agregando que más pro- 
.plamenta es Qaemaenc^atoeha. 



— 199 — 

▼encieron y destrozaron, castigando con la muerte, des- 
pnés de la victorin, á los culpables. Pacificada la provin- 
cia, dejó Tisquesusa una guarnición de guerreros gue- 
chas en Tibacuy y regresó por Pasca cargado con los 
despojos de los vencidos. 

Nemequene, entretanto, no se había quedado ocio- 
so, pues había ejercitado sus tropas combatiendo con 
los Panches, sí quienes obligó a permanecer en sus tie- 
ndas. De pronto, por el Norte, le llamaron la atención 
nuevos enemigos. Creyó el zipaquira que no podía pre. 
sentarse mejor ocasión de hacer la guerra al zipa. Era 
su provincia una de las mas pobladas, y tenía por ve. 
cinos á los Nemzas (habitantes de Nemocón), que le 
ofrecieron su alianza. Entraron las fuerzas unidas por 
Gajicá, pueblo fronterizo de los dominios del Bacatá- 
Informado éste de la pérfida invasión, sacó los mejores 
soldados de las guarniciones, y juntándolos con los que 
tenía consigo, salió rápidamente al encuentro de sus 
enemigos. Diéronse vista entre Cajicá y Chía, y allí 
mismo se empeñó el combate al bronco ruido de cara- 
coles y fotutos. Cubriéronse los aires de dardos lanza- 
dos por las tiraderas; mas habiéndose mezclado los 
combatientes, pelearon cuerpo á cuerpo con las pesadas 
macanas. Decidióse la batalla en favor del zipa, quien 
persiguió á los contrarios y ocupó sus estados. Llegó 
triunfante á Bacatá cuando Tisquesusa entraba también 
victorioso. (1) 

Como su ambición creciera con la prosperidad, 
Nemequene se creyó llamado á reunir el pueblo chib- 
cha bajo su cetro. Ardía en deseos de medir sus armas 

(1) Pledrahita ei el Qnioo erpnUta que habla del reinado de^ 
Bagaanmaehioa j de las primeras eampafkas de Ifemeqaene. Para 
lo qae falta de esta parte hi8t6riea tenemos la relación de Oaatella- 
Doa, á qnien ligne en moehoa puntos Pledrahita, j repita con escasas 
▼ariaciones el Padre Simón. 



— 200 — 

con el miís poderoso de sus émalos, el zaqne de Hunsa ; 
mas, siendo avisado capitán, sapo refrenar sn impacien- 
cia, juzgando que debía sujetar primero á dos caciques 
de quienes temía, con razón, que pusieran obstáculo ¿ 
sus planes de conquista, ya ofreciendo su valiosa alianza 
al zaque, ya invadiendo sus dominios luego que los 
dejara desguarnecidos: éstos eran el guatabita y el 
ubaque. 

Buscaba el zipa la ocasión de hacer la guerra al 
guatabita sin que la victoria le costase gran sacrifi- 
cio de vidas, cuando él mismo se la presentó incauta- 
mente. Eran celebrados los orífices de sus tierras entre 
los mejores del país de los Chibchaa Muchos de ellos 
salían á las provincias vecinas á labrar tunjos y joyas 
de oro, que todos tenían en tanto aprecio para ofrecer- 
los á sus ídolos y á sus santuarios, así como para adorno 
de vivos y difuntos. Viendo el cacique la falta que ha- 
cían y que su ausencia era causa de que mermaran los 
tributos, ordenó bajo penas severas que todos volvieran 
á sus hogares; disponiendo que si alg&n sefior necesi- 
taba uno ó más orífices, diera en cambio un n^imero 
doble de sus vasallos, que debían ponerse al servicio 
del guatabita mientras regresaban aquéllos. Vióse en 
breve tiempo rodeado de un número considerable de 
extranjeros que se mostraban con él obsequiosos y ren- 
didos como si fuese su seffor natural. Envanecíase di- 
ciendo que el mismo zipa le rendía homenaje, puesto 
que buscaba con tanto afán á sus vasallos para tenerlos 
en su corte. Era ciertamente Nemequene quien poco 
á poco llenaba la casa de su contrario de guerreros ex- 
perimentados, avisados de que debían esperar sus órde- 
nes para cumplirlas estrictamente. 

Para lograr el fin que se había propuesto, tuvo que 



— 201 — 

vencer nn obstáculo de aquellos que en ocasiones re- 
mueve la poderosa palanca del dinero. Guardaba el 
paso por donde el bacatá podía hacer daño al guata- 
bita uno de los vasallos de éste, el usaque de Guasuca 
(Guasca). Pudo obtener el zipa con dádivas 7 prome- 
sas que hiciera traición á sus deberes 7 le diera una 
noche paso libre con sus tropas. Dormía el guatabita 
con su familia en las casas de su cercado, ignorando que 
su enemigo se acercaba 7 las rodeaba, 7 que aquellos á 
quienes había confiado la seguridad de su persona eran 
espías que estaban en inteligencia con los que venían á 
atacarlo. Apenas tuvo tiempo de advertir lo que pasaba, 
pues sin que le fuera posible resistir pereció con sus 
herederos, víctima de la infame traición del zipa 7 del 
guasca, quien tomó parte en el asalto. 

Con tan fácil conquista agregó Nemequene á sus 
dominios una rica, industriosa 7 bien poblada provin- 
cia, que se extendía al Norte hasta la frontera de Hun- 
sa, entre Turmequé 7 Chocontá, 7 al Oriente, del lado 
de Gacheta, hasta los Llanos. Después de haberla ase- 
gurado con guarniciones, dejó en ella de gobernador á 
un hermano SU70. Ya que le era próspera la fortuna, 
quiso llevar adelante sus conquistas é invadió las tierras 
del ubaque, penetrando en ellas, con su ejército dividi- 
do, por dos vías : la de Chiguachí (Choachí) 7 la de 
Portachuelo. Resistió valerosamente el cacique en sus 
montañas durante seis ó siete lunas ; pero viendo al ñn 
que sus vasallos disminuían 7 que sería inútil toda re- 
sistencia, se sometió al zipa, con la condición de que 
admitiese por mujeres dos hijas doncellas que tenía. 
Confiaba en que teniéndolo por 7erno le haría menos 
pesado el 7Ugo del vasallaje. £1 bacatá se quedó con la 
ina7or de ellas, que fue á aumentar el número de sus 



— 202 — 

tiguyes, 7 dio la otra á su hermano el guatabitá. Asegu- 
rada esta nueva provincia con gnarnición de gente de 
guerra escogida, se volvió á la capital de su reino, don- 
de fue recibido con demostraciones de júbilo y ruido- 
sas fiestas en que se representaron y cantaron sus vic- 
torias. 

No contento con haber duplicado en una sola cam- 
paña la extensión de sus dominios, el que se decía con 
orgullo usaque de los usaques no podía vivir sino ba- 
tallando y venciendo. Las fiestas mismas, lejos de dis- 
traerlo de sus proyectos de conquistas y de gloria, lo 
excitaban á seguir adelante. Parecióle por el momento 
urgente someter á tres caciques cercanos que habían 
conservado su independencia : eran los de Ebaté ó líba- 
te, Susa y Síraijaca. Atacólos con fuerzas considerables, 
á las que resistieron con valor y aun lograron rechazar- 
las en algunos encuentros que tuvieron, defendiéndose 
en el boquerón de Tausa, pero al fin fueron vencidos y 
tuvieron que resignarse á ser tributarios del zipa, quien 
los dejó sujetos á su hermano el guatabitá. 

Engreído éste con la alta posición á que se vio ele- 
vado, se mostró arrogante y codicioso con los vencidos. 
Inquiría con interés quiénes tenían fama de ricos y eran 
dueños de joyas y preseas de valor. No faltó quien le 
informara que el ubaque tenia oculto su tesoro en un 
fuerte peñol que aparece tajado por el lado en que lo 
bañan las aguas de la laguna del mismo nombre. Pre- 
paróse con gente armada para asaltar la guarnición que 
lo custodiaba, y viéndose obligado á pasar por Chigua- 
chí, donde residía un cacique vasallo del ubaque, logró 
convencerlo de que iba en comisión del zipa á visitar los 
puestos militares ocupados con tropa. Pudo así en- 
trar con los suyos sigilosamente dentro del fuerte, ma- 



— 208 — 

tando á muchos de los que lo defendían. Los qae lo-* 
graron Iiafr dieron aviso del agravio á su señor, quien 
llenó de ira por tan alevoso acto de piratería que lo 
privaba de sus bienes, reunió un numero crecido de sus 
vasallos y rodeó el peñol, acometiéndole con ardimien- 
to. Por más de cinco días defendióse con mucho brío 
el guatabita, que era hombre valiente; pero como le 
faltaban víveres, y las fuerzas de su contrario aumenta- 
ban, resolvió salir á pelear. Pena le daba separarse del 
tesoro que ya tenía por suyo, mas no queriendo que 
volviera á manos del ubaque, lo arrojó ala laguna. Lue- 
go salió con su tropa en buen orden y luchó desespera- 
damente, pagando su temeridad con su vida y la de sus 
mejores oficiales. Quedó victorioso el ubaque, ¡ victoria 
cruel aunque justa, puesto que con ella no recobraba su 
tesoro y quedaba expuesto d la terrible venganza de 
Ncmequene, quien le pediría cuenta de la vida de su 
hermano ! 

Afortunadamente para ól, discurrió con sagacidad 
y prudencia el arbitrio á que debía recurrir. Despa- 
chó mensajeros al zipa, cargados de presentes, y bien 
informados de lo que debían alegar en su defensa, lle- 
garon dstos al cercado del bacatá y se presentaron ante 
Nemequene, con las ceremonias y el recato de costum- 
bre: sentados en cuclillas en el suelo, donde pusieron 
los presentes, vueltas las espaldas y profundamente in- 
clinados. Oyó el zipa, con inalterable calma, el men- 
saje del ubaque, quien mandó que compareciera él 
mismo á su presencia á dar cuenta de su conducta. 
Conocida 1h voluntad de su señor, sin alegar excu- 
sas ni buscar protextos de demora, se puso prontamente 
en camino con la comitiva necesaria para llevar ricos 
presentes. Consistían éstos en veinte hermosas doñee- 



— 204 — 

lias adornadas con preciosas joyas, cien cargas de man- 
tas finas 7 bien pintadas, machas esmeraldas escogidas, 
7 pequeñas fignras de animales hechas de buen oro. 
Ning&n objeto de valor qniso recibir el zipa, 7 se con- 
tentó con escoger dos mantas de algodón, 7 eso por 
no desairar á su vasallo, pues decía que del acusado no 
se debe aceptar prenda alguna que contribu7a á que se 
tuerza la justicia. 

Mostróse el ubaque tan persuasivo en la defensa 
que hizo de su resistencia al audaz salteamiento del gua- 
tabita, que no dudó 7a el bacatá de la culpa de su her- 
mano, 7 le permitió regresar i sus tierras pasados seis 
meses, libre, honrado 7 colmado de favores. 

Ya que tanto había guerreado Nemequene, 7 que 
había extendido casi en todas direcciones los límites de 
sus estados, quiso, antes de proceder á nuevas conquis. 
tas, organizarlos convenientemente. Consultando las 
antiguas costumbres, ordenó le7es para el castigo de los 
delitos. Publicadas dstas por los pregoneros, se conser- 
vaban en la memoria de las gentes por la puntual eje- 
cución que les daban los caciques. (1) 

Cuando cre7Ó que era llegado el momento de me- 
dir sus fuerzas con las del poderoso zaque Quemuencha- 
tocha, llamó á los usaques 7 caciques á su corte. Mani- 
festóles el pro7ecto que tenía de obligar al hunsa á 
rendirle vasallaje, 7 les dio plazo de treinta días para 
que concurrieran todos, con su gente armada, á los es- 
paciosos campos de Bacatá. Cumplido el término se- 
ñalado, se presentaron los caciques ante el zipa con sus 
tropas armadas de macanas, picas, hondas, tiraderas 7 
flechas. Cada cual fue tomando sitio aparte, 7 se dis. 
tinguieron unos de otros por el color de sus divisas 7 

(1) Bn el oapf talo ix hablamos de eetae leyes. 



— 206 — 

banderolas, y por la diversidad de los pabellones. Enor- 
gullecíase Nemequene, á la vez que se llenaba de con- 
fianza en la victoria, pasando revista, acompañado de 
sus principales jefes, á los miles de hombres que cabrían 
la Sabana. (1) 

Luego que los jeques sacrificaron las víctimas hu- 
manas ofrecidas al Sol para asegurar el éxito de la cam- 
paña, se puso en marcha el ejército. Entró por las tie- 
rras del poderoso turmequé, vasallo del zaque, haciendo 
estragos. No se había descuidado el hunsa en prepa- 
rarse para rechazar el ataque, y con el auxilio de algu- 
nos miles de guerreros (2) con que se presentó su aliado 
Nompaním, cacique de Iraca, puso número igual de 
combatientes á los que mandaba su contrario, y salió con 
sns huestes á campaña. Encontráronse enfrente del 
punto llamado Arroyo de las Vueltas^ separados los dos 
campos por el riachuelo. Antes de darse la batalla, en- 
vió el zipa mensajeros al zaque proponiéndole que le 
rindiera vasallaje y evitara con esto su ruina. Mandóle 
éste una embajada para contestar su mensaje provocan, 
dolo á que decidieran los dos la contienda en singular 
combate, y que el vencido reconociese por señor á su 
contrario y le pagase tributo. Alteróse Nemequene, 
considerando el desafío como un acto de osadía del 
hunsa, y confiado en su valor se mostraba dispuesto á 
aceptar el reto ; mas los usaques lo disuadieron de tal 
intento, diciéndole que un príncipe tan grande como él 
no podía salir á combatir con un cacique á quien ya 
tenía por su vasallo. Suplicáronle todos que se diese la 
batalla eíu diferir más tiempo. 

(1) GastellADos dice qae reaaió 50,000 hombres de gaerra; Pie« 
drahita diee qae 60,000, gaarismos qae aon aao y otro may exage- 
zadofl. 

(3) Doce mil, dicen Castellanos y Píedrahita. 

15 



— aw- — 

en orden los cnerpos dé nno y otro kdoi 
7» dkSse prindpió al sangriento combate con furia pn^a 
de encarnisados enemigoa Rodaban por el suelo dia- 
demas 7 penachos ca7os dueños caían heridos de muer- 
te, lastimado el cuerpo por los dardos 7 por las puntas 
de las picas, ó quebrantados los miembros por los fuertes 
golpes de macana 7 las duras piedras. La estrepitosa 
gritería abogaba los lamentos de los moribundos. Mos- 
trábase Nemequenc en todas partes animando á los 
SU708, conducido en ricas andas cubiertas de láminas de 
oro 7 adornadas con esmeraldas. Recorría su campo e' 
hunsa en otras de no inferior valor, deseando ambos 
encontrarse, cuando un agudo dardo hirió profunda- 
mente al zipa en el pecho, lastimando los pulmones. 
Airancó él mismo con esfuerzo la homicida punta, 7, 
comprendiendo la gravedad de la herida, pidió á sus 
amigos que vengaran su muerte 7 no cejaran en el com- 
bate. Llenáronse de turbación los que lo rodeabam 
quienes se apresuraron á sacarlo del lugar del conflic- 
to. Cundió por las filas la fatal noticia ; con el sobre- 
salto aflojaron las tropas, 7 atacaron al enemigo con me. 
nos vigor que al principio. Comprendiendo el hunsa 
que cedían, dióles con tal denuedo repetidas cargas, 
que todos volvieron espaldas. Siguió en su persecu- 
ción hasta Chocontá, de donde regresó victorioso á sus 
estados, sin cobrar la victoria. 

Nemequene fue conducido rápidamente en sus an- 
das ú Bacatá, donde los jeques intentaron curarlo, pero 
todos sus esfuerzos por salvarlo fueron vanos, 7 rindió 
la vida antes del quinto día después de su llegada. Llo- 
raron sus s&bditos su muerte cubriéndose de luto 7 
tributando magníficos honores fúnebres al más ilus- 
tre guerrero 7 hombre de estado que tuvo el pueblo 
chibcha. 



— 20? — 

Ocupó el trono de los zipas el sobrino de Neme, 
qúeñé, Tísqaesusa, cacique de Chía, á quien le tocaba 
de derecho. (1) Era éste de gallarda y gentil disposi- 
ción 7 mostraba en sus actos la gravedad propia de su 
puesto. Aunque dotado de espíritu menos guerrero 
que su tío, dejó que el mas famoso general que tuvo 
éste, Saquesaxigua, invadiera los dominios del hunsa, 
se paseara victorioso por Macheta, Tibirita y Sutatensa, 
y no regresara á Bacatá sino después de haber cobrado 
tributo de guerra á los caciques de esa región. 

Animado del deseo de vengar la muerte de su an- 
tecesor, preparóse Tisquesusa para nuevos combates; 
cuando ya se creyó bastante fuerte, hizo llamamiento ge- 
neral y reunió numeroso ejército. P&sose luego en cami- 
no para Hunsn, resuelto á dar íin alas continuas compe- 
tencias de los zaques. Un suceso inesperado interrumpió 
la marcha de las tropas y cambió el curso délos aconte- 
cimientos; ciento sesenta y seis hombres de raza descono- 
cida, montados sesenta de ellos en grandes cuadrúpedos 
nunca vistos, penetraban por el Norte y se internaban 
ya en los vastos y populosos dominios de los Chibchas. 
Yióse el zipa obligado á dar de mano á sus proyectos 
bélicos para atender ala defensa de su territorio. (2) 

(1) SI Padre Sim6n dlee qae no le correspondía el mando á Tie- 
qnesota, porqnenoera eaelqae de Chía; Gastelianoi y Piedrahita 
dieen lo contrario. 

(2) Piedrahita refiere loe hechoe de distinto modo. Segán él, las 
tropas del zipa habían llegado á Tibaná oaando el Sagamaxi, ''com- 
padecido del estrago lamentable, qae amenazaba aquella tempestad 
militar, se interpaso tan á tiempo entre los dos principes» qoe, ean 
que el tunja diese una buena partida de oro al bogota^ ajastó tre- 
gaas por veinta lanas." Si loa hechos habieran pasado de esa mane- 
ra, lo habría dicho Oastelianos, qae debía saberlo, paesto qae cono- 
ció j trató al Sagamaxi. 

El mismo Piedrahita dice qae Tlsqaesasa ocapó el trono de loa 
zipas en 1514. Los sacesoa de sa reinado son tan eseasoa, qae con 
elloa no es posible llenar los veintidóa i&os qae transcurrieron entre 
esta fecha j la venida de loa eapafiolea. Jiménez de Qaeaada, citado 
por Oviedo, dice qae poseía el señorío de Bacatá catorce ahoa antea 
de la llegada de los españoles. Siendo así, empezó & reinar en 1533. 



— 208 — 

Terminada esta reseña de los pocos sucesos que 
se conocen de la vida de este pueblo, ocurre preguntar 
si estaba en progreso ó en decadencia cuando los espa- 
fióles conquistaron su territorio. 

Algunos autores han creído que los Chibchas '^ ape- 
nas conservaban las enseñanzas j los restos de una ci- 
vilización anterior, debilitada por las guerras continua- 
das en la disputa de su suelo." (1) Tenemos muy dis- 
tinta opinión á este respecto. El pueblo chibcha estaba 
en su apogeo en el siglo xvi, y marchaba rápidamente 
á la unidad y á la centralización del gobierno. Los últi- 
mos zipas de Bacatá, vencedores de los enemigos de las 
fronteras, habían sometido á los caciques que loa rodea- 
ban al Norte, al Sur y al Este, y sus dominios se exten- 
dían desde Simijaca hasta Pasca, y desde Zi pacón hasta 
los Llanos ; preparábase el zipa Tisquesusa á hacer la 
guerra al zaque al frente de un ejército numeroso y 
aguerrido en los combales, y sin la llegada de los espa- 
ñoles probablemente habría ocupado los dominios de 
éste, para seguir adelante en sus conquistas (2). La ri- 
queza se había aumentado entre los Chibchas, y se pro- 
curaban cantidades considerables de oro en sus cambios 
con las tribus vecinas. En las construcciones empezaban 
á sustituir la madera por la piedra, material con que se 
ediñcan los monumentos que llevan á la posteridad el 
recuerdo de las nacionea 

Otros autores sostienen que " losPanchesy los Mu- 
zos adquirían diarias ventajas sobre los Chibchas, inca- 
paces ya, en la época del descubrimiento, para conser- 

(1) ZsRDA. SI Dorado. Papel Periódico Ilustrado^ a&o iv, pá- 
gina 856. Bliseo Beelos tambiéa diee: 

" Caando los Haiscas vieron desaiwrecer sa imperio bajo la planta es 
pafiola, ya estaban en plena decadencia." 

(I) Aooiita es de la misma opinión. Véase sa Compendio hietói 
rico. Gap. zi, páginas 188. 



— 209 — 

var 8Ü8 fronteraa'' (1) Decir esto es desconocer por com- 
pleto la historia. Los Panches 7 los Mozos reunidos eran 
diez veces inferiores en número á los Chibchas ; se ha- 
cían unos á otros la gaerra más cmel ; salían de sus 
montafias, como las fieras de sus guaridas, acosados por 
el hambre de carne humana, 7 no impulsados por móvi- 
les de conquista, 7 finalmente, lejos de haber adquirido 
diarias ventajas sobre los Chibchas, los últimos zipas los 
tuvieron constantemente á ra7a, como lo hemos dicho. 

(1) Carlos Oubbvo MJLbquez. Prehistoria y viajes. Bogotá' 
1893 (páginai 70 y 71). 



o AFITXTI-O ZIZ 



Tiranía de Tlsqueansa y Quemuenchatocha.— ; Cómo pudieron 166 espa- 
fióles sometei á la nación chibchaf —Constancia y valor de los Caste- 
llanos —El suefio de Tisquesusa, resistencia de éste á los espafioles y 
sn mnerte.— Quemaenchatocha es hecho pridonero dentro de su pala- 
cio, y muere pronto de yejez.— Convenión del Sucamuzi y ráseos de 
ingenio que de él se refieren.— Resistencia tenaz del tundama; Balta- 
sar Maldonado le da muerte violenta. -'Peripecias del gobierno de fia- 
quesaxigua; pretende Quesada que revele dónde guarda el tesoro, lo 
somete a tormento y lo hace morir á consecuencia de él. — Conversión 
de Aquiminzaque; muere degellado por orden de Hernán Pérez de Que- 
sada con varios otros caciques.— Hernán Pérez muere herido por un 
rayo.— Don Joan, cacique de Túndame, agraviado por el oidor Cor- 
tés de Mesa, se suicida.— i;ortés de Mesa es degollado en Bogotá. — 
Término de la conquista y condición ulterior de los Chibchas. 

La historia sólo conserva los nombres de tres de 
los principales jefes que gobernaban los estados chib- 
chas cuando Gonzalo Jiménez de Qaesada invadió so te- 
rritorio : Tisquesusa, Quemuenchatocha y Sngamuxi. 

Era el primero un tirano cruel y temido de sus sub- 
ditos, á quienes oprimía exigiéndoles tributos excesivos 
de oro y esmeraldas. No se distinguió por el valor mi- 
litar, y los españoles nunca lograron verle la cara. (1) 

Quemuenchatocha había subido muy joven al tro- 
no de los zaques, y se hallaba entonces en edad avanza- 

(1) HaUamos grayes eontradieoiones en los cronistas en todo lo 
que se refiere á Tidqaesasa. Castellanos diee, hablando de sa maer- 
te, que *' ios prineipales y menores de todas las provineias que regta 
hieieron doloroso sentimiento, por ser á todos ellos agradable. " He- 
gún Jiménez de Qaesada, testigo de los hechos, á quien cita Oviedo, 
** el día que se supo eierto que era muerto, fue general el alegría en 
toda sa tierra, porque todos los eaeiques y se&ores quitaron de sí 
nna tiranía muy grande." Sólo PiednJiita se adhiere A la opinión 
de Castellanos. Herrera refiere que á los indios que se acercaban A 
ofrecer bástímentoa y mantas á los españoles, cnando lograba pren- 
derlos, loa haefa matar y apalear, y á otros les rasgaba las mantas, 
y, puestas al cuello, cosa entre elloa muy infamante, los echaba dl- 
eiendoles qne fuesen A los hombres nnevoe que les Teogasen. 



^ 211 — 

da. Era hombre de gran corpaleneia y de aspecto feo 
y desagradable, pues tenia la cara muy ancha y la naris 
enorme y torcida. 

Dotado de astucia y de sagacidad, mostrábase di- 
ligente y muy vigilante en todo lo que se refería al go- 
bierno y se hacía temer y respetar de todos. Siempre 
fue precipitado é inexorable en sus castigos. Era tan 
inclinado á aplicar el suplicio de la horca, que cuan- 
do entraron los españoles hallaron al poniente de Tun. 
ja un cerro con gran numero de palos hincados y cuer- 
pos pendientes, al que llamaron el cei'vo de la horca. 
Aun por faltas de poca gravedad hacía clavar en dicho 
alto un madero abierto en la parte superior, en el que 
metían, á manera de cuña, el cuello de la víctima. Usa- 
ba con frecuencia otros castigos más atroces, sin que sus 
subditos se atreviesen á quejarse de su opresión ni á 
faltar en nada á sus mandatos. Muchos se sentían pro- 
fandamente lastimados por la crueldad con que había 
dado muerte á sus deudos más queridos, pero no se 
quejaban, por temor de correr igual suerte. 

En el cacicazgo de Iraca había tenido Nompaním 
por sucesor á Sugamuxi, cuyo nombre vino á sustituirse 
al que tenía antes su estado. Pronto lo daremos á conocer. 

¿Cómo pudieron someter 166 hombres á un pue- 
blo que contaba un millón de habitantes, y tenía á la 
sazón numeroso ejército? (1) El espanto, la sorpre- 
sa y el desconcierto causaron la ruina de los Chibchas. 
Si se hubieran unido para la defensa, su número habría 
bastado para oprimir y vencer á esa partida de héroes, 
^ flacos, debilitados y remotos de socorros y de favor 
humano. " 

(1) Según loi cronista V, entre el zipa y el hansa tenían en eam 
pana 120,000 gaerreroe. Bien paede redacine eite nAmero á U cuar- 
ta parte. 



— 212 — 

El autor del H^iiome de la conqutsta pinta esto muy 
á lo vivo y en muy pocas frasea : 

'' Guando entraron en aquel Nuevo Boino los cristianos, fue- 
ron rescebidos con grandísimo miedo de toda la gente, tanto que 
tuTÍeron por opinión entrellos que los españoles eran hijos del 
Sol y de la Lana. ... y qne ellos los habían engendrado y enria- 
do del cielo á estos sas hijos para castígallos por sus p9cades«^ 
Ansí entrando p<»r los primeros pueblos los desAfhparaban y se 
subían 4 las sierras que estaban cerca, y dende allí les arrojaban 
sus hi jicos para que comiesen.... Sobre to<lo cogieron miedo i 
los caballos, tanto que no es creedero; pero después, haciéndose- 
les los españoles tratables y d&ndoles & entender lo mejor qae ser 
podía sus intentos, fueron poco á poco perdiendo parte del mie- 
do, y sabido qne eran hombres como ellos quisieron probar la 
Tentura. Guando esto fue era ya mny metidos en el Nuevo Beino 
en la provincia de Bogotá; allí salieron á dar una batalla, lo me- 
jor en orden que pudieron, gran cantidad de gente; fueron fácil- 
mente desbaratados, porqae fue tan grande el espanto qne tuvie- 
ron en ver correr los caballos, qae luego volvieron las espaldas y 
asi lo hicieron todas las otras veces que se quisieron poner en 
esto, que no fueron pocas. En la provincia de Tanja fue lo mis- 
mo caando en ello se quisieron poner, é por eso no hay para 
qué dar cuenta de todos los recaentros y escaramuzas que se tu- 
vieron con aquellos bárbaros, mis de qne todo el afio treinta y 
siete (1537) y parte del de treinta y ocho se gastó en snbjetallos 
á unos por bien y á otros por mal.'' 

No pretendemos con esta cita deprimirá los héroes 
que llevaron á feliz término la ardaa empresa de la con* 
quista, pues antes hacemos nuestras las ideas conteni- 
das en los signientes versos de Castellanos: 

Había de pintar aquesta historia 
Una pluma de prósperos caudales; 
Porque valor y fuerza tan notoria. 
Tanto perseverar en tantos males. 
Escede los más dignos de memoria, 
Y vuela sobre fuerzas naturales. 



— 218 — 

TodoB eran yaUentes, 
Al general snbyectos y obedientes. 
En las adyersidades muy pacientes. 
En los trabajos son in&tigables. .... 

Volviendo ¿ Tisqueausa, cnenta el Padre Simóa 
qtre, cuando se preparaba lí hacer la gaerra al hunaa, 
t^vo un suefio que lo preocupó mucho. Representóle su 
imaginación que se estaba bafiando en su casa de recreo 
de Tena, y que toda el agua se le convirtió en sangre. 
Lleno de temor, hizo llamar á los principales jeques de 
sus dominios para que le explicasen el suefio. Los más 
viejos dieron primero su parecer, declarando que signi- 
ficaba que el zipa se había de bafiar en la sangre del za- 
que ; á todos los que estuvieron de acuerdo con esta in- 
terpretación, tan i la medida del gusto de su señor, los 
premió con mantas, joyas y favores. Habfa en Ubaque- 
un jeque famoso entre todos, llamado Popón, que se 
jactaba de tener continuas pláticas con el Demonio. Po- 
pon desapareció de Bacatá la noche antes de presentar- 
se á declarar el sueño ; caminando para su casa, encon* 
tro dos ó tres indios principales, á quienes dijo poca 
más ó menos lo siguiente : 

''VuélTome á mi tierra sin haber explicado 4 vnestro zipa 
el snefio, por ser muy diferente lo que le ha de suceder de lo que 
le han declarado los otros jeques^ y si yo se lo dijera en su pre- 
sencia me había de matar, por ser como es tan cruel; pero decid- 
le que lo que sofió que le parecía se bañaba en sangre no quiere 
decir que se ha de bafiar en la sangre del hunsa, sino en la suya 
propia, porque unos hombres de otras tierras que van llegándose- 
ya á ésta, lo han de matar.'' 

Dicho esto, siguió su camino tratando de ponep 
en salvo su persona, pues no dudaba que el bacatá lo- 
haría buscar para castigar su temeridad, quitándole la. 



— ai4 — 

^ida« Así lo intentó, aunqne fueron inútiles todos la di- 
ligencias qae se hicieron para dar con él (1) 

Caando sapo Tisqaesnsa qae los espafioles segnían 
del pueblo de Soba para Maequetá, salió precipitadamen- 
te con sus mujeres j sus tesoros á un lugar oculto. Des- 
de allí enviaba sus tropas á hostilizar ¿ los hijos del Sol, 
recomendando á todos que guardaran el secreto de su 
escondite. Pasó algan tiempo, y cuando ya estaba con- 
quistada gran parte del territorio chibcha, un indio so- 
metido Á la terrible prueba del tormento reveló el pa- 
radero de su seuor. Hallábase óste con su ejército en 
un bosque inmediato á Facatativá, donde tenía casa de 
recreo, probablemente en el pintoresco lugar embelle- 
cido por enormes bloques erráticos que se llama Cercado 
delzipa. Partió Jiménez de Quesada acompañado por par- 
te de su caballería, y después de caminar toda la noche, 
dieron al amanecer en el campamento enemigo. Sor- 
prendidos los indios, no acertaron á defendei'se, y sólo 
pensaron en huir. Tisquesusa salió con algunos de los 
principales de su corte y de su guardia por una puerta 
del cercado, y fue herido de muerte por el pasador ó fle- 
cha de la ballesta de un soldado llamado Alonso Domín- 
guez, que le tiró sin conocerlo. (2) Sacáronlo sus amigos 
á un bosquecillo próximo, donde murió bañado en su san- 
gre, como se lo había anunciado el jeque Popón. Los 
usaques lo enterraron en un lugar oculto. 

El hunsa Qaemuenchatocha no opuso ninguna re- 
sistencia á los españoles. Cuando ya llegaron á las 
puertas de su cercado, viéndose imposibilitado de huir 

(1) El Jeqae Popón hizo tenaz resisteneU á la predieaeión evan- 
^liea en la provineia de Ubaqae, pero al fia ee eonvirtid, sirTÍendo 

de saerietán el resto de en vida. 

(2) Aeí refiere Jiménez de Qaesada la muerte del zlpa en en 
Compendio hUtorial, Lib. i. Cap. li, citado por Piedrahita. Herre- 
ra dice que morió herido por ana estoeada: nos atenemos al dleho 
de Qaesada, qae íae testigo de vista. 



— 216 — 

por 8U8 años y SU excesiva obesidad, se hizo llevará 
^B.o de los aposentos interiores de sa palacio. Sentóse, 
segúji la costnmbre de sus mayoreSi en una silla baja 
de madera labrada y con espaldar muy vuelto hacia 
atrás. Servíale de alfombra un lecho de cuatro dedos 
de espartillo suelto y menudo. Estaba con el rostro gra- 
ve y severo, y muchos de los principales caballeros de 
su corte lo rodeaban, permaneciendo todos de pie. Tan 
persuadido estaba de su grandeza, que no dudaba que 
los esp&fioles lo habían de respetar como lo hacían sus 
vasallos, y que no se atreverían á poner las manos en 
su persona. Cuando vio entrar á Quesada seguido de 
seis hombres armados por el patio del cercado y lle- 
gar á su presencia con el semblante animado, se quedó 
quieto sin dar muestras de alteración. El licenciado lo 
hizo poner luego preso en lugar seguro y con guardias. 
Aunque se le volvió pronto la libertad, poco sobrevi- 
vió á su desgracia. 

Sugamuxi vio con horror su ejército vencido y 
puesto en fuga por un reducido numero de españoles 
mandados por Jiménez de Quesada. El célebre templo 
de Sogamoso quedó reducido á cenizas, y las láminas, 
platos y otros objetos de oro que adornaban el cercado 
del cacique y los santuarios, fueron presa del vencedor. 
Resentido y enconado aquél por la pérdida de su po- 
der y de sus liquezas, de las que logró salvar no poca 
parte, entró en alianza con el tundama, y se sometió 
cuando éste fue vencido. Arrepentido de sus errores 
idolátricos, el altivo sucesor de Idacansás inclinó hu- 
milde la frente y recibió las aguas del bautismo cris- 
tiano con otras personas de su familia hacia 1541. 

Pásesele el nombre de D. Alonso, y fue muy cele- 
brado y estimado de los conquistadores y de los reli- 



— ai6 — 

giosos por SQ despejada inteligencia, su carácter insi- 
nuante y simpático y sus dichos agudos y originales. 
Distinguíase, además, por la liberalidad con que usaba 
de SQs riquezas. Merecen recordarse algunos rasgos que 
pintan la agudeza de su ingenio. Hallándose en Bogotá 
en una visita con un oidor, le mostró éste un retrato 
del rey de España. Quedóse D. Alonso mirándolo con 
atención, y entonces le dijo el oidor : " ¿ Qué os parece, 
D. Alonso, nuestro rey?" Respondióle con mucho 
sosiego : ^' Muy bien, si tuviera su corte en Sugamuxi.'* 
Aludiendo finamente con esta sentencia á la dificul- 
tad de gobernar bien hallándose á tan gran distancia 
de sus súbditoa En otra ocasión le dijeron que iba un 
juez muy justiciero á Sugamuxi ; volviéndose entonces 
á los indios les dijo fuesen al río á ver cómo corrían las 
aguas, y si no iban para arriba sino para abajo, como 
de costumbre, no creyesen que aquel juez había de 
seguir otro camino que los anteriores. 

D. Alonso sobrevivió más de veinticuatro años á 
la conquista, y murió muy generalmente sentido. Los 
padres franciscanos le dieron sepultura en Sogamoso, 
y probablemente uno de ellos compuso en su honor el 
conocido epitafio cuya copia se debe al Padre Bernardo 
Lugo. (1) 

(1) H6 aqaf este importaDte dooamento liitt6rioo: 

" Affo^ qnandola in 
Assv quahaia euhumá Sugamaxi fmhipcua paba blytysaca ti que biaqna: 
nis tho muytoa ti Oundioamarca bie puyquy es Mé Ü quica: sus msgue ti 
efttítof «uei.maélaiiiiíyMaeliieseqasqaachles yei 8ua piquihin. Agadia 
s^gascna bi fihUoa, " 

La tradaeeiÓQ literal es eomo sigae: 

"iAt> gran dolor I 
Aquí muerto el gran Sugamuxi, cscique, sefior amante de su pueblo; 
el mejor hombre de Cunmnamarca; alegría y honra de su tierra; d amigo 
de los hijos del Sol, al fin reverenció las luces del Sol que resplandece. 
Boguemos por su alma." 

Hemos poesto en letra cursiva las palabras ehlbehas del epita- 
fio, A las que, en nueetm opinito, deben agregarse las eoatro si- 



— 217 — 

Fae el tundama el único entre los caciqaes pode- 
rosos del país de los Chibchas que resistió tenazmente 
¿ la conquista espafiola. Era mny altivo, belicoso y atre- 
vido, y tenía raras dotes militares, como lo demostró 
defendiéndose y fortificándose con sns tropas en la isla 
de Daitama, llanura rodeada de pantanos donde no po- 
día obrar la caballería española. 

Estando el capitán San Martín en el pueblo de Iza, 
llegó á su campamento un indio con la cara, brazos y 
cuerpo bañados en sangre ; traía recién cortadas la mano 
izquierda y ambas orejas, colgado todo de los cabellos. 
Contó que venía de Tundama, donde habiendo llegado 
la fama de los valerosos hechos de los hijos del Sol, él, 
como viejo experimentado, había aconsejado al caci- 
que que les saliera de paz con algunos presentes, como 
era de costumbre. Ofendido el tirano lo reprendió seve- 
ramente y con crueldad lo hizo mutilar, diciéndole que 
fuera á decir á los suachies que llegaran, que los pon- 
dría de esa suerte á ellos y á los que los siguieran. 

Ni aun de los caballos, que tanto espanto producían 
entre los indios, tuvo miedo, pues entre otros recados 
amenazantes que enviaba á los españoles, les hacía 
decir que esperaba hacer paveses de los cueros de sus 
caballos, y de los dientes de los hombres cuentas para 

sus mujeres. 

~ — — 

galeotas, en eada ana de las caales pado haber cambio de une letra 
por error de eopiata: quaJií^ia (guahaia^ mtáerto), que (güeógue^ 
pueblo)^ blyíysuca (btysisiica), y piquihisa (pquihUa). El epitafio no 
íqe, paes, escrito propUmente en lenKaa chibcha, sino mezclando 
▼ocablos tomados de Sata con otros del dialecto de Sagamazl. Al- 
ganas de las voces chibchas es nataral qae íaeran las mismas en el 
dialecto de SagamozL Debió de componerlo ana persona qae ta- 
viese conocimiento de ambos lenguajes, pero poco versada en 
las reglas gramaticales, como lo indican el aso de la a en las voces 
Actiiof, subí y ehies como signo del plaral, y otras incorrecciones. 
Bl Padre Logo tradace las palabras 8ua piquihisa^ 8>l eterno^ 
qae fae, probablemente, lo qae quiso decir el autor del epitafio, 
pero no hallando voz 'iropia para tradacir etems^ empleó el ro- 
CBhlopquihiiQf qae quiere decir: qué da resplandor. 



— 218 — 

Vencida el tatidamá despaés dé larga y porfiada 
resistencia en el pantano de Daitamá, lachó aún tAgktí 
tíempOi ^Mnclinandoal fin sa cuello siempre libré, al yngo 
dé perpetuo vasallaje.'* Pagando nn día el tribató, q%e 
entonces se daba en oro labrado, Baltasar Maldoñado 
remachaba las joyas á martillo para fundirlas. Pregun- 
tado por qué no traía bastante cantidad de oro, el 
tundama, disgustado, respondió con algún desabrimiento. 
Encendido en cólera el jefe español, levantó el marti- 
llo y lo hirió de muerte, quebrantándole la cabera. 
Maldoñado, que era valiente entre los valientes, de- 
ploró toda su vida su criminal arrebato de cólera. Por 
pena de este delito y de otros castigos excesivos lo 
privó Miguel Dídz de Armendáriz de los repartimientos 
que tenía. Apeló de la sentencia ante el licenciado Pe- 
dro de la Gasea, que gobernaba en el Pera, y éste lo 
dio por libre y lo restableció en sus bieues y honores. 

La suerte final de los últimos príncipes que lleva- 
ron el título de zipa, de zaque y de tundama, no fue 
menos desgraciada que la de sus inmediatos antecesores. 

Por la muerte de Tisquesusa usurpó el trono de 
los zipas su sobrino y capitán general Saquesaxigua (1), 
atrepellando los derechos que i él tenía el cacique de 
Chía. Era el más hábil general del ejército de Bacatá, 
astuto, liberal, de presencia agradable, muy respetado, 
y acostumbrado, como su tío, á ejercer despóticamente 
la autoridad. Empezó por hacer guerra tenaz á los es- 
pañoles, inquietándolos con asaltos continuos. Dos in- 
signes caballeros de sangre real, Cuximinpaba y Cuxi- 
nimegua, le hacían oposición, murmurando abiertamen- 

(1) Castellanos escribe Saeresaxlgua^ el Padre Biñaób Sáorésasí- 
qua 6 Bojipa^ y Piedrahita Zaquegagippa. Como los Bacatáes no ha- 
eten oso de la r, nos inelfa&amos á ereer qae sa propio nombre ettL 
Saquefoxfgwi. 



t4^^ie*'^l. Temferoso de pefder^l poder, detftrtñiAd 
la pás con lód españoles. Púsose en camino acompafiádó^ 
deia gente principal de la cortó, con muchos criados car-: 
gñdoa de regalos consistentes en finas mantas, ricas joyas- 
de oro y esmeraldas. Siguieron adelante los mensajeros á^ 
anunciar su venida al licenciado, quien los recibió con* 
agrado y envió á su encuentro algunos de sus principa- 
les capitanes. Fue muy cordial la recepción, t&vose por 
magnífico el presente ^' que fue de las ganancias creci- 
miento," y el zipa dio vasallaje y obediencia al rey de 
las Españas, en las manos de Jiménez de Quesada. 
Poco después atacaron á los Panches las fuerzas unidas 
de los dos jefes amigos, y les dieron sangrienta batalla. 

Con este triunfo creyó Saquesaxigua llegar al col- 
mo de la prosperidad y reducir á sus rivales á la impo- 
tencia. ¡ No sospechaba en medio de Ins fiestas que le 
dieron sus subditos en Bojacá, que muy pronto se le con- 
denaría á un fin afrentoso. Acercóse Cuximinpaba con 
mucha cautela d Hernán Pérez de Quesada, y le asegu- 
ró que Saquesaxigua era usurpador, cosa que los espa- 
ñoles ignoraban, y que además se había hecho dueño 
del tesoro del bacatá. Hernán Pérez firmó con algunos 
de sus compañeros de armas, tan codiciosos como él, 
un escrito dirigido á su hermano el licenciado, en el que 
le pedía que lo mandara prender y reducir á prisión has- 
ta que entregara las riquezas de su rebelde predecesor. 

Quesada hizo conducir al zipa preso á Bogotá, é 
intentó persuadirle á que entregara los tesoros que tenía 
escondidos, que no eran de él sino del rebelde Tisque- 
susa, para que gozara de su libertad y conservara el po- 
der sin que nadie pudiese arrebatárselo. Ofreció Saque- 
saxigua entregar todo el oro que tuviera, siempre que 
se le dieran cuarenta días de término paira recogerlo,. 



— 220 — 

poea alegó que lo tenía repartido entre varias de sos 
gentes. Convínose en ello, y entonces llamó ¿ algunos 
vasallos de toda su confianza y les dio órdenes secretas. 
Cada día traían nna carga de joyas y láminas de oro 
€ñvaeltas en nna manta, las que producían muy agra- 
dable sonido metálico para los oídos españoles. Treinta 
y seis indios cubiertos de galanas telas acompañaban al 
que llevaba la carga. Pasaban por el aposento del zipa 
á otro cuarto, donde había instado á los hijos del Sol 
que no mirasen hasta el último día ; caía la carga al 
suelo con sonoro golpe, y luego cada indio echaba disi- 
muladamente parte de las joyas en una mochila que te- 
nía oculta bajo la manta. Transcurrieron los cuarenta 
días sin que el infortunado príncipe hubiese hallado oca- 
sión de fugarse, que era lo que intentaba. Entraron los 
españoles llenos de alborozo al cuarto donde esperaban 
hallar depositadas grandes riquezas. Mudos de cólera 
salieron de allí, y llenos de asombro de burla tan cruel. 
Quesada no pudo contener su indignación, y mandó po- 
ner en duras prisiones al autor del engaño, no sin ame- 
nazarlo y hacerle dar algunos palos. 

El zipa, que era muy astuto, logró convencer al li- 
cenciado de que los de la burla habían sido sus dos morta- 
les enemigos : Quiziminpaba y Qaixinimegua ; que eran 
ellos quienes se habían puesto de acuerdo con los indios 
que acompañaban la carga de joyas de oro para que la 
sacaran otra vez repartida. Prendidos los dos usaques 
inocentes, fueron puestos en tormento. Nada pudieron 
revelar respecto de la existencia del tesoro, y sin más 
prueba que la acusación de su rival, fueron condenados 
«I suplicio de la horca. 

Requirió Hernán Pérez á su hermano parn que se 
iiveriguase de Saquesazigua por medio del tormento lo 



que con los halagos había ocultado hasta entonces.. Des- 
pués de haber seguido proceso, que duró muchos días, 
fue sometido al tormento de tracto de cuerda. Ejecu- 
tábase este castigo atando á la víctima las manos por 
detrás, y colgándola por ellas de una cuerda que pasa- 
ba por una garrucha, con la cual la levantaban en alto 
y después la dejaban caer de golpe, sin que llegase al 
suelo. 

'' Le dieron tres tractos de cuerda la primera vez, y después 
quando se le reiteró el tormento otros tres; y aunque en ellos 
siempre prometía de dar el oro, nunca lo dio. Desde á un mes, 
como era hombre delicado y se veía afligido con la prisión y tris- 
teza, murió. ^^ (1) 

¡Mancha indeleble dejó la muerte cruel del último 
zipa en la simpática memoria del conquistador de los 
Chibcbas! Olvidó la mansedumbre 7 la templanza que 
inspiraban sus actos. ** Quien leyere este suceso en 
el Compendio historial que escribió el mismo Adelan- 
tado, tendrá bien que lamentarse del sentimiento y do. 
lor con que confiesa haber cooperado á la injusticia con 
el fin de complacer á su gente, de suerte que la obli- 
gase á informar con tanto aplauso de sus hazañas que 
por ellas consiguiese el gobierno perpetuo del Nuevo 
Reino." (2) 

Al zaque Quemuenchatocha sucedió su sobrino 
Aquiminzaque (3) en el gobierno nominal de los hun- 
sas, pues los españoles disponían del poder. Convirtióse 
muy de veras al Catolicismo hacia 1541. Dispuso ca- 
sarse conforme á los ritos de la Iglesia con una hija del 
elector de Gámeza. Invitó á la ciudad de Tunja á los 
caciques que le estaban sometidos, y á numerosos ami- 

(1) OviBBO. T. n, Lib. xxvi. Cap. xxix. 

(2) PiBOBiHiTA, Lib VI, Oap. i. 

(3) Qaemichna lo llama el Padre Simón. 

16 



— 222 — 

g08. Inmenso concurso de indios llenó la ciudad. Alar- 
máronse Hernán Pérez y sus compafieros, entre quienes 
se hallaban algunos de los que vinieron con Federmán 
y Belalcázar de Venezuela y de Quito, acostumbrados 
á tener en poco la vida de los indios. Hablóse de gran 
peligro, de levantamiento general, y muchos lograron 
convencer á Hernán Pérez de que era preciso hacer un 
castigo ejemplar quitando la vida al zaque y á los prin- 
cipales caciques, y aunque otros hablaban en favor de 
ellos, hizo reducir á prisión á Aquirainzaque, los caci- 
ques de Toca, Motavita, Samac:t, Turmequé, Boyaca y 
Suta y otros señores y capitanes. Todos fueron conde- 
nados á ser degollados en la plaza pública como trai- 
dores. (1) Tenía el zuque veintidós años de euad, estaba 
dotado de clara inteligencia y de un exterior agrada- 
ble. Respondió con entereza de rey al escribano que le 
leyó la sentencia: ^^ Decid al capitán mayor que de más 
á más le debo este beneficio que hoy me hace de qui- 
tarme la vida, y que pues me hizo cristiano cuando me 
quitó este reino temporal, no me apresure tanto la 
muerte, que por su culpa pierda el eterno." Fac sacado 
de la prisión en una muía enlutada, y en el lagar del 
suplicio hizo profesión de la fe católica y se puso á 
merced del verdugo. 

Siguió Hernán Pérez acompañado de su hermano 
Francisco á la jornada del Dorado. A su regreso los so- 
metió á juicio D. Alonso Luis de Lugo, y fueron des- 
terrados lejos de las Indias. Regresaban más tarde á 
Cartagena, y hallándose á bordo de una nave pronta á 
zarpar en el cabo de la Vela, se nubló el cielo, cruzaron 



(i) CasteUaDOft j el Padre Simón dieen qae íaeron degoHados; 
Piedraliita qae á AqaimÍDzaqae le cortaron la eabeza y á loe demás 
les dieron maerte eon diferentes géoeros de sapUcio; el Padre Za- 
mora, en fin, dice qae á todos les eortaron la cabeza. 



— 2S8 — 

la atmósfera relámpagos y rayos, y uno de ^tos mató á 
los dos Qaesadas, sentados frente á frente en una mesa 
de juego. 

Al desgraciado Tundama muerto por Baltasar Mal- 
donado sucedió su sobrino, á quien bautizó con el nom- 
bre de Juan el primer Arzobispo del Nuevo Reino, 
Fray Juan de los Barrios. El infame oidor de la Au- 
diencia Andrés Cortés do Mesa usó de excesivo rigor 
con él para que le dijese dónde tenía oculto su tesoro. 
Hízolo pasear desnudo las calles ocupadas por sus 
vasallos, con las manos atadas atrás y soga puesta 
al cuello. Fue tal el sentimiento que causó esta afrenta 
al cacique, que se ahorcó dentro de su casa. Poco des- 
pues fue condenado Cortés de Mesa á la pena de de- 
güello, que sufrió en Bogotá por este delito y por ha- 
ber dado alevosa muerte á Juan de los Ríos. 

Terminada la conquista después de haber vencido 
la tenaz resistencia de algunos caciques que se retira- 
ron con sus vasallos, sus familias y sus haberes á peño- 
nes de difícil acceso, quedaron incorporados los Chib- 
chas en la extensa nación que se formó pocos años dea. 
pues con el nombre de Nuevo Reino de Granada. Nin- 
gún otro de los primitivos pueblos que ocupaban su 
territorio logró resistir mejor que él á las causas de des- 
trucción, inherentes á la conquista. No se vio sometido 
al duro trabajo de las minas, ni á las faenas de la nave- 
gación. Jamás se rebeló contra el yugo que lo irapu* 
sieron los hijos del Sol. Pasó los tres siglos de la coló* 
nía labrando la tierra que le dio siempre el sustento. 
Sirvió en los ejércitos de los patriotas que consumaron 
la obra de nuestra Independencia nacional, con abne- 
gación y valor. 

Con absoluta imparcialidad hemos pintado las vir* 



— 224 — 

tudes y los vicios de los Chibchas. Sus descendientes 
son ho^ ciudadanos libres y forman nn elemento esen- 
cial de la Nación, elemento de trabajo, de faerza y de 
orden, pues ni germina entre ellos el espíritu de rebe- 
lión, ni conocen la envidia que engendran las rivalida- 
des de razca. Sirven en el ejército como soldados disci- 
plinados ; son sumisos si las autoridades, sufridos y va- 
lerosos, y se ocupan en trabajos agrícolaa 

Harán muy bien nuestros gobiernos si procuran 
levantar el nivel intelectual y moral de los descendien- 
tes de los primitivos habitantes del centro de la Repú- 
blica; las felices cualidades que los distinguieron siem- 
pre, son del número de aquellas que contribuyen más á 
la conservación del bien inestimable de la paz nacional. 



TJSnDXGJEl 



de las figuras del Atlas arqueológico (1) 



Lámina. Nfimero. 

Carta del territorio de los Ghibchas. 

I 1 Idolillo de madera con haeco en el yientre 

para poner oro y esmeraldas. Fao ha- 
llado en Ramiriquf ; mide 22 centíme- 
tros. — N. O. 
2 ídolo tosco de madera hallado en Bojacá; 
mide 60 centímetros.— M. N. 

II 3 Balea de oro de 0'800 de ley, qne lleva un 

guerrero gaecha armado con la tira- 
dera, con canutillos de oro en las me- 
jillas y rodeado por nneye indios sen- 
tados en cuclillas. Fue hallada en la 

m 

laguna do Siecha, pesaba 262 gramos, 
y medía sn diámetro 9^ centímetros. 
4 Guerrero guecha de oro, sentado dentro de 
un cercado, y rodeado de objetos de di- 
fícil interpretación.— M. B. 
III 5 Oaerrero guecha, de muy buen oro, con cas- 

co terminado en punta retorcida, arma- 
do con una tiradera y una vara llena 
de picos; mide 7 centímetros. — M. N. 
6 Ouerrero guecha,de muy buen oro, de aspec- 
to feroz, mostrando los dientes. Lleva 
en la mano derecha una tiradera y dos 

(1) Bl paradero actual de los objetos se indica con estas iniciales: 

M. O., Mtueo CoUmbino de Chicago. 

H. N., lítueo Nacional dé Bogotá. 

M. B., Jívueo Real do Berlín, 

N. O., üieaBio O. QaUndo. 

E. R , Ernesto Beetrepo. 

y. R., Vieents Reeir^. 



— 226 — 



Nftmero. 



dardos. Está redaoido á los dos tercios 
de sil tamaflo. 
7 Tocador de flanta, de baen oro, cabierto 
con vestido de red, y sentado dentro 
de nn recinto circular con divisiones. 
IjO acompañan dos indios. Fae halla- 
do en Pasca. Diámetro, 8 centímetros. 

IV 8 Momia cbibcha seutadiL—M. N. 

T 9 Columnas de arenisca que se balliin cerca 

do Bamiriquí. 
10 Obelisco de piedra levantado por los Chib- 
chas en la serranía de Paclio. 

Yl 11 Figura de mujer sentada en cuclillas, de 

cobre, llena de arcilla en la parte in- 
terior, que formaba el molde; mide 11 
centímetros, y pesa 32 gramos. — M. G. 

12 Figura de mujer, imperfectamente vacia- 

da, con un ave y nn nido. Es de buen 
oro y fue hallada en Guatabita; mide 
10 centímetros.— M. G. 

13 Corona de muy buen oro, con dibujos; 

mide 45 centímetros. — M. G. 
Til 14 Figuras de oro (5) en láminas muy delga- 

das. — M. G. 

15 Figura de cobre con una gran mitra, ha- 

llada en la sabana do Bogotá; mide 7 
centímetros. — M. G. 

16 Cacique ó jefe, de oro fino, con corona Li- 

brada y tiradera. Fue hallado en So- 
gamoso; mide 10 centímetros. — M.G. 
VIII 17 Cacique 6 jefe, de buen oro, con rica coro- 

na, enorme nariguera y brazaletes. 
De Sogamoso; mide IH centíme- 
tros. — M. G. 

18 Cacique 6 jefe con rica corona, tiradera y 

escudo. Es de oro; mide 12^ centíme- 
tros; fue hallado en Sogamoso.-M. O. 

19 Cacique ó jefe, de oro, con corona^armado 

con maza y escudo. Proviene de Soga- 
moco; mido Si centímetros. — M. G. 



— 227 — 

Ndmero. 

IX 20 Medias lanas de tnmbagay doradas, con 

cUbajoSy halladas cerca de Vélez; mi- 
den 22 7 27 centímetros. — M. O. 
21 Hermosa nariguera, de oro, may labra- 
da.— M. B. 

X 22 Ma jer principal, de buen oro; mide 8i cea- 

tí metros. — M. C. 

23 Mujer principal, de buen oro; mide 5| 

centímetros. — M. O. 

24 Figura de cobre, de mujer, con gorra alta 

y collares; mide 15^ centímetros. — 
M. C. 

XI 25 Indio sentado, con un tejuelo do oro cu el 

pecho. Es de oro,y fue hallado en Gua- 
tabita; mide 7 centímetros. — M. C. 
26 Mujer en cuclillas, de oro, con doble co- 
llar; mido 7 centímetros^ fue hallada 
cerca de Vélcz. — M. O. 
27 y 28 Mujeres principales, de buen oro, con ri- 
cos collares, y un are en el extremo 
de uoa vara. Halladas cerca de Yélez, 
miden ambas 7 centímetros. — M. C. 

XII 29 Collar de huesos labrados. Beduccióu á i. 
30 Patena de tumbaga en forma de corazón, 

con mascarita y diez insectos realza- 
dos. Hallada cerca de Vélez; mide 13 
centímetros.— M. G. 

XIII 31 y 32 Hermosas patenas de oro de veinte quila- 

tes, con figuras realzadas, halladas en 
Macheta. La más grande (número 31) 
pesa 390 gramos, y mide 24 por 21 
centímetros. La otra mido 20 por 20 
centímetros. (1) 

xiY 33 Máscara de tumbaga, mide 9 centíme- 

tros. — M. G. 
34 Tiradera de oro hallada en Lenguazaque; 
mide 14^ centímetros. — M. G. 

(1) Estas dos patenas fueron obsequiadas por el Befior Yicepresidente 
de la República. D. Miguel Antonio Caro, & Su Santidad León xin, Junto 
COA otra muy semejante. 



— 228 — 



XV 



XVI 



XVII 



XVIII 



XIX 



ITwiMro* 

35 Fígara de hombre sentado, de oro, con 
nna tiradera armada en la mano dere- 
cha y una jaula en la izquierda. Fue 
hallada en Chirajara (cerca de Queta- 
me), 7 mide 13^ centímetros. 

,36 Tiradera con el dardo puesto á punto de 
lanzarlo. 

37 Tres tiraderas de oro, de 8 & 11 centímetros, 

bailadas en Lenguazaque.-^H. C. 

38 Tiradera de madera qne usaban los indios 

de Biobamba. 

39 Tiradera de madera que usaban los iodios 

de Snyá (Brasil). 

40 Guerrero de oro con una pica en la mano 

izquierda y un escudo en la derecha. 
Hallado en Chirajara; mide 15 centí- 
metros. 

41 Figurado indio, de cobre, armada con nna 

maza. Hallada corea de Tunja; mide 
6 centímetros. — M. N. 

42 Indio de tumbaga, con dos Taras, nna de 

ellas con púas. Hallado en Ouatabita; 
mide 4^ centímetros. — M. G. 

43 Pesada maza de chonta con dibujos, halla- 

da en Tunjii; mide 46 centímetros. 

44 Dijes do oro, en láminas muy delgadas. 

45 Vasija do barro cocido, destinada á depo- 

sitar las ofrendas de tunjos do oro, en 
figura de indio sentado. Procede de 
Chirajara, y mide 25 centímetros. 

46 Indio armado de tiradera. De Chirajara; 

es de oro; mide 8 centímetros. 

47 Indio sentado en una silla de madera. 

De Chirajara; es de oro y mide 45 
centímetros. 
48 á £0 Caciques ó jefes, de oro, hallados en Chi- 
rajara. Miden los dos de los extremos 
16 centímetros, y el del centro 11. 
51 Dos figuras de oro, de nifios, de Chirajara; 
miden 3 y 4^ centímetros. 



— 229 — 

Lámina. Númóro. 

62 Culebra de oro, de 9 centímetros, hallada 
en Chiriijara. 

53 Baña do oro, hallada en Chirajara. 

54 Mujer sentada en nn asiento que se bifar- 

ca, y lleva en los bnizos unnifio enco- 
gido en cuclillas. Es de oro y mide 7 
centímetros. — M. N. 

55 Cacique majestuosamente sentado, quizás 

enunasandbs. Lleva anclia narigue- 
ra, grandes pendientes circulares, lá- 
mina en el pecho y cetro bifurcado. Es 
de buen oro, procede de Sogamoso y 
mide lOi centímetros. — M. C. 

XX 56 Culebra de oro; mide 13 centímetros.— 

M. C. 
57 Caracol de oro hallado en Guatabita.— M. L 
58 á 61 Cuadrúpedos diversos; el marcado con el 

número 59 03 de cobre, y loa demás 

do oro. — lí. C. 
62 Insecto de oro. — M. C. 

XXI 63 y 64 Culebras de tumbaga, de Moniquirá; mi- 

den 18^ y 9 centímetros.— M. C» 

65 Animal de forma caprichosa. Fue hallado 

en Gnatabita; mide 9 J centímetros y 
es de tumbaga. — M. C. 

66 Pccccillo de oro, vaciado en lámina muy 

delgada. — M. C. 
■ 67 Culebra de oro hallada en Guatabita; mide 

8 centímetros. — M. C. 
68 Pececillo de oro en lámina muy delgada. 
69 y 70 Aves de oro halladas en Gnatabita. — M. G. 

XXII 71 Vara simbólica do oro, con dos aves que se 

miran en la parte superior. Fue ha- 
llada en Guatabita y mide 15 centí 
metros. -^M. C. 
72 Id. de oro, simbólica, con espirales. — M. O. 
73 y 74 Indios sentados, con gorros de copa alta 

semejantes á sombreros, y en la mano 
derecha aves en varas que terminan en 



— 230 — 



J[XIII 



NAmero. 



75 



triángulo. Fueron halladas en Gnata- 
bita^ miden 7 y 5i centímetros y son 
de oro. — M. C. 
Curiosa figura de fantasía, qne parece re* 
presentar la muerte. Fue hallada en 
Tabio; mide 23 centímetros y es de 
oro de 14 quilates. — Y. R. 



XXIV 



XXV 



XXVI 



XXVIl 



XXVIII 



VASOS, FIGUBA8 Y ÚTILES DE CESÁHICA 

76' Grande y elegante jarra con dibujos; fue 
hallada en una cueva cerca del Salto 
de Tequendama, y mide de altura 50 
centímetros. — Y. B. 

76^ Desarrollo del dibujo de la parte superior 
del yientre de la jarra anterior. 

77* Hermosa jarra que lleva en el cuello una 
figura humana sentada (detr&s de la 
figura se ve el asa). Altura, 37 centí- 
metros* *£. B. 

77^ Desarrollo del dibujo de la parte superior 
de la jarra. 

78 Olla 6 mucura con asa, hallada en la 

Sabana. Tiene de alto 27 centíme- 
tros. — M. C. 

79 Yuso con pie, de figura oval, con dibujos, 

de 20 centímetros de alto. Hallado en 
la Sabana. — M. G. 

80 y 81 Yasos con pie, con dibujos; el marcado con 

el número 81 tiene dos culebras real- 
zadas, de 21 y 22 centímetros de alto. 
Hallados en la Sabana.— H. O. 
82 Copa bellamente delineada, con dos cule- 
bras realzadas, de 10 centímetros de 
alto, hallada en Guatabita.»M. O. 

83 y 84 Elegantes canastas halladas en Guatabita, 

de 9 y 17 centímetros de alto. —M. O. 
85 Hermoso vaso de color negro, con dibujos 
grabados. Tiene de alto 1 7 centíme- 
tros.— M. N. 



— 281 — 



xxzri 



XXXIII 



NÚOMro. 

86 Bella vasija con asa. Forma el cnello ou 

indio principal, en cnclillas. Fae ha- 
llada en la Sabana y tiene de alto 15 
centímetros. —M. O. 

87 Cnbeta ó vaso cilindrico con su tapadera, 

la que tiene encima un indio princi- 
pal. Proviene de Usme y tiene de alto 
36 centímetros. — M. O. 

88 Vaso que lleva al lado del cnello dos fieras 

en relieve. Proviene de Pasca y mide 
12 centímetros. — M. O. 

89 y 90 Peqneflos vasos con asa, en fignra de 

patos, de 9 y 10 centímetros de 
alto. — M. N. 

91 Cacique 6 persona principal con dos bus- 

tos á los lados. Fue hallado en la Sa- 
bana y tiene de alto 23 centíme- 
tros. — M. O. 

92 Cacique 6 indio principal, abierto por la 

parte superior y con una enorme na- 
riguera; falta parte de la base, que era 
como pirámide formada por tres gra- 
derías circulares. Proviene de Pasca y 
mide 22 centímetros. — E. B. 

93 Cacique 6 persona pr¡ncipal,con gorro alto, 

adornado con una franja en la parte 
inferior. Tiene 17 centímetros de 
alto.— M. N. 

94 Hermoso busto de cacique ó jeque, con alta 

mitra muy labrada y ancho collar de 
hnesos labrados. Proviene de Guata- 
bita.— M. B. 

95 Indio en actitud de reírse. Le faltan loa 

brazos y piernas, que se quebraron. 
Tiene 22 centímetros de alto.— E. R. 
96' ludia principal, sentada en cuclillas, con 
vara simbólica y gran collar. Lleva á 
la espalda un nifio sujeto con una 



— 232 — 

U¡a, 7 mide 12 centfmetroB.— M. K. 

96^ La misnift» vista de lado. 
xxxiY 97 Caadrúpedo semejante á un perro mudo, 

con grecas negras sobre fondo blanco, 
de 21 centímetros de alto y 41 do 
largo.— E. B. 

98 Animal imaginario, colocado sobre nn trí- 
pode que imita pechos de mnjer. — 
E.R. 
XXXT 99 Pajaro en actitud de volar, con una aber- 

tura en la cabeza y cinco en el vien- 
tre. Servia de instmmento músico á 
manera de ocarina. Fue bailado en 
Ouatabita y mide de largo 14 centí* 
metros. — M. G. 

100 Pito de 7 centímetros de alto. 

101 Caracol, de color negro, de 16 centímetros 

de largo. — M. N. 
xxzvi 102* Sello cilindrico con dibn jos simétricos para 

la impresión en telas; mide 7 centí- 
metros. — E. B. 
102^ Desarrollo del dibajo del sello anterior. 
XXXVII 103 7 104 Bollos para impresión; miden 6 y 7 cen- 
tímetros. — M. B. 
105^ Sello plano para impresión, hallado en 
Guatabitu; mide 8 centímetros. -M. O* 
105' Manija del sello anterior. 
106 Cabezuela de uso con dibujos. 

INSTKCMBNTOSy DIJCS, ETC., DE PIEDRA 

xxxviii 107 y 108 Hachas con una muesca en la parte sa« 

perior. Tienen 17 y 12 centíme- 
tros. — M. C. 

109 Instrumento de labranza semejante á un 
cincel; mide 27 centímetros. — M. O. 

lio Instrumento en forma de cincel, de 14 
centímetros de largc^M. G. 

111 Utensilio en forma de cincel, que servía 
probablemente de bruflidor. Tiene 10 
centímetros.— H. G. 



— 233 — 



112 á 114 PeqacfiOB nteiiBilios en íonna de majade- 
ros; pirecen brufiidores. — M. N. 
115 ¿Pequefiosbrofiidores?— M. N. 
116 á 120 Cabexnelas de uso de distintas formas, con 

dibujos. — M. N. 
121 Pipa con dibujo. — K B. 
XL 122 Pequefla figura de indio; mide 5 centí 

metros. — M. N. 
123 Figura de insecto, de 4^ centimetros de 
alto.— M. N. 
124 á 128 Dijes de distiutas formas, propios para 

usarles en los collares. — M. N. 
XLi 129 Diseño de una de las piedras llamadas im- 

propiamente calendarios, con figuras 
realzadas, vista por sus seis caras. 
130 Piedra con figuras realzadas, Tista por sus 
dos caras. 

PICTOGKAFfAS 

XLii 131 Petroglifos de la piedra de Jjl Peña, co- 

piados por el sefior Lázaro IL Girún. 

xuii 132 Petroglifos de la piedra de Saboyá. — 

A. C. O. (1) 

lULLV 133 Petroglifos de la piedra de Gámcza.— 

A. C. O. 

XLY 134 Petroglifos de la piedra de Panái. «- 

A. G. C» 

XLTI 135 Petroglifos de la gran piedra grabada de 

Anacutá, en el distrito de Foasgm- 
sugi, copiados por el «ef^or lilizai^ ÍL 
Girón. 

(1) Om estas iniciales indicamos que los k«ih^ <vt^iii44> 4iil APntm 
trf di t o de la Oomisión corogriflca coaserrmdo «a la K«blj^aeoa K«c4<«al. 



NOTA EXPLICATIVA 



Nos hemos separado de la práctiea general escribiendo Gnatavi- 
ta oon 6 y Tensaqaillo eon y, porque en las tierras del sipa no sa 
osaban la « y la IL Además, Oaf tellanos y Piedrahita escriben Goa- 
tobita. 

RogamoA al lector qae atienda á las sigaientes enmiendas: 



zn, NoUS 1564 1574 

24 9.* porque JQho 

51 15. JOS logares mis- ) J esos logares 6 mm- 

mosenqoe f i tuarioe áñ qae 

7S 1.* sangre carne 

160 0." o. fr, e b, c. d 

Ponemos fin á este libro dando gracias al señor Director de la 

imprenta de La Luz^ qnien contribuyó efloasmente á la corrección 
y limpieza de la edición. 



-♦♦■ 



Pbólooo xn 

Capítulo i.—Origen de las voces chibcha, tnuiica y moiea.— Lfmites, 

extensión y población de la nación Chibsha.— Unidad 
de origen de sus bibitantes.— Bosquejo de las costum- 
bres de sus veci DOS.— Crueldad y antropofagia de loa 
Muzos y de los Pancbes.— Animo apocado de los 6uta- 
gaos.— Tribus que ocupaban los Llanos.— Costumbres 
salvajes de los Tunebos y de los T^cbcs.— Tradiciones 
de los Cbibcbos relativas á su origen.— Inmigraciones 
sucesivas que ocuparon el Nuevo Reioo de Granada. — 
De dónde vinieron los Cbibcbas • 1 

Capítulo ic. — La lengua cbibcba comparada con las lenguas america- 
nas. — No tiene afinidades con el japonés, el maya, el 
quiche y el qiichda.— Errores de Brinton acerca del ori- 
gen común de los ChibJias y de otras tribus, y la difu- 
sión de su lengua. — Comparación del cbibcba con el 
sínsiga, el aruaco y el chimiln.— Afinidades del cbibcba 
con el talamanca, el guaymí y otros dialectos istme- 
ños. — La migración de los Cbibcbas vino de la América 
del Norte, lejos de babcr partido del país do éstos bacia 
Costarrica, como lo sostiene Brioton.— Semejanza de 
las obras de arte de los Talamancas y Cbiriquíe^ y de- 
semejanza de las de unos y otros respecto de las de los 
Cbibcbas. — Similitud de algunas de sus costumbres. ... 17 

Capítltlo III.— La lengua cbibcba y las obras que tratan de ella.— Cos- 
mogonía de los Cbibcbas. — Cbiminigagua, el Dios crea- 
dor.— Bacbde, la madre de los primeros hombres. — Dos 
caciques convertidos en sol y luna. — Fiesta del bu&n. — 
Bocbica, civilizador y maestro de la nació o.— ¿Existió 
Bo jhica, 6 es un mito que personifica el Bien ? — ¿ Fue uno 
de los apóstoles?— Las cruces chibcbas.— ¿Era Bocbi- 
ca el mismo personaje que Idaca osas?— ¿Quién era éste? 
— Errores de Piedrahita relativos á Bocbica.— Quién fue 
Huitaca. —Formación d^rl Salto de Tequ?ndama 2^ 

Capítulo iv.— Los dioses cbibcbas.— El Sol y la Luna.— Bocbica y 

Cbibcbachum.— Cucbabiba, el arco iris.— Bachúe y su 



_ 236 — 

espoto.^Cbaqu6ii.— KencaUcoa.— Bl diablo, gmakaio- 
^v^.^Deacripciób de los temploa y aioratorioa de loa 
Cliibcbaa.— ídolos, y ofrendas que les hacSan.— Fiestaa 
de rogativas.— Idolillos lares. —Oraa abundancia de 
ídolos que teniaD.— Rendían Ctt*to á las lagunas, ríos, 
bosques, etc. — Noviciado de loe Jeques; enseftanzas que 
recibían en sus cucas ó seminarios.— Su vida austera y 
retirada.— Uso que hacían .djg ^a coca.— Sahumerios, — 
Ofrecimientos y peticiones hechos por medio de ellos.— 
Viejos hechiceros y agoreros.— Supersticiones y agüeros 
que fomentaban. — Yerbas y bebedizos. — Amuletos da 
que se servían los hechiceros para vaticinar, y modo de 

usarlos 44 

Capítulo y.— Ideas de los Chibchas sobre la vida futura.— Recom- 
pensas y castigos.— Resurrección de la cacica de Guata- 
bita y de su hija. — Juicio universal y reaurrección gene- 
ral, 8egdn Castellanos.— Vicios comunes entre loa indios. 
— Cómo cumplían los deberes morales para con los de- 
más. — Solemnes procesiones religiosas 62 

Capítulo vi. — Sacrificios humanos.— Los mojas O Sicerdotes nifios.— 

Inmolaciones de adultos en los adoratorios y en los ce- 
rros.— Sacrificios en Gacheta y Ramiriqui.- Inmolación 
en la gavia.— Horrible inmolación de niñas en los ci- 
mientos de las casas nuevas.- Entierro de las mujeres y 
esclavos vivos de los caciques. — Sacrificios con sangre 

de aves, con agua, fuego, tierra, oro y esmeraldas. 70 

Capítulo tii.— Sacrificios de los Chibchas en las lagunaa. —Leyenda 

de la cacica de Guatabita,— Cruel castigo de su infideli- 
dad.— Se ahoga con dos nifias en la laguna. — Peregrina- 
ciones á las cinco lagunas sagradas.— Carreras y pre- 
mios.— Borracheras y ceremonias de las ofrendas.— Va- 
rioa caciques arrojan oro en la Ugana al tener noticiado 
la venida de los españoles.- Tentativas hechas para des- 
aguar las lagunas.— Quién era el cacique Dorado. — 
Cuándo se celebraba la ceremonia del Dorado. — La balaa 

de oro halllada en la laguna de Siecha 78 

Capítulo tul— Soberanos que gobernaban á los Chibehaa- Gobierno 

absoluto. — Obediencia y respeto do los subditos.— Pre- 
sentes que se daban & los caciques.— Nobleza, usaquea 
y guechas.—Tributos.— Castigo de los que no los pagap 
han.— Bsclavos.-^Tiguye8 6 mujeres de los caciquea.— 
Prioridad y privilegioB de la favorita.— La rival de la 
privada de Meicuchuca, convertida en culebra.— Modo 
de heredar loe caciques.— Prueba de la continencia.— SI 
cacique de Chía, heredero del zipa, ¿ppr qué?— Reolu* 
alón de los herederos de loe caciqu.s.— Fiestas de coro- 
nación de loa caciques y del zipa 88 



— 237 — 

Capítulo ix.«-AnligiiM leyes de loe Ohibchu.— Layes de Nompaném, 

del goetabiU y de los Giumes.~LQyesde Nemequene.— 
Mensajeros que sauDciaban la guerra. ^Espías.— Preces 
y saerlllclos antes y después de la guerra. —Insignias con 
que se distinguían los nobles.— Armas é instrumentos de 
música.— Momias que Ueyaban en él eJérdto.—Descrip- 
ción de un combate.— Orado de Talor de los Cbibchas. . 101 

Capítulo x.— La nifleí entra los Cbibcbas.— Pruebas de la suerte 

íelis de los nifios y de su laboriosidad.— Sumisión á los 
superiores.— Poligamia.— Modo de celebrar los matri- 
monios.— Fiestas del estrenó de lai casas.— Fiestas de 
los caciques en las labransas.— Dansas, cantares y arras- 
tres de madera.— Sepultura de los caciques y del sipa. — 
Diversas clases de entierros.— Momias que conseryaban 
en los templos.— AnÍTersarios. — Riquexas sacadas de los 
sepulcros, 9antuario9, etc 106 

Capítulo zl— Propiedad de las tierras.-AgricuUura.-Plantas alimen- 
ticias.— Frutas.— Venados y otros animales cuya carne 
comían.^— Sal compactada.— Bsmeraldas de Somondoco. 
Tejuelos de oro que serTÍan de moneda. —Mercados y 
ferias.— Construcciones. — Cercado del zaque. — Casa 
fuerte del zipa en Cajicá.— Patenas de oro que pendían 
de los cercados del hunsa y del sugamuxL— Monumentos 
de piedra de los Cbibchas • •••• 131 

Capítulo zxi.— Vestido de los Cbibchas.- Gorras con que se cubrían 

hombres y mujeres;— Cómo se sentaban.— Crfebrería.— 
Vaciaban las figuras en moldes.— Piedras grabadas que 
serfísn de matrices.— Soldadura y dorado.— Las obras 
de orfebrería y cerámica chibcha eran inferiores á las 
de otros pueblos del Nuevo Reino.— No rayelan gusto 
artístico.- Su descripción.- Joyas y arreos que adorna- 
ban sus personas.— Armss ofensifas y defensivas figu- 
radas en oro 186 

Capítulo xiu.— Significación de las figuras de oro y otras materias 

que se encuentran en las sepulturas.- Gazofilado y tun* 
Jos de oro hallados en el sitio de Chirajara.— ídolos y 
personss principales que representaban.— Alimañas de 
oro y de cobre.— i Hacían uso de símbolos?— Descrip- 
ción de \rssos, figuras humanas y otros objetos de cerá- 
mica.— Instrumentos, figuras y dijes de piedra.— Obje- 
tos cuya imagen no reproducían en metal, arcilla ni 

piedra 148 

Capítulo xiv.— Sistema de numeración de los Cbibchas.— Significa- 
ción de las voces numéricss, según el doctor Duquesne, 
y cifras que dice que las representaban.— Opinión con- 

17 



— 288 — 

traria del barAn de Hamboldt— Oónio dÍTÍdüui ^ 
tiempo.— Afioe de 20 y de 87 lunai que les atrflmye él 
doctor Duquesne.— SI aapoesto calendario ehibcha.— 
Las piedras con figures realzadas no sirrieron de cilen- 
darios.— Los trabajos del doctor Duquesne carecen de 
Talor dentifioo • 158 

Capítulo zv.~Loe aborígenes de Colombia no conocieron ningona 

dase de escritora.— Testimonio de varios autores que lo 
prueban.— Los petrogliíos no pueden atribuirse & una 
raza snteríor á la que bailaron los conquistadores. — 
No son en ningún caso cartss del país.— La piedra de 
La Pefia. — No recuerdan cataclismos.— Lss piedras de 
Saboyá y Gámeza. — Tampoco sefialan los linderos délas 
tribus. — Figuras grabadas por loe transedates modernos 
en la Sierra Keyada, Seboruco, Ramiriquí y Facatati* 
▼á.— Pictografías de Pandi, FacaUtivá. Bojacá y Ana- 
cutá.— El estudio de los petrogliíos colombianos esin- 
imctuoso para la ciencia m 

GaiisüLO zn.— Los Cbibcbss no tUYieron bistoris.— Jamás se Tieron 

sometidos á un solo cetro. — Opinión contraria de üedra- 
bita, refutada con dtss de los demás cronistas y de d 
mismo.— Tradidón fabulosa rolatiya á Hunsabda.— El 
monstruoso Tomagata.— Tutastfa.— Encamadón de Oa- 
rancbacba, bijodel Sol. — So. gobierno y desaparidón. • 177 

Capítulo ztii.— Errores bistdriooeen que incurrió Rodríguez Krede» .' 

Antiguos cadques de Iraca.— El gran becbicero Ida- 
cansás. — Orden de sucesión de los csdques de Lrsca. — 
El Bermejo usurpa el poder.— El cacique D. Felipe. — 
La leyenda de la cacica de Furatena.— Objedones á la 
crónica de los sucesos de los últimos sesenta afios ante- 
riores á la conquista española 186 

Capítulo xviii. — Sai^uanmachiea conquista á los Fusagasugáes, vence 

al guatabita y al ubaque. declara la guerra al zaque, y 
mueren ambos en la batalla de Chocontá.-r-Nemequene 
castiga la rebelión de los Fusagasugáes, sujeta á los ca- 
ciques de Zipaquirú y Ncmncón, asalta alevosamente 
al guAiAbita y 5;c apodera de sus estados, somete al uba- 
que, al ubatc y al simijaca. da le}'cs ce su reino, declara 
la guerra al hunsn, y es herido de muerte en ia batalla 
lie Las Vueltas.— Sucédele Tisquesusa.— Llegan ios espa- 
ñoles cuandD cate estaba en campaúa contra el zaque. — 
¿Estabm los Cliibcbüs en progreso ó en decadencia en 
la época del descubrimiento? 19> 

CA]'ífcs.«> XIX. — Tiranía de Tistiuesusa y Qucmueuciíatoclia. — ¿Cómo 

padicrcn ICü españoles somete: á la nación ckíbcha?— 



CoBitaadA y Talor de lot rantollanoe —Ki foefio de Tle- 
qiieeiiie,ieristeiiclA de Me áloeeqNAoki, y m mnerte.— 
Qnimnenchitoche ee hecho priglonero dentro de sapa- 
tocio, y muere premio de t^es.— GoAterrión del eoga- 
rnnzi y n^oe de ingenio gne de él le lefleren.— Beiis- 
lende temí del tondime; Beltamr Hildonado le de 
mnerte violente.— FMripeciie del goUerno de Beqne- 
Miigna; pretende Qneieda qne rétele dénde gneidn él 
tesoro, lo somete á tormento y lo hace morir á oonee- 
cnendn de éL— Oonterrión de Aqniminitqne: mnere 
áttBtUhúú por orden de Hornán P6rei de Qnemdn con 
Terioe otroe cadqnee.— Hernán Peres mnere herido por 
nn rajo.— Don Joan, cadqne de Tondama, agraviado 
por él oidor Oortéa delCeía, ae suicida,— Cortés de Mesa 
es degollado en Bogotá.— Término de la conquista, y 

condición ulterior de los Ghibchaa. • 910 

Imncn de las figuras del iKIor argiMof^^ 925 

Nota bzplicatita • 984 



L 



■^l"?^ ^-"^ 



-. #^v 



Thi8 book ís d pc€8Qiv2rtio]i phoCocopy. 

It i8 made in compliance iwith copyright law 

and produced on add-firee aicfaival 

60# book weight paper 

^vfaich meeCs the lequirnneiits of 

ANSI/NISO Z39.48-1992 (permanenoe of paper) 



PrMBrvation photocopy*** g ^<* b'*y^'»g 

Acmé Booldúidiiig 
Chadestown, Massadmaetts 

1999 



THE BORROWER WILL BE CHARGED 
AN OVERDUE FEE IF THIS BOOK IS 
NOT RETURNED TO THE LIBRARY ON 
OR BEFORE THE LAST DATE STAMPED 
BELOW. NON-RECEIFT OF OVERDUE 
NOTICES DOES NOT EXEMPT THE 
BORROWER FROM OVERDUE FEES. 

Harvard Collage Wldenar Llbrary 
Cambridge, MA 021 38 (61 7| 495-241 3 




I